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| 5/22/2007 12:00:00 AM

El mundo espera por un brasileño

Esta miércoles se juega la final de la Liga de Campeones en Atenas entre el Milán y Liverpool. ¿Será el encuentro de consagación de Kaká? ¿Es en este instante el mejor futbolista del planeta? Análisis del periodista Adolfo Zableh.

De los 22 hombres que entren al campo del Olímpico de Atenas ninguno podría
decir que es mejor que Kaká (tal vez Steven Gerrard crea que sí, pero no lo dice en voz alta) y nada hace pensar que el conductor del Milán será inferior a la fama que lo precede. El volante con pasado en Sao Paulo ha sido el líder de un club que empezó esta temporada golpeado por la justicia y mal reforzado, pero que paulatinamente fue levantando el nivel.

Muchos dieron al equipo por eliminado cuando empató 2-2 como local en cuartos de final contra Bayern Munich y hoy, apenas mes y medio después, no son pocos los que le apuestan a que levantará su séptimo trofeo de Champions League. Ante la poca contundencia de la delantera, Kaká ha sabido convertirse en el goleador del equipo, pero también en su conductor y motivador. Imposible no seguir su ejemplo, de su mano, Andrea Pirlo exhibe hoy el mismo nivel que tuvo en el Mundial de Alemania, Genarro Gattuso mete más miedo que nunca y Clarence Seedorf volvió a ser el de sus días en Sampdoria, cuando Real Madrid y Barcelona ofrecían sus millones por llevárselo a España. Los cuatro, más Ambrosini, conforman un medio campo que lleva cuatro temporadas jugando. A los hinchas les resulta más sencillo memorizar el nombre de los volantes titulares de su equipo que la dirección del San Siro.

Mientras que en el verano de 2006 la gente se quedó esperando a Ronaldinho (Mundial y final de Champions, dos en uno), el fútbol espera que esta vez Kaká no sea una decepción. Brasil no lo soportaría más allá de las celebraciones por el gol 1.000 de Romario.

Al frente de los italianos estará uno de los bloques más compactos del fútbol europeo. Fiel a su estilo, el español Rafa Benítez tiene un grupo de jugadores de talento que trabajan para el sistema sin reclamar mucho protagonismo para sí mismos. Así, aunque el fideo Peter Crouch haga tres goles en un partido, se sabe que el hecho se debe más a una labor de grupo que a la virtud individual. El talentoso y excéntrico Djibril Cisse nunca pudo entenderlo y debió dejar Anfield Road antes de tiempo. Gerrard, en cambio, supo poner su talento al servicio del club y hoy es su conductor indiscutido.

El fútbol está feliz. El clima de venganza se siente y los medios se esfuerzan en recalcarlo. Muchos esperan un partido tan generoso en goles y emociones como el de dos años atrás, pero podrán terminar con el corazón roto y sin ganas de ver fútbol europeo por un tiempo. Hasta los que no juegan quieren jugar. Sir Alex Ferguson, multicampeón con el Manchester United, le echa la sal al Liverpool y dice que es casi imposible que al Milan se le vaya la copa. Hablando de copas, el escocés espera celebrar el éxito de su verdugo en semifinales tomándose una botella de vino obsequiada por el propio Carlo Ancelotti.

Por su parte el nuevo presidente de la UEFA, Michel Platini, ganador del torneo en 1985, no logró reducir el número de participantes de la Champions League a partir de la próxima edición, pero recuperó una antigua tradición: que el trofeo se entregue en el palco del estadio, cerca de la gente (la que paga las boletas más cara o la que por su importancia entra gratis) y no en la mitad del césped, como se había instaurado años atrás. La entrega del trofeo perderá espectacularidad pero ganará calidez, como si el
Milan-Liverpool que se viene necesitara de ingredientes extras para calentarse.
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