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| 8/21/2008 12:00:00 AM

A Colombia sí le ha ido bien en Beijing

A primera vista, un par de medallas no es gran cosa. Pero, si se mira con detenimiento, la actuación de Colombia en Beijing ha sido más que meritoria. Los programas de apoyo a deportistas de alto nivel comienzan a dar resultados. Por Eduardo Arias.

Cada cuatro años, cuando están a punto de terminar los Juegos Olímpicos y llega el momento de los balances, los colombianos miramos la tabla de medallas y llegamos casi siempre a la mismas conclusiones: “qué mal nos fue”, o “apenas conseguimos dos medallitas” o “mejoramos pero nos falta mucho”. Durante a lo sumo un par de semanas el tema es noticia, se anuncian correctivos y el tema del deporte olímpico vuelve a hibernar durante cuatro años en el subconsciente del 99 por ciento de los colombianos y sólo cuando se avecinan unos juegos nos sentamos cómodamente frente al televisor y esperamos que las medallas lluevan del cielo. Y como no llegan tan fácil como uno quisiera, comienza la decepción, las quejas contra los deportistas.

Si se miraran las cosas con algo más de calma y de profundidad, la conclusiones deberían ser más bien otras. Que 60 colombianos hayan conseguido las marcas mínimas para competir en los Olímpicos y que algunos de ellos se hayan metido entre los mejores del mundo es digno de admiración.

Si Colombia fuera una fábrica de campeones olímpicos como China, vaya y venga esperar y exigir medallas. Pero la realidad colombiana es bien diferente. La posición que Colombia ocupa en la tabla de medallas de los juegos no es otra cosa que el reflejo de su cultura deportiva. No sólo del conocimiento o desconocimiento que un colombiano promedio tiene de deportes distintos al fútbol y, en menor medida, al ciclismo, al boxeo y al béisbol. También es un reflejo de la importancia que la sociedad en general le ha dado a sus deportistas, así como a la educación física en escuelas y colegios. Cada vez que alguna nadadora de Australia ganaba oro en el Cubo de Agua de Beijing, los comentaristas de Señal Colombia repetían: “En Australia la natación es una asignatura obligatoria en los colegios”. Y ese tipo de decisiones, ya sean políticas del Estado o de las costumbres propias de cada país, terminan reflejándose en los resultados deportivos.

La mayor parte de los atletas que han representado a Colombia en los juegos olímpicos lo han hecho como parte de un proyecto de vida personal. Aunque suene anecdótico, resulta revelador que casi todos ellos busquen mejorar su marca personal. Mientras tanto, el nadador Michael Phelps vino a los juegos para superar los logros de Mark Spitz, quien a su vez se miró en el espejo retrovisor de Johnny Weissmuller. Y así cientos de ejemplos más en Estados Unidos, los países de la antigua Unión Soviética, Francia, Australia, donde los campeones del pasado estimulan a los niños y jóvenes del presente.

En cambio, en Colombia poco o nada dicen los nombres de deportistas por fuera del fútbol, el ciclismo, el boxeo y en tiempos recientes las pesas. Montoya, Fabiola Zuluaga, de pronto Helmuth Bellingrodt, Víctor Mora... Nombres como los de Jaime Aparicio o Pablo Restrepo reaparecieron porque Señal Colombia los han invitado a comentar en las transmisiones de los juegos de Beijing. Pero, ¿qué le dicen a un colombiano promedio los nombres de Olga Lucía de Angulo, Pedro Grajales, Mario ‘Papaya’ Vanegas?

La actuación de Colombia ha sido más que meritoria. Que una ciclista como María Luisa Calle, esposa y madre, de 39 años de edad, logre el tiempo para clasificarse en una prueba tan exigente como los 3.000 metros persecución individual, es una verdadera hazaña. Que Juan Guillermo Urán dispute una final olímpica de trampolín, ni se diga. Y lo mismo puede decirse del vallista Paulo Villar y, obviamente, de los medallistas Jackeline Rentería y Diego Salazar.

Además, no sobra hacerse otro tipo de preguntas. ¿Hasta qué punto se justifica que Colombia invierta ingentes millonadas en programas de excelencia atlética para alcanzar a Brasil, que está un par de escalones por encima del resto en Sudamérica o a Cuba, la gran potencia de América Latina? ¿O para equipararnos con Ucrania o con Australia dentro de tres o cuatro olimpíadas? Existen temas estratégicos en los que Colombia sí necesita cambiar, y de manera urgente. Por ejemplo, en un sistema de educación enfocado a la investigación e innovación en ciencia y tecnología. No creo que Colombia sea un país peor que Jamaica porque no ganemos nunca los 100 metros planos. O que debamos avergonzarnos porque, a diferencia de Rusia, no producimos cada año decenas de virtuosos del piano o del violín. En cambio, sí preocupa la brecha que nos separa, cada vez más, de Corea del Sur, un país que hace 50 años era más pobre que Colombia y que, al apostarle de manera seria a la innovación en ciencia y tecnología, hoy en día está mucho más preparado que Colombia para afrontar los retos del siglo XXI.

El 99 por ciento de los colombianos nos hemos acercado al deporte por el lado de la celebración, de la euforia y de la recreación. Un uno por ciento lo ha hecho a través de la disciplina, el trabajo y el esfuerzo silencioso. Ese es el punto de partida para analizar la actuación de Colombia en los juegos. Este no es únicamente un tema de PIB o de número de habitantes. También es un tema cultural.

En los últimos años las acertadas y coherentes políticas de apoyo a los deportistas de alto nivel a través de las ligas, las federaciones, Coldeportes y el Comité Olímpico Colombiano han permitido avances significativos. Por ahora estos esfuerzos alcanzan para obtener un par de medallas no como fruto del azar sino de un proceso, y rozar unas cinco o seis más. De pronto si los medios tomamos la decisión de hacerle desde ya un seguimiento sistemático a quienes se preparan para ir a los juegos de Londres de 2012, sirva de ejemplo para motivar a cantidades cada vez mayores de pesistas, judokas y clavadistas. Tal vez, en el mediano plazo logremos una masa crítica de deportistas que nos permitan aspirar a figuraciones más destacadas. Cuando llegue ese día, ahí sí exijámosles a nuestros deportistas oros, platas y bronces a raudales.
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