Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/03/13 00:00

El mensajero y las motos

Oscar Arturo Carrillo cuenta una historia de la que fue testigo. Sus protagonistas: un mensajero y dos motos. Un cuento lleno de imágenes con un final sorpresivo. O tal vez no tanto. ¿Qué opina?.

Foto enviada por el autor

Hace unos meses acompañé a unos amigos de la oficina a hacer unas diligencias en el centro de Bogotá y fui testigo de un episodio que aun recuerdo.

Al frente de la papelería en la que me encontraba había una moto parqueada. Era de mediano cilindraje, muy trabajada, con mala pintura y aspecto desgastado, de color verde y blanco, sin placa, con un casco en uno de los retrovisores, el único que le quedaba. Era una moto de policía.

No tenía mucho que hacer, así que seguí mirando hacia la moto y su entorno. Entonces vi llegar a un mensajero en su flamante moto de color rojo. La parqueó al lado de la moto de policía.

El amigo mensajero se bajó de su vehículo y salió ha realizar su diligencia. Pocos minutos después regresó con la tranquilidad de ver de nuevo a su moto y con la satisfacción de el deber cumplido.

Con la sabiduría que da la experiencia trató de girar su moto sin subirse en ella. Al hacerlo, no calculo el movimiento y lamentablemente la moto se ladeó hacia la derecha, en donde estaba parqueada la primera moto de la escena, la de policía. Y tal como en un juego de niños, cuando se coloca una ficha de domino una detrás de otra, se vio una espectacular serie de sucesos que describo a continuación:

Cara de pánico del mensajero, cartas y papeles que volaron después de que él los soltara para tratar de recuperar el control de su moto. Pero no lo logró. Ésta se inclino levemente y golpeó el tanque de gasolina de la moto de policía con el manillar derecho de su moto. Entonces la moto de policía se ladeó hacia la derecha, donde no había más que un incontenible vacío.

Lo primero que cayó no fue la moto, sino el casco que estaba en el retrovisor. Salió cual balón de fútbol, rodando por la calle, y no encontró ningún arquero o malla que lo detuviese. Luego el inevitable sonido…"crash" y después un "glug, glug". La moto del mensajero y la de policía goteaban gasolina.

Se preguntarán cual fue la reacción del mensajero, ¿arreglar los daños y aceptar su culpa?, ¿parar la moto de policía?, ¿parar su moto?…

Pues mas o menos. Lo primero que hizo fue salir detrás del balón. Luego de correr unos cuantos metros a gran velocidad logró frenar la carrera del casco y lo cogió. Rápidamente paró su moto e hizo una rápida revisión de los daños generados. Luego miró por encima de su hombro, a su derecha y a su izquierda, para ver si alguien le apuntaba con un arma con deseos de venganza, o si por el contrario su pequeña "imprudencia" había pasado desapercibida.

Libre de ojos inquisidores, levantó rápidamente la moto de policía, le puso el casco en lo que quedaba de retrovisor y abstrajo de lo mas profundo de su mente la imagen de la moto tal como la recordaba, para así plasmar con sus manos el montaje del "aquí no ha pasado nada".

A esa hora el centro está lleno de curiosos que, como yo, fueron testigos del espectáculo. Pero ninguno se atrevió a pronunciar palabra o a relacionarse con ese bochornoso incidente.

Entonces el amigo mensajero nos miró a todos, testigos mudos de su fechoría, y simplemente nos ofreció una sonrisa de complicidad. Y con las fuerzas que aun le quedaban se fue en silencio, lamentando el golpe de su niña.
 
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