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| 2/29/2008 12:00:00 AM

A cuatro manos

A partir del domingo, el poder en Rusia será compartido por el seguro ganador de las elecciones, Dmitri Medvedev, y su primer ministro, Vladimir Putin. Las intenciones de éste son gobernar el país más grande del mundo desde una posición secundaria. ¿Funcionará el nuevo esquema? Análisis de Patricia Lee.

Desde el próximo domingo, cuando se conozcan los resultados de las elecciones presidenciales, Rusia intentará un experimento político explosivo: repartir el poder del país más grande del mundo, de la segunda potencia nuclear y del segundo productor mundial de petróleo, en cuatro manos: las del ganador nominal, Dmitri Medvedev, y las del ganador real, el presidente saliente Vladimir Putin, que continuará en el poder como Primer Ministro.

De acuerdo con la última encuesta del Centro de Estudio de la Opinión Pública VTsIOM, Medvedev obtendrá 72,9 por ciento de los votos, el comunista Gennady Zyuganov recibirá 15 por ciento y el dirigente del Partido Liberal Democrático Vladimir Zhirinovsky llegará al 10,9 por ciento. El representante del Partido Democrático Andrey Bogdanov sólo llegará al 1 por ciento.

Medvedev, elegido por Putin como su sucesor, es actualmente viceprimer ministro y presidente del consejo de directores de Gazprom, la tercera empresa más grande del mundo que provee de gas a media Europa. Como Putin, el nuevo Presidente viene de San Petersburgo e inició su carrera política en el equipo de Anatoly Sobchak, ex alcalde de esa ciudad, que años después desapareció de la escena política acusado de corrupción.

Orden antes que libertad

Vladimir Vladimirovich, elegido Presidente en 2000 y reelecto en 2004, ha presidido el período más estable de Rusia desde la desaparición de la Unión Soviética.

Con tasas de crecimiento de un 7 por ciento anual en los últimos años, el Presidente ha logrado imponer el orden donde hace menos de una década reinara el caos.
La revista Time, que lo eligió el hombre del año en 2007, lo definió así: “Putin no es un ‘boy scout’, no es un demócrata a la manera occidental, no es un parangón de la libertad de expresión. Propone ante todo estabilidad –antes que libertad, antes que opción–, en un país que poco ha disfrutado de ello en los últimos 200 años. Con un costo significativo en cuanto a los principios y las ideas que las naciones libres honran, Putin ha realizado la extraordinaria hazaña de imponer estabilidad en un país que casi nunca la conoció y ha vuelto a poner a Rusia en el tablero de poder del mundo”.

Su retirada del gobierno podría afectar la estabilidad conseguida. Para evitarlo sin violar la Constitución, que prohíbe una segunda reelección, Putin hizo un enroque ajedrecístico: ungió a Medvedev como su heredero en la Presidencia, al tiempo que él encabezó la lista de candidatos al Parlamento por el partido ‘Rusia Unida’ en diciembre, que obtuvo el 70 por ciento de los cargos, y se propone continuar dominando la política rusa desde el cargo de Primer Ministro.

El Kremlin o la Casa Blanca

Dos imponentes edificios se reparten el poder en Rusia: la sede del Poder Ejecutivo, el Kremlin, con sus altas torres, su muralla medieval y sus fantasmas absolutistas como Iván el Terrible o el temible Stalin. A 20 cuadras, por la línea recta de la amplia avenida Nueva Arbat, se encuentra la Casa Blanca, una moderna construcción que sirve de sede al gobierno ruso encabezado por el Primer Ministro.

Las dos edificaciones no siempre se llevaron bien: en agosto de 1991, Boris Yeltsin encabezó desde la Casa Blanca la resistencia al putsch militar fracasado, y desde allí fustigó la caída de Mijail Gorbachov y la desaparición de la Unión Soviética. Dos años después, habiéndose trasteado al Kremlin, el mismo Yeltsin ordenó cañonear la Casa Blanca, que se había convertido en reducto de los que añoraban el viejo régimen. Ahora, cuando Putin se lleva su escritorio del Kremlin a la Casa Blanca, la cuestión será en cuál de los dos edificios quedará el poder.

Medvedev declaró la semana pasada a la revista moscovita Itogui que Rusia nunca será una república parlamentaria y que el centro seguirá siendo el Kremlin. “No hay dos, tres, ni cinco centros de poder. El Presidente gobierna Rusia, y, de acuerdo con la Constitución, sólo puede haber uno”, dijo.
Sin embargo, los que conocen los entretelones del poder ruso advierten sobre los problemas que se avecinan. “Los burócratas siempre saben quién es el verdadero jefe, y aunque las elecciones de marzo parecen formales, los funcionarios del futuro Primer Ministro Putin querrán demostrar su superioridad sobre los colegas de la administración presidencial”, escribe la revista de negocios Smartmoney.

Al control sobre la conducción cotidiana de Rusia desde la Casa Blanca se agrega el control de Putin, el ex espía, sobre los organismos de seguridad, dirigidos por hombres leales a él, y su dominio aplastante en la Duma, que puede tomar cualquier decisión independiente de la opinión presidencial, incluso modificar la Constitución para delimitar los poderes del Ejecutivo.

Los retos de Medvedev

No le será fácil a Medvedev mantener firme el timón. Dependerá en primer lugar de que se mantenga la bonanza petrolera que permitió el milagro Putin. Los retos son muchos: el permanente conflicto con Ucrania, a través de cuyo territorio pasa el gasoducto más importante hacia Europa; la lucha por ingresar a la Organización Mundial de Comercio, que acaba de aceptar a Ucrania y que continúa dilatando el ingreso ruso; el conflicto con Estados Unidos y la Otan, tras el anuncio de George W. Bush de que dispondrá el famoso escudo antimisiles en los países vecinos de Rusia; los graves problemas sociales y económicos de la población, que no ha recibido los beneficios del boom petrolero, y el problema de las libertades políticas y de prensa, tras el asesinato de la periodista Anna Politkovskaya, la persecución permanente a los periodistas independientes y a los opositores políticos, sin olvidar el conflicto latente en Chechenia y el Cáucaso.

Al disolverse la Unión Soviética, Boris Yeltsin restableció el símbolo de la Rusia imperial: el águila de dos cabezas que miran en direcciones opuestas, una hacia el este y otra hacia el oeste. Habrá que ver si en este nuevo experimento político, donde se juega el control sobre la segunda potencia nuclear del planeta, las dos águilas coexisten pacíficamente, mirando cada una para su lado, o si, en algún momento, se agarran a picotazos.

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