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| 4/3/2006 12:00:00 AM

El libro de Botero (Reseña por Martha Ruiz)

La periodista de Semana, Martha Ruiz, es una de las pocas personas que se ha leído el libro de Botero. Esta es su reseña.

Esta semana estará en las librerías el libro Últimas noticias de la guerra, de Jorge Enrique Botero. Es un libro que está a mitad de camino entre la crónica y la novela. La mayoría de los hechos son ciertos, otros son ficción, pero están enlazados y recreados de manera literaria. La historia da la primicia de que Clara Rojas, la candidata a la vicepresidencia de Ingrid Betancourt, tuvo un hijo en la selva. El relato del nacimiento es un telón de fondo de toda la historia. En el primer plano hay otras dos historias intensas: la de Solangie y la de Rigo y Gregorio Las tres anécdotas se entrelazan en una estructura que mantiene el suspenso hasta el último momento y que página tras página revela aspectos íntimos y subjetivos de aquellos que están en la guerra. Es un libro que pone en voz de unos personajes de carne y hueso la historia de este país. Sobre todo, la historia que nadie en las grandes ciudades quiere oír. Que en esa Colombia de allá, el de la coca, el de la selva inhóspita, el de la guerra, tiene las claves que podrían explicar un conflicto tan prolongado como el nuestro. Si es que nos atrevemos a ver de manera desprejuiciada ese mundo.

Solangie es la protagonista del libro. Esta joven guerrillera fue quien asistió al parto de Clara Rojas, y ese fue el motivo por el que Jorge Enrique Botero se interesó en ella. Pero a lo largo del libro Solangie es un personaje fascinante que nos lleva a lo profundo de la Colombia del sur. El país de los raspachines. Ese país que parecemos no entender.
Hija de una prostituta, creció en medio de los balancines para pesar coca, y ante la mirada lasciva de los hombres que llegaban al burdel de su madre. A los 13 años ya era miliciana y a los 15 se enroló con las Farc, convencida que era mejor ser guerrillera que puta. Inteligente, vivaz, coqueta, Solangie es como una esponjita que absorbe todo lo que ve y vive. Y luego critica. Es una voz autónoma en ese mundo. Profundamente femenina. Con una candidez que permanece intacta a pesar de sus esfuerzos por ser la más experimentada. Solangie es la más lograda voz literaria de Botero en este libro. Su relato es brillante.

Los dos hermanos Rigo y Gregorio aparecen en la primera página del libro en un diálogo que Botero asume como un homenaje a Cepeda Samudio. El desaparecido escritor costeño empieza su Casa Grande con un diálogo que van hacia las bananeras, ignorando que tendrán que participar en una masacre. Estos dos personajes hacen las veces de lo que en la literatura antigua le correspondía al coro. Son quienes observan todo y hacen los designios del futuro. Y le sirven sobre todo para unir todas las historias. Los muchachos son nietos de viejos comunistas, enrolados en las batallas de Marquetalia, e hijos de un comunista del barrio Policarpa, de Bogotá. El día que mataron a Pardo Leal, su padre los llevó a las manifestaciones multitudinarias en el centro. Allí les dijo: “mataron a la perra, pero dejaron a los perritos”. Una sentencia que nunca olvidaron y que es la idea que resume el espíritu del libro.

En Últimas noticias de la guerra, Rigo es el papá del bebé de Clara Rojas. Bien podría serlo. Lo interesante es que al padre del niño, quien quiera que sea, lo juzgaron por la falta cometida. Al final del juicio, Tirofijo dice: la criaturita es mitad de ellos y mitad de nosotros. Una frase demoledora con la que termina el libro y que debería poner a pensar al país sobre cómo unir ese mundo que relata Botero, con este, el país urbano, que cierra sus ojos y sus oídos a los relatos que le hablan de la guerra como una historia de seres humanos.

La historia también nos pone cara a cara con una realidad difícil de comprender desde nuestra comodidad urbana. El secuestro lo cambia todo. El paso del tiempo se hace más lento, las relaciones humanas, más intensas; y el presente, cada día que se sobrevive, tiene un valor sin límites. En el cautiverio, además, se construye un mundo. Inimaginable. Este no es un libro cualquiera sobre la guerra. Es quizá uno de los mejores libros que se han escrito sobre ella, desde la perspectiva guerrillera. De los victimarios.

En el libro están en duelo permanente el narrador y el periodista. La ficción y el relato veraz. Y al final no se sabe quién gana la partida. Ese es quizá su pecado original. Se mezclan realidad y ficción. Algo que no es admisible en un texto presentado por la editorial como un testimonio. Para evitar confusiones, es mejor que el lector lo asuma como un relato novelado, basado en hechos reales. Este libro reabre el debate sobre la frontera entre ficción y realidad.

Por eso es injusto que aún sin haberlo leído, se le condene con el extraño argumento de que viola la intimidad de una persona secuestrada. Cuando lo que realmente debería centrar la atención es que un niño está creciendo en cautiverio. Y ese no es un asunto que, lejos de ser privado, debería ser de todo el interés público. La reacción de estos sectores me recuerda cómo en las guerras antiguas, cuando un mensajero traía malas noticias, lo que se hacía era matar al mensajero. Como si con eso se cambiara la realidad.
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