Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/11/28 00:00

El soldado. “¿Para qué esta ciudad, sino tengo mis piernas?”

Dagoberto, un soldado campesino de Antioquia, perdió sus dos piernas por causa de una mina antipersona. Su sueño era conocer Bogotá.

El soldado. “¿Para qué esta ciudad, sino tengo mis piernas?”

“Siempre quise conocer Bogotá, con mi novia y mi familia. Y ahora que estoy frente a ella, en un hospital, en una silla de ruedas, ya no me importa; ya no quiero saber nada de ella. ¿Para qué esta ciudad, sino tengo mis piernas? Es por culpa de la guerra y de esa maldita mina que ahora estoy acá.

Cuando la mina destruyó mis piernas, lo que más me gustaba era la salida del sol; el sol era como la vida. Pero cuando se hacía de noche era terrible, porque sabía que ya no me vendrían a visitar. Mi familia y mi novia no son de acá. Ella venía algunas veces, pero cada vez se demoraba más en volver. Y entonces llegaba la noche y me daba terror. A las 3 de la mañana, con todo en silencio y sin poder dormir, todos los recuerdos se me venían a la cabeza; como si fueran moscas, para matarme.

Fue prestando mi servicio militar que una mina me levantó. Nunca había sentido algo así: me elevó por los aires y ahí me quedé. Fue una sensación de mucha libertad: no me pesaba nada, no me dolía nada, sólo volaba y volaba. Cuando me desperté, estaba tirado en el pasto. Mis lanzas me prestaban los primeros auxilios. No me podía mover y sólo oía gritos a mí alrededor. Después, comencé a sudar y sudar. “No se duerma, jueputa, no se duerma, que sino se muere”, me decían mis lanzas. Pero yo sentía que me iba, que algo más fuerte que yo me llevaba.

No sé cuánto tiempo pasó, ni cuánto duré dormido o muerto. Cuando volví en mí y me vi mocho, sin mis dos piernas, me quise morir. Durante 19 años tuve mis piernas, y ahora sólo era un pedazo de hombre. Quería salir, quería correr, pero no podía. No sabía si era cierto lo que me estaba pasando, si era una pesadilla. ¿Dónde quedaron mis piernas?
Pasaron los días y las semanas. Soñaba que me levantaba y caminaba. Pero al despertarme, sólo quedaba el fantasma de mis piernas. Es muy duro sentirlas todavía, que rascan, que pican. Y cuando me voy a rascar, pues mis pies ya no están.
Con el paso del tiempo, he aprendido a conocer este hospital. Ahora, diferencio los días de la semana por la comida que me dan. No puedo ni ver la carne: me acuerda del olor a chamusquina que quedó en el aire, después de mi accidente”.

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