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| 3/17/2003 12:00:00 AM

El Marine criollo

"Familias, gracias por lo que le han dado a los Marines y marineros en el 2002. Si no fuera por su apoyo, el rendimiento de ellos no sería tan bueno en Asia sudoeste", afirma el general de bridaga John McCarthy, comandante general de la cuarta división de la Infantería de Marina.

Duda, ansiedad y depresión invaden los decaídos ojos circundados por ojeras, mientras brota un gesto de intranquilidad en la boca del Marine y su esposa. Suzie Castañeda aprieta el antebrazo de su marido, el uniformado Oscar Castañeda. Estrechan sus manos sabiendo que pasará mucho tiempo antes de que la estabilidad regrese. Oscar nació hace 25 años en Mesitas del Colegio, Cundinamarca. En 1988, su familia se trasladó a un barrio neoyorquino llamado Jamaica en el condado de Queens, ubicado a 30 minutos en tren de la Gran Manzana. En aquel entonces, un 20 de noviembre, Oscar cumplía sus 10 años.

"El apoyo terrestre de las tropas no disminuye. Crece a medida que nos acercamos a pelear para proteger nuestro estilo de vida", declara McCarthy, quien se encuentra en el centro de un escenario en una sala de banquetes, al pie de dos banderas de Estados Unidos y una de la Infantería de Marina. El comandante prefiere dar su discurso enardecedor con un micrófono suelto y acompañarlo con el animado manoteo de sus manos, en lugar de pararse detrás del podio que le han instalado.

Oscar se inclina sobre Suzie y le besa la frente. Ella cierra los ojos. Los dos cuerpos se entrelazan formando uno solo, como si fuesen las extremidades de un roscón. Los brazos de Oscar cubren los hombros de su esposa, amparándola. Ella acaricia el pecho de su marido, aliviándolo. Esta es la segunda misión de Oscar desde que ingresó a la fuerza en 1997. El año pasado estuvo casi todo el año en servicio activo y el próximo miércoles formará parte del Batallón 2-25 convocado a servicio activo en Kuwait.

"Lo que veo en sus ojos es compromiso y espíritu de compañerismo. Ninguno quiere dejar a su familia pero todos entienden que éste es el sacrificio que se requiere. Es dedicación", añade McCarthy.

Suzie y Oscar están sentados en una mesa con otras dos parejas, quienes tienen hijos pequeños que dejaron en casa para evitar que fuesen testigos del dolor que refleja el rostro de sus madres. Las palabras del comandante hacen reír nerviosamente al unísono a las tres esposas de los Marines. Todos beben el frío jugo de durazno, pero nadie toca los melones, las fresas, y las piñas ahorquilladas en un trozo de piña. Ni los bagels (panecitos redondos). Ni el café o el té. Los manteles son azules, rojos y blancos, los colores de la bandera estadounidense.

"El Cuerpo de Marines no usa el término 'mejor', pero podemos decir que hay '2-25'. Estos Marines han sido reclutados porque no existen otros mejores. Sin embargo, no puedo aliviar la ansiedad de lo que va pasar...", el discurso de McCarthy se alarga a pesar del lloriqueo de los bebés y las risotadas de los más grandecitos que juegan a las escondidas debajo de las mesas ubicadas en la parte de atrás. Ellos ignoran a aquella madre que con el dedo índice sobre su boca, murmurando "shhhssshh", intenta hacerlos callar.

Los Castañeda forman parte de los más de 400 Marines que con sus familias se reunieron el domingo pasado en la mañana en una ceremonia para el despliegue de la tropa en el Hotel Vandelbilt en Hicksville, Long Island. Esta es la última oportunidad que tienen para obtener información sobre beneficios militares como el seguro médico, reducción de la tasa de interés en el pago de hipotecas y deudas de tarjeta de crédito, además del Acta de los Veteranos que ayuda a reducir impuestos.

"Soy colombiano, quiero salir y mostrar que Colombia no está lleno de terror ni de mala gente. Colombia lo ven como de narcotraficantes o no lo conocen. Me sirvió bastante ser colombiano para lo que hago ahora, por nuestro valor, honor y cultura colombiana. Cuando toca la campana y hay que defender los valores humanos, no hay ni color ni bandera", dice Oscar. Sus orejas parecen grandes ya que su pelo ha sido rapado. Gotas de sudor corren sobre su frente. A pesar de su altura, aproximadamente 1,70 metros, tiene una estructura muscular de roca.

Al término del discurso del comandante, Oscar y Suzie se acercan a saludar a sus amigos. Muchos de ellos llevan insignias con nombres hispanos como Campos, López y Gutiérrez. Los niños de 4 a 5 años, entre cánticos y gritos, se escabullen por todo el salón. Los recién nacidos duermen, desplegados sobre el caluroso pecho de sus padres en uniforme.

"Algunos acaban de tener bebés hace sólo unas semanas", dice Suzie.

Ella y Oscar han sido amigos desde que tenían 13 años, pero no comenzaron sus amores hasta los 17. El era asistente del profesor de la clase de español y Suzie era una ferviente estudiante. A ella le encanta bromear sobre cómo le robaba la tarea de español a su esposo. Suzie, una inmigrante coreana de 25 años, asistió a la prestigiosa escuela de música Juilliard School for the Arts. Quería ser cantante de ópera, pero por una de esas extrañas vueltas que da la vida terminó en la escuela de leyes en la Universidad de Nueva York, donde está estudiando legislación corporativa. Las misiones de Oscar no les dejaron tiempo para realizar un matrimonio religioso, tan sólo pudieron hacer una fría ceremonia civil. Y es que hace una semana los Castañeda no sabían que Oscar iba a ser llamado al servicio.

Además de Marine, este colombiano es un miembro activo de la comunidad hispana en la ciudad de Nueva York. Al lado de su madre, Oscar realiza tareas de voluntario en "Corazón a Corazón," una organización no gubernamental que ayuda a niños de todo el mundo con enfermedades de corazón congénitas. Este Marine también ha formado parte del Desfile Hispano, montado sobre una de las carrozas, vestido de amarillo, azul y rojo como la bandera colombiana. Y el 20 de julio siempre baila al son de cumbias en la plataforma del Parque de Flushing en Queens.

"Todo para demostrar lo orgulloso que me siento de ser colombiano", señala Oscar.

De regreso a casa, Suzie se dispone a conducir su carro Honda rojo, mientras Oscar la tranquiliza, acariciándole el antebrazo. Los nervios la dominan. Los camiones pasan zumbando a su lado, dificultando el cambio de carril.

"Si lo hubiera sabido, no hubiera comprado muebles para nuestra casa. Me hubiera regresado a vivir con mis padres", dice Suzie, apretando con fuerza el volante. "Llueva, truene o relampaguee, el próximo año, tendremos boda". Pero de repente no -Suzie conoce muy bien la historia de uno de los compañeros de Oscar, quien perdió 10.000 dólares de depósito para la fiesta de matrimonio-.

"Odio mi vida ahora", expresa Suzie.

"Siempre hay ansiedad. Todas las misiones son diferentes. Y siempre se piensa en la familia", manifiesta por su parte Oscar. El les pidió a sus padres que no asistieran al encuentro. Este joven es hijo único y los nervios de su madre están encrespados.

La familia de Oscar siempre ha tenido inclinación militar. Su abuelo por parte de la madre y su tío prestaron el servicio militar en Colombia. Y su padrino forma parte del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad).

"Estoy satisfecho de estar aquí en Estados Unidos. Los Marines gozan de prestigio a nivel mundial. De todas maneras yo hubiera prestado el servicio militar en Colombia", dice Oscar.

Su primo, de su misma edad, hace poco terminó el servicio militar con las Fuerzas Armadas de Colombia. Los dos han intercambiado parafernalia militar.

"Allá es tome sus botas y su uniforme y pal'frente. Es un gran privilegio acá. Nosotros no nos damos cuenta de lo difícil que es ser un soldado colombiano en combate en Colombia", dice Oscar. "En Colombia me daría mucho miedo, y se lo digo a mi mamá, que me manden al frente y me encuentre como el enemigo a algún muchacho con quien estuve en la escuela. A mis compatriotas sólo doy la gran honra".

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