Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2008/02/25 00:00

Daniel Day-Lewis, el monstruo mayor

Muchos consideran al ganador del Oscar un actor patológico: capaz de enfrentar los personajes más complejos al punto de convertirse en ellos con métodos que rayan con la locura. El mejor secundario fue uno que le sigue los pasos en calidad y en nivel: Javier Bardem. Perfiles de los dos mejores.

Los ganadores Daniel Day-Lewis, Tilda Swinton, Marion Cotillard y el español Javier Bardem posan durante la versión número 80 de la entrega de los premios Oscar de la Academia. (Foto: AFP)

Entre la lista de grandes actores, hay uno que se roba todos los honores por su capacidad de desmenuzar a su personaje hasta convertirse en él, por sus métodos extremos, por su capacidad actoral y por su desmesura. Un verdadero monstruo. Y no es un título exagerado ni gratuito.

Se trata de Daniel Day Lewis, el premio Oscar de la Academia en su versión 2008, que recibió ayer, en medio de aplausos y sin discusión alguna, su segunda estatuilla de cuatro nominaciones que ha obtenido en apenas 12 películas como protagonista. Con fama de lunático y obsesivo, este hombre, nacido el 29 de abril de 1957 en Londres, es el hijo del poeta inglés Cecil Day Lewis, que le dedicó un poema a su hijo titulado El recién nacido, en el que se asombra de la fuerza del pequeño a pesar de su aparente dulzura.

Desde ese entonces fue evidente que el niño no sería cualquier cosa. El tercer hijo de la familia estudió en un hogar con formación comunista, estudió en un colegio público, terminó vinculado con los delincuentes de su barrio, en el sureste de Londres, y fue a parar a un instituto como interno, en Sevenoacks, uno de los colegios de más tradición en el Reino Unido, cuando sus padres vieron que el joven había perdido el rumbo. Desorientado y desesperado por el rigor de las clases, entró a formar parte del grupo de teatro solo para poder expresarse. Y le gustó. Dijo, en ese momento, que se iba a dedicar a hacer eso. Y puso toda su rebeldía en ello.

Su primer trabajo en la pantalla grande fue simple: caminar con muchachos de su edad y rayar carros, en Sunday Bloody Sunday (1971). Como siempre en su vida, desde ese momento hasta su próximo filme pasaron muchos años, en realidad once, hasta que volvió a hacer un papel menor en Gandhi (1982). Unos años antes había trabajado en episodios cortos en la televisión. Durante esos años de silencio se enamoró de la carpintería y trabajó en obras de teatro.

Estuvo a punto de dedicarse a la carpintería, pero un artesano le dijo que tal vez no tendría el temperamento para consagrarse a ese oficio porque era demasiado introspectivo por fuera, pero salvaje por dentro. Así que con paciencia volvió a hacer sus pasos y a dedicarse a la actuación.

Los estudios los acabó en 1975, pero solo hasta 1985 tuvo un papel decente, en Mi hermosa lavandería, que él convirtió en una actuación brillante y que lo llevó a ganar sus primeros premios como actor secundario otorgado por el National Board of Review de Estados Unidos, y por los críticos de Nueva York, tanto por esa cinta como por Una habitación con vista, que también se estrenó ese mismo año. Dos actuaciones premiadas en un solo actor.

En ese momento, el monstruo despertó de lleno. El actor británico, educado con los clásicos, protagonizó, junto con Juliette Binoche, La insoportable levedad del ser (1988), cinta que también fue nominada en algunas categorías, como las anteriores, a los Oscares. Pero fue en 1989 cuando tuvo que interpretar algo más que personajes accesorios o contenidos. Se trató de Mi pie izquierdo, en la que Day Lewis interpreta al tetrapléjico Christy Brown, un hombre que supera el desprecio de haber nacido con parálisis, y aprende a manejar la única parte de su cuerpo que puede controlar: el pie izquierdo. Considerada una de las mejores actuaciones de la historia, muestra a un Day Lewis convertido en otro hombre. Ganador de su primer Oscar por esta cinta, en ese momento ya pasó a ser leyenda. Y se difundieron sus métodos de preparación como actor.

Para su papel en Mi pie izquierdo vivió en una casa en Dublín con personas con discapacidades, pasó meses junto a los enfermos, aprendió a pintar con un cuchillo y con pinceles con dos dedos de su pie izquierdo, se dejó la barba y fue tan consciente de su papel que no se levantó de la silla de ruedas nunca durante el rodaje, obligando al equipo a tratarlo como si fuera un real discapacitado, pidiéndoles que lo alimentaran con cuchara y pidiendo que lo llevaran de un lado al otro.

Luego, cuando intepretó a Hawkeye (Ojo de halcón) en El último mohicano (1992), se consagró tanto al papel que ganó 10 kilos de peso, se fue a vivir al bosque acompañado por un rifle, en casi completo aislamiento, aprendió a pescar, a despellejar animales, a comer su carne, a construir canoas y a disparar en movimiento. Para variar, consiguió ser nominado a varios de los mayores premios, como los Bafta.

Igual sucedió con La edad de la inocencia, en un papel contenido y de época en el que sacó a relucir sus maneras más clásicas, o con Las brujas de Salem (1996), cuando decidió irse a vivir al pueblo que se iba a utilizar como set en Massachusetts, y allí trabajó la tierra, construyó la casa en la que iba a vivir su personaje con su conocimiento de la carpintería y se convirtió en el personaje, tal cual, sin que nadie lo dudara nunca.
Sin embargo, casi nunca fue tan evidente su calidad como actor como cuando trabajó en el otro papel que le daría una nominación al Oscar: En el nombre del padre (1993). Para ese papel como prisionero injustamente condenado que fue nominado a siete premios de la Academia, perdió 15 kilos, comió las mismas raciones que los presos, pasó dos noches sin comer ni beber en la celda de las locaciones, vivió dentro y con la agonía de los prisioneros reales. Luego, en El boxeador, otra gran cinta de Jim Sheridan, al igual que la anterior, se convirtió en un púgil de verdad, que boxeaba con ímpetu y acabó con la nariz rota y una hernia. Se metió tanto en el papel que sus puños eran todo menos ficticios.

Ese año desapareció. Solo hasta 2002 volvió al cine, cinco años después, con Pandillas de Nueva York, donde de nuevo impresionó con su voz, nunca parecida a sus anteriores, con su postura, nueva en él, con su rostro, nada similar a los anteriores, y un papel memorable que le valió otra nominación al Oscar y para el cual aprendió el oficio de ser carnicero y el arte de lanzar cuchillos.

Finalmente en Petróleo sangriento (There Will be Blood), la cinta que le valió su segundo Oscar en la ceremonia de este domingo, decidió vivir como los buscadores de petróleo, en el desierto, de manera sencilla, y luego trabajar un personaje que va transformándose hasta convertirse en la representación de la soledad, la locura y el mal despiadado. En una cinta en la que sale practicamente en cada cuadro, su personaje va mutando por la avaricia, con una voz que de nuevo no se parece a las anteriores de Lewis y un aspecto físico que es distinto a todos sus anteriores. La escena final, en la que arroja bolos a un predicador en una pista para este deporte, lo muestra totalmente consumido por la locura, aterrador y monstruoso.

Es más, en su vida real utiliza aretes en ambas orejas, tatuajes con los nombres y las manos de sus tres hijos y un acento culto.Y nadie sabe si también ahí está actuando.
Por ahora, como siempre, no tiene proyectos futuros. Con la docena de trabajos que ha hecho ya se labró un nombre en la historia del cine y no tiene prisa por demostrar nada más.

Javier Bardem, el otro monstruo

En Antes que anochezca, su primera nominación al Oscar, el actor español tuvo que subirse a los escenarios y aparecer en un centenar de cenas para decir, sin naturalidad, que él era el mejor y que se merecía el premio de la Academia. Esta vez, en su segunda nominación, se ahorró los discursos, aprovechó la experiencia y dejó que su ego se apaciguara para que los críticos decidieran por sí solos. Sobrado, se llevó este domingo uno de los premios que más se recordará con los años.

Así que este actor de 38 años, que nació un 1 de marzo en Gran Canaria, España, y que comenzó en el cine a los 6 años gracias a la influencia de su familia de actores, ya tiene su estatuilla merecida. Y eso que no se desveló por ella. Le parecía que esos 15 segundos de discurso frente a cien millones de televidentes eran horribles, y que aunque inflaban el ego, él ya estaba inmune a eso gracias a que vive en España y allí no es tan importante ser el número uno como en Estados Unidos. Y otra cosa lo tranquilizó: la gente no ve en España la ceremonia de los Oscar en directo, porque inicia las 2 de la mañana y termina a las 7 a.m., cuando todos duermen en su país.

Eso dice, en una entrevista, y se ríe de buena gana, sin tomarse en serio.
Recuerda que su personaje de Anton Chigurh en Sin lugar para los débiles pone en blanco los ojos, como un tiburón al ataque, porque esa sensación de frialdad se la dejó el libro de Corman McCarthy cuando lo leyó. Luego de llegar a un acuerdo con los hermanos Coen, directores de la cinta, entendió que esa sensación era la que debía transmitir, la de quedarse casi ciego al matar, algo intolerable, irreal, porque si los ojos significan el alma de alguien, a Chigurh tenía que írsele el alma al cometer un asesinato.

Para esta cinta, aprendió a manejar con facilidad la pesada arma que utiliza para ir sumando víctimas y a meterse en el papel de su personaje malvado a punta de imaginación, tratando de figurarse qué sentiría si el deseo de matar a alguien durara en su interior más de un segundo. Más aún: que pasaría si no tuviera límites en su deseo de ser un asesino. Y luego, volver a la tranquilidad. O seguir como si nada, insensible. “Es una idea, más que un personaje: la violencia pura”,dice Bardem sobre su personaje.

Igual, el personaje no le había llamado la atención al actor español cuando leyó el guión la primera vez. Era otro asesino más en la historia del cine, algo que él evadía y que le parecía común, repetitivo. Si lo hizo fue solo porque se trataba de un trabajo de los hermanos Coen y porque en la novela hay un mensaje, el mismo que también encontró en el guión, sobre lo difícil que es detener la violencia una vez se desencadena. “Mientras haya más gente que crea que la violencia resuelve las cosas, habrá más violencia”, agrega el actor.

Bardem también trabajó este año en El amor en los tiempos del cólera, la adaptación de la novela de Gabriel García Márquez, movido ante todo por el amor que le tenía a un libro que leyó cuando tenía apenas 14 años y que se releyó tres veces hasta que le sacó el gusto a cada frase. Lo hizo para honrar al Nobel colombiano, explica.

Y por eso mismo saltará a hacer la cinta Nine, un musical en el que cantará, porque le gusta hacerle homenaje a distintos géneros y también para arriesgarse en lo que no conoce o no ha intentado, que es cantar. En esa obra trabajará con Marion Cotillard (La vida en Rosa), Sophia Loren y Penélope Cruz. También prepara su papel como Pablo Escobar en Killing Pablo, trabajará con Francis Ford Coppola en una cinta titulada Tetro y aparecerá en la más reciente cinta de Woody Allen llamada Vicky Cristina Barcelona. En ninguna se parece a ningún papel previo, y esa parece su consigna: no conseguir acomodarse.

A Bardem, ex boxeador y jugador de rugby que no ha aprendido a conducir autos, le hace falta trabajar en su propio idioma, el español. A punto alguna vez de convertirse en símbolo sexual por su aparición en la cinta Jamón Jamón, dejó de lado esa posibilidad para encarnar papeles complejos y rudos donde dejó por el suelo toda referencia a ese papel inicial. Los lunes al sol, Pasos de baile, Sin noticias de Dios, Antes que anochezca, Airbag, Carne trémula y El amor perjudica seriamente la salud, entre otros, le han cosechado triunfos. Pero ninguno como el de ayer. Y eso que apenas comienza su carrera verdadera.

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