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| 5/9/2005 12:00:00 AM

De por qué prefiero un cartón de Pielroja a un Mercedes Benz

Olga Lucía Lozano, una fumadora empedernida, cuestiona por qué no la dejan fumar a ella mientras los 4X4 vacíos contaminan toda la ciudad.

Soy fumadora. Fumadora de las que no se avergüenzan al escribirlo, decirlo o al recibir las centenares de miradas que reprueban, sin que nadie se los pida, la costumbres ajenas. Nunca he leído los libros que están de moda para dejar de fumar, usando filtros mágicos ni consumiendo chicles de nicotina. Sin embargo, y pese a mi indiferencia frente al tema o a mi limitada vocación para dejar el vicio, una de las preguntas que más he oído en mi vida es: ¿y cuándo vas a dejar de fumar? La otra, un poco menos reiterativa que la anterior pero siempre presente en algunas conversaciones con amigos, parientes y uno que otro compañero de trabajo, es: ¿y cuándo es que va a comprarse un carrito? Validando con ello que en este país, para muchos, no tener carro o el no aspirar por lo menos a tenerlo lo convierte a uno en un ser incompleto, raro y en algunos casos fracasado. Sin embargo, y pese a la desazón que produce la respuesta en ambos casos, la respuesta es "quizá nunca". Porque si bien no creo que fumar sea una virtud o niegue los efectos nocivos del cigarrillo (suficientes discursos he escuchado al respecto, ninguno de ellos solicitado), me convence menos que la abstinencia la idea de enrolarme en un ejército de conductores cuya conducta nociva nadie cuestiona. Prefiero ser de las acusadas por contaminar el aire a punta de bocanadas de humo tabacalero, que pasar a hacer parte de los contaminadores cuya responsabilidad ambiental se difumina en los parabrisas de sus extravagantes 4X4 y en la inexistente reprobación social al respecto. Lo que no deja de sorprenderme, entonces, es que mientras los fumadores nos hemos ido convirtiendo en la escoria de principios del siglo XXI, miles de automóviles, monteros y camionetas (muchos con capacidad para cinco o seis pasajeros) sigan rodando casi vacíos por las calles ante la mirada indiferente del resto de ciudadanos. Igual, me sorprende la laxitud de la legislación al respecto (no hay zonas señalizadas para separar a conductores y no conductores), aunque los automotores sean los responsables de muchas de las enfermedades respiratorias que afectan hoy a la población de ciudades como Bogotá. Y me aterra, en todo caso, que ellos no sean considerados un atentado a la salud pública cuando son en gran parte los directos responsables de la pésima calidad del aire que respiramos hoy en países como el nuestro. Claro, imagino que será más difícil satanizar a los adictos a la gasolina que prefieren salir a las 5:00 de la madrugada de su casa antes que dejar de usar el carro un día por causa del pico y placa. Se ve imposible además que alguna vez los no fumadores hagan gestitos desagradables al observar a un compañero de oficina utilizar el carro diariamente para realizar un trayecto tan estúpido como las 10 cuadras que separan su vivienda de su trabajo. Tampoco creo que tendré la fortuna de ver alguna vez una pelea abierta y frontal como la emprendida por las entidades públicas y privadas involucradas en el tema de la salud en contra de las tabacaleras, con la industria automotriz y las refinerías y expendios de combustibles como objetivo. Y, por supuesto, nunca obligarán a Renault, Mercedes, Ford, Mazda y demás marcas a grabar en el baúl de sus creaciones la frasecita: "Este producto puede causar cáncer al pulmón, enfermedades respiratorias, etc., no solo a usted sino a los millones de personas que transitan por las mismas calles que usted". Como la cosa está tan clara, entonces, basta con decir que no estoy en contra de la existencia del automóvil, sino contra el uso irracional de éste. Contra la diferencia de ópticas para juzgar dos problemáticas similares y contra lo mamona que es esta discriminación en torno a los fumadores, cuando los mayores contaminantes en esta ciudad son alabados por haber trabajado 20 años para poder comprarse un montero. Así las cosas, prefiero lucir una cajetilla de Pielroja en el bolsillo (hasta los dueños del mundo lo querían y lo compraron) a meterme en una extravagante Cherokee para pasearme a solas por la congestionada Bogotá, mientras los pocos hospitales que sobreviven no dan abasto para atender a los niños con infecciones y enfermedades respiratorias. Y así las cosas, de ahora en adelante la pregunta harta debería ser: ¿cuándo va a vender ese carro y a montarse en un bus, en un taxi o a pedalear una bici?
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