Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2008/07/20 00:00

Crónica: “Mis hijos son los secuestrados del olvido"

Así vivió este 20 de Julio en la Plaza de Bolívar, Miguel Ángel Rivera, un desplazado que tiene a tres de sus hijos secuestrados y perdió a su esposa a causa del conflicto.

Miguel Ángel Rivera tiene tres de sus hijos secuestrados. La mamá de los niños murió víctima del conflicto.

“Mis hijos son los secuestrados del olvido. No figuran en los medios y nadie sabe de ellos”, dijo Miguel Ángel Rivera señalando fotografías impresas en computador y pegadas sobre un cartel de cartulina. Encima de tres fotos de niños sonrientes se pueden leer los nombres garabateados con marcador de: Luis Felipe Rivera, Orlando Andrés y Juan de Dios. Tres de los ochos hijos de la familia Rivera Román (cinco hombres y tres mujeres).

Miguel Ángel fue el más madrugador de los marchantes que se reunieron en la Plaza Simón Bolívar para pedir la liberación de los secuestrados. Llegó a las 6 y 30 de la mañana, “no sólo para coger un buen puesto, sino para ver quien más llegaba temprano” explica Rivera con su acento de campesino de la zona cafetera. Caminó desde Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá, más de cuatro horas hasta llegar al centro de la ciudad.

“Llegamos como desplazados a Guática (Risaralda) de Segovia (Antioquia), en el año 98. La razón: A mi esposa, Elena Román, a dos familiares y a cuatro de los empleados de la finca los mataron los paramilitares, dizque porque nosotros éramos auxiliadores de la guerrilla”, explicó Miguel Ángel. En ese viaje una de las hijas se cayó del camión en el que viajaban y quedó minusválida. Pero ese es sólo el comienzo de una cadena de infortunios causa dos por el conflicto entre paramilitares y guerrilleros, en el que su familia quedó en medio.

La guerra le siguió las pisadas a la familia Rivera Román como una sombra maligna difícil de apartar. Pasados tres meses del asesinato de su esposa, los hijos de Miguel Ángel, Orlando Andrés, de 12 años, y Luis Felipe, de 14, fueron reclutados por la guerrilla. “Yo no estaba en la finca, porque había viajado a atender un negocio en Balboa. Cuando eran las cinco de la mañana, la guerrilla se los llevó diciendo que necesitaban hombres”, recuerda Miguel.

En el mismo año 98, cuando intentó vender la finca, envió a uno de sus hijos mayores a Segovia, junto con un comisionista para arreglar el negocio. Los paramilitares se dieron cuenta y mataron al comisionista y golpearon al joven Rivera. “No murió, pero creyeron que lo habían matado y lo dejaron ahí tirado”, cuenta Miguel Ángel, el joven hoy sufre de un trastorno mental.

El sombrero de Miguel Ángel, de 57 años, le cubre las cicatrices de dos disparos que le dieron los paramilitares en mayo de este año. Lleva un carriel terciado. En el mismo costado tiene amarrada una bolsa con una sonda que usa para evacuar los líquidos debido a una afección de la próstata. En el otro costado lleva una funda de un machete, la muestra vacía. “Cuando llegué a Bogotá la Policía me lo quitó. Me trataron como delincuente”, dice acentuando su ignominia. En el pecho tiene un pedazo de raíz colgado de un cordón negro. “Es un amuleto, para la suerte. Por que aunque ambos grupos armados nos tienen en jaque, yo me salvé de que me mataran. Y a pesar de que tengo dos hijos discapacitados ellos son mi felicidad”, dice Miguel Ángel con resignación.

En septiembre del año pasado un “civil” le ofreció un trabajo en una finca a Juan de Dios, quien apenas tenía 12 años. Miguel Ángel confió que el muchacho estaría en buenas manos. Pero al cabo de unos meses el niño lo llamó desde el Hospital Pablo Tobón Medellín, donde le contó que le habían dado un disparo en un pie y que lo tenía la guerrilla. Miguel Ángel averiguó si era cierto que su hijo había estado en el centro médico y allí le confirmaron que gente pudiente había pagado sus gastos.

El último episodio de su continuada tragedia lo vivió en mayo de este año. El primero de ese mes, mientras Miguel Ángel y su hija Aidé viajaban de la Virginia Risaralda hacia su casa, un retén de seis hombres armados que se identificaron como paramilitares abusó de la joven de 16 años y lo amenazaron de muerte. La razón, otra vez fue la misma: “usted es auspiciador de la guerrilla y tres de sus hijos están allá”. Mientras Miguel Ángel cuenta la historia, su hija Aidé, quien lo acompañó hasta la Plaza de Bolívar no puede evitar el llanto. Sin embargo, un aire de dignidad le surge y sostiene erguida la pancarta con las fotos de sus tres hermanos.

Este último hecho llevó a Miguel Ángel y a tres de sus hijos a engrosar la lista de desplazados de la capital colombiana. Pero esta familia no es reconocida como tal por Acción Social, según contó Miguel, porque ya figura en lista de los desplazados de Risaralda. Por eso el apoyo que le ha dado el Estado ha sido mínimo.

Este 20 de julio quiso visibilizar su caso, en medio de la euforia y el espectáculo de colores, con una pancarta de cartulina con letras en desorden y desiguales. Llegó a pie a congregarse con otros miles de colombianos que pidieron “¡libérenlos ya!”. “Así como piden que los liberen ya a todos, incluidos mis hijos, yo pido que atiendan mi caso las autoridades y los medios. Porque somos una familia de enfermos y víctimas de la guerra”.

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