Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2006/02/22 00:00

El nuevo Comandante

El general Mario Montoya Uribe, quien estará al mando de 226 mil hombres del Ejército, es un hombre con grandes logros. Y fuertes críticos.

El nuevo Comandante

Quizás no haya dos generales que sean más distintos en estilo que el saliente Reynaldo Castellanos y el entrante Mario Montoya. Mientras Castellanos es un hombre discreto, tímido y poco mediático, al nuevo comandante del Ejército le encanta figurar. Sus más cercanos colaboradores lo describen como un hombre enérgico, recio y un tanto emocional. A Castellanos, como un hombre aplomado, cálido y muy humano por su filiación cristiana. El general destituido por no divulgar las torturas a los soldados en Honda, dejó su cargo siendo prácticamente un desconocido para las elites porque su acogida estaba entre los soldados, mientras que Montoya tiene excelentes relaciones con los gringos, los industriales y con el presidente Álvaro Uribe.

Montoya es un bugueño que está a punto de cumplir 57 años, y en su hoja de vida hay una larga lista de cargos que le merecieron ocupar hoy la jefatura del Ejército. En 1996, estuvo al frente del Comando Operativo No.2 que dio origen a la Brigada 18 en Arauca. Después impulsó la Fuerza de Tarea Conjunta del Sur en Tres Esquinas, (Caquetá) con el propósito de unir a la Armada, la Fuerza Aérea y el Ejército para combatir más efectivamente a la guerrilla en el sur del país. Combatió a las Farc después de que se rompió el proceso de paz con el entonces presidente Pastrana. Durante dos años estuvo al frente de los recursos del Plan Colombia, donde tuvo un excelente desempeño, según fuentes consultadas por Semana.com.

Esta trayectoria le sirvió para estrechar lazos con Estados Unidos, ya que gran parte de los dineros que sostuvieron la creación de estas unidades venía de Washington. Esta cercanía se hizo evidente cuando lo nombraron comandante de la Cuarta Brigada en Antioquia, pues a la ceremonia de transmisión de mando, curiosamente, asistió la embajadora de la época, Anne Patterson.

Lo polémico

Su paso por Antioquia es uno de los capítulos más polémicos del general Montoya. Por un lado, estuvo a cargo de las importantes operaciones militares que golpearon duramente a la guerrilla. Pero por otro varias de estas operaciones coinciden con una fuerte expansión paramilitar en esas zonas, quizás porque no lo acompañó una estrategia integral del Estado para recuperar la autoridad legítima.

La Orión y la Mariscal recuperaron la comuna 13 de Medellín, durante años azotada por las milicias. La Marcial, en los municipios de San Francisco y Cocorná en el oriente antioqueño, adelantada en marzo de 2003, terminó de debilitar al Frente Carlos Alirio Buitrago del ELN. Gracias al éxito de esta operación, los ataques a las torres eléctricas que suministran energía al resto del país disminuyeron drásticamente y la circulación por la carretera Bogotá- Medellín ha fluido como nunca. Los secuestros bajaron 56 por ciento en Antioquia, según Fondelibertad, la entidad encargada de la prevención de secuestro.

Pero tras la recuperación de la comuna 13 de Medellín, las autodefensas del Bloque Cacique Nutibara consolidaron su poder y fueron prácticamente la autoridad hasta que se desmovilizaron a finales de 2002 como lo muestra el documental ‘La Sierra’ y lo denunció públicamente el Instituto Popular de Capacitación de la capital paisa, entre otros.

En el nororiente antioqueño también existieron desafortunadas coincidencias entre la ofensiva del Ejército y una expansión paramilitar del Bloque Metro. Diversas fuentes contaron en su momento a SEMANA que el grupo bajo el mando de Doble Cero facilitó el ingreso del Ejército a zonas como Río Verde y Aquitania, donde históricamente se asentó el ELN. El artículo ‘¿Meras coincidencias? de la revista también denunció que en el casco urbano de San Francisco, cabecera municipal de esa zona, las autodefensas tenían su base en una casa a la vista de todos.

Pero quizás el caso más polémico fue el de Bojayá en 2002. Después de que las Farc mataron a 119 personas que se refugiaban en una Iglesia, organizaciones de derechos humanos como Human Rights Watch, la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU, la Diócesis de Quibdó y la Defensoría del Pueblo denunciaron ante la Procuraduría que el Ejército bajo el mando del general Montoya no había prestado atención a las alertas que, días antes, había dado la población de Bojayá sobre una eventual confrontación entre la guerrilla y los paramilitares.

"La población, con mucha angustia, está diciendo que los paramilitares están presentes y eso - junto con la presencia de las fuerzas militares - ha creado confusión dentro de la población civil”, dijo en su momento Anders Kompass, de la oficina del Alto Comisionado, cuando llegó al lugar de la tragedia. Al conocer las declaraciones, el general Montoya aseguró que no había evidencias sobre los vínculos entre militares y paras, y que su comandancia recibía demasiadas advertencias de posibles masacres “como para responder a todas y cada una”. Una investigación de la Procuraduría contra Montoya y contra el general Leonel Gómez Estrada, comandante de la Primera División, no les formuló cargos.

Su protagonismo

Periodistas y fotógrafos que viajaron hasta Bojayá después de la masacre tienen su propia versión de Montoya Uribe. Cuentan, por ejemplo, el episodio del zapato de un supuesto niño muerto en el ataque. “Un periodista de televisión iba a entrevistarlo, pero antes el general le pidió que esperara un momento. De uno de sus bolsillos, sacó un zapato de niño y cuando las cámaras ya estaban encendidas, comenzó a llorar”, dijo uno de los testigos.

Un caso similar ocurrió en el segundo semestre de 2002. Después de un enfrentamiento con las Farc en el municipio de Andes, Antioquia, el general Montoya llegó a la zona y cuando vio que todos los periodistas estaban reunidos cerca de las armas incautadas, tomo una de estas y, apuntando al cielo, descargó dos ráfagas enteras.

Esta tendencia al protagonismo en los medios le ha ocasionado recelo entre algunos sectores militares. Sin embargo, es normal que todo cambio brusco en las filas ocasione cierto malestar, máxime cuando se trata de reemplazar al general Castellanos, que contaba con mucho aprecio entre la tropa. Ahora Montoya tiene el reto de demostrar que no sólo es capaz de ser un buen conductor de la guerra, sino que episodios como el de las torturas a los soldados en Honda, no se repetirán. 

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