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| 1/23/2008 12:00:00 AM

El alma de la Pequeña Habana

Rafael Vega Jácome escribe sobre un parque estadounidense en el que se juega dominó, se fuman tabacos dominicanos, se come ‘ropa vieja’ y se proyectan películas. Una historia nostálgica y latina.

Su amor por la lejana tierra ha sido tan grande que poco a poco se apoderaron de una porción de Miami para fundar un área residencial y comercial a su gusto: la Pequeña Habana. Allí se encuentra la populosa Calle Ocho, una arteria que arranca del ‘Downtown’ y se extiende a todo lo largo de la ciudad para internarse en los pantanos de los Everglades.

Con el tiempo fueron definiendo la fisonomía de la calle a su antojo, a sus más urgentes necesidades espirituales y materiales. En ambas aceras abrieron una diversidad de negocios que se caracterizan por su sabor y ambiente latino: restaurantes, cafeterías, fruterías y bodeguitas donde se disfrutan platos exquisitos, néctares tropicales, se saborea café cubano, se compra tasajo, bacalao, frijoles negros, “ropa vieja”, “medias noches” y por supuesto, se juega al dominó.

Todos los días, desde tempranas horas de la mañana hasta cuando cae la noche, un nutrido grupo de jubilados se reúne allí. Imperturbables, concentrados en la jugada, piensan poco en si existen leyes que aprueben o desaprueben ese casino callejero. Allí solo importan los golpes continuos de las fichas de hueso o de baquelita, que se mezclan con las imprecaciones de los emotivos octogenarios cuando cantan victoria, condenan a Fidel a un paredón imaginario o simplemente lo castigan con una ofensa mayor.

Concentrados, con los ojos clavados sobre las fichas, pendientes a la jugada, atentos a no dejarse ahorcar con un doble seis, estos señores de la tercera edad disfrutan a sus anchas de gratos momentos de esparcimiento mientras fuman puros dominicanos (porque está prohibido consumir tabacos cubanos), toman a sorbos café negro y hacen emotivos comentarios, generalmente sobre política.

Génesis y tribulaciones de un casino callejero

El parque se llama Máximo Gómez, bautizado así en honor a uno de los héroes de la revolución mambisa en la que, enfundados en sombreros de yarey, los guajiros cubanos combatieron con valor a los invasores españoles. El parque es un espacio de escasos sesenta metros cuadrados, ubicado en la esquina de la avenida 15, frente al Teatro Tower.

Desde 1959 “el parque del dominó”, como se le conoce, comenzó a ser visitado por mayores de edad, que para sentarse llevaban su propia silla bajo el brazo. Y todo fue juego, paz y armonía hasta cuando llegaron los “marielitos” en los ochenta, que tras asediar y hostigar al vecindario, asesinar a dos octogenarios y utilizar al parque para vender drogas, por poco logran expulsar a sus pintorescos visitantes permanentes. ‘Los Marielitos’, que fue como una especie de pesadilla apocalíptica para todos los habitantes de la ciudad.

Luego se apoderó de ella la prostitución. Pero los esfuerzos y la tenacidad de la gente de bien y de la policía unida a un grupo de entusiastas empresarios y artistas locales la han transformado en un sitio donde ahora se realizan festivales, espectáculos musicales y eventos culturales.

Hoy día el parque del dominó es como una especie de club privado donde para jugar se requiere obtener un carné de ‘Senior Citizen’ que expide The Little Havana Development Authority, una entidad sin ánimo de lucro que se encarga de su vigilancia y mantenimiento.

A este estupendo ambiente latino se le agregó otro atractivo que se realiza el último viernes de cada mes, los “Viernes Culturales”, un evento en el que participan galerías de arte y negocios con exposiciones en sus locales, se realizan muestras con obras que se exponen en los parques y las aceras, se levantan tablados flamencos, se llevan a cabo proyecciones de películas latinas - en el Teatro Tower - y se presentan grupos de música sincrética de fuerte acento afrocubano que con sus tambores y sus cantos yorubas o lucumíes invocan a sus dioses para que quienes los escuchen puedan alcanzar las bendiciones del amor y la felicidad o disfrutar de la dicha pasajera de un amor furtivo.

Los promotores de esta idea fueron los artistas locales, pintores en su gran mayoría, quienes comenzaron a realizar una serie de muestras y ‘performances’ que llamaron no solamente la atención de la prensa y del público en general, sino también de museológos del sur de la Florida, críticos y curadores de arte de renombre y organizaciones públicas y privadas que se han trazado la meta de convertir a la Calle Ocho en uno de los sitios más atractivos y pintorescos de la ciudad.

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