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| 6/20/2006 12:00:00 AM

El cuatrienio 2002 – 2006: ¿Preludio a un régimen de bancadas?

Se detectan dos tendencias en la evolución del mapa político del Congreso: un crecimiento sustancial de la bancada uribista y la unificación de partidos y movimientos pequeños en torno a colectividades más grandes.

Durante el cuatrienio 2002 – 2006, el mapa de las filiaciones partidistas en el Congreso sufrió grandes transformaciones, no sólo por la aparición de alianzas y uniones entre colectividades con similar ideología y objetivos comunes, sino además por la constante conformación de bancadas de carácter coyuntural, tendientes a resquebrajarse fácilmente frente al menor desacuerdo o en respuesta a conveniencias electorales. Así, concluido este cuatrienio el Partido Liberal ha dejado de ser la fuerza claramente mayoritaria que fue en 2002, el Partido Conservador ya no es la bancada pequeña que quedó conformada hace cuatro años, las fuerzas de izquierda, tradicionalmente dispersas en pequeños movimientos, hoy se aglutinan en el Polo Democrático Alternativo, y partidos minoritarios e incluso inexistentes en 2002 han pasado a convertirse en las colectividades con mayor presencia en el Congreso –casos concretos del Partido de la U y Cambio Radical-.

En el Senado, el 67% de los parlamentarios ha cambiado de filiación durante el cuatrienio. La mayoría ha entrado a engrosar las filas de los partidos cercanos al Gobierno, tales como Cambio Radical –el 90% de sus actuales miembros provienen de otros partidos-, Alas Equipo Colombia y el Partido de la U –la totalidad de sus miembros provienen de otros partidos-. De este modo, las fuerzas uribistas han sido las principales receptoras de senadores, bien sea porque los parlamentarios leales al Gobierno se han venido integrando en fuerzas más numerosas, o porque antiguos militantes del Partido Liberal y del mismo Polo Democrático -caso del senador Javier Cáceres- han pasado de la oposición sin tregua a la disciplina gobiernista. Sin embargo, cabe señalar que algunos senadores de línea uribista retornaron al Liberalismo en el marco del congreso del Partido celebrado en junio de 2005. Esos son los casos de Rafael Pardo, Andrés González y Vicente Blel –posteriormente expulsado de esta colectividad por presuntos vínculos con el narcotráfico-, entre otros.

En la Cámara de Representantes, cerca del 40% de sus miembros cambió de partido durante el cuatrienio, siendo el más afectado el Partido Liberal, que perdió el 20% de sus parlamentarios. El otro lado de la moneda lo representan el uribismo y la izquierda democrática, ya que los partidos insignia de estas tendencias políticas se han convertido en los mayores receptores de congresistas. De hecho, la totalidad de representantes a la Cámara por el Partido de la U, y el Polo Democrático Alternativo, provienen de otros partidos, al igual que el 70% de los actuales representantes de Cambio Radical y el 40% del Partido Conservador.

De este modo, se detectan dos tendencias principales en la evolución del mapa político del Congreso en estos cuatro años: en primer lugar, un crecimiento sustancial de la bancada uribista, y principalmente de los partidos de la U –inexistente hasta 2005-, Conservador y Cambio Radical; y en segundo término, la unificación de partidos y movimientos pequeños en torno a colectividades más grandes. Bajo esta dinámica se puede leer la concentración de las fuerzas de izquierda en el Polo Democrático Alternativo y la unificación de distintas colectividades de tendencia conservadora –Nueva Fuerza Democrática, Movimiento Nacional, Movimiento Conservatismo Independiente, entre otros- en torno al Partido Conservador. Como consecuencia de estos fenómenos, el número de partidos y movimientos con asiento en el Congreso se ha reducido drásticamente: de 53 colectividades con representación parlamentaria en 2002, se ha pasado a un total de 24 partidos y movimientos con asiento en el Legislativo.

En parte, estas transformaciones se explican por la popularidad del Presidente. Distintos sectores políticos han avizorado una rentabilidad electoral importante en el uribismo, y en consecuencia han entrado a engrosar las filas de colectividades como Cambio Radical y el Partido de la U, debilitando con ello a distintas fuerzas independientes y de oposición, y principalmente al Liberalismo oficialista.

Sin embargo, los cambios en la composición del Congreso no sólo se relacionan con la figura del primer mandatario. Éstos también obedecen, y en gran medida, a transformaciones sustanciales en las reglas de juego para las elecciones y los partidos. En particular, la Reforma Política de 2003 creó condiciones que propician la agregación partidista y reducen drásticamente las posibilidades de supervivencia de las colectividades pequeñas, regionales o personalistas. Y la Ley de Bancadas, por otra parte, forzará a los partidos a actuar en bloque dentro del Congreso, si bien deja la puerta abierta para que las mismas colectividades den pie a la acción individual en determinadas circunstancias. En suma, estas nuevas reglas de juego han conducido a la agregación de organizaciones políticas con escaso caudal electoral, y a la consolidación de un grupo reducido de colectividades como las únicas fuerzas capaces de preservar su personería jurídica y obtener representación en el Congreso.

Surge entonces un gran interrogante: ¿Son estos reacomodos los primeros pasos del sistema de partidos colombiano hacia la adopción de un régimen de bancadas o, por el contrario, se tratan simplemente de transformaciones motivadas por las conveniencias electorales de los parlamentarios? Si bien no se puede dar una respuesta definitiva, es alentador que partidos como el Conservador y el Liberal le estén apostando a la definición de posturas unificadas frente a distintos temas de la vida nacional. Pero al mismo tiempo, preocupa la ausencia de identidad ideológica en algunas colectividades, así como las dificultades que éstos enfrentaron para conformar sus listas al Congreso –ocasionada en muchos casos por celos personales o incluso por divisiones intrapartidistas-. En cualquier caso, por ahora la palabra la tienen los partidos, que deberán reglamentar el funcionamiento de sus bancadas antes del 19 de octubre de 2006, y en esta medida determinar sus propias normas para garantizar o no la disciplina y el debate ideológico al interior de sus filas.
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