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| 3/6/2008 12:00:00 AM

Colombia cansada de violencia

Cientos de miles de personas, quizás casi un millón, marcharon de nuevo en las ciudades colombianas y varias del extranjero para expresar su solidaridad con todas las víctimas y su rechazo a paramilitares y demás grupos que siembran el terror en el país.

La marcha tenía todo en contra. La crisis con Ecuador y Venezuela distrajo la atención de los medios que no pudieron convocar con la misma dedicación que en la marcha anterior. También creó nerviosismo entre muchos ciudadanos que creyeron que con semejante tensión, el ambiente no estaba para salir a marchar. A diferencia de la marcha del 4 de febrero, el gobierno no la auspició, e incluso algunas de sus figuras trataron de deslegitimarla. Además, muchas de las víctimas del paramilitarismo son campesinos que no tienen los medios para viajar a la ciudad a protestar. Y, para completar, era la segunda marcha en menos de un mes y no es fácil movilizar a un país en tan corto tiempo, y después de una manifestación tan contundente como la de febrero.

Sin embargo la marcha funcionó. No fue tan masiva ni tan gigante, pero lo suficientemente nutrida y constante para hacer sentir la solidaridad ciudadana en todo el país. Miles de estudiantes, desplazados, campesinos, educadores, familiares de víctimas y colombianos del común salieron en todas la ciudades de Colombia a marchar y también en varias ciudades del exterior.

Es difícil hacer cálculos de cuántos salieron a la calle a protestar, pero según observadores de las diferentes ciudades, quizás alcanzó el millón de personas. En Bogotá, Medellín, Cali, Cartagena, Barranquilla y en casi todas las demás capitales colombianas, los caminantes protestaron contra todas las formas de violencia. Los estudiantes en Bogotá recrearon con pequeñas obras de teatro callejero las masacres de los paramilitares contra civiles o las torturas a las que han sido sometidos muchos inocentes. En Medellín, las organizaciones de víctimas montaron actos simbólicos que invitaban a la solidaridad y a la compresión de su dolor. Otros familiares víctimas en todo el país contaron a los medios sus historias: la madre del desaparecido, el padre del asesinado, el campesino que perdió su tierra. Algunos de ellos era la primera vez que podían hacer oír sus voces y sus reclamos por todo el territorio.

En varias ciudades los mandatarios locales se sumaron a la protesta y celebraron el respaldo que les dieron miles de ciudadanos a sus esfuerzos por construir gobiernos legítimos que están del lado de la ley y la paz. En Cartagena, por ejemplo, la alcaldesa Judith Pinedo fue aplaudida por una multitud cuando expresó cómo le causaba a la ciudad tanto dolor el secuestro de sus líderes como Fernando Araujo a manos de las Farc, como la masacre de El Salado a manos de los paramilitares.

El alcalde de Medellín, Alonso Salazar, invitó a sus conciudadanos a salir a La Alpujarra para solidarizarse con las múltiples víctimas de todos los bandos que conviven en esta ciudad. En Cali, el alcalde Jorge Iván Ospina, salió como uno más en la larga marcha de unas 50 mil personas. “Me movilizo en solidaridad de las víctimas de las masacres, de los desaparecidos y los desplazados, me movilizo por la vida y por la dignidad”, dijo a los medios.

También hubo solidaridad mundial con la marcha. Cientos salieron a protestar pacíficamente contra la barbarie en Colombia, en Berlín, Madrid, París, Caracas, Ciudad de México, Bruselas, Nueva York y Washington, entre muchas otras.

Muchos ciudadanos llegaron a las marchas de sus ciudades organizados. Hubo sindicalistas, educadores, movimientos campesinos, líderes de partidos políticos, miembros de organizaciones de derechos humanos y los representantes de desplazados de diferentes regiones que marcharon a Bogotá desde Flandes y desde Villavicencio, o que viajaron a otras capitales. Estudiantes con pancartas y consignas preparadas, algunas francamente agresivas contra el gobierno, o el presidente Alvaro Uribe o contra los crímenes de agentes del Estado. No obstante, a pesar de las consignas ácidas y los estribillos ofensivos, el tono era alegre, como de carnaval.

Sólo unos pocos desadaptados, quizás agitadores profesionales, al final de una jornada sin incidentes en Bogotá, armaron una trifulca frente al Congreso tirando piedra y agrediendo a la policía. Pero eso fue la excepción.

Muchos otros ciudadanos salieron a la calle en forma individual. Amas de casa de clase media, ejecutivos, empleados, familiares de víctimas de las guerrillas y de los paramilitares, se unieron espontáneamente a la protesta, algunos durante casi toda la mañana, otros apenas por un par de horas. Llevaban camisetas blancas, o iban vestidos de luto, o con letreros alusivos al rechazo a los paramilitares o las Farc o simplemente banderas patrias o blancas.

Con la marcha del 6M, apenas un mes después de la del 4F, Colombia demostró un espíritu cívico digno de admiración. Demostró que está cansada de violencia, que no aprueba la impunidad de los crímenes, sin importar quién los haya cometido. Los ciudadanos de bien, que se habían quedado callados o indiferentes por tantos años, hicieron sentir a los violentos su fuerza de mayorías y su dignidad civil.
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