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| 12/4/2007 12:00:00 AM

Descanse, solo perdió el invicto. Mañana será otro día

Mauricio Sáenz, jefe de redacción de SEMANA, dice que Chávez, que antes de querer ser Bolívar aspiraba a beisbolista, debería asumir su espíritu de short stop, respirar profundo y disponerse a volver a jugar, pero ya sin la pesada carga del invicto.

Hugo Chávez debería sentirse más a gusto, ahora que regresó al redil de los políticos mortales, esos que participan en contiendas electorales con la conciencia de que tanto pueden ganar, como perder. Solo le falta entrar a la clase de los que reconocen el veredicto de las urnas, pero no para planear la próxima maniobra para salirse con la suya, sino para entender los mensajes del electorado.
 
Y los mensajes que ha recibido Chávez son muchos y muy variados. El primero es que no hay enemigo pequeño. El comandante tal vez nunca imaginó que un movimiento estudiantil, nacido para protestar decisiones sobre la educación universitaria, podría crecer y convertirse, sin siquiera un líder carismático, en un factor de poder determinante. Todos los políticos del mundo deben estar tomando nota de la capacidad de multiplicación horizontal de esos muchachos que, con Internet y celulares, reunían casi instantáneamente manifestaciones en los lugares más insospechados y en cualquier momento. Ese movimiento vino a suplir la virtual irrelevancia de los partidos tradicionales y la incapacidad de los nuevos para ponerse de acuerdo en una estrategia coherente.

El segundo mensaje es que no basta manejar la chequera petrolera con amplitud, pues ello no alcanza a suplir los efectos de una economía mal manejada. Con una inflación del 20 por ciento y los productos esenciales de la canasta familiar desaparecidos de las estanterías, comienza el desencanto y no hay retórica que valga

El tercero tiene que ver precisamente con esta última. Porque retórica es lo que le sobra a Chávez, y los venezolanos parecieron cansados del tono de permanente confrontación de su Presidente no sólo en la arena doméstica sino también en la internacional. Las andanadas contra el presidente colombiano Álvaro Uribe, que dicho sea de paso es tan popular en las clases altas venezolanas como en las colombianas, no alcanzaron a producir los dividendos esperados.
 
Tampoco tuvo efecto el recurso al que se acogió en la última manifestación, cuando se declaró objeto de un complot orquestado por Estados Unidos. Y lo que es peor, no le funcionó ni siquiera hacer la apuesta mayor: declararse el objeto del referéndum, al afirmar que quienes votaran por el NO lo hacían en realidad por el mismísimo George W. Bush. Mr Danger se ganó así, sin querer, unas elecciones inesperadas.
 
Nada de lo anterior explica del todo, sin embargo, que esta vez Chávez sí haya visto terminada su racha ganadora después de un invicto de nueve fechas electorales en las que, por lo demás, siempre arrasó por amplio margen. Tal vez la gran diferencia, lo que realmente movió a los venezolanos, antichavistas o no, a salir a votar y a negar la voluntad del caudillo, fue el contenido de la reforma que estaba en juego. Por más que pocos la leyeran, y menos la entendieran, los venezolanos demostraron tener más olfato politico que lo que el propio Chávez creía. Porque la verdad es que detrás de las arandelas atractivas, como disminuir las horas de trabajo, se escondía no el socialismo del siglo XXI, sino una auténtica revolución estalinista. Tal vez el instinto les dijo a los votantes que el paso del domingo podía pasar la línea de no retorno.

Los deportistas saben que después de un invicto prolongado, la primera derrota duele más que cualquier otra. Pero también que, después de encajar ese golpe, lo que viene es la sensación de haberse liberado de un peso que crecía con cada fecha sin perder.
 
Pues bien, el Presidente venezolano, que antes de querer ser Bolívar aspiraba a convertirse en beisbolista profesional, debería asumir su espíritu de short stop, respirar profundo y disponerse a volver a jugar, pero ya sin la pesada carga del invicto. A jugar de nuevo para divertirse, que es como se debe jugar.

Eso, en el cargo actual de Hugo Chávez, debería significar que deje de buscar peleas dentro y fuera de las fronteras, acepte sus límites y se dedique a gobernar a los venezolanos. Y sobre todo a gobernarlos bien, porque si no lo hace, el domingo pasado podría haber comenzado a interpretar su canto del cisne.

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