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| 8/30/2007 12:00:00 AM

El fotógrafo de los escritores

Daniel Mordzinski tiene una fijación por la literatura. Por esta razón ha dedicado gran parte de su vida a retratar escritores. En esta ocasión estuvo en Bogotá 39 para asediarlos con su lente.

Por un instante, se me antoja, es el mago de un cuento. Está vestido de negro, elegante y místico. Su trabajo es crear imágenes, que atendiendo a la etimología de la palabra, es lo que hace un mago. Sólo que este no se vale de sortilegios, ni invocaciones ni pócimas, su alquimia está en el artefacto negro que tiene un ojo que se estira: su cámara fotográfica.

En su ropa sólo hay un detalle de distinto color. Vibra. Es como un adorno delicado o una seña de subversión: los cordones de sus zapatos, que son rojos. Una mínima dosis de irreverencia que le luce como uno de esos epígrafes mordaces que suelen poner los escritores al comienzo de un libro.

Daniel Mordzinski se llama. Está lleno de imágenes, pero no sólo porque sea fotógrafo, sino porque de sus labios salen metáforas todo el tiempo con una habilidad natural. Él es el fotógrafo de los escritores. Alguien dijo que nadie podría llamarse escritor latinoamericano si no ha sido retratado por él. A partir de los 18 años, en San Telmo, “en la soledad de un cuarto donde tiene lugar el milagro”, cuando tomó una fotografía de Jorge Luis Borges, descubrió la manera de expresar el agradecimiento y la fascinación que siente por la literatura. “No me imaginaba la aventura que se abría ante mi lente”, dice.

Se siente como un cazador de mariposas, como en alguna ocasión Vadimir Nabokov apareció ante el lente de una cámara: “Los escritores son llenos de colores, todos muy distintos. Tienen una vida efímera y yo voy por la vida cazándolos, o mejor coleccionándolos”, dice.

Mordzinsqui ha viajado a Bogotá con ocasión del evento que reúne a 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años, para retratarlos a todos. Es el “invitado número 40”, como dijo Juan Gabriel Vásquez en la columna de El Espectador de la semana pasada. Porque aunque nunca ha escrito nada, y siente que tal vez su fijación por los escritores se deba a lo que él considera “ser un escritor frustrado”, tiene una sensibilidad capaz de hacer metáforas visuales que integran al escritor con su obra o con su interior. Es “el ojo que escribe” con la luz, como diría José Manuel Fajardo.

Estamos en el restaurante del hotel Suite Jones, de la ciudad de Bogotá. Mientras habla, su voz grave y baja, acentúa el aire de modestia de sus palabras: “Mi gran suerte son los escritores amigos que tengo”, dice. Hace énfasis en que no le gusta el culto a la personalidad, por eso no hay muchos retratos de él en Internet, y ninguno en los libros que ha publicado.

Hay dos fotógrafos más en la mesa. Ponen cuidadosa atención a cada una de sus palabras. Cada cosa que dice resulta interesante porque detrás hay una historia. Mordzinsqui ha retratado a todos los escritores del boom latinoamericano y otra centena de escritores alrededor del mundo.

Pero sus fotografías no son retratos convencionales de personalidades detrás de un micrófono. Él prefiere tomarse el tiempo para poder sustraer una imagen que revele con profundidad la personalidad de un escritor. Por eso un día Luis Sepúlveda le escribió en una correspondencia “tus fotografías no son tales, son radiografías”, o en el prólogo de su último libro, El país de las palabras, José Manuel Fajardo: “…Daniel Mordzinsqui sabe mirar dentro de la mirada ajena, sabe bucear hasta zonas de conciencia que muchas veces los propios retratados desconocían de sí mismos”.

Pasan los minutos mientras el artista almuerza. Los otros dos fotógrafos y yo pedimos un café, cuyo aroma suele ser cómplice en estas situaciones. Los tragos transcurren despacio con la intención de alargar más el encuentro. Es una “provocación”, como él mismo explica que ha logrado fotografiar a los escritores en su intimidad, porque hay que ver a Jorge Amado sentado en una vieja silla, en camiseta y jean, descalzo, con unas pantuflas a 10 centímetros de sus pies, y con la actitud de un pensador cotidiano, en el interior de un ático.

“Yo me hago invitar a su casa, espero que pasen los minutos sin demostrar afán. No llevo ninguna cámara a la vista. Le hablo de lo que leí o de la actualidad. Luego le paso una proposición: ‘me invitaría un café’. No es una fórmula. Pero es que yo no quiero tomar una foto, yo quiero conversar”, dice.

A lo largo de su trayectoria ha retratado a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Saramago, Luis Sepúlveda y muchos otros, algunos ya no están. Figuras emblemáticas de la literatura. Pero a quienes considera más que eso: sus amigos o como el suele llamarlos “hermanos”. Por eso le parece que anotar una predilección sería injusto, mientras cita a Borges: “‘cuando leo un libro, dejo de leer un millón’, toda selección es arbitraria, incompleta, injusta”, explica.

De ascendencia judía, nació en Buenos Aires en 1960. Durante varios años fue corresponsal de guerra en Israel y hace más de 20 años vive en París. Parte de su obra se debe a esos lugares que junto con la literatura han configurado su vida. En 1993 publicó Tierra de palabras, un proyecto que reunió escritores israelíes y palestinos. “Es una tierra que vive por la escritura. Cuando tú vives ahí te preguntas ¿por qué carajos pelean?”, dice tratando de explicarse cómo pervive un conflicto territorial entre pueblos hermanos.

El último de sus libros tiene que ver con un país que ha prendido el corazón de los escritores latinoamericanos: Francia. En El país de las palabras logró reunir retratos de 71 escritores de América Latina, quienes escribieron textos alusivos a esta tierra, su encanto y relación con ella. “Es un homenaje a la ciudad que amamos”, dice y continúa: “Jorge Amado lo dijo así: ’Cuando estoy en París tengo saudades de Bahía, cuando estoy en Bahía tengo saudades de París; esas son las dos ciudades que amo...’ es una definición que suscribo, que no es grandilocuente, pero es el lugar donde tengo mi familia, donde tengo mi trabajo”.

Actualmente, es corresponsal de medios como El País, El Periódico, la agencia EFE. También hace grandes reportajes, para la revista Air France, que consisten en viajar en compañía de un gran escritor en busca de una historia. El año pasado estuvo en Bangladesh, Camboya y Vietnam, entre otras. Aduce que su tarea es emocionante no sólo por la compañía, sino también por la experiencia. “Cuando viajo con un escritor me olvido de que es un escritor, pero no me olvido que vamos a contar una historia entre sus ojos y mis ojos. Son historias a tres voces: la del escritor, la del fotógrafo y la tercera que se produce cuando hay armonía entre el texto y la imagen”, explica.

Para ese momento se acerca Rolando Menéndez, uno de los escritores cubanos asistentes al encuentro Bogotá 39. Mordzinsqui le pide que hable algo de él. Es una constante en la entrevista, evita referirse a sí mismo. Prefiere citar autores porque “es más fácil poner en su boca frases, porque en la boca de uno queda pretencioso”, dice. Pero Menéndez sólo dice que “es el fotógrafo de cabecera”, le desea suerte, que pueda terminar de almorzar y se va.

Mordzinsqui cuenta anécdotas sobre en qué circunstancias ha conocido a escritores y cómo han sucedido las publicaciones de sus libros. Pero jamás describe una de sus fotos. “Una foto no se cuenta”, afirma. Dice respecto de la suerte que tiene que es “un azar objetivo”, porque no cree en las casualidades sino en la causalidad que todos provocamos en la medida que actuamos.

Habla de los proyectos más próximos como Cuartos de escritura, un libro con fotografías de escritores de varios países, en cuartos de hoteles. También menciona lo que en Bogotá ha terminado en la concreción de uno próximo producto del Bogotá 39. Ante la pregunta por las diferencias desde el punto de vista del lente de los escritores del Boom y los menores de 39 dice: “A los del Boom, los fotografié viejos, como a íconos que admiraba. Con los del ‘boom’ del futuro hay una complicidad, un juego, que no tenía con Cortázar, ni con Sábato”.

Cuando parece terminar la entrevista, Mordzinsqui se acuerda de cómo conoció a Luis Sepúlveda a quien retrató en un momento difícil, pues estaba enfermo y recién había salido de la cárcel. El fotógrafo, fiel a su promesa, le envió las fotos en contraprestación. El escritor a la vuelta de correo le envió una carta dándole las gracias, pero le pidió que no publicara ninguna de esas fotos, por ser un momento tan difícil, que después lo invitaría para que tomara otras. Este fue el comienzo de una gran amistad. Actualmente, Sepúlveda es padrino de sus hijos.

Como si este fuera su último truco se levanta de la mesa. La historia terminó. El almuerzo desapareció de su plato. Asimismo los pocillos de café quedaron vacíos. El fotógrafo recuerda que tiene que ir a hacer su trabajo. “O si no, no habrá libro”. Aprovechamos para tomarle una foto, para que quede constancia de su visita a Bogotá, ciudad que no conocía. El fotógrafo es víctima de su propio invento.

Se lleva sus imágenes consigo, sus metáforas, sus historias, sus mariposas. Nos deja su retrato y sus palabras, con la magia de la tecnología, en nuestra cámara y grabadora, en los libros.
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