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| 11/28/2004 12:00:00 AM

El ingenioso hidalgo

El escritor cubano Julio Pino le rinde un homenaje al 'Quijote de la macha' en su cuarto centenario.

Toda la presente modernidad de España y América, todos los dispositivos posmodernos del pensamiento teórico y académico, todos los artistas de buena voluntad de la tierra y todos los lectores agradecidos de nuestra época se preparan para recibir, dentro de unos escasos meses, con festejos, discursos, concursos, revistas impresas o digitales y plataformas conmemorativas, a la feliz fecha del aniversario número 400 de una publicación castellana dedicada al Duque de Béjar en 1605.

Jorge Luis Borges alguna vez escribió más o menos esto: un libro es clásico no porque tenga tales o determinadas virtudes, sino por ser aquel al que las generaciones de los hombres acuden con inusitado fervor.

Con esta acotación Borges, probablemente a mediados del siglo XX, nos entregó la definición romántica del clasicismo.

El fervor con que lo sienten y se acercan a él las sucesivas generaciones es el que hace a un libro o a un hombre clásico. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha es un clásico, entre otras cosas, gracias al fervor con que Cervantes nos lo dejó escrito; a la entramada, ferviente y dolorosa historia de España y América; al fervor de los árabes del Mediterráneo; al fervor de los judíos del mundo; al empeño evangelizador de los cristianos; al fervor con que fueron escritos los cantares de gesta que aportaron la epopeya a la literatura; al arte provenzal que aportó a la historia de la cultura el amor galante y el culto a la mujer ideal; al fervor con que fueron leídos por numerosas generaciones todos los libros medievales de caballería; a la alta tradición humanista que desemboca en Sancho Panza.

Pensando en el presente político de España y en su futuro civilizador, elaborado desde la última parte del siglo XV por los reyes católicos Fernando e Isabel, don Miguel de Cervantes escribió que España "era una nación política construida sobre la base de varias naciones naturales". Y es que el tema de la edificación y preservación del Estado nación en España iba aparejado con la tarea de la elaboración política de una identidad cultural mucho más sólida, un rostro común (basado en una similitud histórica, lingüística, antropológica y geográfica de los diversos pueblos que habitan la península Ibérica), el cual muestra en su unidad al mundo, desde los arcontes de la idealidad espiritual en el catolicismo, en el empeño ecuménico, entendido como la universalidad de los evangelios y de un macroproyecto legislativo que traspasaba desde Europa los confines geográficos de las Indias occidentales y buscaba sus fuentes históricas en Atenas, en Roma y en Toledo.

En la promisoria fecha de 1492 Nebrija redactó la Gramática de la lengua castellana, la cual adjuntó a una misiva enviada a los reyes Fernando e Isabel, los creadores del primer Estado moderno de Occidente... Quería convencer, el célebre gramático y humanista, a sus Majestades Católicas de lo importante que sería para el futuro Estado imperial una lengua también imperial, desarrollada en todas sus posibilidades. Y con vista a eso es que él, Antonio de Nebrija, había elaborado para España la primera gramática que conociera la modernidad.

Y sobre el espacio cultural de la España renacentista e isabelina, en medio del retablo político europeo de la España imperial de los Austria, situado bajo el marco ideológico de la contrarreforma y desde el 'no-lugar' del lenguaje, Cervantes inscribió en la historia todo el poder de su escritura castellana. Don Quijote, el hidalgo pobre devenido en caballero andante, el cual envestido de su sofocante armadura se pone a cabalgar, por las tórridas llanuras de la Mancha, en pos de un ideal con el que hacen causa común la Milicia de Jesús, el mundo seglar y la vieja nobleza hispánica.

¿Es nuestro Don Quijote un libro de derecha? Pregunta absurda quizá pero no exenta de un poco de humorismo. Don Quijote arremete cómicamente contra el cosmos burgués y mercantil de su época el cual ha convertido, merced a un encantamiento esencial realizado por el dinero (y al cual Quijote suele llamar los encantamientos del mago Frestón), a las viejas relaciones naturales de la vida en la Edad Media en las relaciones cristalizadas de los valores de cambio de un nuevo mundo que nace. De esta manera se despliega ante el Caballero, bajo el alucinante paisaje manchego, todo el desfile burlón de una era de doloroso tránsito donde las cosas han sido trastocadas: prostitutas donde debieron de haber doncellas, ventas donde una vez hubo castillos, mercaderes de paso en lugar de caballeros andantes, monstruos de la nueva industria en forma de molinos que vencen al caballero al modo de gigantes y peores malandrines donde existieron altivos señores.

Don Quijote de esta manera porta en sí mismo toda la angustia de una época; toda la angustia del mismo Cervantes y de la propia España. Porque para entender al Quijote hay que comprender a España, a la España histórica. La España encarnada en el espíritu de la contrarreforma que esgrime desde sí la Teodicea de un proyecto civilizador que antes de deshacerse en pedazos funda América, avasalla civilizaciones, legisla sabiamente para el mundo y crea de paso la literatura, el arte y la mística de dos siglos de oro. Esa misma modernidad española que retrocede vencida, atrapada, ridiculizada por las aspas enormes de la industria y el comercio, entre el vocerío de los villanos de las comarcas que pisotean con sus alpargatas un viejo pasado glorioso y se incorporan sedientos de oro a la fiebre hedonista y burguesa de los nuevos tiempos.

Porque a Don Quijote quien lo vence es la industria. De eso se percató muy bien el maestro Don Miguel de Unamuno al hacernos notar que donde derrotan al caballero es en las afueras de Barcelona, la capital industrial de España. Vencido por el Caballero de los Espejos, que fue como se hizo llamar el joven bachiller graduado por Salamanca Sansón Carrasco, hombre culto en doctrinas foráneas, amante de la kultura y otras malas ortografías y vicios del lenguaje.

El Caballero de la Triste Figura, encaramado en Rocinante, quedó encandilado, en medio del camino que mediaba hasta su oponente, por el brillo maléfico de los espejos del escudo del mal bachiller. Naufragó de esta manera Don Quijote en su propia imagen, en su delirio y lo terminó venciendo su locura. España misma lo dejó vencido y maltrecho. Se venció así mismo amando a Dulcinea, que era también España, del mismo modo que era además la gloria. La misma gloria que hizo a muchos hidalgos de las viejas comarcas dejar las alpargatas, dejar de cocer el pan en los hornos, de añejar el vino en los odres e irse, un día, a buscarla tras los mares.

Al decir de Michel Foucault, Don Quijote en su locura, como el poeta en su universo, es el hombre de las semejanzas perdidas. Doquiera se pueden anotar concomitancias, analogías, entramados que se anudan, lejanías que se acercan, figuras irreductibles que buscan conciliarse... Don Quijote, cabalgando entre las pequeñas aldeas, rebaños y pastores del siglo XVII, bien pudo encontrar correspondencias con la Arcadia mítica de la que hablaban los poetas latinos de tiempos de Juvenal. Del mismo modo que su creador, el poeta Cervantes, imbricó para siempre al viejo pasado señorial de las soledades históricas con el mundo pululante y seudodemocrático del comercio y la manufactura de la modernidad capitalista.

Dicen que el teatro griego, la tragedia, nació de la crisis presentida entre la idealidad y la realidad. El Quijote, en su militante modernidad, nació a su vez de la dolorosa superposición del vocablo cósmico y la percepción cómica del mundo. Es como si el autor hubiera colocado al Quijote en el mismo gran retablo griego de Esquilo, pero lo hubiera dejado ahí gesticulando a solas mientras el público reía maléfico tras bambalinas, viendo al Hidalgo interpretar el desesperado drama moderno de sí mismo.

Pues con la locura de Don Quijote lo que apareció fue el tragicómico hombre de la modernidad capitalista, el hidalgo transformado, por la magia de estos tiempos, en burgués, en el artista que no se atreve a ser jamás Don Quijote, a no ser en sueños o sobre el frágil entarimado de cartón donde la época representa, para que le paguen, su propia representación.

Llega así Don Quijote vencido por la época a su antigua morada, donde Cervantes buscaba sepultarlo en el olvido. Lo reciben el cura, el barbero, el ama, la sobrina y el bachiller. El cronista que fue Cervantes, quien humorísticamente comprara por unos poquísimos centavos en las juderías de Toledo el texto original escrito por un árabe, nos va informando a pie de juntillas lo que allí ocurre con todo el crudo realismo que algún día se llamará el realismo de Cervantes. Pasado aproximadamente un año Don Quijote, agotado de los trajines de su vida andariega, se decide a bien morir y llama para eso a todos los suyos a su lado. Es cuando Cervantes se vuelve más riguroso en su exposición, como una vez lo fue en la epopeya de los galeotes y de todo lo ocurrido en Sierra Morena. Don Quijote, ya vuelto a ser en su cordura Alonso Quijano el bueno, abdica sucesivamente del pasado histórico de España, de los libros de caballería y de la Arcadia mítica. Porque a Alonso Quijano la cordura le llega en las vísperas de su propia muerte ante los requiebros del buen Sancho y los llantos del ama y la sobrina...

Pero, entonces aparece lo que pudiera ser un desliz imperdonable en la narración de ese buen cronista de hombres que fue siempre Don Miguel de Cervantes. Don Quijote abjura de todo cuanto se le ocurre, aunque hay algo que no menciona. Dice estar cuerdo, sin embargo hace ante su público postrero y el escribano que redacta el testamento, una salvedad pasmosa. No podemos pensar los modernos lectores de Quijote que haya sido un olvido de Cervantes, muchos menos un inusitado olvido del ingenioso hidalgo. Es demasiado importante lo que allí se omite para haber sido olvidado. Al punto de que ni siquiera el maestro Unamuno se percató de ello. Un olvido de tanta magnitud y lugar que podría muy bien cambiar todo el desenlace de esta tristísima historia de la que Unamuno le da gracias a Dios por habérsela inspirado a Cervantes.

Digámoslos así simplemente: Don Quijote, puesto en su cama de morir, abjuró de muchas cosas, realizando la constricción pública y privada de sus antiguos desmadres y ensoñaciones caballerescas, regresando a la cordura encantada del feliz burgués, mas no abjuró para nada de Dulcinea, porque para nada aparece la doncella mencionada en las páginas finales de la epopeya.

¿Pudor de caballero alguna vez andante? ¿Inadmisible olvido de Cervantes? ¿Testadurez definitiva de Quijote? Jamás lo sabremos. Aunque por la Emperatriz del Toboso (razón central de la obra cervantina) es que Quijote se echó a redimir la tierra abandonando el calor de la hacienda, su paz aldeana, a sus amigos y a las lentejas de los viernes. Por Dulcinea que es la gloria y es España, Quijote arrostró desplantes, rigores y burlas por el mundo. Por tanto, ruego al lector si lo pone en duda que vaya y escrute por sí mismo cada línea del último capítulo del ingenioso hidalgo y comprobará lo que aquí digo: si Don Quijote y Cervantes omitieron, en el saldo de sus cuentas a Dios y a los hombres, mencionar a Dulcinea en las páginas finales del gran libro es que ni Cervantes ni el Caballero murieron vencidos. Porque si lo hicieron por pudor o por olvido es porque caballeros ambos eran y si lo hicieron por otra razón desconocida esa razón se incorpora al sueño privativo de la raza.

Lo único que sabemos es que Quijano murió respetando a Dulcinea, abjurando de todo pero no de Ella, y que así lo acotó sin más el acucioso Cervantes. Dulcinea, el sueño glorioso de su España. Pues nada en contra de ella allí se dijo ni se dejó jamás escrito en testamento alguno. Alonso Quijano quizá curó finalmente de su locura, pero no de su España. Algo de él allí, en ella, permaneció para nosotros intacto: la doncellez de su alma; la hidalguía de su pueblo; la tristeza de Quijote y la fuerza de su lanza; la fe de Sancho; la palabra de Cervantes...
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