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| 2/21/2006 12:00:00 AM

Conferencia episcopal e intención de voto

Viviana Peretti critica la intervención de la iglesia contra los candidatos que defienden las uniones homosexuales o la despenalización del aborto

En estos días la Conferencia Episcopal colombiana se ha pronunciado sobre la próxima consulta electoral y, frente a los micrófonos, algunos de sus miembros han tenido el descaro de afirmar que desde los púlpitos los curas y obispos darán al inocente y apolítico pueblo colombiano precisas indicaciones de votos, para que no sean elegidos como representantes y senadores aquellos que en los últimos años se han declarado a favor de las uniones libres y la despenalización del aborto.

Si no fuera trágico y no nos encontráramos en una república confesional y mojigata como esta, sería sólo para echarse a reír frente a la ridiculez de unas instituciones eclesiásticas que siguen poniendo su nariz en la política de un Estado que se define laico y donde, por lo tanto, los dos poderes deberían estar separados y no "estorbarse" de forma mutua. Una Iglesia que lanza sus anatemas y amenazas desde los púlpitos creyendo estar todavía en la Edad Media. Una Iglesia sin ninguna duda anacrónica en sus reclamos y en sus desesperados intentos de mantener a Colombia entre los países que no reconocen el legítimo derecho de la mujer de decidir cuándo procrear a un hijo y donde la política sigue legislando sobre lo que pasa entre las sabanas. Somos una nación que se obstina en no considerar a los homosexuales como ciudadanos con los mismos derechos que los demás. Para colmo la ley sobre las uniones libres no sería sólo para los no heterosexuales, sino también para todos aquellos colombianos que no pueden o no quieren casarse, pero que hace tiempo tienen un compromiso con otra persona que, para el Estado colombiano, es un Don Nadie sin ningún derecho.


Sorprende la ceguera de las instituciones eclesiásticas colombianas que hacen de altavoz a los desvaríos en temas de salud sexual y reproductiva que llegan desde Roma. Sorprende porque, en términos de maternidad, Colombia no puede ni compararse con el último de los países europeos.

Según una reciente encuesta de Profamilia, en efecto, el 40% de las colombianas entre los 13 y 19 años ya es mamá o está a la espera del primer hijo y el 68% de las apenas mayores ya ha tenido su primer bebé. En Colombia el 52% de las maternidades no son deseadas y el 48% de las mujeres que se enteran de estar embarazadas no quieren al hijo. A menudo se intenta arreglar las cosas de forma clandestina. Se estima que anualmente 400 mil colombianas abortan en condiciones muy arriesgadas. Para nadie es un misterio que actualmente el aborto es la primera causa de deceso femenino en el país.

La ley actual es profundamente discriminatoria porque quién tiene plata se paga una operación segura en alguna clínica privada nacional o estadounidense, mientras que las mujeres de bajo estrato arriesgan con perder la vida en las manos de verdaderos carniceros. La despenalización del aborto, acompañada de mayor prevención, garantiría un servicio seguro que eliminaría la inútil muerte de jóvenes mujeres de bajo estrato social.

No queda sino esperar que los gobernantes colombianos se den cuenta que, además de sancochos populares en búsqueda de votos, hace falta aprobar leyes que garanticen al pueblo los derechos civiles mínimos, impidiendo que las jóvenes generaciones sigan fatalmente los caminos familiares que fueron de sus padres y abuelos, con el siempre más actual riesgo de graves enfermedades a transmisión sexual sobre las cuales la ignorancia es general.

Por lo que concierne las uniones libres, quizás los miembros de la Conferencia Episcopal deberían leer a Michel Foucault que decía que cuando nos preguntamos sobre la legitimidad de la homosexualidad, nos podríamos preguntar así mismo sobre la legitimidad de la heterosexualidad, sobre su invención y sobre los discursos que la instalaron como realidad normativa. Esto si se quiere construir un país más democrático y pluralista donde los homosexuales no tengan que esconderse en la clandestinidad o aceptar los llamados a la discreción por parte de las autoridades que les recuerdan que existe una sexualidad legítima dominante y unas sexualidades ilegítimas apenas toleradas.


O quizás, el cardenal Pedro Rubiano y su clan deberían volver a leer los Evangelios habló de mirar la viga en nuestros ojos en lugar de la paja en los ojos de los demás; donde dijo que quién fuera libre de pecado arrojara la primera piedra. ¿Los leyeron alguna vez en sus seminarios cuando se alistaban para ser guías espirituales de ovejas sin rumbo? Además, la Iglesia sigue diciendo que los que están juntos sin reproducirse son contra natura. Entonces sus miembros son todos contra natura: vestidos de mujeres, sin familia, encerrados en conventos y rodeados por hombres.


Finalmente, sorprende que en la emisión de RCN del mediodía donde entrevistaron a prelados del calibre de Rubiano no haya habido ninguna opinión de analistas sobre esta enésima ingerencia de la Iglesia en la política nacional. Y se trata de servicio público que debería estar interesado en la defensa de la cosa pública, y no hay nada más público que los derechos. Pero los noticieros últimamente parecen haber perdido aún más el rumbo, entre Correcaminos, secciones de cocina, delirios deportivos y unas cada vez más extensas notas de farándula, enésimo himno a la frivolidad e idiotez. ¡Vamos bien, no cabe duda!


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