Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/01/20 00:00

Colombianos en Estados Unidos

Colombianos en Estados Unidos

"Claro que aceptaría la propuesta de Bush".

El ingeniero  Hernández es responsable de nuevos proyectos en una compañía de bienes raíces en Nueva Jersey. Al igual que la mayoría de compatriotas que conoce, se fue de Colombia por problemas de seguridad. En su caso se trató de un carro misterioso que lo perseguía a la salida del trabajo. El y su esposa, una administradora que trabaja en una empresa de medias, denunciaron ante la Sijín,  pero la policía no les puso mucho cuidado.

Como sus suegros vivían en Estados Unidos decidieron empacar maletas y salir del país. Llegaron con visa de turista el 1 de agosto de 2002, un año después del 11 de septiembre cuando todo era aún más difícil para los inmigrantes. Conocía muchos colombianos en Nueva Jersey, algunos ciudadanos y otros irregulares, y pensó que le ayudarían a abrirse su campo en el nuevo país. Pero según él los colombianos inmigrantes que han logrado instalarse son la gente más difícil del mundo. "Es como si quisieran que todo el mundo pasara por las mismas dificultades que ellos. Todo es un misterio", dice.
 
Nadie le contó por ejemplo que aún con la visa vencida tenía derecho a ser atendido si tenía una urgencia de salud, aún sin dinero, a través de programas gubernamentales. Fernando se enteró por un colombiano en su misma situación. Luego los colombianos legales les refregaban el hecho de que ellos en cambio no pudieran acceder a esos programas, y que la salud fuera tan inalcanzablemente cara.

Al principio él y su esposa trabajaban de aseadores pero rápidamente tuvieron la oportunidad de trabajar en bienes raíces. Cuando se iba a vencer el tiempo de la visa aplicaron a una prolongación. Les pidieron pruebas de trabajo, apego al país y dinero. El empleador, un colombiano, también estuvo reacio a ayudarlos pero por fortuna les salió todo bien.

Hernandez tiene ahora una bebé de un año y por nada del mundo se devolvería a Colombia. Cree que allá no le darían trabajo, o tendría que aceptar que le pagaran lo mismo que a un profesional recién graduado.  Si a él le hubieran ofrecido el plan Bush, o sea inscribirse en un programa de trabajadores huésped con la condición de devolverse a los seis años lo habría aceptado sin dudarlo. -¿A pesar de que lo obligaran a irse después?. El dice que eso no lo pueden hacer. "No hay suficientes oficiales de inmigración para buscar a todo el mundo y en Estados Unidos siempre es posible desaparecer".

De paso por los años que sean

Sonia* es conciente de que en este momento tiene un pie en los Estados Unidos y otro en Colombia. Se venció el término de su visa de turista y  aunque su permiso de trabajo está en trámite, es, en sentido estricto, una del millón y medio de inmigrantes ilegales que viven  en los Estado Unidos.

Esto no preocupa mucho a esta paisa de cuarenta años. Tiene claro que está de paso (hasta que la dejen) en el Imperio y se toma esta etapa de su vida como una aventura. A pesar de todo ha venido asumiendo  responsabilidades, tiene que pagar el arriendo y la nómina de una panadería colombiana en un pueblo al norte de Nueva York que compró junto a otro compatriota en un arranque poco racional.

En realidad no ha sido el primer arranque de su vida. Hace cuatro años y medio vivía una vida bastante cómoda como gerente de un banco en Medellín. Llevaba tres años en el puesto cuando empezó a sentir que quería probar otras cosas. Pidió una licencia de un mes en el banco y llegó a la casa de unos familiares en Nueva York. Se comprometió con ellos a irse después de 15 días y usó este tiempo para buscar trabajos de medio tiempo que le permitiera pagar la renta de su propio apartamento. "Hice de todo. Aseo de apartamentos, de oficinas, dama de compañía, ayudante de electricistas...", recuerda. Era mucho más duro de lo que había imaginado, pero se quedó porque sintió que se le abría un nuevo mundo con la oportunidad de ahorrar dinero, ver otras culturas, aprender inglés y encontrarse a sí misma lejos de su familia.
 
Tenía la meta de acumular 50 millones de pesos y lo logró a los dos años. Por esa época se compró un curso de dos semanas por computador con el que se convirtió en auxiliar contable. También estudiaba inglés y los fines de Semana trabajaba en la contabilidad de Natives, el restaurante colombiano más grande de Nueva York. Allí conoció a Joaquín* otro colega colombiano, un ex campeón de triatlón, que se convertiría más tarde en su socio. Pensando en poner su propio restaurante Sonia sacó la certificación de manejo de alimentos. Los dos tenían ahorros y buscando mucho encontraron el local de una panadería colombiana que había sido cerrado.

Entonces se lanzaron a la aventura y se resolvieron a comprarla. Pero lo hicieron con el corazón. "Si lo hubiéramos pensado no lo habríamos hecho". Al principio no consiguieron panaderos en el pueblo y tuvieron que entrenarse ellos mismos en cursos relámpago de panadería y repostería. El trabajo es pesado. Abren desde las 6. 30 mañana y cierran a las 7 de la noche y se requiere mucha disciplina.

Sonia y Joaquín  no saben si las autoridades de inmigración los  pueden perjudicar, pero tienen muy claro que si no tienen opciones de quedarse viviendo en buenas condiciones no dudarían en devolverse a Colombia. Sonia no quiere educar a sus hijos en los Estados Unidos pues no comparte los valores sociales ni morales. "Aquí se violentan mucho. La gente cree que vive muy bien porque puede comprar muchas cosas, pero en realidad viven mal"


*Nombre cambiado a petición de la entrevistada

 

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