Sábado, 21 de enero de 2017

| 2005/12/03 00:00

Después de la tempestad viene la bulla

Cinco meses después del último y más traumático ataque a Toribío, Cauca, el gobierno se esfuerza por recuperar la confianza de la gente.

Después de la tempestad viene la bulla

Parece una feria de pueblo. Debe haber más de 2.000 personas en medio de la cancha de fútbol de una escuela en Toribío, Cauca. Un recreador les grita a unos niños indígenas sentados a su alrededor: "No los oigo, más duro". Algunos responden, pero la mayoría parecen cohibidos. También hay un payaso haciendo monerías. Un hombre informa por un megáfono los logros del gobierno y da la bienvenida a los invitados ilustres. Están presentes el Ministro de Protección Social, el de Agricultura y el de Defensa. También está el gobernador del Cauca, Juan José Chaux, y el alcalde de Toribío Arquímedes Vitonás. Uno de los ministros reparte galletas a un grupo de niños, mientras una enfermera les enseña a las madres de familia qué hacer en caso de que sus niños tengan diarrea.

Ese sábado 24 de septiembre, llegamos en un helicóptero de la Fuerza Aérea. El pueblo se encuentra en un lugar precioso en el Macizo Colombiano, es un hueco rodeado de montañas inmensas, que gracias a la perspectiva del helicóptero pueden ser admiradas en sus dimensiones reales. Fue esa situación geográfica la que los guerrilleros de las Farc aprovecharon para lanzar durante tres días pipetas de gas sobre el municipio el pasado 14 de marzo, destruyendo varias edificaciones. Un niño de 9 años y cinco policías murieron en el ataque, que fue un duro golpe -sobre todo simbólico- para la política de seguridad democrática.

El helipuerto donde aterrizamos es también una cancha de fútbol y un potrero donde pastan cuatro caballos que corren asustados. Es día de mercado. Hay bastante bulla y una salsa romántica sale de una casa con un grafito del América de Cali.

Los organizadores de la brigada médico-quirúrgica del gobierno han dispuesto un campero para transportarnos al lugar de encuentro pero preferimos caminar. El mercado de la plaza está atestado de gente. Venden chucherías, gallinas, carne, frutas, papas... Todo el mundo parece muy animado.
Varias de las casas están recién pintadas de azul celeste y curuba. Muchas fueron reparadas después de la toma. En una esquina de la plaza hay una casa nueva. Antes había sido una iglesia anglicana que quedó destruida. Ahora es una tienda.

Luis Alfonso Hoyos, el alto consejero presidencial para la Acción social me había explicado durante el viaje que el gobierno ya había reconstruido 70 por ciento de las casas, pero aún faltan las más grandes. También que repartieron dos salarios mínimos a las 227 personas más afectadas.

"Decían que iban a ayudar más y no lo han hecho", dice alguien en un grupo de toribienses, que se forma alrededor de los periodistas. Otro rectifica: "Lo que es vidrio si han entregado mucho y a los que más pelean, como doña Esperanza, le pusieron el techo".

Los estragos más grandes se encuentran en los alrededores de la estación de policía que gracias a que está hecha de concreto resistió el ataque. Eso sí, ahora está llena de pequeños cráteres ocasionados por los impactos de bala. El colegio quedó completamente destruido y los niños estuvieron varias semanas sin clase. Ahora está en obra. Las casas vecinas a la estación siguen despedazadas. Las tejas de zinc yacen arrugadas en el piso de las ruinas. Parecen papel desechado.

Seguridad y todo el resto

A pesar de las críticas al gobierno, todos coinciden en que están más tranquilos desde que llegó el Ejército. Los visitantes que ya conocían Toribío se sorprenden de la cantidad de personas que hay en la calle. "Eso sí -me dice Francy, una mujer joven- a veces hay rumores de un enfrentamiento y la gente corre en la mitad de la noche asustada. Los habitantes temen que el día que el Ejército se vaya, la guerrilla vuelva".

Este aún no parece ser el caso, pues todas las calles del pueblo están completamente militarizadas. En cada esquina hay una trinchera de costales verdes de arena y cemento y cada 10 metros hay un par de militares. La gente del pueblo no repara en su presencia. Parecen acostumbrados.
 
Hoyos dice que ha sido difícil ganarse la confianza de la población indígena. "Hay unos muy negativos que dicen que Uribe viene a vender los parques naturales y los nevados a Estados Unidos en el TLC", explica. "Pero yo creo que para contrarrestar esta imagen lo que hay que hacer es ayudarles".

Afuera del cabildo indígena hay una fila de jóvenes guardias de paz con sus bastones de mando de colores. Pasan uno por uno a darle latigazos en las piernas a otro indígena. Él los ayuda arremangándose el pantalón y se alcanza a ver que sangra. Todos ríen, no parece que su falla haya sido muy grave. No me dicen por qué lo están castigando.

Gustavo, un joven de unos 17 años que hace guardia en una esquina con su bastón, evade las preguntas sobre la seguridad. Se limita a contestar: "La guerrilla? Sí, hace rato que no vienen. Pero ellos no llegan uniformados, ellos vienen vestidos como cualquier persona y vienen al pueblo. Claro que ya no vienen tanto". A la tercera pregunta ya no dice nada.

En el hospital, los médicos traídos por el gobierno realizan las cirugías y las citas ginecológicas de la jornada medico-quirúrgica. "Las demás consultas las realizan en la escuela, más abajo, señora", le informan a una indígena que trae a su madre. Adentro del hospital, que es una casa en construcción con muchos cuartos, hay decenas de cajas de suministros médicos que trastean de un lugar para otro. Filas de personas esperan en la puerta de cada uno de los cuartos.

"Los indígenas desconfían de los médicos no tradicionales. A mucha gente le da terror ir a un médico traído por el Ejército porque dicen que después los van matar", me dice una señora en el pueblo. No es mi impresión al ver el éxito de la jornada. Los médicos no dan abasto. "Yo vengo a operarme", dice un hombre de 50 años. "Cómo así" le pregunta una enfermera. "Pues para no tener más hijos", responde.
Johana Sánchez, una sicóloga del centro de acción interinstitucional que trabajó con la población de Toribío después del ataque cuenta que con los indígenas lo más difícil fue ganarse su confianza. "Para eso realizamos actividades con fuego que significa luz y esperanza en la cultura de ellos".

De camino a la escuela donde se realiza el grueso de la jornada, Johana dice que es mejor llegar por la entrada principal para no ir a pisar una mina. Son tres edificios muy grandes con varios salones. La música retumba. Los militares de más alto rango le coquetean medio en chiste, medio en serio a unas jóvenes odontólogas. Hay unas 100 personas afuera del cuarto de cirugías plásticas. Niños con labio leporino, deformaciones en la piel y en las extremidades hacen fila.

El alcalde Vitonás está muy satisfecho con la jornada. "Pues yo creo que ahora se respira más tranquilo, pero de todas maneras hay guerrilla. A veces se escuchan balas. Cuatro, cinco, seis tiros. Pero toca esperar a que siga mejorando", es su evaluación de la seguridad del pueblo.

El ambiente de feria en todo el pueblo contrasta con las declaraciones del gobernador del Valle y los ministros, que confirman una y otra vez, para tranquilizar a los escépticos, que vienen para quedarse.
El coronel Luis de Jesús Cely Rincón, que vino a Toribío a coordinar las acciones militares después de la toma, habla del aumento de pie de fuerza en el casco urbano de Toribío y los alrededores: 56 hombres del escuadrón móvil de Carabineros, y otros tantos de contraguerrilla. Lo interrumpe el saludo de una joven médica. La pregunta obvia es cuánto tiempo se piensan quedar. "¿Quién quiere galletas?", vuelve a interrumpirnos un grito. Finalmente el coronel responde: "Nos quedamos hasta que esto sea un remanso de paz".

*Periodista de semana.com


 


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