Viernes, 20 de enero de 2017

| 2006/02/02 00:00

El patito feo

Martes 24. Mientras más de cien familias hacen cola, a veces durante años, para recibir en su casa a un niño, más de mil menores, entre los 7 y los 18 años, envejecen en el ICBF de Bogotá esperando un hogar. Por Maureen Álvarez

El patito feo

Mientras más de cien familias hacen cola, a veces durante años, para recibir en su casa a un niño, 1.184 menores, entre los 7 y los 18 años, esperan en el Instituto de Bienestar Familiar de Bogotá a encontrar un hogar.

Para la mayoría de familias solicitantes un niño de siete años o más es considerado viejo. Y en otros casos, aunque llegue una familia, no se desarrolla empatía entre ella y el menor, razón suficiente para no darlo en adopción. Pasan los años y el niño se va quedando.

Los hermanos de Sara fueron unos de esos niños que crecieron sin hogar. Sara fue adoptada por una familia italiana a los siete años, hace 11 años, pero nunca pudo olvidar su pasado, y especialmente a su hermana mayor que en esa época tenía 12 años, y cuidó de ella todo el tiempo que estuvieron juntas. Se lo contó en medio del llanto a Ilvia Ruth Cárdenas, abogada encargada de adopciones del ICBF en Bogotá. Le dijo que había viajado 11 horas desde Italia para buscar a sus 4 hermanos que, como ella, habían estado en el Instituto, pero que nunca encontraron una familia adoptiva.

Ese lunes, con un perfecto español y un marcado acento italiano, le contó que su hermana se llamaba Natalia, que cumplía el 7 de abril y que siempre en esa fecha durante sus largos años en Italia, compró una torta y le cantó el cumpleaños, aunque ella no estuviera presente. Ahí empezó la búsqueda.

Una búsqueda que tardó semanas. No había un registro de lo que había pasado con su familia. Solo sabía que habían estado un tiempo en la institución y que nunca habían encontrado un hogar. Tres de ellos tenían más de 8 años cuando sus papás se murieron. Primero murió la mamá, quien era drogadicta, y luego el papá que no tenía cómo mantenerlos económicamente. Al quedar huérfanos, una vecina los llevó al Bienestar Familiar. Como Sara, muchos de los niños allá ni siquiera cuando han estado los primeros años viviendo con su familia natural, han tenido un hogar estable.

Quien desee adoptar un niño no puede escogerlo, pero sí tiene la posibilidad de decidir el sexo, de sugerir una aproximación de la edad y especificar el estado de salud física y mental del menor, pues existen más de 2 mil niños con algún tipo de discapacidad en el Instituto.

Cuando a la familia ya se le ha asignado un menor, se le entrega una foto del pequeño y una historia de vida. Luego los papás tienen 15 días para decidir si aceptan o no. Pero esto no es todo. Los niños mayores de 7 años por reglamento sólo pueden ser adoptados por parejas mayores de 45 años, que en muchos casos prefieren no adoptar bajo estas condiciones. Y es ahí donde los mayores de 7 años, como los hermanos de Sara, se van quedando sin una familia, porque la mayoría opta por los más pequeños para evitar los trastornos psicológicos que pueden traer consigo estos menores, ya que muchos de ellos llegan por maltrato físico, por ser víctimas de la guerra, por la pobreza o por abandono, como en el caso de Sara.

Con un tatuaje de pequeñas calaveras en la muñeca izquierda, que Sara se hizo por el dolor que aún sentía por la muerte de sus papás naturales, le pidió a Ilvia que hiciera todo lo posible para contactar a su familia. Sacó de su pequeño bolso una agenda en la que anotaba cada dato que le diera la abogada y unos papeles en los que aparecía un teléfono en Armenia y el nombre de una mujer. Cuando Ilvia le marcó, una voz femenina al otro lado no quiso decirle qué parentesco tenía con la joven, y subiendo el tono de voz dijo que ella no quería saber nada de esa familia, pero que en todo caso iba a ver qué podía hacer.

Pasaron casi tres semanas en las que la mujer pospuso las llamadas dándole nuevas citas. Sin embargo, Ilvia volvió a intentar, hasta enterarse que la negativa de la mujer se debía a que los hermanos buscados le habían robado.

Finalmente, Sara viajó a Armenia. Allí se enteró de que uno de los hermanos estaba detenido en Pereira por atraco a mano armada, el otro estaba en Medellín, también detenido. La hermana menor estaba desaparecida y Natalia, de 22 años, sin trabajo y con 3 hijos en el ICBF por supuesto abuso sexual del padre de los niños, con quien todavía vivía.

Cuando Sara se reencontró con Natalia se fue a vivir con ella, aunque esos no eran sus planes iniciales. Pero ocho días después fue cuando se dio cuenta de que no podía acoplarse a esa nueva vida. Ella ya estaba socialmente estable, tenía una familia que la apoyaba y una universidad en la que estudiaría artes.

La sicóloga del Bienestar Familiar, Milena Rodríguez, dice que usualmente se han detectado cinco problemas en estos niños: mal manejo de la autonomía, de la libertad; un trauma del abandono, que en algunos casos no permite siquiera que el joven pueda adaptarse a una institución ni a la sociedad, y un alto grado de ensimismamiento. No hablan con nadie, no cuentan lo que les está pasando o a veces sucede lo contrario, hablan sin parar.

Aunque Bienestar tiene en lista de espera hace 2 años a 107  familias -sólo tres de ellas colombianas- a las que no se les ha podido asignar un niño, casi ninguna lo quiere mayor de 7 años. Por eso el Instituto ha sacado adelante proyectos que buscan movilizar a estos jóvenes que nadie adopta. Sin embargo, la situación es crítica.

Para casos como el de Natalia, la hermana de Sara, en el que los jóvenes pasan años en el ICBF sin saber lo que es una familia ni cómo desenvolverse en ella, se desarrolló hace dos años el proyecto Kidsave que consiste en llevar a Estados Unidos a niños considerados como de difícil adopción por su edad. Pasan unas vacaciones de verano estableciendo contacto con diferentes familias norteamericanas que deseen adoptar. Si hay empatía entre la familia y el niño, se empieza el proceso de adopción. El niño vuelve a Colombia y realiza el papeleo legal.

Aunque la mayoría logra buenos resultados, no todos corren con la misma suerte. Una joven de 14 años que está en el instituto desde los 8, fue escogida para viajar. Cuando la niña regresó a Colombia la familia con la que estuvo decidió adoptarla. El papeleo se demoró casi 6 meses. Cuando todo estuvo legalmente listo, la mamá vino a recogerla, pero cuando la joven fue al hotel a visitarla no habló. No se enfermó ni se orinó en la cama como les pasa a otros los primeros días. Se quedó callada en el cuarto del hotel llorando. No quiso salir, ni abrazar a su madre que lo único que quería era una muestra de cariño. La joven, según la sicóloga, no podía aceptar el afecto de la mujer, pues nunca había tenido a alguien así en el tiempo en el que estuvo en el ICBF. Ese mismo día la niña regresó al Instituto y aún sigue allí.

Paralelo a éste, existe otro proyecto con el mismo propósito. Se llama Familias Amigas y consiste en que a unos padres adoptivos, de más de 50 años, se les asigna un joven al que deberán llamar, sacar a paseos y enviarle regalos si lo desean. Cualquier muestra de afecto, para ver el grado de respuesta de ambos lados y luego comenzar el proceso que finalmente le asignará un hogar permanente a ese niño.

Plan Piloto

Además existe un novedoso proyecto piloto que no existía en la época en que Sara y Natalia estaban en la lista de adopción del ICBF. Éste se realiza actualmente en el Centro San Jerónimo y busca que los jóvenes mayores de 8 años empiecen a forjar un plan de vida con plena conciencia de que están solos.

El hogar queda al norte de Bogotá, al frente de una pescadería, una frutería y un montallantas. Allí estudian 80 jóvenes, entre los 12 y los 18 años, que ya perdieron cualquier esperanza de ser adoptados y que viven en 5 hogares cercanos con una familia en cada uno. Parece un colegio de monjas. En una de las paredes hay un afiche con unas letras negras: "Yo creo en el sol aun cuando no brilla, yo creo en el amor aun cuando no lo siento, yo creo en Dios aun cuando calla".

En algunas de las casas viven hasta 20 jóvenes, que comparten como si fueran hermanos, teniendo la adopción descartada en un 90%. La idea de este proyecto es que estén en un ambiente lo más parecido al de una familia. Con más hermanos, sin padres reales y sabiendo que a los 18 deben irse.

"Estos jóvenes ya pasaron la época del trauma del abandono", dice el padre Antonio Formente, un italiano que lleva 26 años en Colombia y que le dio vida a este proyecto hace cinco. Dice que cuando llegan a este hogar, asumido por el Bienestar Familiar desde marzo de 2005, ya se ha perdido toda esperanza. Empieza una nueva vida.

Una vida en la que se les enseña a ahorrar, se les da una educación hasta que lleguen a la mayoría de edad tomando clases de panadería, soldadura, pintura, sistemas, belleza, contabilidad y electricidad en el SENA o en el mismo Instituto. Esto les da cierto grado de certeza para que cuando salgan tengan un lugar donde dormir, plata para comer y trasportarse, y un trabajo. Cuando esto no pasa y ya se ha partido la torta con 18 velas, el Hogar le pide al ICBF una prórroga para que el joven pueda ubicarse. Se han preparado 6 ó 7 años para ese momento. Todo lo que han hecho en su vida es ser conscientes de que cada uno es responsable de sí mismo. Por eso cuando alcanzan la mayoría de edad, ya sólo queda empacar las maletas y dejar la cama vacía.

Los hermanos de Sara desafortunadamente no estaban preparados para asumir su vida solos. Sara volvió a Italia después de visitar a sus dos hermanos en la cárcel y de intentar contactar a la hermana desaparecida, aunque nunca supo nada de ella. Desde su casa, muy lejos de la de sus hermanos, sus papás adoptivos prometieron ayudarles a sus familiares en Colombia. Se fue conociendo con certeza su pasado y con la firme intención de volver a visitar a Natalia en diciembre de 2005, para pasar la Navidad al lado de la hermana que siempre tuvo. Ahora, cada 7 de abril podrá comprar una torta que alguien más se comerá, un teléfono a donde llamar y una dirección donde enviar una tarjeta de feliz cumpleaños.

* Los nombres de los niños adoptados son cambiados pues la ley exige una reserva de la identidad por 30 años.

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