Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/06/25 00:00

El método Santoro

Un grupo de 15 reporteros, entre los que me encontraba, descubrió en diciembre de 2001 a Daniel Santoro, a propósito de un taller sobre investigación periodística en tiempos de guerra, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo, en su sede de Cartagena.

Hasta ese momento, algunos de los que estábamos allí sólo conocíamos a Santoro a través de sus artículos, en especial por su texto "El Traficante de Armas", publicado un par meses atrás en la revista Gatopardo.

El texto -cuya presentación, como acostumbra ese revista, estaba acompañada de un foto de Santoro en la que se veía similar a esos míticos defensores italianos y matizada por una breve leyenda informal sobre sus logros- relataba, con los mismos recursos del investigador privado convertido en novelista, la asociación ilícita montada por el ex presidente Carlos Ménem y algunos de sus colaboradores, para venderles armas a Ecuador y Croacia, a través de una triangulación que simulaba pasar por Venezuela y en la que también intervenía una empresa de fachada, propiedad de un negociante de armas.

Santoro se presentó ante nosotros, vestido todo de negro, una mañana calurosa de martes, en el comedor de un hotel frente al muelle de los Pegasos y nos invitó a pasar a un salón contiguo donde empezó una charla de cinco días sobre su método de investigación periodística que fue describiendo, junto al caso de las armas argentinas para Ecuador y Croacia, de tal manera, que ató cada paso de su técnica de trabajo con los hechos que rodearon el tráfico ilícito de armamento auspiciado y promovido por Ménem, y logró mantener nuestra atención al punto que cada mañana, durante los días de taller, había en el ambiente la sensación de que estábamos ante un maravilloso contador de historias y maestro que se apoyaba en lo que fuera para hacerse entender.

Recuerdo que en uno de esos días se paró sobre una silla y gritó una frase, para luego pedirnos que elaboráramos un párrafo que describiera esa escena. Lo hizo a propósito para explicarnos cómo es que el relato le arroja un salvavidas al tedioso trabajo investigativo que, por lo general, navega en el mar de los documentos, las fechas, los nombres, los datos, las cuentas, las entrevistas furtivas, los fax sin cabezote, las fuentes anónimas y las eternas horas a la espera de un sí que confirme la historia.

El trabajo de investigar en periodismo no es necesariamente lo más entretenido. Al investigador no le ocurren las cosas que suelen sucederle al cronista que va en busca de una historia y se encuentra con un fascinante personaje. Durante su trabajo, al cronista le ocurren o es testigo de una serie de hechos que muchas veces resultan ser más entretenidos que la misma historia que relata. En cambio, la labor del periodista de investigación consiste, casi siempre, en macerar los hechos sacados de expedientes, para descubrir detalles que lo pongan en la siguiente pista. Lo suyo no es tan divertido, ni está lleno de anécdotas, sino que obedece a un procedimiento estructurado que lo arrima a los documentos y a los personajes con los que construye su historia. El investigador se enfrenta cara a cara con los culpables para preguntarles por las acciones que quieren ocultar. Para quienes se dedican a esta área del oficio periodístico, como lo explicaría ampliamente Santoro, la disciplina, la metodología y el orden son fundamentales.

Bajo esa explicación, Santoro nos relató la historia sobre el tráfico de armas argentinas que se inició con un "dato disparador", como él acostumbra llamar a los hechos que activan el olfato de los investigadores en el periodismo. En este caso, ese dato provenía de una noticia publicada en un diario de Lima en el que daba cuenta de la molestia del gobierno peruano por una supuesta venta de armamento argentino a Ecuador, cuando ese país era garante de la paz entre las dos naciones. Esa mañana, Santoro acudió a la cancillería y observó la molestia en el rostro del embajador peruano de entonces, por la falta de explicaciones que aclararan las dudas del gobierno de su país. "Vi pasar el elefante blanco, la gran historia y reaccioné como cualquier periodista sabueso", nos diría Santoro.

De Fabricaciones Militares, la estatal productora de armas, salieron con destino a Ecuador 5.000 fusiles FAL y 75 toneladas de munición, pasando primero por Venezuela, país que figuraba en los documentos de venta como el comprador. Ante tal hecho, el gobierno de Caracas negó la supuesta venta y anunció una demanda, mientras el gobierno menemista intentaba ocultar la verdad levantando muros que impidieran llegar a ella. Al final, el destino del armamento se descubrió luego de un trabajo intenso y dedicado de Santoro y otros periodistas del diario El Clarín de Buenos Aires, donde es editor político y miembro del equipo de investigación.

Pero la historia de la venta de armas no paró ahí. Tras una serie de pesquisas, Santoro y su equipo descubrieron que Fabricaciones Militares había despachado 6.500 toneladas de armas a Croacia, durante la guerra de los Balcanes, a través de una falsa triangulación que incluía a dos empresas de papel ubicadas en el mismo domicilio en Montevideo (Uruguay) y propiedad de un empresario amigo del presidente Ménem.

Para llegar a esos datos, Santoro recurrió a las 'viudas del poder', personas arrepentidas de hacer parte de un delito o con deseos de venganza motivadas por decepciones amorosas o por problemas económicos y decididas a hablar. También fue a los decretos, apeló a las declaraciones encontradas de dos ministros y cotejó y cruzó los datos de direcciones y personas implicadas que lo pusieron en la puerta del palacio presidencial y de los amigos del Presidente.

Además de descubrir el tráfico de las armas, Santoro también demostró que se pagaron enormes sumas de dinero en sobornos. Algunas de esas coimas fueron a parar a las cuentas de Ménem y su hija, por lo que un juez abrió una causa judicial contra el ex presidente, en 2001, que luego concluyó con su detención en una casa rural.

Durante el proceso de búsqueda de armada de ese rompecabezas, que tardó siete años, Santoro fue objeto de demandas, presiones, amenazas e intentos de soborno que rechazó. En un reciente libro suyo, que recoge su experiencia y titulado Técnicas de Investigación, Santoro confesó que su única satisfacción de ese caso fue la de confirmar que su investigación contra el ex presidente Menem sirvió para abrir el proceso en su contra y que la mayoría de los datos aportados en cada publicación suya en Clarín fue comprobada por el juez de la causa.

"Los periodistas no somos fiscales, ni jueces; nuestro trabajo es revelar hechos irregulares comprobables", explicó Santoro en un aparte de ese libro.
 
Luego de los cinco días de trabajo con este periodista argentino de 47 años, catedrático y autor de libros como Operación Cóndor II, Los Intocables y La Venta de armas: hombres de Menem, además de ganador de un Premio Rey de España (1995) y del Maria Moors Cabot (2004), debo confesar que he incorporado muchas de sus técnicas a mi propio trabajo, con buenos resultados.

Pero, lo más importante que aprendí de Santoro fue descubrir que el periodismo investigativo no sólo sirve para hacerse con las cabezas de los hombres del poder, sino para ser aplicado a cualquier historia o tema que se quiera contar en este oficio.

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