Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2003/05/12 00:00

El paraíso de Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa fue invitado a participar en la pasada Feria del Libro, en la que presentó su obra <i>El paraíso en la otra esquin</i>a. Al finalizar su intervención el escritor peruano fue blanco de arengas por sus críticas a Gabriel García Márquez. Sin embargo su paso por Colombia fue más que ese episodio y su intervención en el evento así lo demostró. Lea el discurso completo.

ios, de las frustraciones, de los fracasos y de alguna manera nos hace vivir aunque sea pícaramente a través de los personajes de la ficción, esa vida intensa, rica y duradera con la que todos soñamos. Hablo de la lectura con un gran entusiasmo porque siempre digo que lo mejor que me ha pasado en la vida es aprender a leer. Yo tenía 5 años en Cochabamba (Bolivia), donde pasé mi infancia y recuerdo todavía la manera extraordinaria como el mundo se enriqueció para mí gracias a esas aventuras que leí y viví gracias a los libros. Pues uno de esos libros que leí no de niño sino ya de joven cuando era un estudiante universitario en la Universidad de San Marcos en Lima, fue el libro de una francesa hija de un militar peruano que se llamaba "Peregrinaciones de una paria", libro que me recomendó un profesor de historia que fue maestro mío, el más elocuente expositor que yo he escuchado nunca, el historiador Raúl Porras Barrenechea. Leí "Peregrinaciones de una paria" y quedé fascinado. El libro describía la estancia de un año en el Perú de Flora Tristán en 1830 y trazaba un fresco animado lleno de color y gracia de lo que era la vida en el Perú en una República suramericana, poco tiempo después de haber alcanzado su independencia. Una sociedad que era una República pero que estaba todavía profundamente impregnada con las instituciones, las costumbres, los usos coloniales y que en medio de incertidumbre, confusión y una cierta violencia daba sus primeros pasos en el mundo como una república independiente. El libro era impresionante por la franqueza con que esta mujer describía todo aquello que le había sorprendido, chocado, irritado en este mundo tan distinto de Francia donde había vivido hasta entonces, pero quizás el recuerdo más vivo que me quedó de la lectura de "Peregrinaciones de una paria" fue la franqueza con que Flora Tristán hablaba de sí misma, contaba su vida trágica de niña, los primeros años de su vida feliz con unos padres muy prósperos que vivían en uno de los barrios más elegantes de París, y que antes de cumplir 5 años debido a la muerte de su padre cambió brutalmente su régimen de vida y pasó a vivir en el barrio más miserable de la capital francesa, el barrio de la Mutualité. La unión de los padres era una unión que las autoridades no reconocían, que carecía de valor legal y que por lo tanto hizo que la madre de Flora Tristán, no pudiera heredar ni la casa ni los bienes de don Mariano Tristán, el padre. Ella no tenía recursos personales y por eso la madre y la hija fueron arrojadas de su casas por lo que se fueron a vivir miserablemente. En este libro ella contaba esa infancia dificilísima en un barrio lleno de vagabundos, delincuentes, prostitutas, contaba cómo muy joven la madre la había casado con el dueño de una imprenta donde había comenzado a trabajar como obrera, coloreando los grabados que esta imprenta, y como ese matrimonio había sido un absoluto desastre. Su padecimiento en el matrimonio hizo que sintiera una especie de rechazo visceral a la institución matrimonial, que ella veía como un instrumento de sujeción de la mujer cuando era vendida como un objeto a un señor para que fuera procreadora de hijos y un objeto de placer. También contaba como una iniciativa de la legislación del país más avanzado, que era entonces Francia, convertía a la mujer en una delincuente si el marido denunciaba su fuga por lo que podía ir a la cárcel. En su libro pasa rápidamente por alto los años que había vivido huyendo temerosa de que André Chazal, su marido la hubiera denunciado y la policía estuviera tras sus pasos. Contaba cómo casualmente una noche en un albergue de París, un señor al oír su nombre se había acercado a preguntarle, ¿no será usted pariente de los Tristán, una familia muy próspera y muy influyente en el sur del Perú? Ese señor era un marino que viajaba constantemente ha Suramérica y conocía a la familia Tristán. Este encuentro es el que sugirió a Flora tratar de ir al Perú para conectarse con los parientes paternos, viaje que emprendió con la esperanza de que estos la reconocieran como hija legítima de don Mariano Tristán y por lo tanto la hicieran heredera. No logró su propósito, no fue reconocida por la familia Tristán pero sí vivió con ellos durante casi un año, ocho meses en Arequipa y los siguientes en Lima. Vivió una aventura muy intensa que cambió eternamente su personalidad. Había sido una rebelde desde muy joven pero cuando regresó a Francia luego de su estancia peruana se había convertido en una revolucionaria, en una mujer convencida de que había que actuar, que la mayor injusticia de ese tiempo era para ella la discriminación de la mujer, el hecho de que la mujer careciese de derechos reconocidos, que fuese un ciudadano de segunda clase, y era consciente de que era algo que podía ser remediado mediante una acción política y cultural. Algo que la hizo cambiar fue probablemente las mujeres que conoció en el Perú. Ella descubrió que en ese país remoto y atrasado a comparación de Francia, había ciertas mujeres que tenían cierta autonomía, una capacidad de iniciativa que de alguna manera las equiparaba a los varones, algo que hasta entonces en Francia nunca vio. Por ejemplo la rabonas, las soldaderas, las mujeres humildes campesinas que seguían a los ejércitos, que se encargaban prácticamente de la logística porque eran ellas las que alimentaban a la tropas, las que hacían de enfermeras y curaban a los heridos y en muchos casos las que remplazaban a los soldados en las trincheras y en los campos de batalla cuando ellos caían. Una de las páginas más conmovedoras en "Peregrinaciones de una paria" es el elogio de las rabonas que hace Flora Tristán. Estas mujeres extraordinarias porque entre las cosas que ella vio en el Perú, fue una guerra civil en la que estuvo prácticamente a las puertas del campo de batalla siguiendo todos los episodios de las batallas de Cangaio. Allí vio actuar mujeres por las que concibió enorme admiración. También conoció a un personaje extraordinario, la mujer del mariscal Gamarra, uno de los héroes de la independencia del Perú que había sido presidente de ese país. La Mariscala, como la llamaban, era una mujer inteligente, decidida, con un olfato político extraordinario que había combatido junto a su marido en las múltiples guerras civiles en las que él estuvo envuelto y que incluso lo había reemplazado como líder militar en una batalla con Bolivia. Cuando Gamarra estuvo en la presidencia a lo largo de tres años, el verdadero poder detrás del trono fue 'La Mariscala'. Que existiera una mujer así, que los hechos hubieran demostrado que podía perfectamente realizar las funciones que se consideraban exclusivamente masculinas, incluida la guerra, a Flora Tristán le despertó un entusiasmo, un optimismo y le contagió una convicción de actuar. Y eso es lo que hizo cuando llegó a Francia. Bueno pues allí terminaba este libro que como digo me causó una profunda impresión y me dio la idea de escribir alguna vez una historia que tuviera como protagonista a Flora Tristán . Ese es el origen de "El paraíso en la otra esquina". Como me ha ocurrido casi con todos los temas sobre los que he escrito novelas, no me puse a escribir de inmediato, dejé que ese tema pasara la prueba del tiempo y la verdad. Es que nunca olvidé del todo a Flora Tristán, hice muchas otras cosas, a veces durante un largo periodo de tiempo no pensaba en ella, pero luego las imágenes de la memoria volvían, renacía el proyecto, tomaba notas, buscaba bibliografía y así fueron pasando el tiempo, hasta que hace tres o cuatro años empecé por fin a trabajar. Mi idea era escribir una novela no un libro de historia, pero desde luego para sentirme familiarizado con el tema intenté leer todo lo que se había escrito en español y en francés sobre Flora Tristán, y en estas lecturas me vi con que constantemente era citado un nieto famoso, el pintor impresionista y posimpresionista Paul Gauguin. Ellos no se conocieron. Paul Gauguin nació hijo de la única hija de Flora Tristán, Aline Gauguin. Cuatro años después de la muerte de su abuela descubrí que las sicologías, las personalidades, el carácter de la abuela y el nieto eran enormemente parecidos. Los dos fueron grandes utopistas, soñaron con sociedades perfectas, con paraísos en la tierra arraigados en la historia, aunque la idea que ambos se hacían del paraíso era muy distinta. Sin embargo ambos se entregaron en cuerpo y alma a buscar o a construir ese paraíso de sus sueños en la tierra y a ninguno de los dos los inhibió o desmoralizó los gigantescos obstáculos que encontraron en su camino. Así fue como poco a poco fue surgiendo la idea de incorporar a Paul Gauguin a la historia de Flora Tristán. Se me ocurrió que sería interesante hacer un contrapunto entre estos dos personajes y entre las dos fantasías que a ellos les dieron la fuerza para actuar. El sueño de Flora Tristán fue el sueño de una sociedad de justicia, de solidaridad y sobretodo de absoluta igualdad entre hombres y mujeres, una sociedad en la que desapareciera toda forma de discriminación y en el que las mujeres y los hombres tuvieran exactamente los mismos derechos, los mismos deberes, pudieran ejercitar los mismos oficios y gozaran ambos de una absoluta soberanía. El sueño de Flora Tristán era un sueño justiciero, social, colectivo. El sueño de Gauguin era muy distinto. A Paul Gauguin no le importaba la política, la despreciaba cuando se acordaba de ella que era rara vez. Lo que le interesaba era más bien la belleza y su idea de la sociedad perfecta que tenía que ver sobre todo con la belleza y con el placer. Su sueño utópico era estético, individualista y hedonista. La trayectoria Gauguin es una trayectoria tan aventurera y sorprendente como la de su abuela. El había pasado seis de los primeros siete años de su vida en el Perú por una tragedia familiar. Cuando Flora murió dejó su hija Aline Gauguin joven y huérfana. Los amigos su madre procuraron darle alguna seguridad por lo que le buscaron un marido, un periodista republicano que se llamaba Clovis Gauguin. Se casaron, los casaron, y de este matrimonio nacieron dos y hijos María Fernanda, que dicho sea de paso, un señor Uribe que jugó un papel muy importante en un determinado momento en la vida de Gauguin y que tiene, -según entiendo- descendientes colombianos. Y con estos dos niños pequeñitos, Clovis y Aline Gauguin, tuvieron que escapar de Francia cuando Napoleón Bonaparte dio el golpe del estado y reinstauró el imperio. Se fueron al Perú y pidiéndole a don Pío Tristán, el hermano menor de Mariano Tristán el padre de Flora, que todavía vivía, que los acogiera y así lo hizo. Pero las penalidades que había pasado Clovis, la tensión que había vivido antes de esta fuga, fueron tan dramáticas que no resistió el viaje. Murió en medio de la travesía y fue enterrado en una aldea casi perdida por El Estrecho de Magallanes, que además tienen un nombre simbólico "Puerto Hambre". De tal manera que la joven Aline Gauguin, llegó viuda y con dos hijos pequeños a Lima donde Paul Gauguin pasó seis años de su infancia. Allí aprendió a hablar español antes que francés y su cabeza se llenó de recuerdos, de imágenes de la casa, del barrio de San Marcelo donde vivía. La casa donde vivió era en ese momento del Presidente de la República, el general Echenique, un antecesor de Alfredo Brais Echenique. Gauguin vivió allí porque el general se había casado con una hija de don Pío Tristán y una buena parte de la familia se había trasladado a Lima a vivir con ellos. Echenique era bastante letrado y con sensibilidad artística y su casa de San Marcelo estaba llena de objetos precolombinos, mantos de pluma, objetos de cerámica, figuras de los tejidos y guacos que quedaron en la memoria de ese niño y muchos años después resucitarían y se convertirían en un excelente material de trabajo para el pintor que fue Paul Gauguin. Este pintor descubrió su vocación muy tarde, mucho más tarde que la inmensa mayoría de los pintores. Cuando Aline y sus dos hijos regresaron a Francia a él lo ponen interno en un colegio en Orleans, en el que no da ninguna seña de tener ninguna vocación y menos de tipo artístico. Al salir del colegio se diría que con absoluto desgano decide hacerse marino y pasa siete años de su vida recorriendo el mundo en barcos de la marina mercante francesa. Finalmente cuando vuelve a la condición de civil, su tutor, un señor muy rico que era coleccionista de arte, Gustav Aros, le sugiere que se emplee en la bolsa de París donde él había hecho su fortuna, quizás de esta manera Paul llegaría a ser un día tan rico como Gustav. Paul Gauguin acepta con la misma indiferencia con la que se hizo marino. Entró a trabajar en una oficina importante de la Bolsa de París y fue según todos los testimonios un empleado modelo. Trabajaba puntualmente, no trasnochaba demasiado, comenzó a ganar comisiones importantes y entonces se casó con una danesa que pasó por París y que vio en este joven de la bolsa alguien que evidentemente estaba haciendo una carrera exitosa que lo convertiría pronto en un gran burgués. Tuvieron cinco hijos. Paul Gauguin estaba ganando cada vez más dinero y hasta entonces no asoma el menor indicio de que en él había escondida una vocación artística. Hasta los 31 años no había pisado el Louvre ni visitado galerías de arte. Pero todo cambia cuando un día entra a trabajar a su oficina, un alsaciano medio contra hecho y que caminaba como derramándose que se llamaba Schuffenecker, abreviando sus amigos le decían Schu. Schu se hizo muy amigo de Paul Gauguin, quien le tomó una gran cariño y que al parecer fue recíproco. Schuffenecker tenía una vocación artística secreta, trabajaba en la bolsa por razones económicas pero en realidad su sueño era ser artista. El lo llevó al Louvre por primera vez, también a visitar talleres de pintores y lo convenció finalmente de que se inscribiera como alumno en una academia que dirigía un italiano en París, de dibujo y pintura. Entonces este sería el gusanito que pudrió la manzana. Gauguin que había seguido a Schuffenecker por amistad, como diría Borges, se encontró con su destino, y entonces su vida cambia radicalmente. Descubre su vocación que entra en su vida como un ventarrón, como una tormenta que destruye enteramente todo lo que había sido Paul Gauguin hasta entonces. Comienza a dedicar cada vez más tiempo a dibujar, a pintar, continúa por supuesto trabajando pero todos los fines de semana, todas las fiestas, todas las noches son absolutamente concentradas a la pintura, hasta que un día hay una crisis económica muy seria en Francia y la empresa donde trabajaba quiebra. El director le dice que lo lamenta mucho pero tiene que prescindir de sus servicios. Entonces, Paul Gauguin, le coge las manos, se las besa y le dice, -patrón usted acaba de hacer de mí un artista-. Fue a comunicar a su mujer a Mette, la danesa, que a partir de ese momento sólo sería artista. Ella se desmayó y con razón porque la vocación artística puso fin al matrimonio. Gauguin la abandonó, abandonó a los cinco hijos y dedicó todo su tiempo y toda su existencia a pintar. Esta vocación venía acompañada además de una ambición desmesurada. No quería ser sólo un pintor, quería pintar obras maestras y allí es donde aparece el utopista detrás del artista. El concibe una idea, no era un hombre muy culto, no era un hombre que hubiera leído mucho en su vida, tenía pocas ideas pero las que tenía eran ideas que organizaban enteramente su vida y ponía en ellas todo su empeño, su energía y su pasión. La idea, que se convirtió en su destino, fue la siguiente: yo no puedo pintar obras maestras porque la pintura en Europa, en Occidente, ha entrado en decadencia, porque la pintura se ha convertido en el monopolio de una pequeña minoría de artistas, de coleccionistas y de críticos y se ha cortado enteramente el conjunto de la población. Es por eso que el arte actuado en Occidente es una arte pobre, es un arte desvaído. ¿Pero cómo remediar esta situación, de donde puede sacar fuerza y energía el arte occidental?, yendo al encuentro de las culturas primitivas. En las culturas primitivas el arte tiene esa fuerza, esa autenticidad, porque allí no está cortado del conjunto de la población, por el contrario el arte es expresión de lo que la totalidad de la sociedad cree, sueña, practica, realiza y es eso lo que le da esa tremenda audacia y creatividad del ambiente en el que nacen las obras maestras. Al igual que su abuela, trata de materializar las ideas inmediatamente y comienza a buscar culturas primitivas que lo contagien y que le den la fuerza a la energía que producen las obras maestras. Se va primero a Bretaña, la región más primitiva de Francia, una región que resistía un intento muy de secularización, fuerte en esa época, emprendidos por el gobierno Francés. Paul Gauguin va allí convencido de que ese primitivismo es el ambiente que necesita para pintar y hace efectivamente sus primeras obras maestras. Pero muy pronto se convence de que Bretaña ya no es lo suficientemente primitiva, que la modernidad y la civilización, palabra que en Gauguin tenía una resonancia maldita pues era lo peor que podía pasarle a una sociedad, había llegado allí. Y entonces había que buscar el primitivismo en otra parte. Se vino a Panamá donde estaba su cuñado Juan Uribe, pero cuando llegó a Panamá Juan que había tenido serios problemas económicos, había partido de ese país, de tal manera que Gauguin se encuentra completamente desvalido. El confiaba en que su cuñado se ocupara de su manutención pero tuvo que ponerse a trabajar de peón, tirando lampa en la construcción del Canal de Panamá, en el primer intento del Canal de Panamá. Ahí contrajo unas tersianas que casi lo matan, y dicen que allí contrajo la sífilis que lo acompañó el resto de su vida y que hizo de sus últimos años un verdadero martirio. Luego de Panamá pasó a la Martinica y se quedó casi un año. Allí pintó también otras obras maestras. Y aparece el Gauguin que nosotros conocemos, el que asociamos con la pintura de sus últimos 10 años. Allí hay una fuerza, hay un tratamiento del color y sobre todo esa visión de una humanidad que vive en un ambiente, en un entorno paradisíaco. Estos cuadros de la Martinica con los que él regresa a Francia los ve en París un holandés que había sido predicador luterano y que como Gauguin había descubierto su vocación artística bastante tarde. Estaba allí en Francia haciendo sus primeras armas de pintor: Vincent van Gogh, quien estaba deslumbrado con esas pinturas martiniquesas por lo que se empeña en conocer a Gauguin y cuando lo hace queda deslumbrado con su personalidad, su energía, con su voluntad que parecía arrolladora, capaz de vencer todos los obstáculos. Tiempo después lo convence para que vivan juntos. Juntos pasan nueve semanas en un pueblito de la provenza francesa en Arles en una casa pequeñita que ha pasado a la historia con el nombre de La casa amarilla porque de ese color la pintó Van Gogh para recibir a su amigo Gauguin. Lo que pasó en esas nueve semanas entre los dos amigos es uno de los grandes misterios de la historia del arte, no lo sabremos nunca, tenemos que inventarlo. Esta relación fue difícil y muy rápidamente imposible. Sin embargo, estas dos personalidades tan enormes, tan ricas se enriquecieron mutuamente conviviendo sin ninguna duda y la prueba son los cuadros que pintaron en esas nueve semanas pero al mismo tiempo la tensión entre ellos llegó a unos extremos tremendos, realmente explosivos y por eso Gauguin, quien se había comprometido a vivir un año con Van Gogh, decidió partir antes de que cumplieran los dos meses. Al anunciar a Van Gogh que partiría esto produjo en él una crisis terrible en la que se cortó media oreja y entró en un proceso de desorden mental del que no saldría nunca más. Pero de esa convivencia por lo menos una idea fundamental quedó en Gauguin. Van Gogh también creía en aquello de un mundo primitivo donde la pintura sería mucho más libre y mucho más generosa, más fuerte de lo que era en Occidente y ese mundo pensó que podría ser Tahití el lugar, por una novela, la primera de un escritor que después sería muy popular en Francia, Pierre Loti, un médico marino que había estado en la Polinesia y que escribió su primera novela situada en Tahití. Allí, decía Van Gogh, podrían fundar un estudio, un pequeño paraíso donde irían sólo artistas, donde no circularía el dinero y donde toda nuestra energía y nuestro talento estaría volcado en la idea de pintar. Esta idea la retiene Gauguin, quien trata de ir a otros sitios donde pensaba que habría esas culturas primitivas. Trata de ir a Madagascar, no lo consigue, trata de ir a Vietnam, tampoco y finalmente luego de muchas gestiones logra un pasaje para la Polinesia. En la Polinesia pasa los 10 últimos años de su vida. Unos 10 años extraordinarios que producen esa floración fantástica de una pintura que no sólo es en sí enormemente rica, original y novedosa, sino que abre unas dimensiones nuevas al arte en general y al arte europeo en particular. Sin embargo todo eso no ocurre en vida de Gauguin, en esos 10 años él no tiene éxito alguno, por el contrario la única exposición que hace en Europa a los dos años de estar en Tahití, es una fracaso absoluto y una de las peores frustraciones de su vida. Su maestro, un pintor impresionista que lo había estimulado, amparado y protegido en sus primeros años de pintor, Pizarro, le dijo luego de ver esta exposición "Gauguin qué hace usted jugando al salvaje, usted es un europeo, usted es un hombre civilizado deje de pintar esas tonterías y vuelva a ser usted". Esta sentencia terrible de Pizarro expresa muy bien el desdén conque fue recibida la pintura que trajo Gauguin de la Polinesia, por eso decidió regresar a Tahití y no volver a poner los pies en Europa nunca más. Y así fue. Estos ocho años después de su único viaje a Europa luego de ir a Tahití, fueron años de mucho trabajo pero un trabajo hecho en soledad y sin ninguna esperanza de reconocimiento, además sufriendo lo indecible por la pobreza, la miseria en la que vivía y también, claro está, por las enfermedades. La sífilis fue destrozando su organismo. Habían periodos en que sufría demasiado y tuvo que recurrir al laúdano y al opio. Finalmente su vista se vio afectada y la fue perdiendo poco a poco. Pero siguió soñando siempre con el paraíso, la sociedad primitiva donde realmente el arte cobraría toda la fuerza revolucionaria que el quería que tuvieran sus cuadros, y así como se había decepcionado de Bretaña y se decepcionó de La Martinica terminó decepcionándose de Tahití por lo que decidió ir a las islas Marquesas, las islas más islas del mundo, las islas más alejadas de un continente y allí pasó los dos últimos años de su vida, años en los que era más que una persona entera, un moribundo, un hombre que se deshacía literalmente, que se iba muriendo a pedazos, pero que siguió pintando hasta el final. Gauguin llega a pintar algunos cuadros unos muy hermosos casi sin ver. Sólo a ciertas horas del día cuando a la luz era más viva, podía tener una cierta seguridad y luego pintaba a tientas. Hay un cuadro hermosísimo que al mismo tiempo es terriblemente dramático porque se ve allí la inseguridad que lo acosaba en esos momentos de su vida. El cuadro se llama El hechicero de Hiva Oa. Allí muere en el pueblecito de Atuona en la islita de Hiva Oa hace 100 años exactamente. La idea de reunir a estos dos personajes en una historia me resultaba fascinante por la vida riquísima, llena de anécdotas de ambos, pero también porque creo que en pocos personajes se refleja tan extraordinariamente la época como en Flora Tristán y en Paul Gauguin. ios, de las frustraciones, de los fracasos y de alguna manera nos hace vivir aunque sea pícaramente a través de los personajes de la ficción, esa vida intensa, rica y duradera con la que todos soñamos. Hablo de la lectura con un gran entusiasmo porque siempre digo que lo mejor que me ha pasado en la vida es aprender a leer. Yo tenía 5 años en Cochabamba (Bolivia), donde pasé mi infancia y recuerdo todavía la manera extraordinaria como el mundo se enriqueció para mí gracias a esas aventuras que leí y viví gracias a los libros. Pues uno de esos libros que leí no de niño sino ya de joven cuando era un estudiante universitario en la Universidad de San Marcos en Lima, fue el libro de una francesa hija de un militar peruano que se llamaba "Peregrinaciones de una paria", libro que me recomendó un profesor de historia que fue maestro mío, el más elocuente expositor que yo he escuchado nunca, el historiador Raúl Porras Barrenechea. Leí "Peregrinaciones de una paria" y quedé fascinado. El libro describía la estancia de un año en el Perú de Flora Tristán en 1830 y trazaba un fresco animado lleno de color y gracia de lo que era la vida en el Perú en una República suramericana, poco tiempo después de haber alcanzado su independencia. Una sociedad que era una República pero que estaba todavía profundamente impregnada con las instituciones, las costumbres, los usos coloniales y que en medio de incertidumbre, confusión y una cierta violencia daba sus primeros pasos en el mundo como una república independiente. El libro era impresionante por la franqueza con que esta mujer describía todo aquello que le había sorprendido, chocado, irritado en este mundo tan distinto de Francia donde había vivido hasta entonces, pero quizás el recuerdo más vivo que me quedó de la lectura de "Peregrinaciones de una paria" fue la franqueza con que Flora Tristán hablaba de sí misma, contaba su vida trágica de niña, los primeros años de su vida feliz con unos padres muy prósperos que vivían en uno de los barrios más elegantes de París, y que antes de cumplir 5 años debido a la muerte de su padre cambió brutalmente su régimen de vida y pasó a vivir en el barrio más miserable de la capital francesa, el barrio de la Mutualité. La unión de los padres era una unión que las autoridades no reconocían, que carecía de valor legal y que por lo tanto hizo que la madre de Flora Tristán, no pudiera heredar ni la casa ni los bienes de don Mariano Tristán, el padre. Ella no tenía recursos personales y por eso la madre y la hija fueron arrojadas de su casas por lo que se fueron a vivir miserablemente. En este libro ella contaba esa infancia dificilísima en un barrio lleno de vagabundos, delincuentes, prostitutas, contaba cómo muy joven la madre la había casado con el dueño de una imprenta donde había comenzado a trabajar como obrera, coloreando los grabados que esta imprenta, y como ese matrimonio había sido un absoluto desastre. Su padecimiento en el matrimonio hizo que sintiera una especie de rechazo visceral a la institución matrimonial, que ella veía como un instrumento de sujeción de la mujer cuando era vendida como un objeto a un señor para que fuera procreadora de hijos y un objeto de placer. También contaba como una iniciativa de la legislación del país más avanzado, que era entonces Francia, convertía a la mujer en una delincuente si el marido denunciaba su fuga por lo que podía ir a la cárcel. En su libro pasa rápidamente por alto los años que había vivido huyendo temerosa de que André Chazal, su marido la hubiera denunciado y la policía estuviera tras sus pasos. Contaba cómo casualmente una noche en un albergue de París, un señor al oír su nombre se había acercado a preguntarle, ¿no será usted pariente de los Tristán, una familia muy próspera y muy influyente en el sur del Perú? Ese señor era un marino que viajaba constantemente ha Suramérica y conocía a la familia Tristán. Este encuentro es el que sugirió a Flora tratar de ir al Perú para conectarse con los parientes paternos, viaje que emprendió con la esperanza de que estos la reconocieran como hija legítima de don Mariano Tristán y por lo tanto la hicieran heredera. No logró su propósito, no fue reconocida por la familia Tristán pero sí vivió con ellos durante casi un año, ocho meses en Arequipa y los siguientes en Lima. Vivió una aventura muy intensa que cambió eternamente su personalidad. Había sido una rebelde desde muy joven pero cuando regresó a Francia luego de su estancia peruana se había convertido en una revolucionaria, en una mujer convencida de que había que actuar, que la mayor injusticia de ese tiempo era para ella la discriminación de la mujer, el hecho de que la mujer careciese de derechos reconocidos, que fuese un ciudadano de segunda clase, y era consciente de que era algo que podía ser remediado mediante una acción política y cultural. Algo que la hizo cambiar fue probablemente las mujeres que conoció en el Perú. Ella descubrió que en ese país remoto y atrasado a comparación de Francia, había ciertas mujeres que tenían cierta autonomía, una capacidad de iniciativa que de alguna manera las equiparaba a los varones, algo que hasta entonces en Francia nunca vio. Por ejemplo la rabonas, las soldaderas, las mujeres humildes campesinas que seguían a los ejércitos, que se encargaban prácticamente de la logística porque eran ellas las que alimentaban a la tropas, las que hacían de enfermeras y curaban a los heridos y en muchos casos las que remplazaban a los soldados en las trincheras y en los campos de batalla cuando ellos caían. Una de las páginas más conmovedoras en "Peregrinaciones de una paria" es el elogio de las rabonas que hace Flora Tristán. Estas mujeres extraordinarias porque entre las cosas que ella vio en el Perú, fue una guerra civil en la que estuvo prácticamente a las puertas del campo de batalla siguiendo todos los episodios de las batallas de Cangaio. Allí vio actuar mujeres por las que concibió enorme admiración. También conoció a un personaje extraordinario, la mujer del mariscal Gamarra, uno de los héroes de la independencia del Perú que había sido presidente de ese país. La Mariscala, como la llamaban, era una mujer inteligente, decidida, con un olfato político extraordinario que había combatido junto a su marido en las múltiples guerras civiles en las que él estuvo envuelto y que incluso lo había reemplazado como líder militar en una batalla con Bolivia. Cuando Gamarra estuvo en la presidencia a lo largo de tres años, el verdadero poder detrás del trono fue 'La Mariscala'. Que existiera una mujer así, que los hechos hubieran demostrado que podía perfectamente realizar las funciones que se consideraban exclusivamente masculinas, incluida la guerra, a Flora Tristán le despertó un entusiasmo, un optimismo y le contagió una convicción de actuar. Y eso es lo que hizo cuando llegó a Francia. Bueno pues allí terminaba este libro que como digo me causó una profunda impresión y me dio la idea de escribir alguna vez una historia que tuviera como protagonista a Flora Tristán . Ese es el origen de "El paraíso en la otra esquina". Como me ha ocurrido casi con todos los temas sobre los que he escrito novelas, no me puse a escribir de inmediato, dejé que ese tema pasara la prueba del tiempo y la verdad. Es que nunca olvidé del todo a Flora Tristán, hice muchas otras cosas, a veces durante un largo periodo de tiempo no pensaba en ella, pero luego las imágenes de la memoria volvían, renacía el proyecto, tomaba notas, buscaba bibliografía y así fueron pasando el tiempo, hasta que hace tres o cuatro años empecé por fin a trabajar. Mi idea era escribir una novela no un libro de historia, pero desde luego para sentirme familiarizado con el tema intenté leer todo lo que se había escrito en español y en francés sobre Flora Tristán, y en estas lecturas me vi con que constantemente era citado un nieto famoso, el pintor impresionista y posimpresionista Paul Gauguin. Ellos no se conocieron. Paul Gauguin nació hijo de la única hija de Flora Tristán, Aline Gauguin. Cuatro años después de la muerte de su abuela descubrí que las sicologías, las personalidades, el carácter de la abuela y el nieto eran enormemente parecidos. Los dos fueron grandes utopistas, soñaron con sociedades perfectas, con paraísos en la tierra arraigados en la historia, aunque la idea que ambos se hacían del paraíso era muy distinta. Sin embargo ambos se entregaron en cuerpo y alma a buscar o a construir ese paraíso de sus sueños en la tierra y a ninguno de los dos los inhibió o desmoralizó los gigantescos obstáculos que encontraron en su camino. Así fue como poco a poco fue surgiendo la idea de incorporar a Paul Gauguin a la historia de Flora Tristán. Se me ocurrió que sería interesante hacer un contrapunto entre estos dos personajes y entre las dos fantasías que a ellos les dieron la fuerza para actuar. El sueño de Flora Tristán fue el sueño de una sociedad de justicia, de solidaridad y sobretodo de absoluta igualdad entre hombres y mujeres, una sociedad en la que desapareciera toda forma de discriminación y en el que las mujeres y los hombres tuvieran exactamente los mismos derechos, los mismos deberes, pudieran ejercitar los mismos oficios y gozaran ambos de una absoluta soberanía. El sueño de Flora Tristán era un sueño justiciero, social, colectivo. El sueño de Gauguin era muy distinto. A Paul Gauguin no le importaba la política, la despreciaba cuando se acordaba de ella que era rara vez. Lo que le interesaba era más bien la belleza y su idea de la sociedad perfecta que tenía que ver sobre todo con la belleza y con el placer. Su sueño utópico era estético, individualista y hedonista. La trayectoria Gauguin es una trayectoria tan aventurera y sorprendente como la de su abuela. El había pasado seis de los primeros siete años de su vida en el Perú por una tragedia familiar. Cuando Flora murió dejó su hija Aline Gauguin joven y huérfana. Los amigos su madre procuraron darle alguna seguridad por lo que le buscaron un marido, un periodista republicano que se llamaba Clovis Gauguin. Se casaron, los casaron, y de este matrimonio nacieron dos y hijos María Fernanda, que dicho sea de paso, un señor Uribe que jugó un papel muy importante en un determinado momento en la vida de Gauguin y que tiene, -según entiendo- descendientes colombianos. Y con estos dos niños pequeñitos, Clovis y Aline Gauguin, tuvieron que escapar de Francia cuando Napoleón Bonaparte dio el golpe del estado y reinstauró el imperio. Se fueron al Perú y pidiéndole a don Pío Tristán, el hermano menor de Mariano Tristán el padre de Flora, que todavía vivía, que los acogiera y así lo hizo. Pero las penalidades que había pasado Clovis, la tensión que había vivido antes de esta fuga, fueron tan dramáticas que no resistió el viaje. Murió en medio de la travesía y fue enterrado en una aldea casi perdida por El Estrecho de Magallanes, que además tienen un nombre simbólico "Puerto Hambre". De tal manera que la joven Aline Gauguin, llegó viuda y con dos hijos pequeños a Lima donde Paul Gauguin pasó seis años de su infancia. Allí aprendió a hablar español antes que francés y su cabeza se llenó de recuerdos, de imágenes de la casa, del barrio de San Marcelo donde vivía. La casa donde vivió era en ese momento del Presidente de la República, el general Echenique, un antecesor de Alfredo Brais Echenique. Gauguin vivió allí porque el general se había casado con una hija de don Pío Tristán y una buena parte de la familia se había trasladado a Lima a vivir con ellos. Echenique era bastante letrado y con sensibilidad artística y su casa de San Marcelo estaba llena de objetos precolombinos, mantos de pluma, objetos de cerámica, figuras de los tejidos y guacos que quedaron en la memoria de ese niño y muchos años después resucitarían y se convertirían en un excelente material de trabajo para el pintor que fue Paul Gauguin. Este pintor descubrió su vocación muy tarde, mucho más tarde que la inmensa mayoría de los pintores. Cuando Aline y sus dos hijos regresaron a Francia a él lo ponen interno en un colegio en Orleans, en el que no da ninguna seña de tener ninguna vocación y menos de tipo artístico. Al salir del colegio se diría que con absoluto desgano decide hacerse marino y pasa siete años de su vida recorriendo el mundo en barcos de la marina mercante francesa. Finalmente cuando vuelve a la condición de civil, su tutor, un señor muy rico que era coleccionista de arte, Gustav Aros, le sugiere que se emplee en la bolsa de París donde él había hecho su fortuna, quizás de esta manera Paul llegaría a ser un día tan rico como Gustav. Paul Gauguin acepta con la misma indiferencia con la que se hizo marino. Entró a trabajar en una oficina importante de la Bolsa de París y fue según todos los testimonios un empleado modelo. Trabajaba puntualmente, no trasnochaba demasiado, comenzó a ganar comisiones importantes y entonces se casó con una danesa que pasó por París y que vio en este joven de la bolsa alguien que evidentemente estaba haciendo una carrera exitosa que lo convertiría pronto en un gran burgués. Tuvieron cinco hijos. Paul Gauguin estaba ganando cada vez más dinero y hasta entonces no asoma el menor indicio de que en él había escondida una vocación artística. Hasta los 31 años no había pisado el Louvre ni visitado galerías de arte. Pero todo cambia cuando un día entra a trabajar a su oficina, un alsaciano medio contra hecho y que caminaba como derramándose que se llamaba Schuffenecker, abreviando sus amigos le decían Schu. Schu se hizo muy amigo de Paul Gauguin, quien le tomó una gran cariño y que al parecer fue recíproco. Schuffenecker tenía una vocación artística secreta, trabajaba en la bolsa por razones económicas pero en realidad su sueño era ser artista. El lo llevó al Louvre por primera vez, también a visitar talleres de pintores y lo convenció finalmente de que se inscribiera como alumno en una academia que dirigía un italiano en París, de dibujo y pintura. Entonces este sería el gusanito que pudrió la manzana. Gauguin que había seguido a Schuffenecker por amistad, como diría Borges, se encontró con su destino, y entonces su vida cambia radicalmente. Descubre su vocación que entra en su vida como un ventarrón, como una tormenta que destruye enteramente todo lo que había sido Paul Gauguin hasta entonces. Comienza a dedicar cada vez más tiempo a dibujar, a pintar, continúa por supuesto trabajando pero todos los fines de semana, todas las fiestas, todas las noches son absolutamente concentradas a la pintura, hasta que un día hay una crisis económica muy seria en Francia y la empresa donde trabajaba quiebra. El director le dice que lo lamenta mucho pero tiene que prescindir de sus servicios. Entonces, Paul Gauguin, le coge las manos, se las besa y le dice, -patrón usted acaba de hacer de mí un artista-. Fue a comunicar a su mujer a Mette, la danesa, que a partir de ese momento sólo sería artista. Ella se desmayó y con razón porque la vocación artística puso fin al matrimonio. Gauguin la abandonó, abandonó a los cinco hijos y dedicó todo su tiempo y toda su existencia a pintar. Esta vocación venía acompañada además de una ambición desmesurada. No quería ser sólo un pintor, quería pintar obras maestras y allí es donde aparece el utopista detrás del artista. El concibe una idea, no era un hombre muy culto, no era un hombre que hubiera leído mucho en su vida, tenía pocas ideas pero las que tenía eran ideas que organizaban enteramente su vida y ponía en ellas todo su empeño, su energía y su pasión. La idea, que se convirtió en su destino, fue la siguiente: yo no puedo pintar obras maestras porque la pintura en Europa, en Occidente, ha entrado en decadencia, porque la pintura se ha convertido en el monopolio de una pequeña minoría de artistas, de coleccionistas y de críticos y se ha cortado enteramente el conjunto de la población. Es por eso que el arte actuado en Occidente es una arte pobre, es un arte desvaído. ¿Pero cómo remediar esta situación, de donde puede sacar fuerza y energía el arte occidental?, yendo al encuentro de las culturas primitivas. En las culturas primitivas el arte tiene esa fuerza, esa autenticidad, porque allí no está cortado del conjunto de la población, por el contrario el arte es expresión de lo que la totalidad de la sociedad cree, sueña, practica, realiza y es eso lo que le da esa tremenda audacia y creatividad del ambiente en el que nacen las obras maestras. Al igual que su abuela, trata de materializar las ideas inmediatamente y comienza a buscar culturas primitivas que lo contagien y que le den la fuerza a la energía que producen las obras maestras. Se va primero a Bretaña, la región más primitiva de Francia, una región que resistía un intento muy de secularización, fuerte en esa época, emprendidos por el gobierno Francés. Paul Gauguin va allí convencido de que ese primitivismo es el ambiente que necesita para pintar y hace efectivamente sus primeras obras maestras. Pero muy pronto se convence de que Bretaña ya no es lo suficientemente primitiva, que la modernidad y la civilización, palabra que en Gauguin tenía una resonancia maldita pues era lo peor que podía pasarle a una sociedad, había llegado allí. Y entonces había que buscar el primitivismo en otra parte. Se vino a Panamá donde estaba su cuñado Juan Uribe, pero cuando llegó a Panamá Juan que había tenido serios problemas económicos, había partido de ese país, de tal manera que Gauguin se encuentra completamente desvalido. El confiaba en que su cuñado se ocupara de su manutención pero tuvo que ponerse a trabajar de peón, tirando lampa en la construcción del Canal de Panamá, en el primer intento del Canal de Panamá. Ahí contrajo unas tersianas que casi lo matan, y dicen que allí contrajo la sífilis que lo acompañó el resto de su vida y que hizo de sus últimos años un verdadero martirio. Luego de Panamá pasó a la Martinica y se quedó casi un año. Allí pintó también otras obras maestras. Y aparece el Gauguin que nosotros conocemos, el que asociamos con la pintura de sus últimos 10 años. Allí hay una fuerza, hay un tratamiento del color y sobre todo esa visión de una humanidad que vive en un ambiente, en un entorno paradisíaco. Estos cuadros de la Martinica con los que él regresa a Francia los ve en París un holandés que había sido predicador luterano y que como Gauguin había descubierto su vocación artística bastante tarde. Estaba allí en Francia haciendo sus primeras armas de pintor: Vincent van Gogh, quien estaba deslumbrado con esas pinturas martiniquesas por lo que se empeña en conocer a Gauguin y cuando lo hace queda deslumbrado con su personalidad, su energía, con su voluntad que parecía arrolladora, capaz de vencer todos los obstáculos. Tiempo después lo convence para que vivan juntos. Juntos pasan nueve semanas en un pueblito de la provenza francesa en Arles en una casa pequeñita que ha pasado a la historia con el nombre de La casa amarilla porque de ese color la pintó Van Gogh para recibir a su amigo Gauguin. Lo que pasó en esas nueve semanas entre los dos amigos es uno de los grandes misterios de la historia del arte, no lo sabremos nunca, tenemos que inventarlo. Esta relación fue difícil y muy rápidamente imposible. Sin embargo, estas dos personalidades tan enormes, tan ricas se enriquecieron mutuamente conviviendo sin ninguna duda y la prueba son los cuadros que pintaron en esas nueve semanas pero al mismo tiempo la tensión entre ellos llegó a unos extremos tremendos, realmente explosivos y por eso Gauguin, quien se había comprometido a vivir un año con Van Gogh, decidió partir antes de que cumplieran los dos meses. Al anunciar a Van Gogh que partiría esto produjo en él una crisis terrible en la que se cortó media oreja y entró en un proceso de desorden mental del que no saldría nunca más. Pero de esa convivencia por lo menos una idea fundamental quedó en Gauguin. Van Gogh también creía en aquello de un mundo primitivo donde la pintura sería mucho más libre y mucho más generosa, más fuerte de lo que era en Occidente y ese mundo pensó que podría ser Tahití el lugar, por una novela, la primera de un escritor que después sería muy popular en Francia, Pierre Loti, un médico marino que había estado en la Polinesia y que escribió su primera novela situada en Tahití. Allí, decía Van Gogh, podrían fundar un estudio, un pequeño paraíso donde irían sólo artistas, donde no circularía el dinero y donde toda nuestra energía y nuestro talento estaría volcado en la idea de pintar. Esta idea la retiene Gauguin, quien trata de ir a otros sitios donde pensaba que habría esas culturas primitivas. Trata de ir a Madagascar, no lo consigue, trata de ir a Vietnam, tampoco y finalmente luego de muchas gestiones logra un pasaje para la Polinesia. En la Polinesia pasa los 10 últimos años de su vida. Unos 10 años extraordinarios que producen esa floración fantástica de una pintura que no sólo es en sí enormemente rica, original y novedosa, sino que abre unas dimensiones nuevas al arte en general y al arte europeo en particular. Sin embargo todo eso no ocurre en vida de Gauguin, en esos 10 años él no tiene éxito alguno, por el contrario la única exposición que hace en Europa a los dos años de estar en Tahití, es una fracaso absoluto y una de las peores frustraciones de su vida. Su maestro, un pintor impresionista que lo había estimulado, amparado y protegido en sus primeros años de pintor, Pizarro, le dijo luego de ver esta exposición "Gauguin qué hace usted jugando al salvaje, usted es un europeo, usted es un hombre civilizado deje de pintar esas tonterías y vuelva a ser usted". Esta sentencia terrible de Pizarro expresa muy bien el desdén conque fue recibida la pintura que trajo Gauguin de la Polinesia, por eso decidió regresar a Tahití y no volver a poner los pies en Europa nunca más. Y así fue. Estos ocho años después de su único viaje a Europa luego de ir a Tahití, fueron años de mucho trabajo pero un trabajo hecho en soledad y sin ninguna esperanza de reconocimiento, además sufriendo lo indecible por la pobreza, la miseria en la que vivía y también, claro está, por las enfermedades. La sífilis fue destrozando su organismo. Habían periodos en que sufría demasiado y tuvo que recurrir al laúdano y al opio. Finalmente su vista se vio afectada y la fue perdiendo poco a poco. Pero siguió soñando siempre con el paraíso, la sociedad primitiva donde realmente el arte cobraría toda la fuerza revolucionaria que el quería que tuvieran sus cuadros, y así como se había decepcionado de Bretaña y se decepcionó de La Martinica terminó decepcionándose de Tahití por lo que decidió ir a las islas Marquesas, las islas más islas del mundo, las islas más alejadas de un continente y allí pasó los dos últimos años de su vida, años en los que era más que una persona entera, un moribundo, un hombre que se deshacía literalmente, que se iba muriendo a pedazos, pero que siguió pintando hasta el final. Gauguin llega a pintar algunos cuadros unos muy hermosos casi sin ver. Sólo a ciertas horas del día cuando a la luz era más viva, podía tener una cierta seguridad y luego pintaba a tientas. Hay un cuadro hermosísimo que al mismo tiempo es terriblemente dramático porque se ve allí la inseguridad que lo acosaba en esos momentos de su vida. El cuadro se llama El hechicero de Hiva Oa. Allí muere en el pueblecito de Atuona en la islita de Hiva Oa hace 100 años exactamente. La idea de reunir a estos dos personajes en una historia me resultaba fascinante por la vida riquísima, llena de anécdotas de ambos, pero también porque creo que en pocos personajes se refleja tan extraordinariamente la época como en Flora Tristán y en Paul Gauguin.

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