Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/10/11 00:00

El río del delfín rosado

Crónica de Enrique Patiño, editor general de la revista ‘Plan B’, por el Amazonas: una región que todavía convive entre el mito y la realidad, en la que los indígenas les enseñan a los turistas sus tradiciones, en una aproximación cultural transformadora.

Escondido, este niño detrás de la cancha de baloncesto de la comunidad de Macedonia. Guiados por indígenas, los planes turísticos que se ofrecen ahora pretenden que el turista aprenda sobre la artesanía, la flora, la fauna, los rituales nativos, o simplemente a compartir con sus moradores ancestrales.

A las 10 de la noche, en la absoluta oscuridad del río Amazonas, a Rivamar le da por contar historias.

El ambiente es propicio. Los relámpagos quiebran el cielo y abren zigzagueos de luz que reptan sobre el agua, y la embarcación, conocida como peque-peque –por el sonido que hace su motor pequeño de licuadora–, se desliza a paso cansino de una ribera a la otra. La noche no tiene luna y si la hubiera, estaría cubierta por las nubes de una tormenta que amenaza con caer y nunca llega. Así que no hay nada: solo el río que nos rodea, el sonido del motor de licuadora y la voz del piloto que durante 27 años se ha movido como pez sobre el Amazonas.

Rivamar es un hombre al que la soledad ha aprendido a comerle la lengua, pero que también tiene el síntoma de todo marino: una necesidad asfixiante de contar y contarse. Dice que cuando era niño, en un día de invierno, se encontraba sobre una canoa cuando dio un paso en falso, cayó al río y la canoa lo golpeó en la cabeza, dejándolo casi inconsciente. Con la poca lucidez que le quedaba, intentó dar vuelta a la embarcación de tres puestos, pero no pudo. Cuando sintió que su cuerpo se escurría y el caudal del Amazonas lo arrastraba, bajo su cuerpo aparecieron dos delfines amazónicos que lo empujaron hasta el barro de la orilla. Alcanzó a verles el lomo rosado y supo que había firmado un pacto de respeto con ellos para siempre.

Así que la vez que en Tarapoto –la laguna vecina a Puerto Nariño en la que nadan y hacen sus apariciones ante los turistas–, un extranjero de voracidad criminal decidió armarse de arpón y dispararles a los delfines, él acudió a salvarlos. Pero no se fue a donde el turista, que atraparon los pescadores, sino a buscar al animal herido, que tenía el arpón clavado en el lomo, y que evadía la ayuda de los pobladores por el miedo puro a que otro ser humano lo hiriera.

Rivamar se metió hasta la cintura en el agua, le habló y éste acudió a su llamado. En silencio, como una persona a quien deben amputarle un miembro y sabe que de eso depende su vida, se acostó contra su pecho y se dejó arrancar la vara de metal. Los demás delfines estaban cerca de la orilla, esperando el desenlace. Rivamar abrió los brazos en silencio, para despedirlos, y siente que desde entonces lo acompañan.

Detiene el peque-peque en una playa de la isla de Mocagua, donde los relámpagos siguen quebrando la noche. Habla de los mitos amazónicos, como la boa negra que vive en las profundidades del río y que cuando sale a respirar puede detener el curso de una embarcación. Cuenta que hay lugares tan escondidos entre las ramas y la vegetación como el de una región en Brasil poblada por desnudos rubios de ojos verdes que habitan en la selva y que parecen descender de los vikingos nórdicos, y que él vio en un viaje financiado por japoneses.

También dice que en el sur de Colombia hay lagos transparentes, zonas con frutas cuyo nombre no conoce, animales peligrosos que rastrean el olor de la sangre y se insertan en los orificios de la piel para comérsela por dentro, gavilanes tan bellos como el tao-tao, que construye sus nidos en el aire, e insectos llenos de colores y veneno.

Esa noche cae una lluvia desesperada que muere pronto. No hay ruido alguno, ni luz, pero en el agua se escuchan repentinos chapoteos. La imaginación vuela y las boas, los pirarucú y los delfines vienen a la mente. Una rana, en la madrugada, inicia un croar desesperado.
Dormimos en una casa flotante, la maravilla más terrenal en este paraíso fluvial; construida para albergar turistas, sus dos pisos y su madera fina está diseñada para viajar por el río sin perder las comodidades de la ciudad.

Como una isla, tiene a Rivamar por capitán, al río como territorio y a los delfines como compañía. De hecho, de ahí partimos a la segunda travesía por el Amazonas. Esta vez, a bordo de canoas indígenas que nos llevan a cruzar un tramo de 600 metros hasta la orilla opuesta. El plan, conocido como kayak nativo, tiene una novedad: los indígenas ticuna, mujeres y hombres, llevan la dirección del kayak y acompañan a los turistas a cruzar el río en su medio de transporte tradicional, una canoa tallada a mano de un único árbol.

Tulia nos guía por el río y es ella la que dice cómo esquivar la corriente, cómo achicar los embates de las olas y remontar el río para que no nos arrastre el Amazonas. Para ella, remar era una rutina y no se le había ocurrido que podría ser un modo de subsistencia, hasta el día en que una mujer emprendedora les dijo que esa era una manera de vivir y les enseñó a remar, pero esta vez para enseñar a remar y a ver el turismo como una posibilidad de aproximar dos culturas.

Hélida León, gerente de Ecodestinos, decidió embarcarse en la empresa de cambiarles la manera de pensar a extraños y nativos para acercarlos a intereses comunes. Y ese cruce del río fue su manera de contribuir a que ellos ganaran algo por un conocimiento ancestral y el visitante se llevara una experiencia vital, lejana de los planes consabidos.

Así que con ellos, y con la nueva oferta de turismo y aproximación a las comunidades, el turista no sólo cruza la corriente del Amazonas de noche o en kayak, sino que aprende a comer patarasca –pescado cocinado en hojas de plátano–, sabe de los poderes curativos del mururé, sobrepasa la sombra detrás del ritual del yagé, entiende las proporciones del pirarucú –el pez gigante del río–, prueba la fariña, aprende palabras en ticuna y conoce sus chagras (sembrados) con granadilla o piña. Y aprende las historias de los delfines rosados.

Como la de Aníbal, que se burló una noche de la afición por los delfines de Rivamar, y éste le advirtió del peligro: burlarse de ellos era caer en sus brazos. Esa noche, en su saco de dormir, Aníbal sintió que lo llamaban y vio una bella rubia de piel rosada que lo invitaba a sumergirse con él y dar rienda suelta a sus afanes de hombre. Aníbal se tentó y se asustó. El ímpetu le alcanzó para meterse en la casa. Confundido por la impresión de no saber si había soñado semejante disparate o si lo había vivido, se tentó el cuerpo. Los tobillos estaban mojados y fríos, como si una mano los hubiera halado.

No sólo esas sirenas cantan en el Amazonas. Antes que ninguna otra, se escucha la voz de la naturaleza sin maquillaje, la contundencia de la espesura, el volumen del río y la conciencia de la pequeñez propia. Así que no hay otra opción que rendirse ante lo auténtico. Reencontrarse, eso es el Amazonas.

Lo que debe saber si va de viaje
Aviatur ofrece planes, saliendo desde cualquier lugar del país, para visitar la región y tener un contacto más real con las comunidades que la habitan. www.grupoaviatur.com

Ecodestinos es la empresa de turismo que trabaja directamente con planes diferentes para un viajero que quiera ir más allá del hotel básico. Calle 127D # 58-32. Teléfono: 6088031. eco_destinos@yahoo.com. También tiene sede en Leticia. Carrera 10 # 7-81. Teléfono: 0985924816 reservas_leticia@yahoo.com

Hay otras opciones ecológicas cerca de Leticia, con comunidades uitoto, o en la reserva natural Cerca Viva. Existe la opción de hacer escalada en árboles de 30 metros, dosel entre los árboles y de terminar remando en kayak hasta un lugar de descanso y comida típica del Amazonas.

Dos ofertas de alojamiento sobrepasan las expectativas: las cabañas Geenlop y el hotel Yacuruna, que se amoldan a diseños típicos de las malocas indígenas o tienen elementos tradicionales de la región. Información en Ecodestinos.

La casa flotante, propiedad de Aviatur, se puede desplazar a una velocidad de 12 kilómetros por el Amazonas. También incluye el peque-peque, para trayectos cortos y tiene un costo de 570.000 pesos la noche, para un grupo de tres adultos, aproximadamente. Informes en Aviatur.

A diario, sale un vuelo de AeroRepública a Leticia, desde Bogotá, a las 9:55 de la mañana. El regreso es a las 2:30 de la tarde. Hay paquetes completos que incluyen el trayecto en avión.

Lleve repelente: usted puede estar de vacaciones, pero los mosquitos no. Lleve prendas ligeras y esté dispuesto a mojarse con la lluvia cálida que suele caer en la región.


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