Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2008/07/10 00:00

Después del secuestro, otro drama comienza

La euforia por la libertad de un secuestrado hace olvidar que para el liberado una nueva batalla empieza. El caso de Moisés Caballero y su madre, retrata el doloroso camino de muchos soldados que después de años de traumático cautiverio, tienen que pelear judicialmente para que el Estado les de tratamiento psicológico.

Doña Evangelina Cárdenas ha luchado durante siete años para que Moises reciba una atención médica integral, ahora espera que el Tribunal Médico de Revisión Medico-Laboral falle a favor de su hijo.

Cuando Moisés Caballero empieza a mirar fijamente un punto, Evangelina Cárdenas, ya sabe que su hijo está a punto de desatar una violencia incontrolable. Una fuerza salvaje y desmedida se apodera de él y empieza a despedazar lo que se le pasa por delante. Cuando su madre logra controlarlo, el panorama alrededor es desorden y destrucción. Moisés es uno de los soldados secuestrados por las Farc en Miraflores en 1998. Diez años después, aún no ha podido superar el trauma que le dejó tres años de secuestro.

“De repente, se levanta a media noche y se esconde debajo de la cama gritando: ¡nos van a matar! ¡nos van a matar!”, explica doña Evangelina, quien sostiene económicamente a su hijo trabajando como vendedora informal, cuando puede. Su padre murió de trombosis, una enfermedad, que según la familia, se desencadenó por pena moral.

“La última vez que fui a pedirle ayuda al Ejército me respondieron que ya no era responsabilidad de ellos, que era la última vez que lo calmaban”, cuenta doña Evangelina quien siete años después de la liberación de su hijo continua luchando para que las Fuerzas Militares reconozcan la incapacidad de su hijo y le den una pensión que le permita no solo pagar su tratamiento, sino también vivir dignamente..

Moisés Caballero hace parte de los 307 miembros de las fuerza pública secuestrados en 1998 y uno de los 56 policías y militares que secuestró las Farc el 3 de agosto de 1998 en la basa antinarcóticos de Miraflores, Guaviare. Fue liberado junto con 309 uniformados el 27 de junio de 2001 en el municipio de La Macarena, Meta.

Moisés fue secuestrado mientras prestaba el servicio militar obligatorio, tenía 22 años. Ahora tiene 32 pero actúa como un niño de 10. En el cautiverio sufrió de leishmaniasis, paludismo y fiebre amarilla. Al poco tiempo de estar de vuelta en casa empezó a presentar comportamientos extraños y a tener visiones. Los psicólogos dijeron que era algo normal. Con el tiempo, los síntomas en vez de desaparecer empezaron a aumentar.

Moisés, como muchos otras personas que han estados secuestradas por mucho tiempo, sufre de estrés post-traumático. Esta condición sicológica se detecta cuando la persona revive constantemente las escenas de lo que fue su cautiverio, todo el tiempo experimentan sensación de alerta, nunca están tranquilos ni en paz, desarrollan mecanismos “evitativos”, tratando de sepultar el tema.

Tras ser liberado, el soldado Caballero fue sometido a chequeos médicos y sicológicos. Después de tres meses de estar en observación, la junta médica que siguió su caso dictaminó que tenía un 12 por ciento de incapacidad mental, pero que estaba bien, que en poco tiempo podría llevar una vida normal. A doña Evangelina le dijeron que ese era el fin del tratamiento.

Sin embargo el soldado Caballero tuvo nuevas reacciones violentas que solo fueron controlados cuando su mamá lo llevó a la clínica Santo Tomás de Bogotá. Pero el médico aseguró que estaba fingiendo. “Desde que salió era agresivo, incluso con los mandos superiores. Moisés solo pensaba en volver al Ejército para liberar a sus compañeros que seguían secuestrados”, asegura doña Evangelina.

Frente a la imposibilidad de manejar la enfermedad de su hijo y de acceder a los medicamentos que lo mantienen controlado, doña Evangelina tuvo que interponer una acción de tutela para que el Ejército le brindara la atención y el tratamiento necesario. La familia Caballero ganó la tutela a mediados de junio de 2006 y el tratamiento se reanudó. Pero desde el 3 de mayo de este año dejaron de prestarle ayuda y desde entonces no ha vuelto a tomar sus pastillas. Otra vez está descontrolado.

Semana.com buscó en repetidas ocasiones la reacción de la Dirección de Sanidad del Ejército Nacional, responsable de la atención sicológica de estos soldados, pero no obtuvo respuesta.

La psicóloga y directora de la Fundación País Libre, Olga Lucía Gómez, explica que los miembros de la fuerza pública que han sido secuestrados son casos a veces más difíciles que los de los civiles. “Por el rol que tiene un soldado o un policía en la sociedad, hay una carga adicional a la de un civil secuestrado”.

Según Gómez, cuando “al regreso” no se le hace un debido proceso de adaptación, es muy posible que surjan depresiones, resentimientos hacia el país, el gobierno y la misma familia. “Ellos tratan de culpar a todo el mundo por lo que les pasó y la constante inconformidad puede desencadenar enfermedades psicológicas, que si no son tratadas a tiempo, pueden llegar a ser irreversibles”, dijo Gómez y agregó que por eso es muy importante la forma como la institución de la que hicieron parte los recibe, los incluye y les brinda apoyo en su nueva vida.

Cualquier persona que ha sido víctima de un aislamiento forzoso como lo es el secuestro, una vez libre, debe recibir ayuda psicológica, sin excepción. El tratamiento se debe dar desde el principio, pero debe ser más profundo e intenso después de dos meses de la liberación, que es cuando la persona empieza a retomar contacto con la realidad. “Las valoraciones se deben hacer periódicamente, para que la rehabilitación sea integral y hasta que la persona tenga la capacidad de reconstruir su proyecto de vida”, recomienda Gómez.

El caso del soldado Caballero no es único. Jesús Díaz, el abogado que se ha encargado de dar la pelea legal, ha llevado al rededor de 65 casos similares, de los cuales ha logrado que 40 reciban pensión por parte del Ejército Nacional. Actualmente hay en curso 25 casos más, entre esos el de Moisés Caballero.

“Ellos llegan a una realidad muy cruel, están desubicados y sin trabajo. Aún cuando Moisés quería seguir vinculado a la institución, no fue posible por el 12 por ciento de incapacidad mental que ellos mismos le dictaminaron”, explica Díaz.

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