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| 4/25/2007 12:00:00 AM

Dramáticos relatos de los desplazados escritos por su puño y letra

Aquí está una serie de impactantes crónicas de colombianos que han sido expulsados de sus terruños por los violentos. Se trata de un proyecto literario patrocinado por la Unión Europea y coordinado por la agencia de noticias ‘Colprensa’.

CRÓNICA 1

“La discapacidad no es un obstáculo para seguir viviendo”
Por María Ernestina*


Medellín, dic. 23 (Colprensa).- En un atardecer del 12 de julio de 1955, la llegada de una nueva integrante a la familia fue recibida con gran alegría por sus padres, para quienes esta pequeña era el fruto de su amor y la esperanza de un mañana promisorio para su vejez.

Mi mamá, Valentina Terán de Valencia, y mi papá Eleuterio, siempre estuvieron al cuidado de esa niña, que hasta los 2 años era muy despierta y sana.

Una mañana, a ratos gris y a ratos soleada, caí de repente en el patio de la casa, creyeron que eran lombrices (como dicen en el Chocó, cuando los parásitos se leS alborotan a los niños y pierden el conocimiento), pero era la terrible Poliomielitis.

Al salir de la inconsciencia, pudieron notar que ya no era normal, ya no me podía sostener en pies como antes.

Al cabo de varios días se fue notando mucho más mi discapacidad y el mundo de ilusiones que mis padres tenían forjado, se empezó a derrumbar. Hasta me contaban, así con toda crudeza y sin anestesia: “nosotros perdimos las esperanzas en ti, de verte siendo maestra o enfermera o una secretaria, ahora nos toca cuidarte de por vida y quiera Dios que no nos muramos primero, porque de lo contrario esta se morirá, porque quién cuidara de ella?

Luego, al adquirir conocimiento, me tracé un reto: tengo que salir adelante.

Pero Dios tenía algo especial para mí. Mis padres se trasladaron cuando yo tenía 2 años y medio a Bahía Solano. Cuando cumplí los 7 años dijeron: ¿Para qué la metemos a la escuela? ¿Qué va a aprender?

Lejos estaban ellos de saber que mi memoria no estaba afectada por la enfermedad. Yo volaba para la escuela, tenía que pasar un pantano, ya que la calle donde vivíamos no estaba transitable todavía y siempre mantenía llena de barro. Cuando llegaba, las monjas me echaban para mi casa y lo mismo hacían las maestras.

Yo en cambio me escondía, no me devolvía, y en hojas de cuaderno que arrancaban los demás niños para botarlas, copiaba lo que escribían en el tablero.

Un buen día, una prima mía habló con mi mamá para que me matriculara y ella se comprometía a llevarme en hombros para pasar el pantano. En el año 1963 ingresé a la escuela y terminé mi primaria sin repetir curso.

Años más tarde teníamos que volver a Quibdó a buscar suerte. Me matricularon en sexto grado, en esa época se decía primero de bachillerato, pero la falta de empleo obligó a mis padres a retirarme, porque no podían pagar la mensualidad.

¡Siempre hay esperanza!

A petición de una tía hermana de mi papá, me mandaron a ayudarle en los oficios de la casa con la promesa que me ingresaría al Sena para que hiciera un curso de enfermería. Pero todo lo que brilla no es oro, ella solo quería ponerme a trabajar y no me matriculó diciendo que yo para que eso. La situación económica de mis padres era precaria y decidieron emigrar al municipio de Riosucio, Chocó, más exactamente al corregimiento de Puente América, por donde comienza el trazado del puente seco Atrato o canal interoceánico. Allí, tuve la oportunidad de ayudarle al Inspector de Policía a hacer los oficios e informes, porque él solo no los podía producir por tener un ojo de vidrio.

Allí, unos padres de familia de una vereda llamada Peruncho me ofrecieron trabajo, pagándome para que les alfabetizara a sus hijos. En esta aventura conseguí al final del año que por medio de una visita del Alcalde me nombrará en el municipio como profesora, trabajé dos años, luego me casé y me fui a vivir con mi esposo al parque Los Katíos, donde él trabajaba como obrero semicalificado.

A partir de ese momento muchas cosas sucedieron en mi vida; comencé a tener hijos, murió mi padre y luego un hermano. Por esa fecha me fui a Quibdó, donde hice el curso de Promotora Rural de Salud, después de mucha persecución y discriminación logré superar mi problema y demostrarles tanto a los coordinadores del curso y a la misma comunidad, que mi discapacidad no era un impedimento para aprender y darme a los demás con un servicio eficaz.

Mi madre murió cuando yo tenía 5 hijos, un esposo, un empleo y pudo ver con sus propios ojos que no fue como ella pensó cuando yo estaba pequeña. La atendía como enfermera en su lecho, en el que vivió los últimos días con un cáncer de esófago hasta cerrar sus ojos para siempre.

Hoy soy una mujer con seis hijos, que me quedaron de un matrimonio con un antioqueño, quien murió de cáncer el 19 de junio de 1997, en pleno desplazamiento forzado en el municipio de Riosucio, el mismo que nos tocó abandonar el 27 de febrero de ese año por culpa de los grupos de autodefensa de la zona Cacaurica, vereda Bocas de Limón Peranchito, donde vivíamos y trabajaba como promotora rural de salud en el único puesto de salud que tenía la zona.

Allí en Riosucio me dispuse a terminar mi bachillerato, después de la muerte de mi esposo, el cual había comenzado en séptimo con la gran ilusión de ser una enfermera auxiliar por medio de una complementación, aunque yo era en la práctica y en el corazón enfermera, por la experiencia de nueve años de trabajo.

Terminé mi bachillerato en febrero de 2001, con ese gran anhelo de concluir mi sueño, pero el día 21 de junio del mismo año el Alcalde de ese período, don Ricardo Victoria, nos envió un oficio donde dice: “Señora Ernestina, nos ha sido grato tenerla entre nosotros y agradecemos ese gran servicio que prestó a este Municipio, espero en adelante disfrute de su tiempo, ya que ha sido declarada insubsistente de su cargo como promotora de salud. Fue un placer, pase por la Administración para que reciba su debida liquidación”.

Una madre viuda, discapacitada, con seis hijos, desplazada, estudiando, sin empleo... no podría sentir alegría por ir a recibir una liquidación que para tantas necesidades era nada, porque tendría que comenzar por comprar casa o hacerla, ya que no la tenía. Sentí tristeza y rabia a la vez.

Mi casa de la vereda, al retornar allá por imposición de unas normas de un proyecto de vida de la comunidad, me tocó desbaratarla y hacerla cruzar de la parcela al caserío, porque según ellos no podía vivir en ese sitio por el conflicto armado. Tenía que venirme del caserío y construir en compañía de mi hijo Víctor Darío, de 13 años, y Raúl Emilio de 10, nuestro nuevo hogar, con los materiales en mejor estado que sacamos de la antigua casa.

Imagine la casa construida por nosotros tres. Íbamos a ver las demás casas y veníamos y le hacíamos lo que veíamos. Construimos sobre base de troncos de madera una casa de tablas y techo de zinc, con dos piezas grandes que nos servían de dormitorio y sala a la vez. Una cocina de fogón de leña alterna a la casa, con puerta de madera, la misma que tenía la antigua casa.

Al salir despedida del trabajo no reclamé la liquidación. En ese momento pienso en el conflicto, las amenazas a la que estaba sujeta la zona por los grupos armados y decido ir a buscar la liquidación para comprar una casa en Curralao.

¿Por qué en Curralao y no en Turbo? Pregunta que muchos amigos me hicieron. Porque para mí, sin empleo, sin esposo, me saldría más barato sobrevivir sin los servicios públicos, porque haría un pozo de aguas subterráneas y me evitaría este impuesto. El predial es más barato en la zona rural y también la energía. Porque nadie me conocía y yo podría trabajar así fuera lavando ropa ajena, cosa que no me tocó.

Voy a Riosucio a recibir la liquidación y pagar las deudas que tenía, me dieron 5.600.000 pesos por 13 años y nueve meses de trabajo. Me dirigí a Curralao y compré una casita de dos piezas y una sala, sin cocina, sin servicios de ninguna índole. Luego vuelvo a buscar otra plata que me adeudaban en el municipio, por servicios médicos, y a buscar un abogado para que me peleara un reintegro. Todo esto me salió mal, me negaron la plata y me amenazaron.

Me vine asustada para Curralao, no volví más a mi vereda sino que mandé a buscar a mis hijos y me quedé aquí en Curralao, sin empleo, sin plata y asustada. Pasaron casi dos años y me interesé por el caso de las personas con discapacidad y comencé por hacer el censo poblacional de las personas con discapacidad, con la ayuda de una vecina que tiene limitación visual.

Así comencé, ya los cité a reunión una y otra vez y solo llegaban ocho de 53 que acumulamos en el censo. Pedí ayuda a un profesor llamado Secundino Peñalosa, quien me prestó asesoría. Fui a Turbo, me entrevisté con el representante legal de Asodistur, como se llamaba antes la asociación de personas con discapacidad, y procedí a afiliar a siete de ellos con plata de actividades que hacíamos.


“Sólo hay incapacidad en la mente”

Al cabo de cuatro meses me nombraron por asamblea general como secretaria de la asociación y dejé todo en Curralao. Ya en 2005 llega Handicap Internacional y comienzo la capacitación con ellos y me meto más en el cuento y comienzo a ir de nuevo a animar a mi gente.

Por medio de la Presidencia conseguimos en la asociación sillas de rueda, petición avalada por trabajo social y comienza a tener más credibilidad mi trabajo. Esto fue motivo de admiración ya que allá nadie había conseguido algo para estas personas y más que todo, una persona con discapacidad.

Seguimos animados y yo mucho más, porque aunque no he conseguido un sueldo para subsistir con mis dos hijos menores y otra hija que vive allí conmigo, he logrado la satisfacción de servir a través de este programa. Ya tengo un plan, un proyecto de un programa radicado sobre sensibilización a la comunidad, que se llamará ‘R.B.C. den Acción’.

Ahora estoy frente a otro reto y es el de la escritura de crónicas. Sueño desde que estoy leyendo revistas como Vea, Cromos, Vanidades y Buen Hogar, con escribir casos interesantes que le pudieran servir a la comunidad y a toda una sociedad.

Estoy ahora con mis hijos, tres terminaron el bachillerato, uno no quiso estudiar solo hasta quinto y los dos últimos están iniciando el bachillerato, y yo estoy viva para la gloria de Dios, pensando en aprender para dar a otros y enseñarles a mis hijos que lo que se quiere se puede y a la comunidad que una discapacidad no cierra la puerta a la vida, ni nos impide salir adelante, a no ser por una discapacidad cerebral. Mi lema: “La discapacidad no es un obstáculo para seguir viviendo”.

Hoy soy beneficiaria del programa Handicap, con la consecución de una prótesis para mi pierna izquierda afectada y conseguir dejar las muletas, que me hacen compañía desde hace 11 años después de una caída de una mula.

He aquí este gran reto que me he trazado y la misericordia de Dios ha logrado que vaya superando cada día esta vida de discapacidad y pueda ser ejemplo para mis seis hijos, enseñándoles que lo que cuesta sacrificios y esfuerzo, allí se encuentra satisfacción y paz para el alma, y a la comunidad que no hay nada imposible para Dios y para el hombre que se acoge a Él, porque ninguna barrera, ni discriminación alguna, lo pueden hacer desistir de sus propósitos.



*Los nombres han sido cambiados por petición de los autores alegando protección.

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