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| 12/26/2004 12:00:00 AM

El indomable Zipa

UN GRUPO DE CICLISTAS, en dos hileras, se desliza rozando apenas el pavimento. De vez en cuando una risotada interrumpe el ritmo, midiendo los kilómetros. De manera imperceptible, con el paso de las horas, los hombres se ensimisman en la velocidad y el silencio, respirando en la altura como espectros. El sol de la madrugada resplandece sobre el departamento de Boyacá a través del humo y el polvillo que despiden las chimeneas de los hornos de cal, y refulge contra las orgullosas divisas del club y las bicicletas de carreras. Detrás del grupo, el carro acompañante del entrenador del equipo protege a los ciclistas del tráfico en carretera. De repente, un incómodo chirrido suspende el ritmo y revela una presencia: en medio de la ceñida indumentaria de los pedalistas aparecen un sombrero, una ruana y unas alpargatas: un muchacho, campesino, se ha colado en el grupo. Atada a la parrilla trasera de su bicicleta de hierro, una cantina de leche.

Burlándose, los pedalistas aceleran el paso. Pasan los minutos, que parecen hacerse más largos por la rapidez. El muchacho sigue allí. Las risitas burlonas han dado paso a un llenar y desocupar de pulmones que raya en el desasosiego. En ese momento, el entrenador, irritado con la audacia del intruso, pierde la paciencia:

-¡Oiga, mijo, váyase a la mierda!

El adolescente lo ignora y se hace una pausa llena de concentración. Entonces:

-¡Oiga, mijo... sí, usted! ¿Por qué no recoge su catre y se larga de una vez por todas?

Esta vez el muchacho le contesta:

-¡Coma mierda! ¡Si son tan berracos, descuélguenme!

Y acelera con tanta fuerza que el equipo, en una estela de respiración entrecortada, se despliega en fila india. La carretera se empina al cielo. Implacable, el muchacho se aleja, poco a poco, latido a latido, hasta que llega a la cima. Allí, por fin, el peso de su carga de leche lo empuja hacia el valle, al otro lado.

RAFAEL ACEVEDO, por allá a comienzos de los años 70, le robó tres cabras a su papá para comprar su primera cicla. Fue ganado bien invertido. Diez años después de aquellos juveniles despachos de leche, se sumó a esa oleada de ciclistas colombianos que barrieron en Europa al comenzar la década del 80.

Ahora, más viejo y robusto -cualquiera diría que se trata del tío disoluto del otrora atleta- Rafael abre álbumes de fotos sobre la mesa del comedor. Veinte años después, las instantáneas ya empiezan a perder su colorido: un día no muy lejano ya no serán más que unas láminas de un blanco lavado. En una de ellas Rafael lleva puesta una camiseta adornada con unos discos rojos y grandes: se trata de la casaca de pepas rojas que se le otorga al mejor escalador en el Tour de France o en su equivalente amateur, el Tour de l'Avenir, que bien podría traducirse como el Tour del Porvenir.

Como ocurre con las competiciones por puntaje en las tres grandes vueltas -la de Francia, la de España y la de Italia- triunfar en estas competencias de montaña significa una lucha de tres semanas acumulando puntos. Quienes compiten por la camiseta amarilla, la que se le otorga al triunfador individual general de la competencia, pueden tomárselo con calma (la expresión es relativa) ya que, por lo general, durante la primera semana de etapas planas disfrutan de la protección que les brindan sus compañeros de equipo y se preocupan tan sólo por llegar con el lote. Al tiempo que empiezan las etapas de montaña, dosifican sus fuerzas para el final de la etapa. Pero, contrario a ellos, quienes compiten por puntos y por los premios de montaña, tienen que luchar por ir a la cabeza del grupo cada vez que se aproxima una meta volante o un premio de montaña... además del considerable esfuerzo final que implica cada sprint. Y esto puede ocurrir dos, tres y hasta más veces durante una única etapa. Es una competencia dura para hombres recios con fe absoluta en sí mismos. Rafael Acevedo es uno de ellos, igual que muchos de sus compatriotas.

En una de las fotos Rafael se ve, de pie, al lado de Greg Lemond, dos veces campeón del mundo y tres del Tour de France. En otra, cuesta arriba en una empinada ladera de los Alpes franceses, arrastra a sus espaldas al cinco veces campeón del Tour de France, Bernard Hinault.

En las primeras expediciones a Europa, Rafael y el resto de sus compatriotas, compitieron como amateurs. El primer Tour de l'Avenir se lo tomaron por asalto derrotando a los todopoderosos soviéticos y desencadenando con su esfuerzo las más desaforadas revueltas en contra de la ley de la gravedad y de la lógica que prevalecía en el ciclismo de competencia internacional siempre que se asomaba una cuesta empinada: los colombianos monopolizaron los premios de montaña. Su desenvoltura pronto atrajo invitaciones de muchas y prestigiosas competencias para profesionales.

Aún en calidad de amateurs, los colombianos compitieron en el Dauphiné Libéré de 1984, una competencia que antecede al Tour de France y que tiene lugar en los Alpes del norte. Era la primera vez que participaban y se alzaron con la victoria; Hinault y Lemond, sin duda en aquel entonces los mejores ciclistas del mundo, ocuparon sólo los podios menores. Semanas más tarde, Luis Herrera, un dios esbelto, trepó camino a la cumbre conocida como Alpe d'Huez para ganar la más mítica de las etapas del Tour de France. Sus compatriotas sintieron la llamada del destino: un colombiano ganaría con seguridad el Tour, la más preciada presea del ciclismo, antes de que terminara la década. Las delgadas extremidades como cristal forjado de Herrera habían llevado a Colombia al umbral de esa victoria.

Los ciclistas colombianos venían sedientos de reconocimiento internacional desde que fundaron su propio tour nacional en 1951. Dos años más tarde, en efecto, algunos llegaron a competir en Europa viajando por mar para participar en la Route de France, la antigua versión amateur del Tour. A ojos de los europeos, debieron parecer tan rústicos como la adolescencia de Rafael Acevedo le debió parecer a aquel equipo de ciclistas en Boyacá; pero, infortunadamente, casi todos habían sido descalificados al terminar el primer día. Para el cuarto, ya todo había terminado para todos. Ninguno pudo mantener el ritmo de unos europeos que los doblaban en tamaño. Ninguno, tampoco, había corrido por terreno tan plano.

Jamás llegaron a la montaña.

De manera que los años 80 fueron como alcanzar la mayoría de edad. En 1987, Lucho Herrera ganó la Vuelta a España; en 1988, Fabio Parra pisó el podio del Tour de France. Sus compatriotas se habían ganado todos los premios de montaña importantes. Y entonces se reventó la burbuja.

TRES TIPOS DE PARÁSITOS se han encargado de sangrar a Colombia hasta sumirla en la anemia económica: los capitalistas internacionales, hombres violentos que son cosecha propia y una clase política corrupta. Hoy por hoy, el país presenta las yuxtaposiciones típicas de una nación en vías de desarrollo: mulas compartiendo el espacio con motos de alto cilindraje, carretas tiradas por caballos compitiendo con Land Cruisers. Y la cicla sigue siendo una herramienta esencial de trabajo.

Durante ya más de diez años, los mejores atletas colombianos -futbolistas como Valderrama, Asprilla y Ángel; ciclistas como Álvaro Mejía, Oliverio Rincón y Hernán Buenahora; el boxeador Mauricio Pastrana; el beisbolista Edgar Rentería- se han desempeñado en tierras extranjeras a sueldo de patrones foráneos perdiendo así tanto el contacto con los jóvenes atletas en casa como con la audiencia nacional. Con todo, sin importar qué pensaran los deportistas de entonces, durante las décadas del 50, el 60 y el 70, sus logros en el exterior tenían prácticamente sin cuidado al público colombiano en general, cuya atención la consumía una única obsesión nacional.

Hagan lo que yo hice, pregúntenle a cualquier taxista en Bogotá con edad suficiente para recordarlo: "Bogotá tenía un millón de habitantes", le escucharán decir, "y todos y cada uno de ellos salía a las calles a ver la Vuelta a Colombia. ¡Y los andenes repletos de gente!" les dirá volteándose sobre sus hombros, blandiendo al aire los cinco dedos cerrados en punta, al tiempo que su taxi amarillo vira peligrosamente a un lado provocando un estruendo de pitos de los otros autos. Es una historia que escuchará con variaciones menores en Medellín, Ibagué, Cali y en cualquier otra población en el país.

En lo que al campo respecta, hable con cualquier hija de campesino:

"Cruzábamos potreros hasta llegar a esas montañas que ve allá para saludar con pañuelos a los ciclistas que pasaban", le dirá, y esas montañas bien pueden estar a diez o más kilómetros.

Mujeres, tantas como hombres, ancianos y manadas de chiquillos corretones, comerciantes asomándose a la puerta de sus negocios, columnas de gente en medio de sus charlas y preocupaciones que confluyen en una curiosidad común. La historia de un entusiasmo. Las expectativas y frustraciones de la demografía de una nación, grandes preguntas que uno apenas si puede entrever desde un ladito, momentáneamente refractadas en la premura de unos hombres que intentan ganar una carrera de bicicletas.

Y para cuando la prueba de coraje y tenacidad de dos semanas había terminado y los competidores volvían a sus casas, allí eran recibidos como héroes por multitudes de

10 000 o más personas, aun aquellos que no habían ganado nada, que ni siquiera habían estado cerca de hacerlo. Se hacían colectas populares para proveerlos de bicicletas, dinero, lotes de tierra, casas para que vivieran en ellas.

El ciclismo era, y es, el deporte nacional. Nada que pueda llamarse colombiano es ajeno a ello. Hoy, por supuesto, tenemos la tendencia a despreciar a nuestros mayores pero, comparados con ellos, somos enanos, y, como reza otro refrán, si acaso vemos más lejos que ellos, es sólo porque estamos montados en hombros de gigantes.

YO DESCUBRÍ EL CICLISMO a los ocho años de edad. Mi madre contó y depositó los billetes, uno por uno, sobre la mano con sólo tres dedos de un ingeniero retirado en overoles de cuero. No pude quitar los ojos de encima del ñoco del dedo faltante y volví a casa arqueado sobre el marco abollado de acero que fue mi primera bicicleta. El resto de mi infancia la pasé con mis pantalones raídos y las rodillas peladas.

Quizá desde entonces pensaba ya en escapar: del campo de batalla que era la vida de una familia británica en los años 70, del aburrimiento de una vida viendo pasar tráfico a lo largo de una avenida concurrida, de la misma infancia. Quizá en eso estaba cuando resolví estudiar idiomas. Un fin de semana, mientras me encontraba estudiando en una escuela de traductores e intérpretes en Trieste, Italia, un amigo me invitó a pasar el fin de semana en su casa. Y subimos a las montañas Dolomitas a ver pasar el Giro d'Italia. Tras capear tres horas de una ventisca nevada, vimos un grupo encorvado y apiñado de ciclistas trepando la parte más inclinada de la cuesta a una velocidad descomunal. Y no fue sólo con su atletismo sino también con su enardecido empecinamiento y su naturaleza extranjera, con lo que me identifiqué... la obsesión en sus miradas, el celo de su desasosiego.

Años después, harto de rencillas y de las políticas de oficina, mi carrera académica terminó cuando renuncié a mi cargo como profesor de italiano en una universidad en Londres. Había estudiado en Italia, Francia y España y ahora necesitaba alejarme de mi pasado en algún lugar remoto, pero donde pudiera hablar el idioma. Tras años de trabajar con la cabeza, quería hacer algo físico. Un amigo se ofreció a acompañarme a viajar en bicicleta por Suramérica. Como preparación para el viaje, entre los dos arrendamos un apartamento en el norte de Londres y nos levantábamos de madrugada para montar por las calles desiertas. Antes de que la ciudad despertara, una suerte de paz andina reinaba sobre Muswell Hill y East Heath Road.

Volamos a Tierra del Fuego y pedaleamos hacia el norte. A lo largo de la Cordillera de los Andes grabé entrevistas en video. Una casa vieja en una nueva area económica. Obreros bolivianos trabajando en el pueblo ubicado más al sur de la Tierra. Esquiladores de ovejas de la Patagonia y los pioneros galeses de Trevelyn. Dos puntos diminutos en las vastedades de la Patagonia, nos fundíamos en el paisaje. En Santiago de Chile, hablé con Rosita, la empleada de servicio de Neruda. En las selvas bolivianas, con recolectores de nueces brasileros. En el Amazonas peruano, con pacientes de una desaparecida colonia de leprosos que recordaban a un médico argentino que los había tratado y que, años después, reapareció como Che Guevara. Las aguas color café del río me llevaron, ahora solo, a Colombia, y me abandonaron en un pueblo llamado Leticia, "felicidad" en latín. Allí, en el único puerto de Colombia sobre el Amazonas, pagué demasiado dinero por un cuarto sofocante y claustrofóbico y en la mañana del día siguiente tomé un vuelo a Bogotá.

Colombia es el único país en vías de desarrollo que haya causado impresión alguna en el corazón del ciclismo internacional europeo. Sin embargo, no parecía haber libros sobre el ciclismo colombiano en idioma alguno; la prensa deportiva europea no cubría a Colombia y las guías turísticas -Footprint, Lonely Planet- aunque llenas de notas culturales e históricas, ni siquiera mencionaban el deporte. En fin, aterrizamos en Bogotá y salí a caminar en su aire enrarecido. Entonces, sin saber qué era lo que buscaba ni por qué, pero sospechando en algún lado velocidad, silencio y atletas flotando en la altura de las montañas, inicié otro viaje.

EMPEZÓ CON EL INDOMABLE ZIPA. Él jamás se subió al podio en un Tour de France ni ganó títulos mundiales o medallas olímpicas pero, aun así, casi todos los colombianos, si se les pregunta, podrán recordar el nombre de pila del indomable Zipa a pesar de que ya va corrido más de medio siglo.

El apodo de Efraín Forero Triviño se lo ganó con tanto esfuerzo como los premios que obtuvo en sus carreras. Antes de la llegada de los Conquistadores, su pueblo natal, Zipaquirá, 48 kilómetros al norte de Bogotá sobre una meseta alta en las montañas, fue un asentamiento chibcha. Los caciques chibchas se denominaban "zipas". Guerreros de reputación formidable. Sin embargo, la tierra prometida de nuestro Zipa le debía su inspiración menos a Dios o a los dioses que a los franceses. Su visión era la de encaramarse al hombro de las montañas y desde allí continuar su estrepitosa marcha hasta haber enhebrado una enorme red sobre toda la nación. Articulaciones crujientes y pulmones ardiendo por la escasez de aire. El irreductible sabor a metal de cigüeñales y piñones. Astillas de los rines de madera clavadas en las yemas de los dedos.

Y tenía además un pedigree internacional. En 1950, durante los Juegos Panamericanos de Guatemala, el indomable Zipa puso un récord para los 4 000 metros y ganó medalla de oro con el equipo colombiano de persecución libre. Cuando los compromisos de trabajo se lo permitían, es decir, cuando le otorgaban permiso en la fábrica de gaseosas de la que era empleado, viajaba a Bogotá para competir en eventos regionales. Imbatible en cualquier distancia, fue poseedor de títulos en los 1 000 metros y en el kilómetro contrarreloj.

El Zipa hoy en día vive en Bogotá, en un barrio en las afueras, al occidente de la ciudad, cerca del Aeropuerto Internacional El Dorado, como acuclillado al sobrevuelo de los aviones. A sus setenta años, tiene una vitalidad que la mayoría de los hombres tienen a los veinte. Aún tiene la vista más rápida y aguda que la de un galgo, como debió tenerla hace medio siglo. Habla con soltura y con convicción absoluta. Avivado con tazas de café tinto espeso, te atrapa con los ojos y gesticula con ambas manos:

"Cuando empecé a correr en bicicleta, en 1949, intentaba leer todo lo que podía. Obviamente, leí sobre el Tour de France y la mitología en torno a los Alpes y los Pirineos. Pensé para mis adentros: 'Con una geografía como la nuestra, una Vuelta a Colombia sería algo extraordinario'".

Quienes lo cuestionaban declararon la idea como un sueño irrealizable. Aún en el caso de que las carreteras fueran por lo menos carreteables, la topografía y la altitud extrema eran suficientes para hacer físicamente irrealizable semejante empresa. Es lo que el sentido común indicaba y también la historia. Por ejemplo, a comienzos del siglo xx, el primer ciclista que intentó cubrir la ruta que separaba a Bogotá de Tunja, al norte, un tal Alberto Piedrahita Cordovez, camino a la capital del departamento de Boyacá, sufrió un colapso y murió en el intento. Poco después, un ciclista alemán que partió de Bogotá con el mismo empeño, al desmontarse en la plaza central de Tunja, murió también en el acto.

La carretera a Tunja jamás desciende más abajo de los 2 440 metros sobre el nivel del mar a lo largo de la cordillera Oriental, uno de los tres ramales escarpados de los Andes que cruzan el país de sur a norte y que se separan en la frontera con Ecuador. En 1929, antes de que se diera inicio a la primera competencia ciclística colombiana de la que se tiene registro y que siguiera precisamente la carretera que conducía de Bogotá a Tunja, obviamente se alzaron voces de protesta.

En una carta dirigida al director del evento antes de que se iniciara el mismo, uno de los veinticinco participantes, el campeón de ruta de Panamá, J. Arturo Castillo, expresaba sus preocupaciones de carácter cardiológico:

  Como recurso para probar la resistencia de un ciclista, la ruta me parece excesiva dados no sólo el estado de la carretera sino los considerables ascensos a una altura promedio de nueve mil doscientos pies sobre el nivel del mar.

  Es imposible que funcione bien el corazón de un ciclista que, a esa altura, debe además hacer el esfuerzo que requiere completar (por ejemplo) el ascenso continuo de cinco millas una vez se cruza el Puente de Boyacá.


Con todo, y a pesar del escepticismo panameño, la carrera continuó su curso y, sobre los más de 130 kilómetros de carretera sin terminar, un italiano, Carlo Pastore se consideraba el favorito para ganar la primera etapa. Antes, quiero decir, de que Pastore desapareciera del mapa.

Al tiempo que los otros competidores luchaban contra los elementos, los organizadores de la prueba organizaron una búsqueda. Primero, dieron con la bicicleta de Pastore detrás de unos matorrales. Después, con el mismísimo hombre. El italiano había sacrificado su liderazgo en la carrera a cambio de una posición harto más placentera debajo de una joven campesina. Aunque horizontal, la verdad es que no dejó de pedalear.

A pesar de su desmesurado esfuerzo, Pastore se unió de nuevo a la caravana y al día siguiente logró ubicarse en la casilla número ocho en la tabla general. Así, la historia del ciclismo colombiano tuvo por padre a un italiano.

Al menos su historia escrita. Tres décadas antes, a las 6:15 a.m., el día 15 de agosto del año de 1899, el Círculo de Ciclistas de Bucaramanga, la capital administrativa del departamento de Santander, 160 kilómetros al norte de Tunja, había programado el inicio de otra muy anterior competencia. El boletín informativo del Círculo ese mes mostraba grandes esperanzas:

  Cierto, en Colombia hay muy pocas carreteras que puedan ser utilizadas para el ciclismo. Pero ¿no será su práctica, que ha traído tantos beneficios en otras tierras, la manera indicada para lograr que se construyan buenas carreteras para todos...ciclistas o no ciclistas?

Ahora, si la competencia tuvo lugar o no y quién fue el ganador, son preguntas que no se pueden contestar porque no existen documentos que lo registren.

A medio camino del siglo xx las ambiciones del indomable Zipa eran menos utilitaristas. Entre el espejo del cielo y las carreteras destapadas, soñaba con pulir la crueldad colombiana hasta convertirla en algo cautivante.

"Pablo Camacho Montoya, un periodista del diario El Tiempo, acogió la idea. Prometió solicitar el patrocinio del periódico si yo era capaz de probar que la cosa era físicamente posible. Él tenía un aliado: el presidente de la Asociación Nacional de Ciclismo, Enrique Santos Castillo, que a su vez era también editor general de El Tiempo. Para eso escogí la etapa más dura de la vuelta propuesta y muy temprano, una mañana en octubre de 1950, salí desde Bogotá".

A una altura de 2 590 metros sobre la cordillera Oriental, el frío de Bogotá puede llegar a ser penetrante a pesar de su latitud, cuatro grados al norte de la línea del ecuador. Un par de días después de nuestra entrevista, le hice frente al frío para encontrarme temprano con el Zipa y, renunciando a la benigna altura descendimos en automóvil al mismísimo caldero, hacia el occidente y montaña abajo, camino a la ciudad de Honda, a apenas 230 metros sobre el nivel del mar en el valle del Río Magdalena.

Cincuenta años atrás el Zipa había hecho más o menos el mismo recorrido sobre superficies de lodo. Una vez en Honda, la cabeza palpitando por el calor del sol, los ojos ardiendo por el sudor, los pulmones ahogados por la humedad, se encontró con un camión del Ministerio de Obras públicas.

"El secretario de la Asociación de Ciclismo, un inglés llamado Donald Raskin y su tesorero, Mario Martínez, me esperaban dentro de la cabina y, al verme, entraron a la carretera para seguirme".

Proseguimos en automóvil (el Zipa y yo) a los reinos en donde la geología no es una ciencia abstracta sino una preocupación cotidiana: la cordillera Central, sólo superable a través de un paso helado a 3 660 metros de altura, conocido como el páramo de Letras, que se yergue entre el valle del Magdalena y la ciudad de Manizales, capital del departamento de Caldas. Cada 180 metros ganados en altura sobre el nivel del mar, la temperatura se reduce un grado centígrado en promedio. De Honda al páramo de Letras, un ascenso de 3 444 metros, la temperatura disminuye casi veinte grados. El factor viento, también conocido como sensación térmica, bien puede doblar la cifra.

Aquella vez, el Zipa se puso literalmente de ruana ese paisaje y trepó por aires cada vez más enrarecidos.

"Quisieron hacerse a mi rueda durante una pendiente inclinada a través de barro espeso. En el pueblo de Padua el chofer no quería seguir. Yo seguí mi camino hasta llegar a Letras, en donde la llovizna me calaba los huesos, y de allí a Manizales. Allí me duché para quitarme el barro de encima. Dos horas y media después llegaron los del camión. El chofer, que era de esa tierra, le dijo a sus amigos que yo había trepado en bicicleta. Al principio no le creyeron. Luego me alzaron en hombros y desfilaron conmigo por toda la ciudad".

Hoy la carretera está bellamente asfaltada, pero sigue siendo tan inclinada, que difícilmente puede uno concebir que sea posible subirla en bicicleta, aún recurriendo a la más ridícula relación de piñones de montaña imaginable. El Zipa conduce rápido, acelerando en las curvas.

"Entonces supimos que sí era posible".

HACE MILLONES DE AÑOS los dioses de las placas tectónicas y los demonios de la erosión tallaron las cumbres colombianas. El paisaje resultante, un paraíso natural para la mayoría de las especies que ocuparon ese espacio, ciertamente era un trabajo divino, pero no el más indicado para los destinos y construcción de una nación. El doble proyecto humano de constituir una nación e industrializarse, no se beneficia mucho que digamos con la presencia de majestuosas montañas.

Y lo que natura no quiso dividir, el hombre muy campante lo rasgó en mil pedazos. Durante los siglos xvi a xviii, el período de la Colonia, buena parte de lo que hoy es Colombia no se colonizó. La Iglesia Católica, el brazo espiritual de la Conquista, con frecuencia no pudo convertir a la población nativa, cuyas lenguas les eran desconocidas a los franciscanos. Los intereses económicos de España privilegiaron ciertas regiones, en particular aquellas a lado y lado de un eje central que corría hacia el norte a partir de la capital, Bogotá, siguiendo puertos fluviales y marítimos que finalmente enlazaban con las metrópolis europeas, dejando abandonadas otras.

En el siglo xix, tras la Independencia, esta lógica geográfica se acentuó aún más. En 1850, un ingeniero militar y mercenario italiano llamado Agustín Codazzi, quien había luchado por la independencia de Colombia y que más tarde se convertiría en su más grande cartógrafo, calculó que las sofocantes tierras bajas, conocidas como tierra caliente, cubrían el 75% del territorio nacional. La vida en estas regiones de tierra baja transcurrió prácticamente sin la presencia de un gobierno central.

La Constitución de 1886 aludía a estas regiones aisladas como "Territorios Nacionales" y autorizó al Congreso para que dispusiera de ellas como mejor le pareciera. No era otra cosa que el reconocimiento de que el Estado había sido incapaz de establecer su monopolio del poder sobre tres cuartas partes del espacio nacional. Las tierras calientes y sus habitantes quedaban así por fuera del la jurisdicción de la Constitución.

Casi seis décadas después, la Gran Depresión desarraigó innumerables familias y aceleró los procesos que llevaron a poblar los tales Territorios sin ley. Bogotá se vio obligada a enfrentar el reto de incorporar a toda esa gente a la nación. Alfonso López Pumarejo, presidente de la República en los años 30 y 40, llegó a referirse a este proceso continuo y en curso como "el redescubrimiento de Colombia". La primera Vuelta a Colombia fue, de manera implícita, parte de todo eso.

Pero, ocultas y cifradas dentro de la Vuelta, también estaban implicadas correrías y peregrinaciones que habían conectado comunidades colombianas entre sí durante décadas y que aún hoy, algunas veces, entran en ocasional colisión.

Durante décadas poblaciones enteras de recolectores agrícolas a destajo han ido tras las cosechas de café y de hoja de coca, y artesanos de exquisita habilidad que trabajan la madera, el cuero y la guadua de manera constante se han desplazado en busca de clientes para sus productos.

Desastres naturales periódicos ocasionados por el entorno volcánico lanzan comunidades enteras a marchas fúnebres. Campesinos desplazados por la crisis económica o por la acción de la violencia paramilitar convergen en las ciudades. Algunos, recurriendo a la violencia, conformaron columnas guerrilleras que hoy marchan a través de las montañas y las selvas del inconsciente colectivo, alimentadas de leña y comida por caravanas de mulas clandestinas en medio de la noche colombiana.

Avionetas pequeñas y ligeras vuelan bajo por sobre las selvas hasta aquellas márgenes en donde gente forajida se adentra en busca de metales y piedras preciosas. Contrabandistas emprenden secretas odiseas cruzando pasos inaccesibles. Y colonos que cargan sobre sí (y reproducen) antiguas contiendas, se ven rodeados, real o imaginariamente, por quienes habitaban esas selvas antes que ellos: nómadas invisibles que viajan sigilosamente por entre los árboles.

En 1951, la Vuelta del indomable Zipa, 1 154 extenuantes kilómetros a lo largo de trochas de arena, lodo y piedra, y subdividida en diez mortales etapas, unió a Colombia en su búsqueda de una identidad, haciendo eco y condensando el espíritu de todos estos viajes al interior y a lo largo y ancho de la Colombia no descubierta.

Pero había otras razones más por las que un evento como un tour nacional colombiano debió haber sido imposible: la Colombia rural no era precisamente un lugar para montar en bicicleta.

Entre 1946 y 1953, un conflicto civil desplazó comunidades enteras y quizá dejó cientos de miles de muertos. Nuevas líneas de demarcación y zonas prohibidas fragmentaron el espacio nacional. Una pugna entre liberales y conservadores fue la raíz de la violencia que se desencadenó y que dividió al país en dos, en particular porque a Colombia la sostenía, tanto entonces como ahora, el clientelismo político.

Toda hacienda o baldío cedido dependía de los favores de patrones que tenían cargos políticos. En la capital, los elegantes jefes de los partidos políticos jugaban un juego escrupulosamente parlamentario pero, implícita en todo lo que hacían, estaba la imperiosa necesidad de perpetuar sus privilegios. Con todo, cuando cambiaban las administraciones, los designados políticos a lo largo y ancho de la nación, administradores, secretarios y secretarias, choferes, jardineros, sus proveedores predilectos y socios en los negocios, podían de súbito encontrarse, ellos y sus familias, desprotegidos y hambrientos.

Las sutilezas ideológicas que distinguían y separaban a los conservadores de los liberales se diluían en la vastedad del territorio pero igual, la pobreza, la inseguridad y la peculiar ambición de los colombianos llevó a la gente a luchar, y a hacerlo con sevicia, para bien de su partido.

La línea que dividía a los dos partidos se veía complicada por una cuestión que les concernía a ambos: ¿qué papel debía jugar el hombre del común en lo que tiene que ver con los destinos de la nación? Cuando, en marzo de 1947, un abogado llamado Jorge Eliécer Gaitán se hizo al liderazgo del partido Liberal amenazando los intereses de una oligarquía a través de cuyas venas, como el líder solía vociferar, fluía el petróleo que extraían sus verdaderos dueños, los gringos, el país se polarizó.

Orador excelso y hábil manipulador de las masas como era, la retórica de Gaitán encendió las pasiones del país entero. Los terratenientes, los comerciantes bien establecidos y las jerarquías liberales y conservadoras más tradicionales respaldados en su especie de entente cordiale jamás hubieran permitido que un aventurero populista como Gaitán accediera al poder.

Todas las naciones siempre sacrifican a sus cristos y césares, a sus gandhis, martin luther kings y evitas. Jorge Eliécer Gaitán no fue la excepción. En febrero de 1948 dirigió una marcha de antorchas por las calles de Bogotá. Cien mil manifestantes en contra de la violencia anti-Liberal se le unieron. Pronto Gaitán se convirtió en una amenaza demasiado grave para la elite gobernante. El 9 de abril, a la 1:05 p.m., al tiempo que el líder salía a la calle, un rosacruciano introvertido de nombre Juan Roa Sierra le disparó tres tiros en la cara. El asesino fue capturado e interrogado en una farmacia cercana al lugar de los hechos. Se rehusó a decir quiénes le habían dado la orden pero, antes de que un interrogatorio más persuasivo tuviera lugar, una turba entró, sacó al asesino a la calle y lo descuartizó miembro a miembro.

La violencia se extendió en olas concéntricas, acentuando y amplificando tendencias que ya estaban vivas en el campo. Y así, durante siete años, Colombia se desgarró en pedazos. Pero se trataba de una rebelión sin causa. Las cuentas que se arreglaron eran locales; los territorios liberados no más que meros feudos desconectados de todo. La identidad de Colombia se dividió en fragmentos caleidoscópicos. Su espejo roto ya no reflejaba una imagen reconocible. En noviembre de 1949 se declaró un estado de emergencia. Se suspendió la democracia representativa. El Congreso permaneció cerrado durante dos años y, en los ocho siguientes, ninguno de los tres regímenes que gobernaron a Colombia fue ratificado mediante elecciones.

El primero de los regímenes fue presidido por un hombre educado por jesuitas que utilizó su periódico, El Siglo, para aliarse a las potencias del eje durante la Segunda Guerra. El líder conservador, Laureano Gómez, se había refugiado en la España de Franco tras el asesinato de Gaitán, cuando los revoltosos en el centro de la ciudad le prendieron fuego a su residencia y a las instalaciones de su periódico en Bogotá. Al volver a Colombia, se hizo presidente y en agosto de 1950 instituyó una especie de dictadura civil para derrotar la conspiración que, en sus delirios fascistas, alentaban masones, judíos, liberales y comunistas.

Intensificando el conflicto de manera deliberada, Gómez caracterizó al partido Liberal y a sus huestes como un engendro mortal y degenerado que se preparaba para destruir a Colombia, en sus palabras:

  El basilisco era un monstruo que tenía la cabeza de un animal, el rostro de otro, los brazos de otro más y los pies de una criatura deforme, formando el conjunto un ser tan espantoso y horrible que sólo mirarlo causaba la muerte. Nuestro basilisco se mueve con pies de confusión y estupidez, sobre piernas de brutalidad y violencia que arrastran su inmensa barriga oligárquica; con pecho de ira, brazos masónicos y una pequeña, diminuta cabeza comunista.

Hubo ejecuciones masivas propiciadas por el liderazgo institucional aunque no precisamente constitucional. Con instantáneas de cabezas decapitadas, los fotógrafos inmortalizaron la barbarie. La identidad nacional de Colombia colapsó ahora en la crueldad y la confusión.

Para noviembre de 1950, y ya compartiendo la misma cama con el macartismo gringo, Gómez despachó a la fragata Almirante Padilla para que ayudara a patrullar los mares de Corea, de manera que mientras tropas colombianas se preparaban para embarcarse en la guerra de otros, la identidad de Colombia, su sentido de sí misma, estaba completamente desconcertada y confundida. Así las cosas, con ese telón de fondo y tal discontinuidad, la primera carrera nacional de ciclismo ciertamente no parecería sólo logísticamente imposible sino, a la vez, absurdamente irrelevante, ¿o no?

Los aventureros que se reunieron en el centro de Bogotá, en la mañana del 5 de enero de 1951 -algunos en pantalonetas de futbolista, otros en pantalones bombachos, uno en cachucha de cuero de aviador, preparándose para enhebrar los hilos invisibles de su red para cubrir a la nación- por supuesto que no fueron la solución a la carnicería intestina que estaba tomando lugar. Sin embargo, sí estaban haciendo -ahora más que nunca- una pregunta pertinente y emparentada: ¿somos o no somos una nación?

FUE, POR LO TANTO, curioso que semejante evento, tan necesaria y peculiarmente colombiano, hubiera sido imposible sin la ayuda de un inglés.

Hijo de un comerciante en textiles londinense que tenía unas bodegas en la capital colombiana, los elegantes trajes en gris de Donald Raskin son tan impecables como su inglés que habla concienzudamente con la dicción de un locutor de radio de la pre-guerra. Nacido en 1920, Raskin llegó a Colombia a la edad de doce años con su padre, madre y hermana. En 1938 regresaron a Londres, pero sólo para volver a Colombia, esta vez pensando en una estadía de carácter indefinido, en septiembre de 1939, víspera de la Segunda Guerra.

"Trabajé durante un tiempo en la Embajada Británica. Empecé abajo y terminé abajo: si no te ha contratado el Foreign Office en Londres te consideran un empleado local y no hay modo de que te promuevan. De manera que pasé cinco años trabajando en la sección comercial de la embajada y luego empecé a trabajar para una compañía belga llamada Cassabel. Solía lidiar con toda la correspondencia en inglés. Importábamos whiskys, brandys y ginebras. Buen negocio en Colombia. Estábamos en unas condiciones muy buenas. Yo fui atleta. Corría los 110 metros vallas. Fui campeón en Bogotá. Formé la federación de atletismo local, luego me presentaron gente involucrada en el ciclismo y empecé a prestarles asesoría. El ciclismo entonces era muy rudimentario, el estado de las pocas carreteras que había era deplorable".

Quise comprender qué había llevado a este pulquérrimo y parco súbdito británico de las salas elegantes del comercio de brandy a la mugre y el salvajismo del ciclismo. Pero tal vez él había perdido la capacidad de sondear su propia alma en el viejo idioma que, sin embargo, insistía en usar al dirigirse a un compatriota. O quizá lo que a mí me parecía tan misterioso, para él era tan obvio que no tenía modo de entender mi pregunta.

"Yo tenía bicicleta pero no competía: yo dirigía. Al comenzar, había media docena de buenos ciclistas: los mejores en ese entonces venían de Antioquia, Valle y Bogotá. Ya existía la asociación de ciclismo pero no era muy importante. Había quizá una o dos competencias nacionales al año antes de que se inaugurara la Vuelta. Me hice secretario de la asociación y me ganaba la vida importando repuestos y piezas de Dayton Cycles, en Londres. Utilicé la Vuelta para consolidar mi posición en la asociación. Ahora, para financiar la Vuelta, decidí venderle cada una de las diez etapas a un patrocinador".

Pero, como pronto descubriría Raskin, las opciones de patrocinio se reducían a unas pocas industrias mayores:

"Avianca, la aerolínea nacional, patrocinó la primera y novena etapas. El periódico El Tiempo, las etapas cuarta y sexta. El Tiempo no nos dio ni un peso, sólo publicidad. La cervecería Bavaria, que hacía parte del mismo grupo que Avianca, patrocinó también otras dos etapas y aceptó financiar a un ciclista".

Aun así, la mayoría de los ciclistas representaban a pequeñas empresas: cafeterías, almacenes de utensilios eléctricos y tiendas de artículos deportivos. Argemiro Sánchez, que tenía un almacén de ciclas en Cali, se patrocinó a sí mismo. Carlos Orejuela, de Bogotá, corrió por los colores de Dayton Bikes, Londres, cortesía de Raskin.

La ruta que se diseñó para la competencia definió el escenario que tendría el ciclismo colombiano durante los siguientes cincuenta años. La mayor parte del ciclismo en Colombia tiene lugar en las cordilleras Oriental y Central, con ocasionales excursiones al occidente de allí. En fin, la primera ruta siguió los pasos de la prueba de Forero en la que este había descendido de la cordillera Oriental al valle del Magdalena para luego trepar las faldas orientales de la Central. Decía una editorial de El Tiempo:

  Si cabe la comparación las carreteras de Francia y Colombia se parecen tanto como una mesa de billar a una montaña rusa. Su dificultad y exigencia harán de la Vuelta a Colombia algo singular, si no único, entre las grandes competencias del mundo del ciclismo.

Al fin la Vuelta estaba lista para empezar. Pablo Camacho Montoya, de El Tiempo, dio la largada a la carrera en el centro de Bogotá. Los informes de prensa describen la multitud con superlativos: extraordinario entusiasmo, muchedumbres, un inmenso mar humano, avalanchas de espectadores, multitudinaria presencia.

Y desde el principio fue un evento tan sangriento como una corrida de toros. No más en la primera etapa, Adonías Ortega, del departamento de Nariño, se fracturó la clavícula al estrellarse contra un camión. Jorge Ramírez, de Cartago, Valle, se estrelló contra otro e hizo trizas el marco de su cicla. Guillermo Jurado, compañero de equipo de Ortega, torció de un golpe su rueda trasera y, por lo tanto, corrió los últimos kilómetros hasta cruzar la meta con la bicicleta al hombro. Pedro Nel Gil, de Antioquia, sufrió una caída que le costó la fractura de varios huesos de una mano y la dislocación de la clavícula. sin embargo, no abandonó la lucha y terminó la etapa en tercer lugar. Luego, en la tercera etapa, ya atrás el calor de las tierras bajas y cuando el frío de la montaña bajaba a dos grados centígrados, Forero y Gil entraron en un duelo hombro a hombro en la parte más inclinada de la pendiente. El Zipa llegó a la cumbre un par de metros por delante de su rival y se lanzó cuesta abajo en mortal descenso. Y casi resulta mortal en serio: a alta velocidad sobre el cascajo empapado, Forero perdió adherencia, patinó y fue catapultado al otro lado de la carretera, aterrizando con brazos y piernas extendidos y la rodilla izquierda sangrando. Desde allí vio pasar a sus rivales.

El principal asistente de Forero, su madre, lo encontró. Se bajó del vehículo auxiliar y lo montó sobre el sillín de su cicla. La señora, presa de su ambición vicaria y sublimada, lo alentó hasta obligarlo a alcanzar velocidades de locura y pronto estaba ya ganándole terreno a sus rivales. Delante de él, las tribulaciones de Pedro Nel Gil continuaron cuando, dada la violencia del descenso, perdió su rueda delantera. Ensangrentado, pero con su sensación de urgencia intacta, él mismo cambió la rueda y continuó en persecución del Zipa para terminar de nuevo en el tercer lugar de la etapa.

Por supuesto que el estado y la calidad de las carreteras no ayudaban para nada. Durante las primeras cuatro cuadras de la tercera etapa, los ciclistas corrieron, bicicleta al hombro, para subir una pendiente tan inclinada que era imposible trepar a punta de pedal. Dieciséis kilómetros ladera arriba, un aguacero torrencial precipitó una avalancha de barro que obligó a los atletas a sortear de nuevo el obstáculo con la bicicleta al hombro. Las superficies asfaltadas se mencionan por primera vez en el resumen de la quinta etapa de la carrera: "[.] con sus 209 kilómetros, es la etapa más larga de todas, de Cartago a Cali, y algunos trechos están asfaltados".

Con todo, también esta etapa se vio afectada por una serie de terribles accidentes. Un espectador vació un balde de agua sobre la rueda trasera de Roberto Cano, co-equipero de Pedro Nel Gil, y lo tumbó de la bicicleta. Lo revivieron tras pasar varios minutos inconsciente, lo montaron sobre su cicla y arrancó a toda velocidad para terminar la etapa. Un motociclista viró bruscamente e hizo caer al Zipa sobre su rodilla izquierda herida. Luego, el desventurado Gil, volvió a caer y, en la penúltima etapa, el turno fue para Cano quien volvió a dar por tierra y pasó esta vez cuatro minutos inconsciente. Cuando volvió en sí, se subió a su cicla y cruzó la meta quince minutos detrás del ganador de la etapa.

Pero aun en las ocasiones en las que no se derramó sangre, la calidad de las bicicletas y de los repuestos disponibles dejaba mucho que desear. El Zipa, que se había preparado meticulosamente, pinchó seis veces no más en la primera etapa. Faltando ya sólo dos etapas, Cano y el Zipa se enfrentaron en un duelo magnífico a la cabeza de la competencia subiendo la más temida de las cuestas colombianas, un imponente paso de altura a 3 230 metros conocido como La Línea. Finalmente, en la parte más pendiente de la cuesta y cerca de la cumbre, el Zipa se percató de que su adversario flaqueaba. Cruzó la cumbre en primer lugar y se lanzó en vertiginoso descenso sacando muy pronto una considerable ventaja. hasta que pinchó de nuevo. Agotadas sus reservas de tubulares, no tuvo más remedio que seguir pedaleando. Pronto, la rueda estaba sin aire. Luego empezó a desgastarse saliéndose de la llanta. Para cuando llegó a la meta, tras no pocas miradas hacia atrás por encima de sus hombros, ya montaba sólo sobre el marco de la llanta. Cano llegó escasos tres minutos después.

Sin embargo, a pesar de -o quizá gracias a- las espantosas heridas y las repetidas fallas y carencias de los equipos, la carrera cautivó al público. Desde tiendas, almacenes y bodegas a lo largo y ancho de la ciudad de Bogotá, a través de altavoces se retransmitían a la calle los comentarios de la radio.

"La radio sí cubrió el evento", recuerda Raskin, "pero no como se hace hoy. Debido a las montañas, los periodistas de ese medio no podían transmitir. Debían primero llegar hasta el pueblo o ciudad y desde allí llamar por teléfono a Bogotá para dar su informe".

El locutor y comentarista más popular fue Carlos Arturo Rueda. Nacido en Costa Rica, había trabajado en Venezuela antes de venir a Colombia. Las pinturas en palabras de cada etapa de Rueda, improvisadas a partir de las copiosas notas que tomaba desde la vera de los caminos, son legendarias. Al llegar a cualquier pueblo era recibido con un frenesí histérico y su elocuencia, la más celebrada en la historia del país -tanto que llegó a opacar incluso la de Gaitán-, sembró el ciclismo en la conciencia nacional. Con todo, me fue imposible encontrar transcripciones o registros grabados de sus comentarios y nadie pudo citármelo, por breve que fuera la cita, ni describir su estilo. Rueda, al parecer, ha desaparecido en la nada dejando sólo su nombre y un vago recuerdo encantado.

Desde el momento de la partida, el Zipa se mostró indómito. El primer día, a los 35o de temperatura de Honda, fue el primero en cruzar la meta. Tras cinco horas y treinta cuatro minutos montado sobre su sillín, y desmontándose para cruzar el río Rioseco, fue aclamado con escenas de "indescriptible entusiasmo" por "multitudes que se congregaron a lo largo de Honda". Tenía, sigue diciendo El Tiempo, "un corazón del tamaño de una catedral", ahora adornado por la casaca blanca con franjas roja, blanca y azul del líder de la competencia. Veintidós minutos después del Zipa cruzó la raya el segundo ciclista. Una hora y media más tarde, cuando ya los periodistas de prensa habían enviado sus reportajes, todavía estaban llegando participantes. Los medios de difusión y el público a lado y lado de la carretera, estaban en éxtasis.

Al día siguiente el Zipa consolidó su liderazgo al ganar la segunda etapa, un ascenso de 41 kilómetros a Fresno, en las estribaciones del ascenso a Letras. Al finalizar la etapa, un periodista anotó: "Lo observamos con detenimiento durante todo el día y juro que las exigencias de la prueba no dejaron el menor signo de esfuerzo en su rostro".

Y así llegaron a Manizales para el primer día de descanso de la prueba. La ventaja del Zipa tras las primeras tres etapas era de una hora y dieciséis minutos. Benefactores, contagiados del entusiasmo general, enviaron bicicletas nuevas, piezas de repuesto y hasta automóviles acompañantes mientras duró la competencia. Colectas espontáneas empezaron a llegar de todo el país. Acto seguido, la ruta de la carrera descendió de la cordillera Central hacia el occidente, al valle del Río Cauca, durante dos largos y ardientes días en terreno plano. Roberto Cano llegó primero a Cartago con el Zipa pisándole los talones a treinta y tres segundos.

Al día siguiente, saliendo de Cali, el Zipa fue desmontado de nuevo por un carro que lo atropelló, afortunadamente sin graves consecuencias. Y en efecto, de nuevo en dirección al norte y trepando la cordillera Central camino a Sevilla, fue irresistible. Ganó la etapa sacándole casi seis minutos a Cano y Gil en el tercer lugar. A la sombra de las montañas, la séptima etapa continuó hacia el norte a la ciudad de Armenia, en donde el Zipa triunfó de nuevo. Faltando sólo dos etapas la ventaja del Zipa Forero en la tabla general ya era de dos horas, un minuto y cinco segundos sobre Cano, y Gil permanecía en tercer lugar con dos horas y media de diferencia. La ventaja del Zipa parecía irrebatible.

Pero al día siguiente una serie de problemas mecánicos lo asolaron de nuevo. La penúltima etapa de la Vuelta descendía otra vez, bajando de Ibagué al calor del valle del Magdalena, a la ciudad de Girardot. Veinte minutos después de la partida, Forero se encontraba a la vera de la carretera entrecerrando los ojos para protegerse del polvo que levantaban los vehículos que pasaban y arreglando la cadena que se le había roto. Seis minutos después, la cadena volvió a romperse. Y una tercera vez, una hora y cincuenta minutos más tarde. Los mecánicos que suministró la organización de la competencia no eran expertos. Tras cada detención para arreglar su propia máquina, el Zipa alcanzó de nuevo en solitario al pelotón para culminar la etapa en el segundo lugar.

Durante el día de descanso que siguió a la penúltima etapa, Girardot fue testigo de escenas de festejo colectivo que, según sus residentes, no tenían precedente en la historia de la ciudad. Una vez más, los ciclistas recibieron piezas de repuesto y regalos. El Zipa reconstruyó sus tres bicicletas. Cuando le llegó una cuarta, enviada por un simpatizante, Forero le ofreció una de sus máquinas a un compañero de equipo diciéndole: "Está acostumbrada a ganar, así que téngala para mañana".

Y entonces, el último día.

Los ciclistas emprendieron el largo ascenso desde Girardot para dejar atrás el valle del Magdalena. Pinchazos tempranos rezagaron al Zipa del lote. Sin embargo, al tiempo que la prueba entró a la cordillera Oriental, el Zipa superó en su carrera al pelotón hasta alcanzar a Orejuela, el corredor de Dayton Bikes, que iba a la cabeza. Como absorbiendo energía del aire a medida que ganaba altura, Forero desapareció entre las montañas. En solitario pasó por entre las multitudes que atestaban las calles de la capital. El clamor de cientos de miles de personas lo alentaba tras cinco horas de carretera y cruzó la meta ocho minutos antes que Roberto Cano. Pedro Nel Gil llegó cuatro minutos más tarde. La ciudad estaba transportada.

Poco después de terminada la primera Vuelta a Colombia, la asociación de ciclismo emitió un comunicado de prensa. A pesar de que muchas empresas privadas e individuos habían donado premios durante la Vuelta, los ciclistas colombianos eran amateurs y por lo tanto no se podían dar premios en dinero:

  La Asociación recogerá el dinero que a su vez se invertirá en la compra de piezas de repuesto y accesorios, y con la cifra que sobre se comprarán los trofeos que recibirán los distintos ganadores.

"La mayoría de los ciclistas provenían de familias pobres", recuerda hoy Raskin, "el principal objetivo de sus vidas era escapar de la pobreza. superar sus propias limitaciones ganando premios para apoyar a sus familias. Era un medio para sobrevivir. Al ganar la Vuelta a Colombia o una de sus etapas, podían acceder a algún patrocinador y conseguir empleo. Pero se trataba de una ruta indirecta".

Como la mayoría de países de asentamientos y colonizaciones, Colombia es una tierra en donde todo pueblo y comunidad conmemora a sus padres fundadores. En enero de 1951, Efraín Forero Triviño, el indomable Zipa, entró a hacer parte de la mitología de su nación. Su pueblo natal, Zipaquirá, declaró el 20 de enero día cívico y el pueblo entero salió a recibir a su campeón. Igual que el pueblo chibcha que se había establecido allí centurias atrás, atraído por sus minas de sal, el Zipa había excavado los cristales del dolor del aire enrarecido para convertirse en el primer gran ciclista colombiano.

Ciclistas de menor envergadura también fueron recibidos con festejos multitudinarios sin importar qué posición hubieran ocupado en la tabla general. José Alfaro, quinto en la general, fue recibido como un héroe en su pueblo Facatativá, al sur de Bogotá. En Bucaramanga, Alonso Navas, que se ubicó en el decimosexto lugar, a casi diez horas de diferencia respecto a Forero, fue acompañado desde el aeropuerto por una procesión encabezada por veinte motociclistas en fila india, 300 ciclistas y numerosos automotores que lo festejaban haciendo sonar las bocinas. Escenas similares se vivieron en dondequiera que uno de los ciclistas regresaba. Justo en la mitad del siglo xx, Forero había horadado las fuentes de la esperanza de una nación. Quizá, a través del ciclismo, Colombia podría recibir una suerte de absolución inesperada.

SIN EMBARGO, CINCUENTA AÑOS MÁS TARDE, aún continúa siendo, en el mejor de los casos, una geografía exótica para excursiones ocasionales y para nada un centro del ciclismo internacional. Sí, a lo largo de los años uno que otro de los grandes nombres del ciclismo ha visitado a Colombia: Fausto Coppi y Hugo Koblet en la década del 50, al final de sus respectivas carreras. En los años 70, Felice Gimondi. Hinault, Fignon y Lemond, los grandes de la década del 80. Y, en los Campeonatos Mundiales de 1995, Indurain, Rominger y Pantani. Es más, algunas carreras ilustres incluso se iniciaron en Colombia, ya que equipos europeos amateurs han enviado a sus hombres a competir en la Vuelta a Colombia casi desde sus orígenes. En la década del 60, el español Julio Jiménez, tres veces rey de la montaña en el Tour de France. Una década más tarde el holandés Johan de Muynck, campeón del Giro d'Italia. Y en los años 80, un joven, Andrei Tchmil, quien se convertiría en uno de los grandes en las competencias de un día en la década del 90. Además, en ningún otro país latinoamericano el ciclismo ha llegado a ocupar un espacio tan importante dentro de su cultura popular.

Pero la suerte no ha estado de su lado. La enorme distancia que separa a Colombia de Europa y su relativa pobreza, se han constituido en obstáculos casi insalvables. Incluso la primera Vuelta, a pesar de su enorme popularidad, fue una empresa en cierto sentido fallida: sus treinta y cinco participantes no representaban a más de siete de los treinta y dos departamentos del país. Y la ruta por la que se optó, rodó por apenas cinco: una pesca exigua para un evento que se pretendía nacional. Pero un comienzo, al fin de cuentas.

*'El indomable Zipa' es el primer capítulo de Reyes de las Montañas, publicado por Editorial Norma
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