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| 10/20/2006 12:00:00 AM

Crónica de un día de tristeza

Con el discurso del presidente Uribe, las familias de los secuestrados vieron desvanecerse el sueño de tener a sus parientes cerca. Las madres y demás parientes de Asfamipaz llegaron a la Plaza de Bolívar, en Bogotá, para expresar su tristeza.

El día era gris y no solo por las nubes que se posaron sobre la Plaza de Bolívar, en el corazón de Bogotá. El dolor de las madres, padres, hermanos, esposas y demás familiares de los secuestrados era contagioso. El carro bomba del jueves en la Universidad Militar mató la ilusión de 58 familias, una ilusión que se había alimentado en los últimos meses con la luz de esperanza de un intercambio humanitario. Hoy sólo se vieron lágrimas, cansancio y esperanzas rotas.
“Estamos destrozados, nos quitaron todas las esperanzas que nos habían dado”. La voz es de Robertina Sánchez, quien habla con la dificultad del acongojado que quiere mantener la compostura. Ella es la madre del mayor Enrique Murillo, uno de los hombres que hoy está atrapado en un cambuche en medio de la selva y bajo la vigilancia férrea de los fusiles de las Farc.

Ella es una de los familiares que hoy llegó a las 11 de la mañana del viernes a la Plaza de Bolívar. Tan solo un breve tiempo después de que el presidente Uribe hiciera el anuncio de que el rescate ahora sería por la vía militar.

Allí en la Plaza hubo tonos de angustia y decepción. Todo era tan conmovedor que incluso clamaban con su silencio. Era su forma de exigir que el intercambio humanitario no se fuera al traste y que el rescate por la fuerza no se convierta en realidad.
Los miembros de Asfamipaz , la organización de familiares de miembros de la Fuerza Pública secuestrados, llegaron al centro de Bogotá para responder a la decisión presidencial de romper los acercamientos para lograr el intercambio humanitario, cuando aún se escuchaba el eco de la sentencia de Uribe.

Marleny Orjuela, líder de Asfamipaz, leyó el comunicado de respuesta con una desazón inocultable: “Nuestras familias estamos hechas de carne, hueso, piel, sangre y tierra colombiana... nos oponemos al rescate a sangre y fuego de nuestros seres queridos... Vamos todos por el intercambio humanitario”.

“Yo estaba muy contenta pensando que mi hijo iba a venir, ahora no sé.... Nos dijeron que para diciembre ya los teníamos”, comentaba doña Blanca, la madre del intendente Álvaro Montes, quien cayó en la toma de Mitú el primero de noviembre de 1998. Pero ni el intendente, ni los otros 58 secuestrados canjeables llegarán a su casa para Navidad. Por eso es que doña Blanca solo sabe del vacío que siente.

La frustración y el desasosiego era por un regalo que este año tampoco llegó, y por el que llevan esperando demasiado. “Van a ser cuatro años que no sabemos nada de él”, “a Alan lo secuestraron el 15 de julio de 2001”, “a mi hijo lo secuestraron hace siete años en el Caquetá, hoy tendría 34 añitos”. Estas eran las frases que se oían aquí y a allá. Todos se apoyaban en algún cartel de Asfamipaz y agarraban con fuerza las fotos de sus familiares, o los tenían estampados en las camisetas. También tenían estampada la decepción, se sentían traicionados.

Por eso solo les quedaba pedir que esta fuera una reacción momentánea más del Presidente. Exigían que recapacitara y recordara el compromiso que había adquirido con la comunidad internacional. Como dijo don Silvio Hernández, padre del policía Elkin Hernández, secuestrado hace ocho años, “con ese corazón grande del Presidente, de pronto reconsidera su decisión”.

Los familiares seguían allá en la Plaza. El cielo era frío y gris y soplaban vientos de desesperanza.
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