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| 4/24/2005 12:00:00 AM

El robo de la bujía

Este es el testimonio de Silvia Camargo, periodista de SEMANA, a quien robaron recientemente en una concurrida vía de Bogotá. A mi me robaron. Fui víctima del atraco que le hacen a las mujeres que van solas en sus carros, despistadas y dan papaya.

Fue hace 15 días. Eran las 8 y media de la noche y regresaba a casa en mi carro por la avenida Ciudad de Quito con calle 94, justo al frente del hotel Dann. En ese cruce tuve que parar porque el semáforo estaba en rojo. Me ubiqué en el carril de la extrema derecha a unos metros de la intersección. A esa hora todavía había mucho tráfico. Alrededor mío veía carros, buses, taxis. Al lado de la carrilera del tren, diagonal a donde yo estaba se encuentra un CAI. Yo estaba sumergida en mis pensamientos, y aislada del ruido de la calle. Miraba hacia el vacío frente a mi realmente sin ver nada ni a nadie en particular. De repente escuché un ruido seco y cuando volteé a mirar, vi el vidrio de la ventana delantera derecha roto en mil pedazos. No entendía qué estaba pasando. El shock que me produjo ese estallido del vidrio no me dejaba comprender la situación hasta que alguien, una especie de sombra negra, introdujo su brazo por la ventana y en un abrir y cerrar de ojos se llevó mi cartera. Estaba paralizada pero ya consciente de que me habían robado. En ese momento recordé las veces que me habían hablado de ese tipo de atraco. Y ahí estaba yo, esta vez como protagonista.

Yo no vi nada. El ladrón actúo tan rápido que mis ojos no alcanzaron a captar ningún rasgo de su cara, su color de piel o detalle de su vestimenta. Eso tengo que reconocerlo. Fue muy hábil y fácilmente competiría con David Copperfield o cualquier otro ilusionista en un acto para desaparecer objetos.

La primera reacción fue iniciar la marcha pero no podía. Había carros por todas partes, adelante, al lado, atrás. Pitaba desesperada para que los carros de adelante se movieran, como si ellos supieran de mi urgencia. Pero no logré nada. Estaba atrapada entre el tráfico. Eso me generó una sensación de impotencia y vulnerabilidad enormes. Ahora con el vidrio destrozado entraba el viento, hacia mas frío que nunca y me sentía expuesta a cualquier peligro. Tenía miedo de que el ladrón estuviera todavía por ahí y quisiera seguir robando o que me quitara el carro. Tuve la reacción instintiva de buscar el celular para pedir ayuda pero me acordé que estaba en la cartera. Se lo había llevado el ladrón con todas mis cosas. Miré alrededor y vi a la gente que iba en el bus en el carril de la izquierda. Era un contraste impresionante. La ciudad se veía en calma, la gente seguía en sus asuntos, probablemente sin haberse dado cuenta de lo que me había pasado. Mientras tanto yo en mi carro sentía como si un tornado acabara de pasar. A mi lado vi a un señor en un Wolkswagen y no se por qué se me ocurrió pedirle que bajara el vidrio para que me ayudara. Le conté que me habían robado que si podía llamar a mi esposo desde su celular. Me dijo que sí pero que me parqueara a la entrada del hotel. Pero cuando el semáforo cambió a verde pensé que ya habría tiempo de llorar. Lo importante en ese momento era bloquear todas las tarjetas. Hundí hasta el fondo mi pie sobre el acelerador y en lugar de continuar hacia mi casa regresé a la oficina. Estaba más cerca y en ese momento la prioridad era asegurar que el ladrón no tuviera acceso a mis cuentas.

"Eso le pasa a todo el mundo"

Llegué temblando a la sala de redacción y un grupo de compañeros me ayudaron a llamar a los bancos a bloquear mis tarjetas y a desactivar la línea del celular. Yo sola no hubiera podido hacerlo porque estaba tan impresionada que no me acordaba de los números de las cuentas. No podía pensar. Ni siquiera podía hacer un listado de las cosas que llevaba en la cartera. Cada una de mis compañeras llamó a un sitio y así logré poner a salvo mi plata.

En esos momentos uno está aturdido y no se da cuenta del impacto. No podía darme el lujo de tener rabia. Eso vino después. En ese momento temblaba y no salía del asombro. Me preguntaba ¿A qué horas me sucedió todo? ¿Por qué me pasó esto?

Me di cuenta que cada vez que contaba mi historia a alguien, esa otra persona me contaba una similar o peor. "A mi me metieron en el baúl", "A mi me pusieron un revolver en el pecho y me robaron 8 millones", "A una amiga le quitaron el carro", "Eso le paso a fulanita pero a ella la cortaron con los vidrios porque intento forcejear con el ladrón". Incluso a una misma persona le había sucedido el mismo atraco varias veces.

Además de enterarme que ser robado en Bogotá era lo más común, sentía que tenia que alegrarme porque ninguna de esas terroríficas historias me había sucedido a mi. Mucha gente me decía "eso le sucede a todo el mundo" o "menos mal no le pasó nada" Pero si me robaron, pensaba yo. Me robaron, me robaron. ¿Eso no es suficiente?

Lo increíble es que no. En una ciudad donde hay tantos robos, uno más no genera alarma. Ese delito tan violento, tan agresivo, que me dejó temblando, debo clasificarlo en el archivo de anécdotas curiosas, como seguramente ha hecho el resto de personas que han sido atracadas por la calle. Mi robo es tan común que genera solidaridad y preocupación pero no indignación.

Dos horas después aún estaba petrificada del susto, el mundo me parecía un lugar muy inseguro para vivir y me daba miedo salir a la calle. Un compañero me llevó a la casa y una vez allí, a medida que me fui tranquilizando, me empezó a dar rabia. Cuando pensaba que alguien estaba revisando mi billetera me daba una ira terrible. ¡Con qué derecho un desconocido se metía a hurgar entre mis cosas! Es una sensación de violación de la intimidad que no se como describir. Era como tener mi vida en manos de un extraño. Esa noche y las siguientes tuve pesadillas. Me soñaba que me perseguían o que me hería las manos con vidrios. Me levantaba en seguida y quedaba como un bombillo, sin poder conciliar el sueño durante horas. Era un síntoma de estrés postraumático.

A recuperar la identidad

En resumidas cuentas con mi bolso desaparecieron una cartera de cosméticos, el celular, la billetera (con 50 mil pesos, aproximadamente) y todos los documentos, desde la cédula hasta la tarjeta de cliente de Pomona. Yo no sabía cuál pérdida era la más importante. A veces me daba tristeza y rabia que me hubieran robado una libreta pequeña donde apunto ideas, temas que me interesan, frases que me gustan o libros que quiero comprar. Es algo que sólo tiene valor para mí. Pero también me daba furia perder mi celular, que era como una navaja suiza porque tenía de todo: cámara, reloj despertador, radio, linterna. Y sobre todo, el directorio de teléfonos de contactos para el trabajo. Y ni hablar de mis papeles. Sólo pensar en sacar la cédula y el pase ya me daba depresión. Además no tenia un peso porque todas mis cuentas estaban bloqueadas y para reactivarlas se necesita un documento (adivinen cuál): La cédula. En Davivienda me dijeron muy diplomáticamente que creían que yo era quien decía ser pero por seguridad tenían que traer ese documento de identidad o la contraseña de la Registraduría Nacional donde indicara que esta en proceso de re expedición. Me sentía una N.N., sin papeles, ni plata.

Por eso lo primero que hice al otro día fue poner un denuncio en un camioncito que tiene la policía en la 85 con 15. En un formulario que me entregó el policía de turno apunté la lista de documentos que me habían robado. El papel sirve para que uno pueda tramitar la cédula e ir recuperando la identidad. En todas partes es un requerimiento. Pero en ningún momento es para recolectar información o llevar estadísticas. Muchos de los robos son invisibles para el estado. Es como si nunca hubiera pasado porque la gente no los denuncia formalmente. Eso es algo que debería hacerse solo por contribuir a tener estadísticas reales. Cuando fui a la Policía a indagar sobre este tipo de delitos y me dijeron que los atracos callejeros había disminuido este año en Bogotá, no les creí. Es posible que yo esté equivocada. Pero la sensación que tengo que es todos los días roban y mucho. Lo que pasa es que la gente no denuncia. Le creo más a un taxista que asegura que han aumentado por que hay más dinero circulante y la gente para evitar los impuestos del 4 por mil lleva su dinero en la cartera. Un dato habla por si solo. La señora que me atendió en Comseguro, la empresa de Comcel que asegura los celulares me dijo que a diario a esa oficina llegaban 120 reclamos de celulares robados.

Profesión ladrón

Cuando hablaba con la gente lo que percibía es que el robo es el pan de cada día. En los últimos 15 días le he preguntado a todos los taxistas que encontré sobre este tipo de atraco y todos me dieron al menos un caso. Algunos habían sido testigos de ese tipo de robo y uno de ellos atrapó a un ladrón que ya emprendía la fuga con la cartera de una señora. También le pregunté a todas mis amigas. A una le han intentado quitar la cartera, y los espejos y las copas del carro en varias oportunidades en los últimos cinco meses, casi siempre en la ruta del trabajo hacia su casa, en la calle 100 entre carreras 15 y Autopista. Un amigo suyo le sugirió que vendiera el carro. Otra amiga me dijo que había caído en ese robo una vez. Luego volvió a ver al ladrón en el mismo sitio donde la habían atracado. Estaba en un semáforo esperando a una nueva víctima. Otra me contó algo alucinante. El ladrón, en una actitud descarada, se recostó contra el carro y sin pena pasó revisando tranquilamente el interior del vehículo desde fuera, milímetro a milímetro. Los dos eran conscientes de lo que pasaba. Ella, de que él quería robarla y él, de que ella se percataba de sus intenciones. Como no encontró nada se fue a buscar un botín en otro lado.

El silencio de los inocentes

Otro asunto que me sorprendió cuando le relataba mi historia a la gente es que en este país los ladrones son inocentes. Como en las películas policíacas con final sorprendente, uno es el culpable. La gente me decía: "Para qué dejó el bolso en la silla", "¿Cómo no se le ocurrió colocar la cartera en la baúl?", "¿Por qué no tenía los vidrios con película antirrobo?" Pues si. Yo soy culpable de mi robo por no llevar mi cartera encadenada al timón o escondida en el foso de la llanta de repuesto. Ser mujer, andar sola por las calle y dejar el bolso en el asiento del copiloto es mi falta. Todas esas variables juntas fueron equivalentes a ponerle al ladrón un anuncio a cuatro columnas con el mensaje: róbeme.

"Ellos tienen las de ganar", dice el mayor Anibal Ortiz, jefe del grupo investigativo de patrimonio económico de la Sijin. Los atracadores callejeros son jóvenes entre los 14 y 22 años, desocupados que no conocen otro modo de vida. La experiencias les dice que atraparlos no sirve de mucho porque el juez en 10 minutos los suelta. Ahora con el nuevo código de justicia penal acusatorio estos jóvenes no pueden ser procesados.

Por eso el hurto calificado como lo llaman ellos es un negocio redondo para ellos. Cuando alcanzan la mayoría de edad, contratan a otros adolescentes para seguir delinquiendo tranquilos. Me contó que hay familias enteras que se dedican a esto. Otro factor que incide, según el mayor Ortiz en los robos es la falta de policías. Señaló que habían sólo 10 mil para una ciudad de 7 millones de habitantes. Las cámaras que se han instalado en diferentes lugares públicos han dado resultado. Pero en la medida en que se controla una zona ellos se van para otros sectores. Ahora las de mayor incidencia de hurto son Suba, Usaquén y Kennedy. Hace cinco años era el centro "pero ahora con las cámaras lo piensan dos veces". Es un problema social, según Ortiz. Los ladrones no tienen oportunidades. No han estudiado ni consiguen trabajo. Me imagino que el robo es la manera de repartir las riquezas en una sociedad donde la mayoría de personas vive en pobreza absoluta y no hay oportunidades de trabajo.

El modus operandi

En el momento del robo nunca vi cómo lo hicieron pero después de hablar con taxistas, mujeres, psicólogos, y policías pude reconstruir lo que me pasó. El arma es una bujía, una parte del motor que está hecha de hierro y tiene una punta afilada. Con la punta los ladrones rompen el vidrio. A veces el ladrón actúa solo. Se ubica en un semáforo o en una calle congestionada. Aprovecha que los carros están casi estacionados y atrapados en ese río de latas para ir caminando entre ellos buscando la victima perfecta: la mujer sola, con algún paquete o maletín a la vista. A veces trabajan en equipo y uno le hace señas al otro sobre la victima perfecta. También usan el viejo truco de golpear en una ventana para que el conductor se voltee. Cuando lo hace el otro rompe el vidrio y saca la bolsa en cuestión de segundos. Las estadísticas de la Sijin sobre atraco callejero muestran que los ladrones no madrugan. La hora pico de los atracos es entre 1 y 3 de la tarde.

La vida paranoica

A los cinco días del robo me llamaron a la oficina para decirme que habían encontrado mis papeles. Recuperé todo excepto las tarjetas de crédito. Comcel me repuso el celular, mis cuentas fueron desbloqueadas y mi vida volvió a seguir su curso normal. Pero una cosa cambió. Cada vez que estoy en un semáforo me pongo en actitud vigilante, miro por los tres espejos y por las ventanas a ver si veo algo sospechoso. Creo que ingresé al grupo de personas que viven temiendo que algo malo puede suceder. Puse la famosa película de seguridad en todas las ventanas lo cual no permite que el ladrón meta la mano aunque logre romper el vidrio. Me recomendaron nunca dejar objetos a la vista mientras esté manejando. Otra compañera me sugirió no salir a horas pico sino cuando el trafico este más suave para no tener que detenerme mucho tiempo en trancones. Eso es lo que una persona puede hacer de su parte para evitar que le pase lo mismo. Lo demás es suerte.
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