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| 9/18/2007 12:00:00 AM

Cerca de 12.000 jóvenes integran las 1.000 pandillas existentes en Bogotá

En los primeros años de sus vidas, miles de adolescentes de Bogotá se balancean sobre una cuerda floja en especial en los barrios periféricos. Los abismos que los rodean son la delincuencia o el trabajo legal. Salvarlos es todo un reto. Informe Especial de Semana.com

¿Qué hace David*, un muchacho de 17 años, sentado a plena luz del día en una banca del barrio Lomas, al sur de Bogotá? Nada. Esperar que pasen los días. Aguardar para ver el nuevo amanecer, salir a robar y tener dinero para la droga, la ropa y la rumba con cualquier novia que tenga en el barrio. Y dedicar la noche en reunirse con su grupo de pequeños pandilleros.

Sus días transcurren soportando la incertidumbre de que en cualquier momento ataque un joven, quizá menor que él, del barrio vecino donde alguno de sus amigos cortejó a una niña que ya tenía el corazón comprometido.

Como pandilla, comparten un lazo de amistad difícil de separar. Por eso, lo que es con uno es con todos. En el grupo adversario la situación es similar porque es allí donde encuentran el cariño que muchas veces no reciben en la casa, que, a propósito, es uno de los sitios en que menos quieren estar.

David no hace tareas porque no estudia. Eso dejó de hacerlo hace tiempo sin llegar ni siquiera a la mitad del bachillerato. Cambió los cuadernos por un puñal que le sirve como herramienta para conseguir dinero en el centro de Bogotá.

Los pesos que se consigue a punta de asustar a otros y de carreras entre las calles lo usa para drogarse luego con su pequeño grupo de amigos del barrio. Se queda con ellos hasta tarde, en la noche, susceptibles a cualquier ataque enemigo.

Quizá, en esas andaba el sábado 8 de septiembre cuando en el norte de Bogotá, allá a donde él ni se ha asomado, un muchacho de su misma edad mataba a puñaladas a otro joven de 24 años por asuntos personales.

Aquella muerte fue noticia nacional porque ocurrió justo por donde pasa la crema y nata capitalina. El agresor, que fue capturado, pertenecía a un grupo de muchachos que obedecen a la moda de los ‘cabeza rapada’ acogida por algunos jóvenes de estratos altos y usada por muchos para intimidar haciendo maldades y, a veces, delinquiendo.

En ese entorno social, hubo quienes lo vieron como una vergüenza. Pero más pena debe dar que en Bogotá haya más de 12.000 muchachos de estratos bajos que pertenecen a pandillas. Son potenciales delincuentes que se pueden evitar y sí hay esfuerzos para lograrlo, pero por falta de inversión se quedan cortos.

El tema se conoce desde hace mucho rato. En numerosos libros y documentales se ha registrado varias veces el problema, pero la situación no mejora. Al contrario, tiende a sostenerse o empeorar.

Según un estudio que hizo el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (Idiprón), en 2003 había en Bogotá cerca de 700 pandillas conformadas, en su mayoría, por jóvenes entre los 13 y 18 años.

Durante el segundo semestre de 2006 y el primero de 2007 se realizó nuevamente aquella investigación, pero esta vez se analizaron más zonas populares de la ciudad. Si bien no se han hecho los análisis completos, los resultados preliminares arrojan que el número de pandillas es superior. Son cerca de 1.000.

En la periferia de Bogotá, allá donde muchas veces no llega ni el asfalto y ningún taxista es capaz de asomarse, escenas como la que protagonizó este adolescente del norte de la capital son comunes. Eso ya lo ha vivido David, que a sus pocos años, es el mayor de una pandilla de un barrio lejano del corazón de la ciudad.

De su grupo de unos 15 muchachos, ha visto cómo han muerto cinco. Mientras unos se van, otros ‘chiquitines’ que lo ven como ídolo vienen de repente a sumarse a su pandilla. Ese grupo de personajes que de lejos se ven como infantes también ha acabado con la vida de otros con quienes tienen una pelea casada y que es “a muerte”, según dice.

Leandro Ramos, un sociólogo que estudia a estos jóvenes en Bogotá, explica que los pandilleros tienen permanentes conflictos que desencadenan en muertes en muchos casos. Se enfrentan a grupos de limpieza, a habitantes de los mismos barrios, a otras pandillas y contra la Fuerza Pública.

Según lo ha corroborado en sus investigaciones, al saldar las cuentas de sus enfrentamientos, los pandilleros suelen salir perdiendo.

En el estudio que se hizo en 2003, los pandilleros contaron que murieron 646 jóvenes de sus grupos. Ese año, se registraron en Bogotá 1.575 muertes violentas. Aunque las muertes que quedaron registradas en la investigación no ocurrieron todas en ese mismo año, puede entenderse que muchas sí obedecen a los enfrentamientos de las pandillas.

“Los homicidios de personas jóvenes (entre 14 y 26 años, que es el rango más utilizado oficialmente) en Bogotá y casi en cualquier ciudad del mundo, están fuertemente asociados a las dinámicas de enfrentamiento que involucran pandillas”, explica Ramos.

Aquella dolorosa realidad ni siquiera se la imagina David. Está en otro cuento. A veces, el efecto del pegante que acaba de aspirar parece que borra su memoria inmediata. No recuerda cuántas muertes ha ocasionado su pandilla. Tampoco tiene en la memoria las veces que ha robado y exagera cuando se le pregunta cuánto dinero consigue en una jornada de atracos. Dice que son 100.000 pesos. Seguro no es ni la mitad.

En cambio, sabe muy bien que tiene un arma calibre 32 y recuerda dónde está escondida para ir a buscarla en caso de problemas.

Aquella situación de muchachos que mueren sin sueños ni ocupación había sido noticia pocos días antes del aterrador homicidio del joven en el norte de la capital. El protagonista fue el representante por Bogotá Ángel Custodio Cabrera, que sabe muy bien las condiciones de todos aquellos jóvenes de la periferia de la ciudad.

Él pertenece a la comisión tercera de la Cámara, encargada de asuntos económicos, y en el debate del 29 de agosto, cuando discutían el presupuesto para el programa de Madres Comunitarias, sorprendió con un dato.

“Tengo cifras que me hablan de 60.000 jóvenes en todo el país que conforman pandillas en barrios populares en diversas ciudades. Hay que hacer algo”, dijo, basándose en el artículo 6 del Plan Nacional de Desarrollo, que habla, precisamente, de inversiones para las oportunidades de los jóvenes con problemas de drogas y violencia.

Con ese argumento, pasó la cuenta de cobro para lograr más recursos para su región. “Conozco que en el Bogotá hay acciones y necesito que destinemos 27.000 millones de pesos para aportarlos a ese programa durante los próximos tres años”. Y logró la inversión.

Se refería a lo que viene desarrollando desde hace 10 años con las pandillas el padre Javier de Nicoló en el Idiprón, que bautizó esa labor como ‘Programa trapecistas’.

El trapecista es un pandillero y se le llama así no porque su actividad sea divertida, sino porque es una persona que se mantiene en la cuerda floja. Si se inclina más hacia un lado, se cae hacia la delincuencia y la violencia. Si se inclina hacia el otro, cae en las actividades legales como el trabajo y la educación.

Antes de que los muchachos se estrellen contra el trapecio, el padre pasa en un columpio y los rescata para ponerlos en suelo firme. Conoce muy bien que las actividades de estos muchachos obedecen a dos cosas: la falta de educación y la necesidad de dinero, que invierten por lo general en vicio, ropa y rumba. Por eso delinquen.

También sabe que la pandilla se vuelve como una familia alterna donde los pequeños comparten afecto y luchan por un respeto ante la otra gente, así les cueste la vida. Son un hogar mal conformado. Por eso, hay que intervenir.

Así, en el Idiprón les ofrecen lo que les falta: dinero y educación. Como para los jóvenes importa más lo primero que lo segundo, entonces el programa se hace con cuatro días de trabajo remunerado y dos días de estudio a la semana. El domingo se descansa.

Para darles empleo, el Idiprón trabaja como contratista del Estado y sus obras han tenido mucha aceptación en el Instituto de Desarrollo Urbano (IDU). Por ejemplo, si hay que arreglar una vía, contratan la mano de obra con el Idiprón. Y así se va haciendo con otro tipo de labores que no requieren de personal experto porque los muchachos apenas están empezando a estudiar.

Gracias a esos contratos, y a otros que se hacen para darles empleo a jóvenes que viven en las calles, llegan al año unos 52.000 millones de pesos a las arcas del instituto. De ahí sale la nómina de los muchachos que se acogen al programa y se refuerza el presupuesto que transfiere la Alcaldía. Sólo para atender a los pandilleros, el distrito destina 6.500 millones de pesos anuales.

Esa es la propuesta con que van recogiendo a muchachos de diferentes zonas según la complejidad de la presencia de pandillas. A lo largo de todos estos años, Ciudad Bolívar ha sido un sector crítico en este tema.

Por eso, allá el trabajo ha sido intenso. Hay tres centros de estudio y de atención para los pandilleros. La consecuencia es que en el reciente estudio se nota que el número de pandillas rebajó allí.

Pero es un tema escurridizo porque mientras rebajan en un lado donde hay mucha presencia del Idiprón, aumentan en otros como San Cristóbal, Bosa, Puente Aranda, en fin. La razón es que, como están las cosas, no se puede trabajar con todas las pandillas de la ciudad. Ahora atienden a unos 2.000 muchachos, pero se quedan por fuera más de 10.000.

Eso no significa que haya un montón de sicarios y delincuentes peligrosos sueltos por toda la ciudad. Más bien, quiere decir que hay un ejército de menores listos para irse con una propuesta mejor. Si es trabajo y educación, la aceptan. Si es narcotráfico o como sicarios, también lo harán porque son un cultivo que en cualquier momento podría dar cosecha.

David es un muchacho muy atractivo para cualquier grupo delincuencial. Sabe robar sin miedo, es arriesgado y ya ha matado. Es una semilla que hay que sembrar en un mejor terreno. Y así lo quiere él. Dice que se pondría a trabajar en otro empleo así sea por menos dinero porque “ofrece una vida mejor”.

Ese es un anhelo antes de que lo capturen con pruebas de que tuvo la culpa en algún delito. Si eso llega a pasar, la justicia puede condenarlo porque así lo permite el nuevo Código del Menor.

Eso quiere decir que en la ciudad hay miles de jóvenes en un limbo que son un cultivo que hay que intervenir porque si no, la cosecha serán décadas de más delincuencia y muerte. Y eso jamás logrará corregirlo el Código Penal.

 

*Nombre cambiado para garantizar la seguridad del menor.

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