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| 4/18/2004 12:00:00 AM

¡Déjenos vivir para contarla!

Una familia tradicional de la izquierda unida por una causa ha sido víctima de la violencia en Colombia desde distintos frentes. El miedo ha hecho que guarden silencio por muchos años. Sin embargo, Germán Silva uno de los pocos sobrevivientes de la familia Silva Losada, decidió contar su historia y por qué seguir luchando para que la izquierda "pueda vivir y los líderes sociales y la población civil no sigan siendo sacrificados".

Untitled Document Difícil convencer a la familia para contar nuestra tragedia. Seguimos temiendo, como miles de colombianos, que la sola divulgación de nuestro vía crucis acabe de aplastarnos con la guerra sucia que deja cada día nuevas víctimas en el pueblo. Nos resistimos a seguir enterrando nuestros muertos en el cómplice silencio de la impunidad que muerde el alma nacional, y con la bondad de SEMANA dejamos testimonio de nuestro enfrentamiento inerme con la guerra, cuyo tropel macabro idolatra la muerte, sacrificando la verdad, para enterrar la justicia y la democracia.

El asesinato en forma terrorista de Pedro Alirio Silva, presidente de la Asociación de Juntas Comunales de Orito y líder cívico del Putumayo, más allá de constatar la campaña de exterminio de los sobrevivientes de la Unión Patriótica como el incesto entre paramilitares y agentes de inteligencia militar, evidencia la continuación de la intolerancia, la estigmatización y la represión violenta a los descendientes de familias tradicionales de la izquierda que han resistido a las dictaduras y la violencia, laborando toda su vida por la paz, la democracia y la justicia social. El signo trágico de la familia Silva Losada y su descendencia parece convertirse en patrón de esta oscura noche de terror.

Pedro Alirio Silva creció en el hogar de Pastora Losada y Florentino Silva, que junto a José Ramírez y otros líderes campesinos fueron los pioneros del poderoso movimiento agrario Viotá La Roja y el Tequendama, cuya experiencia está por escribirse. La movilización de los siervos colonos por la tierra y el libre cultivo se enraizó en la región desde los años 20, de la mano de ideas socialistas, entroncándose con las Ligas y sindicatos agrarios, las primeras ligas de jóvenes comunistas, comités femeninos y las bases partidarias que los Ramírez y Silvas construían, bajo orientación de Jesús Villegas y Gilberto Vieira cuando apenas los comunistas nacían como partido en Bogotá. Los Ramírez y Silvas se unieron en causa y familia, mientras sus descendientes y vecinos continuaron su lucha germinando el nacimiento de una comunidad socialista en la región, en la que participaban las familias enteras cimentando la primera reforma agraria o 'revolución agraria', cuando los colonos lograron forzar la parcelación durante 40 años, de las inconmensurables haciendas de los terratenientes y caciques politiqueros como Jorge y Leopoldo Crane-Uribe, los Salgado, Drigelio y Guillermo Corredor, los Avendaño, los Bogotá-Chía y los Sáenz, cuyos territorios se extendían desde el salto del Tequendama hasta Girardot y el Boquerón.

José Ramírez fue asesinado, una vez derrocada la dictadura militar de los años 50, por un chulavita del servicio de inteligencia en el corregimiento del Triunfo, y las movilizaciones de protesta sacudieron la región al son de himnos y coplas inventados por los líderes juveniles y obreros.

Florentino Silva salía del servicio militar en 1930 para casarse, pero luego fue reclutado para enrolarse en las tropas que peleaban en la guerra con el Perú. Regresado de nuevo se incorporó a la liga agraria y al partido, y adquirió una pequeña parcela en la legendaria zona de Buenavista y Calandaima, en donde se dio la mano con los Ramírez. Por su juventud, su responsabilidad y destreza fue designado para organizar la primera autodefensa campesina revolucionaria en 1937, que se extendió rápidamente. Con un decisivo protagonismo en la defensa de cultivos y parcelas, junto con sus moradores y su organización logró mantener la política de paz y normalidad por cerca de 50 años, y multiplicó su experiencia en otras regiones agrarias en donde resistió las dictaduras y avanzó en el progreso agrario. Cuando la autodefensa popular en muchas regiones dejó de existir -1975-1990- regresó la violencia a esas regiones cometiendo exabruptos, con los escuadrones paramilitares que a la vez trajeron la penetración de avanzadas guerrilleras al centro del país, el Magdalena Medio, la Costa y el occidente colombiano.

Dos hijas de Florentino y Pastora murieron en la niñez y nuestra madre falleció por falta de atención médica, cuando apenas Alirio contaba 9 años. Cuatro mayores salieron en matrimonio y el padre, junto con Alirio y Germán, continuó como nómada organizando y agitando sus ideas. Mi padre, que tan solo aprendió a firmar en el cuartel, nos llevaba a todas las reuniones para leer extensos mamotretos ideo-políticos que luego él explicaba. El hogar fue muy humilde pero solidario y cariñoso. Don Floro

era un convencido marxista y ateo, mientras mi madre, furibundita católica. La noche que las velas del santuario originaron un pequeño incendio que sofocamos a tiempo; fue propicio para que mi padre reafirmara la inexistencia de algún Dios, mientras mi madre aseguraba que estaba poseído del demonio.

El 9 de abril del 48 lo encontró en el levantamiento en la plaza Bolívar de Bogotá, recibiendo patadas y culetazos que lo hicieron vomitar sangre. Fue apresado y torturado varias veces. La más dura fue cuando el famoso proceso en 1953 -con el partido ilegalizado-. Gilberto Vieira y medio centenar de campesinos del Tequendama fueron llevados a consejo verbal de guerra. El secretario general del partido logró con un fervoroso alegato rebatir las acusaciones, luego de un torturante cautiverio. La parcela permutada se enrastrojó y la Caja Agraria la embargó. Florentino, arruinado, enfermó y los 'tigres', avarientos vecinos, se quedaron con la finca. Don Floro Silva era ante todo un mediador, un arreglapleitos y un convencido de la transformación social. La gente le tenía tal confianza, que en las peleas campales por linderos como en festivales y ferias, se interponía entre los adversarios armados para "meter paz", y su voz se respetaba. No contó con igual suerte cuando en la fiesta sindical en casa de Víctor Ramírez -1965-, el provocador Jorge Parra le tendió una escopeta de la U. al tesorero Temis Ramírez, y al interponerse Floro recibió el disparo. La bala que no pudo ser extraída ayudaría mucho después a precipitar su muerte.

Con Alirio crecimos casi gemelos en aventuras movilizadoras de concientización, aciertos, errores, avances, retrocesos en las organizaciones políticas y sociales. Nos encantaba participar en la recolección de café para pagarnos el transporte en nuestras correrías a fundar y reactivar los organismos y visitar a la familia, ya regada por el país, al no llegar el salario mínimo de la organización. La represión era el pan diario y junto a nuestra escuela ortodoxa, nos aferramos tercamente a la causa cuya utopía nos hacía indestructibles y nos aventuraba a liderar a los pobres, a los demócratas, a los luchadores por la justicia. Jugamos nuestra juventud a la utopía y nos la robó la lucha. Fuimos dejando retazos de existencia en cada vereda, en cada hacienda conquistada, en cada barrio o rancherío de latas y paroy construido. En 10 haciendas tomadas y en 8 barrios construidos en Bogotá y otros pueblos, no reclamamos lote. Cuando nos los cedieron, nos despojaron de allí por la fuerza. De Atala, con el sindicato de 150 jornaleros, nos sacaron a trabajar en carreteras con el departamento. Por error nos devolvimos de obreros sindicalizados al campo abandonado, reformista y azotado.

Nuestros caminos hacia la misma meta se bifurcaron cuando nos hicimos líderes y las organizaciones nos enviaron a contornos diferentes. Salí varias veces a Europa estando un tiempo en Cuba, en la construcción del internado Jorge Dimitrov y el poblado de los Naranjos, con la Brigada Internacional Julio Antonio Mella. Como integrante de la dirección de la Juco recorrí el país y parte de Latinoamérica. Si en Cuba me gradué de albañil, en la Jota y el paco me gradué de periodista y en la UP, de escritor. Concejal dos veces en Viotá y otras dos en Pandi, no me dejaron terminar por encarcelamiento y amenazas. Mientras, Alirio hizo magníficas experiencias en la organización social, cultural y política en Los Llanos Orientales, el Tolima, Riosucio -Caldas- y finalmente se fue al Putumayo, adonde se encontró otros viotunos, y se propuso el fortalecimiento del tejido social, solidario y organizativo de colonos y pobladores.

Trabajamos en la búsqueda de los diálogos y la paz que llevó a la tregua y el nacimiento de la Unión Patriótica, que contribuimos a fundar y ampliar en varias regiones. En el Putumayo, Alirio se puso al frente del poderoso Movimiento Cívico enraizado en el campesinado, el profesorado, los indígenas, comerciantes y sacerdotes. Conquistaron varias alcaldías desde Mocoa hasta Orito, gran número de concejales y varias diputaciones en coalición con liberales y conservadores. Cuando la guerra empezó a copar al Putumayo, descabezaron a la UP y a los comunistas, y el movimiento cívico empezó a ser diezmado. Como última alternativa quedó la amplia red de juntas comunales, que en un importante proceso liderado por Alirio, Antonio Cruz y otros dirigentes construyó las asociaciones de juntas en varios municipios. De ellas, la más grande en Orito con 127 juntas en las cuales se asociaban más de 6.000 habitantes. Este último baluarte social y legal organizado empezó a ser destruido a partir del asesinato de Alirio.

¿Porqué nos matan?

Hemos tratado de narrar 'nuestros delitos', por los cuales creemos que nos asesinan, nos encarcelan y nos detienen donde quiera que intentamos levantar cabeza por la paz, por la vida y la justicia. La familia ha puesto ya muchas víctimas y estamos cercados por amenazas y constante asedio. En 20 años fui víctima de varios atentados. De los que recuerdo, en 1973, cuando dirigíamos una masiva marcha de Ibagué a Bogotá contra el golpe fascista de Pinochet y la CIA en Chile, nos asaltaron a bala, dos ganaderos ebrios, cuando buscábamos albergue en Granada, Cundinamarca, para parte de los caminantes. Eran descendientes de latifundistas de Viotá. En 1978, tiempos de las caballerizas, regresaba del colegio Camilo Torres al campamento de la casa cultural del Policarpa Salavarrieta, donde

nos alojábamos con mi familia, cuando un sicario me encañonó con una pistola. Nos agarramos con el arma. Mientras mi esposa lo golpeaba con una escoba. La resistencia y la solidaridad de los habitantes levantados a media noche evitó que fuéramos rematados por otros diez encapuchados que nos rodearon.

El 30 de septiembre de 1995, un año después de la muerte de Aurora Rojas, mi esposa y líder sindical, por negligencia en los servicios médicos, fui víctima de un criminal atentado cuando salía de mi casa a la avenida Boyacá, en procura de un transporte para ir a un foro de derechos humanos en Icononzo. Dos sicarios me cerraron el camino y me dispararon 4 proyectiles de pistola 9 milímetros, de los cuales dos me impactaron. Con la vida a rastras logré arrimar a la casa del amigo Pablo Romero, que me llevó a la clínica donde de milagro me salvaron la vida. "Fallamos pero otra vez será y ustedes también cuídense", le gritó al día siguiente una voz al otro lado del teléfono a Nadia, mi hija. Sin protección ninguna, el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos con el que trabajé mucho tiempo, en cabeza del doctor Vásquez Carrizosa y el amigo de siempre Jesús Aníbal Suárez, propuso y gestionó el asilo en Suecia, adónde nos nacionalizamos con mis hijos Nadia, Volney y Anabel.

La Fiscalía me comunicó a los dos años que el caso había precluido por falta de pruebas, a pesar de presentar los panfletos en que paras y militares nos amenazaban, como los atropellos de un capitán Ibarra, pacificador del Magdalena Medio, que con un libro de elogio a las autodefensas de esa región llegó a Cabrera, Cundinamarca, amenazando a la UP, los liberales, las administraciones del Sumapaz y hasta a los sacerdotes. Hoy con la doble nacionalidad deseo venir a seguir contribuyendo con mi experiencia y mis luces a la paz, la convivencia, la democracia, la justicia y el progreso. Deseo seguir haciendo periodismo y escribiendo mis libros desde el corazón de la patria y me resisto al ostracismo, el abandono y el acomodamiento en las gélidas tierras europeas. Aquí tengo la mayoría de mi familia y los pocos compañeros, amigos e interlocutores que nos han dejado. Pero el asedio continúa, no puedo llegar ni a mi casa o a encontrarme con mi familia.

Mis hermanas y sus familias han llevado quizá el mayor peso de esta angustia. Flor María y sus hijos, desplazados de Viotá y luego del Huila, ayudaron a construir el barrio Julio Rincón, en los altos de Cazucá, cuya fundación encabezó mi esposa Aurora junto

con Saúl Baquero. De los 10 hijos varones, nueve pagaron servicio militar. Faiver, el menor, se encontraba en un contingente de contraguerrillas en Leticia el 19 de febrero de 2000, cuando un soldado, presa de la esquizofrenia lanzó una granada al grupo, haciendo explotar otras, que motivaron la muerte de seis soldados y heridas a otros 22. De ello nada se publicó. Faiver logró salvarse en el Hospital Militar, pero quedó con una pierna destrozada, varios dedos de las manos dañados y secuelas por choque psicológico. Su tratamiento ha sido descontinuado y su indemnización incompleta, peligrando que el resarcimiento y la ayuda a él y su madre se frustren, pues un abogado del Ministerio de Defensa trata de escamotearle parte de la indemnización. José Israel, que se fue de la casa a temprana edad, fue asesinado en el Valle del Cauca en extrañas circunstancias. Varios chismes aseveran que fue muerto por un desertor de los insurgentes.

En los altos de Cazucá, donde Flor María y sus hijos trabajaron varios años en Provivienda, asociaciones culturales, centros de la tercera edad, con el Icbf y finalmente con un proyecto de la gobernación de tiendas comunitarias, fueron amenazados por grupos de sicarios. Sus viviendas como la de la mayoría de líderes han sido varias veces allanadas y saqueadas, y ellos fueron finalmente sacados a media noche por patrullas de encapuchados que los amenazaron de muerte. Elsa Nury Martínez, líder social y política, gestora y fundadora de grupos y asociaciones culturales, de danzas, y revistas en Soacha, ex funcionaria y fundadora junto con Héctor Torres del primer sindicato de la Asamblea de Cundinamarca y hoy una de las principales líderes del Frente Social y Político en Cundinamarca, ha sido víctima de atropellos, amenazas y desplazamiento junto con su familia.

Nelly, la hermana mayor en los altos de Cazucá, ha sido amenazada junto con sus hijos y sus nietos, corriendo grave riesgo por los continuos señalamientos, listas y masacres en esos barrios. A Teresa, la única hermana que se resiste a salir de Viotá, le asesinaron en 1995 a su hijo Luis Arturo Aponte, integrante de la UP. Se dice que fue víctima de un montaje por un reducto de milicianos que desertaron para pasar a ser informantes.

La familia está totalmente desamparada, nos han desplazado de todas partes y en total abandono, no hemos sido indemnizados por ninguna de las víctimas. Sin recursos ni ayuda, amenazados, seguimos apostándole a la paz, al intercambio humanitario, a una tregua en la guerra que abra paso a una salida democrática del conflicto, para que la izquierda pueda vivir y los líderes sociales y la población civil no sigan siendo sacrificados. Triste que ahora en todas las puertas que tocamos, gubernamentales o ONG, hasta en las Naciones Unidas, se nos presente como única alternativa abandonar el país.
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