Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/02/04 00:00

“Clamamos por paz, libertad y justicia”: los familiares

Los familiares de los secuestrados celebraron una misa para pedir a Dios la liberación de sus seres queridos. Sus mensajes fueron a favor de la reconciliación y la búsqueda del acuerdo humanitario.

Ayda Alzate quizo visibilizar a su tío secuestrado. No marchó porque consideró que "La rabia contra las Farc no es la solución". Foto: Guillermo Torres

Con sus brazos erguidos sostiene la pancarta que reza: “Por la verdad y regreso de Norman Alzate Cano”. Pronto está rodeada de camarógrafos, fotógrafos y periodistas. Todos quieren una imagen o una declaración de la joven más madrugadora de la jornada litúrgica que se celebra para pedir por la liberación de los secuestrados. Ayda Alzate, una estudiante de filosofía de la Universidad Nacional nunca imaginó que su gesto le significaría verse asediada, pues desde el 8 de febrero de 2005 siente que la vida de su tío Norman no representa nada para el resto del país.

“Muchas personas tienen camisetas con la bandera de Colombia, yo espero que crean que los que no son ‘canjeables’ también hacen parte de este país”, dice. El viento procura arrebatarle la pancarta, sin embargo ella resiste mientras cuenta que Norman, un ingeniero forestal, ha sido plagiado por las Farc, en una finca del Urabá antioqueño. Ayda, a pesar del miedo que la sobrecogió cuando iba a salir de su casa, llega a las diez de la mañana al parque de la iglesia del Voto Nacional, en el centro de Bogotá, con el fin de que su clamor sea oído. Su mensaje es claro: “Para que los empiecen a tener en cuenta”. Además lleva otra pancarta colgada a su cintura que dice “En el odio a las Farc no está la respuesta”.

En algún momento el Comité de la Cruz Roja Internacional le dijo a la familia Alzate que Norman, probablemente, había sido asesinado. Sin embargo, Ayda tiene razones para creer que él está vivo, esperanza que no se ha apagado en el resto de la familia que vive en Medellín.

Poco a poco el parque se llena de consignas. Adriana Quintero, junto con otros amigos llevan una bolsa de camisetas blancas. Las que pueden las venden, las otras las regalan. Tienen estampado el mensaje: “En mi familia hay 3.200 secuestrados”. “Las hicimos sin ningún interés particular. Sólo que de las víctimas hoy pocos se acuerdan y a ellos es a quien hay que rodear. El mensaje de estas camisetas se diferencian de otros mensajes, porque es incluyente”, dice Quintero. A las 11:30 llegan los miembros de la asociación de familiares Asfamipaz. Sus arengas son las que durante casi una década se escucha en las plazas y calles de la ciudad: “Que viva la paz , que muera la guerra”; “vivos se los llevaron, vivos los esperamos”: “no al rescate a sangre y fuego”, grita el megáfono seguido del coro de familiares de los miembros del Ejército y la Policía secuestrados.

Mientras tanto, Ayda, quien ha permanecido frente al obelisco en memoria de Policarpa Salavarrieta, se cambia de lugar. Busca el atrio con el propósito de que quienes caminan con los integrantes de Asfamipaz la puedan ver con sus pancartas. Se instala en el atrio.

Dentro de la multitud camina Álvaro Méndez, un señor de 60 años. Ha asistido a la misa para unir su clamor al de los familiares de los secuestrados y al de los que piden por la paz en una jornada que ha convocado a gente en todo el mundo. Sin embargo los asistentes a la misa, en su mayoría rechazan las consignas de guerra. “Decir estoy ‘contra’, es sinónimo de confrontación. Y no queremos eso. No tengo ningún familiar secuestrado, pero creo que hoy debemos estar con las víctimas de este conflicto. El mensaje de todos es: que las armas no sean las que tomen las decisiones, la palabra es la solución para podernos entender”, dice Méndez.

Es el medio día. La marcha en todo Colombia ha comenzado. En el cielo revolotean las palomas asustadas por el sonido de un helicóptero. Haciendo gala del significado que se les imputa se posan en fila sobre la cornisa del edificio de la Dirección de Reclutamiento y control de Reservas del Ejército que está a un costado del parque. Como si se unieran a las consignas a favor de la paz.

Los símbolos inundan el parque y la multitud que los significa entra con ellos a la iglesia. Una vez adentro, todo es silencio por unos minutos, hasta que una voz emerge casi a punto de quebrarse. “Sólo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte...” y al instante los asistentes comienzan a cantar. Ayda no puede contener las lágrimas. Aunque es una joven jovial, de sonrisa constante, su rostro se transforma. Las bóvedas románicas de la iglesia hacen eco del clamor que los une a todos y que algunos acompañan con sollozos.

Al interior se encuentra Consuelo González, la recién liberada quien inspira al resto a creer. También están otras figuras de la vida pública. La solemnidad que asume el momento es una mezcla de reverencia y súplica. Una joven trigueña en un arrebato de congoja se arrodilla frente al altar, donde están las fotos de víctimas del conflicto asesinados y plagiados. Compungida llora y en una oración invoca la misericordia de Dios. Luego, los asistentes en compañía del órgano cantan al unísono la “Canción de la Alegría” seguida del Himno Nacional.

El padre Darío Echeverry oficia la liturgia. El mensaje recuerda las palabras de Jesús en el Monte de los Olivos, cuando enseñó a sus discípulos que el amor a los enemigos era lo verdaderamente cristiano, que quienes clamaran justicia serían saciados y que los pacificadores serían llamados hijos de Dios. El salmo reza “levántate oh Dios y juzga la tierra”. Todos escuchan con atención las palabras del padre, quien invita al amor, a la pacificación a dejar el rencor y a asumir el dolor de los secuestrados como el propio.

Una vez terminada la predicación alguien grita “sí al acuerdo humanitario”, a lo que todo el mundo responde con un aplauso. A las afueras de la iglesia hay una multitud de gente expectante, con banderas, globos y camisetas blancas. Cuando los familiares de los secuestrados comienzan a salir, todos se unen a sus consignas que recuerdan los nombres de los secuestrados, que están estampados en pancartas y camisetas y que son leídos uno a uno por un megáfono. Los asistentes contestan “presente”.

Ayda ya no tiene el miedo con el que salió en la mañana de su casa porque creía que algo malo le podía pasar. Se siente acompañada con la multitud que se dirige a La Plaza de Bolívar. Ya se le secaron las lágrimas, pero no serán las últimas, como no serán las últimas marchas para ella, aunque todos los que van con ella no quisieran que así fuera. Y explica: “la polarización en que hemos caído donde todos tienen intereses políticos hace que mucha gente odie. Pero el odio, sea al que sea, nos hace caer en el mismo círculo de guerra. Y cuando un país está en guerra no se puede pedir que nadie salga lastimado”.

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