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| 4/18/2007 12:00:00 AM

Cuando de Chile vengo...

La literatura chilena no se ancló en Roberto Bolaño. Por el contrario, su universo narrativo está lleno de escritores que tratan de abrirse un espacio en la literatura hispanoamericana. Un recorrido por los nombres más representativos.

Chile no es hoy una fértil provincia para la literatura. Con un mercado interno del libro irrelevante en el nivel regional, las grandes editoriales han reducido sus planes de publicación al mínimo. La narrativa no es prioridad en ellos, pues el negocio anda por otros lados: la autoayuda, el ensayo histórico y, sobre todo, el texto de estudios y el libro infantil, cuya demanda está asegurada por el sistema educativo. Los ejecutivos de los sellos multinacionales –que dominan el mercado– no dudan en publicar ficción sólo cuando se trata de autores de éxito probado: Pablo Simonetti, Carla Guelfenbein, Elizabeth Subercaseaux, Antonio Skármeta, Marcela Serrano, Hernán Rivera Letelier, Roberto Ampuero, entre otros. Escritores con proyectos narrativos muy diferentes, pero que comparten una apelación a fórmulas de historias sencillas, altas dosis de emotividad y protagonistas de fácil identificación con el lector, por su procedencia social o su valor pintoresco. Best sellers, en resumen, cuyo trabajo es paralelo al de marcas registradas internacionales como las de Isabel Allende y Luis Sepúlveda.

Hace 10 años la escena literaria estaba dominada por lo que se bautizó como la “nueva narrativa”, expresión nada original pero con la suficiente eficacia publicitaria como para llamar la atención de lectores ávidos por volver a leer narrativa local luego de 17 años de dictadura. Se trataba de un conjunto de escritores, de edades e intereses diversos, entre los que se contaban Jaime Collyer, Gonzalo Contreras y Alberto Fuguet. Tres nombres que vale la pena mencionar porque no se trató de fenómenos pasajeros más o menos prefabricados sino de autores con talento capaces de continuar sus carreras una vez pasado el mini boom editorial. Narradores que, con mayor o menor fortuna, todavía siguen publicando pero ya sin hegemonizar la atención de la crítica ni el fervor de los lectores.

Nuevos actores han salido al camino. Uno de los casos más llamativos, por la constancia y coherencia de su proyecto de escritura, superior en algunos casos a su realización, es el de Germán Marín. Con la publicación en 2005 de La ola muerta completó su trilogía Historia de una absolución familiar, proyecto autobiográfico que tiene como telón de fondo las transformaciones políticas y culturales de la sociedad chilena durante la segunda mitad del siglo XX. Es un documento que se distancia, por vía de un escepticismo radical, de las versiones oficiales o correctas que dominan la historiografía. Una empresa que tiene sus antecedentes en la obra de Fernando Vallejo y que, como ella, coincide, en sus excesos y altibajos. Más parejo se muestra Marín en la novela corta, en donde vuelve ficción episodios de la violenta historia política reciente como en El palacio de la risa y Carne de perro, relato este último que anticipa y supera a Plata quemada, del argentino Ricardo Piglia.

Con cuatro novelas a sus espaldas, Sergio Missana es un autor que también ha sido fiel a su escritura. Los paisajes inhóspitos del desierto y la Patagonia, la soledad esencial de sus personajes, la morosidad de una prosa eminentemente descriptiva, hacen que su trabajo no se parezca a nada de lo que se está publicando para el gusto masivo, en una actitud sin concesiones que recuerda a Diamela Eltit, pero que, a diferencia suya, no se atrinchera en las expectativas de un público académico. Missana es un hábil creador de mundos cerrados a partir de episodios marginales y anárquicos de la historia nacional. En su recién publicada novela El día de los muertos recrea los últimos días del gobierno de Salvador Allende, tal como los vive un pequeño grupo de personajes a los que el narrador sigue los pasos hasta los años 90. Libro de pasajes memorables, en el que Missana se da permiso para el humor sin por ello dejar de exigir un lector atento, paciente, casi cómplice. Algo similar le sucede a Cynthia Rimsky, autora de dos novelas que han sabido encontrar sus lectores con el paso del tiempo.

José Gai, un periodista recién desembarcado en la literatura con su novela Las manos al fuego, explora los años de la dictadura en una historia sin maniqueísmos. Novela negra de primer nivel, que recuerda los mejores libros de Ramón Díaz Eterovic, autor que en las últimas entregas de su saga protagonizada por el detective Heredia aborda las aristas más oscuras de la Transición chilena. Roberto Brodsky es otro escritor que ha incursionado en este registro con una obra en constante evolución.
Precedido de una obra más bien discreta, Mauricio Electorat se reveló como un novelista extraordinario en La burla del tiempo (Premio Biblioteca Breve 2004, Seix Barral), una de las mejores novelas de formación de la literatura chilena, y, a la vez, un fresco lleno de matices sobre la resistencia estudiantil, la represión y el exilio durante los primeros años del régimen militar.

La gravitación de Roberto Bolaño en la narrativa actual, no sólo la chilena, es ineludible. Como en casos similares, enfrentados al autor de Los detectives salvajes, algunos autores entran en una dinámica que adquiere las formas simplistas de la imitación o del rechazo. Los casos dignos de mencionar, en cambio, son mixtos. En la novela Bonsái, Alejandro Zambra se acerca al modo conjetural y elíptico que asume la prosa del fallecido autor chileno, con alusiones literarias bien integradas al relato, y una ironía inteligente que se echa de menos en la literatura chilena. Bonsái es un muy buen primer libro que sigue epigonalmente el camino abierto hace tiempo por Aira y Bellatin para la novela corta. En sentido contrario, operando por saturación, que es otra de las cuerdas bolañescas, Álvaro Bisama ofrece en Caja negra una novela pastiche que multiplica vidas reales e imaginarias en una exhibición abrumadora de cultura pop.
Distinguido con el Premio Nacional de Literatura 2006, José Miguel Varas continúa siendo el monarca del cuento chileno, con piezas notables que giran en torno a periodistas, bohemios y simples hijos de vecino. Luis López-Aliaga y Marcelo Simonetti son otros dos consumados especialistas del género breve, aunque este último también sorprendió con una excelente novela, “La traición de Borges”, Premio Casa de América 2005.

Otros autores que no deben perderse de vista son Cristián Barros, Alfredo Sepúlveda, Ernesto Ayala, Roberto Fuentes, Gonzalo León, Nona Fernández y, muy especialmente, Ignacio Fritz. Narradores que todavía están por escribir su mejor libro.
Un género en el que nuestra literatura ha tenido valiosos precedentes es la crónica. Este arduo oficio, que alguna vez cultivó magistralmente Joaquín Edwards Bello hoy cuenta con representantes tan sólidos como Roberto Merino, Pedro Lemebel, Francisco Mouat y el sorprendente Rafael Gumucio. Caso aparte es Jorge Edwards. Cronista consagrado, en El inútil de la familia (precisamente sobre su pariente Joaquín Edwards), consigue estupendos resultados incorporando a la novela elementos del género en el que mejor se desenvuelve.

La poesía, que le ha dado a Chile dos premios Nobel y algunas de las voces más originales e influyentes del género, pasa por un momento de búsqueda y dispersión, alejada, como siempre, del circuito comercial. Igual que Neruda en su momento, Nicanor Parra es un sol que nutre y, a la vez, eclipsa a los nuevos poetas que tratan de encontrar su propia voz. Pasado el mejor momento de Raúl Zurita, enmudecido Diego Maquieira y muerto hace unos meses, luego de un tardío reconocimiento, el magnífico poeta Gonzalo Millán, los autores que exhiben mayor madurez en su escritura son Elvira Hernández, Claudio Bertoni, José Ángel Cuevas, Armando Roa y Bruno Vidal, mientras que en las generaciones más jóvenes se consolidan, con ritmos dispares, Jaime Huenún, Adán Méndez, Javier Bello, Rafael Rubio, Juan Cristóbal Romero, Damsi Figueroa, Leonardo Sanhueza, Germán Carrasco, Andrés Anwandter, Kurt Folch, Julio Espinoza, Gladys González y Julio Carrasco, por mencionar solamente algunos nombres de una galaxia en expansión.

Lejos del país, perseveran en su oficio vates tan notables como Ludwig Zeller, David Rosenmann-Taub, Efraín Barquero, Óscar Hahn y Cecilia Vicuña. En Chile Gonzalo Rojas y Armando Uribe, aunque todavía activos,
desempeñan más bien un papel tutelar en círculos acotados de las nuevas promociones.
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