Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/09/22 00:00

Crónica de unos colombianos que sacaron cédula por primera vez

En la Alta Guajira un grupo de indígenas wayuu recibe cédulas y tarjetas de identidad colombiana. Crónica de una jornada de cedulación, en la que por primera vez un alto funcionario del gobierno visita a un pueblo abandonado por el Estado.

Hasta la fecha la Registraduría ha tramitado gratuita 1.525 registros civiles de nacimiento, 1.358 tarjetas de identidad y 1.720 cédulas de ciudadanía para un total de 4.603 indígenas documentados, habitantes de corregimientos y rancherías como Nazareth, Kajashiwou, Guarerpa y Punta Espada. Foto: Karen Salamanca/SEMANA

Visto desde el cielo, pareciera que el grupo de estudiantes forma una figura geométrica, una suerte de cruz como las que los wayuu acostumbran a tejer en las mochilas y hamacas. La profesora Fanny Yineth Zamudio, da órdenes y agita las manos, mientras camina entre el grupo de estudiantes. No quiere que nada salga mal para la jornada en la que el Vicepresidente, Francisco Santos, el Registrador Nacional, Carlos Sánchez, entre otros representantes de instituciones del Estado, visitarán el internado de Siapana.

El atuendo de las jóvenes es la tradicional manta de colores, algunas tienen figuras pintadas en el rostro. Los muchachos lucen con el mismo orgullo de sus ancestros el sirra (wayuco), que usan solo en ocasiones especiales. Dos jóvenes levantan una pancarta que dice “la alegría ha llegado a nuestra institución etnoeducativa porque hoy se abren caminos de esperanza para así poder tener igualdad de oportunidades”. Todos están expectantes y sonrientes.

De la arena brota Siapana, una población alegre y musical como todas los wayuu, ubicada en el extremo norte de Colombia. Es uno de los 24 corregimientos del municipio de Uribia, en la Alta Guajira. Al igual los demás corregimientos de este municipio, Siapana no tiene concentración urbana, sino que lo componen rancherías dispersas en el desierto, que en promedio constan de 20 familias. Rioacha, la ciudad colombiana más cercana está a 13 horas por tierra, que pueden convertirse en 23, como cuentan los policías encargados de la seguridad que se extraviaron entre las trochas, y cuando pisaron una carretera pavimentada se dieron cuenta que estaban en territorio venezolano.

Todos esperan que su nueva cédula colombiana les sirva para acceder a servicios de salud y no sólo para votar, pues hasta ahora las jornadas de cedulación han sido programadas por políticos en época previa a las elecciones, en busca de votos.

El programa de cedulación contempla la vinculación inmediata al sistema subsidiado de salud. Según fuentes oficiales más del 50 por ciento de los habitantes de Uribia no cuentan con ese servicio.

El internado de Siapana, es el lugar de encuentro entre las distintas rancherías. Allí estudian los niños desde la primaria hasta el bachillerato. La institución educa a 700 estudiantes de los cuales 200 son internos pues sus familias se hallan a tres o más horas de distancia, y sólo las visitan en vacaciones. El tipo de educación que reciben los wayuu en el internado es un modelo de etnoeducación que logra combinar los saberes ancestrales, afirmando el conocimiento de su lengua wayuunaiki y su tradición, con el del mundo occidental.

La rectora del internado, Fanny Yineth Zamudio, cuenta que hasta hace unos años no tenían señal de televisión y los estudiantes sabían más cosas del presidente Hugo Chávez, por la señal radial, que del presidente Álvaro Uribe. “Hoy me da orgullo que los estudiantes conozcan a nuestro Presidente en las noticias”, cuenta.

Como este internado hay otros dos en la Alta Guajira, a pesar de los esfuerzos de los profesores y directores que optimizan sus escasos recursos, la tasa de analfabetismo sigue siendo de las más altas del país. En La Guajira es de 35.6 por ciento con 137.000 iletrados, y entre los indígenas es del 62.7 por ciento, según el Ministerio de Educación.

Hasta el internado de Siapana han viajado cientos de miembros de la comunidad wayuu para sacar su cédula de ciudadanía. Las familias llevan a sus niños para tramitar su tarjeta de identidad o registro civil. La unidad móvil de cedulación que comenzó a recorrer todos los corregimientos de Uribia desde el pasado agosto, lleva tres días en el internado haciendo un esfuerzo por agilizar el trabajo que se dificulta por la asistencia masiva de los wayuu y la mala señal de Internet.

Pasadas las nueve de la mañana, llega el helicóptero que transporta la comitiva de representantes del Estado. Después de una calurosa bienvenida de las autoridades de la comunidad, comienza la danza Yonna, que se celebra por motivos especiales, en este caso como un ofrecimiento y acción de gracias con los visitantes. Al ritmo de tambores un grupo de muchachas vestidas con mantas rojas persiguen al parejo que camina como un cangrejo. Terminada la danza empieza el recorrido por las instalaciones del internado.

La cedulación

En la fila para sacar la cédula está Palmar Ósmar Gonzáles, un joven de 23 años que viajó dos horas en bicicleta. “Desde el lunes, estoy intentando, pero ha sido muy difícil entrar. Hoy ya es jueves”, cuenta. La cola parece no moverse.

Para Ósmar el trámite se puede demorar más tiempo porque no tiene registro civil de Colombia. Ósmar me explica que necesita la cédula para ir a trabajar a Maicao porque en la Alta Guajira lo único que puede hacer es pastorear chivos. Él tiene cédula venezolana (los wayuu tienen doble nacionalidad) y prestó servicio militar en el país vecino, pero su familia está toda en Siapana.

“Mucha gente se va para Venezuela porque allá sacan la cédula más rápido y la gente tiene salud y trabajo. Yo me fui tres años”, cuenta Ósmar con una pronunciación difícil de entender.

Como él hay más de quinientas personas de todas las edades (hay ancianos de más de 90 años que no tienen ninguna identificación) por todo el centro educativo. Algunos llevan comida para aguantar la jornada, pero la mayoría está exhausta pues pasado el medio día no ha probado bocado.

Los funcionarios de la Registraduría sólo alcanzarán a identificar a 150 personas. Las demás tendrán que devolverse para su casa, o esperar hasta a que pase otro día para poder tramitar el papel. Una de las funcionarias de la Registraduría explica que la comunidad acudió en masa sin saber que los funcionarios se quedarían más de quince días en el internado. “No ha habido forma de explicarles que no se tienen que venir todos al mismo tiempo”, dice preocupada.

El objetivo, según cuenta el Vicepresidente, es que el cien por ciento de la población indígena de Uribia tenga documentos al final del año entrante y que todos tengan acceso al servicio de salud.

Al final de la jornada de cedulación, cada EPS expone en las ventajas de afiliarse a ella. Después, las autoridades de cada ranchería deciden a cual empresa desea afiliar a su comunidad. Sin embargo, si una familia no está de acuerdo puede elegir otra EPS. “El propósito es que sea transparente la elección y sin ningún tipo de presión. Nosotros también estamos encima verificando que las empresas prestadoras del servicio hagan bien su trabajo”, explica el vicepresidente Francisco Santos.

Jorge Guzmán, Asesor del Programa de Desarrollo Social para la Alta Guajira, (en el que participan la Vicepresidencia, el Ministerio de Protección Social, la Gobernación de La Guajira, la Alcaldía de Uribia y la Registraduría), explica que hasta hace muy poco la única presencia institucional en la región era una base antinarcóticos de la Policía y un hospital que está en el corregimiento de Nazareth, el único en la zona rural de Uribia cuyos habitantes son más de 100 mil dispersos en 8 mil 200 kilómetros cuadrados.

La seño “Gina”

“En mayo de 2005 fui adoptada por la casta Uriana. Soy de Girardot, Cundinamarca, pero wayuu de corazón”, dice con orgullo la profesora Fanny Yineth Zamudio.

Desde 2003 la “seño Gina”, como le dicen los wayuu, llegó a Siapana para ser la rectora del internado. La comunidad le atribuye a ella el progreso de la institución en la consecución de recursos y creación de proyectos productivos.

En 2007 se graduaron los primeros 14 bachilleres empresarios del Internado de Siapana. Este año saldrá la primera promoción de bachilleres técnicos empresariales, gracias a un convenio con el SENA. A pesar de la precariedad de recursos, los estudiantes aprenden panadería, herrería y procesamiento de alimentos.

“Cuando llegué el internado estaba a punto de cerrarse. El abandono del Estado era total. Pero hoy estamos orgullosos de lo que hemos logrado”, cuenta Zamudio.

La ‘seño Gina’ le ha dado vida a una empresa de siembra y procesamiento de cactus en la que los estudiantes transforman las plantas en mermeladas, frutas cristalizadas, ensaladas y hasta una suerte de fibra que se usa para hamburguesas.

Para esto, los estudiantes consultaron a los ancianos de la comunidad que les transmitieron el saber ancestral de las propiedades del cactus. También han hecho estudios sobre sus propiedades nutricionales. Además de ofrecer un producto alimenticio funcional, los estudiantes están recuperando una gran variedad de cactus, plantas que están en vía de extinción en esa zona.

En el desierto, donde la escasez de agua y alimentos obliga a sus pobladores a caminar jornadas interminables, donde no hay acueducto ni alumbrado público, esta empresa de nombre Jemetüin Woumain (las delicias de nuestra tierra) es un milagro.

Zamudio, quien fue misionera de la Madre Laura durante 12 años, cuenta que solo tres días después de que se murió el Papa Juan Pablo II, la comunidad se enteró porque una niña contó que lo había oído en la radio. Al internado todavía no llega la Internet.

En la región la moneda que circula es el bolívar, hecho que muestra hasta donde los referentes culturales están más ligados al vecino país. Dos razones lo explican: Maracaibo es la ciudad más cercana a Siapana, a siete horas, y la presencia del Estado colombiano ha sido deficiente.

Zamudio se ha preocupado por llevar a varios de sus estudiantes a conocer el interior del país, pues hasta hace poco, la mayoría desconocía la geografía y cultura colombiana más allá del desierto.
Pero no todo ha sido color de rosa. La permanencia de la ‘seño Gina’ en la rectoría de la institución ha sido motivo de discordia entre la Alcaldía de Uribia, que ordenó su traslado y después tuvo que reversar la decisión, y la comunidad que aduce tener el derecho de pedir su permanencia como rectora, en ejercicio de su autonomía. La comunidad argumenta que la pelea se debe a intereses políticos, pues la rectora no apoyó a la actual alcaldesa de Uribia, Cielo Redondo, en las pasadas elecciones.

En una muestra de entereza admirable, 58 miembros de la comunidad wayuu viajaron durante 52 horas para exigir la permanencia de la rectora. El pasado 9 de junio, en la Defensoría del Pueblo, se dirimió la contienda después de 9 horas de deliberación. Los estudiantes y padres de familia lograron que no se efectuara el traslado de la seño Gina, pero tuvieron que aceptar que fuera nombrada docente y no rectora. En su lugar quedó como rectora encargada Zunilda Palmar, por ser de origen wayuu, aunque en la práctica es Gina la que sigue liderando los proyectos pese a que no le han pagado su sueldo desde hace tres meses.

Los estudiantes respaldan a su rectora incondicionalmente pues sin ella muchos avances no los hubieran alcanzado. Zamudio es la responsable de que la institución pudiera completar los grados de bachillerato – antes solo llegaban hasta octavo-. Ella también ha sido protagonista en la defensa de los derechos de los estudiantes. Hace dos años fue quien denunció a dos docentes, hoy condenados por la justicia, por abusar de varias adolescentes del plantel.

Hoy la ‘seño Gina’ pide la atención del Estado para su institución y para los wayuu a quienes considera su familia, pues la escasez de agua, alimento y servicios médicos son la evidencia del abandono al que están sometidos. “Los que somos alijuna (extranjeros) venimos a hacer patria desde nuestra profesión o con lo que tenemos. Pero todo es una entrega, una donación”, dice Zamudio en una frase en la que agradece y reclama la presencia del Estado aprovechando la presencia del Vicepresidente.

Al atardecer, la comunidad se agolpa para despedir a los funcionarios públicos que los han visitado. Como en todos los momentos significativos de la jornada, los estudiantes alzan sus voces para cantar. Esta vez la canción es Al partir, de Nino Bravo. Las palabras de la canción sintetizan la emoción y demanda de Siapana: “Forjaran mi destino las piedras del camino, lo que no es querido siempre quedará…”


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