Lunes, 23 de enero de 2017

| 2007/11/28 00:00

Él también es Colombia

Pablo Emilio Obando cuenta la historia de un “adolescente que recorre las calles de Pasto, es golpeado por las autoridades y se alimenta de excrementos y de basura”. Su objetivo final es llamar la atención del Estado para que no lo ignore y se encargue de su cuidado.

Él también es Colombia

Este demente adolescente recorre las calles de Pasto (Nariño). Es golpeado por las autoridades, se alimenta de excrementos y de basura, muestra sus genitales y anda con la mirada perdida.

Lo he visto durmiendo en las frías calles de nuestra ciudad, protegido tan solo por unos harapos que cubren su triste humanidad. Por toda riqueza posee un viejo pantalón; roto, sucio y desaliñado que sujeta con sus manos permanentemente. Debe tener unos veinte años.

En algunas ocasiones lo he visto de la mano de un policía amigo quien compadecido de su locura le brinda un par de zapatos viejos o un café con algunos panes. En otras ocasiones lo he visto llorando cuando el mismo policía cubre cu cuerpo con el garrote y las patadas como único recurso de invocación a su locura. Lo he visto tirado y humillado, resplandeciendo en el suelo como un rayo de sol ensombrecido. Lo he visto cantándole a la luna y sintiendo que sus noches son los únicos posibles días que amanecen en su mente. Lo he visto hombre y lo he visto bestia. Lo he visto con indiferencia, con pena, con ternura, con asco, con rabia o con desesperación.

Como a cualquier ser humano lo he visto temblar de miedo, de frío y de sentir en carne propia el desprecio de los seres humanos que ante su presencia nublan su vista para mirar el espejismo social de la otra Colombia. Lo vi hace pocos días tirado en cercanías de nuestra Catedral, ante el paso inclemente e insolidario de los cientos de ciudadanos que obligaban a sus pasos a desviarse con la tonta y presuntuosa intención de desvanecer la realidad urbana a la que nos hemos condenado. Y como un vil delincuente fue arrastrado de sus piernas por unos furibundos ciudadanos que no podían permitir la presencia de un gamín-demente en nuestra ciudad teológica y cultural. Pero lo he visto.

Quienes parecen no verlo son los funcionarios de la Alcaldía Municipal, de Defensoría del Pueblo (¿existe?) , del Hospital San Rafael o de las tanta entidades encargadas de velar por el bienestar de los colombianos. Ellos parecen no verlo, o fingen no verlo en su espíritu burocrático y navideño. ¿Donde está ese Estado que está obligado constitucionalmente a proteger especialmente a aquellas personas que por su condición económica, física o mental, se encuentren en condiciones de debilidad manifiesta? Todo indica que es una simple mentira, una vulgar fantasía de unos cuantos calenturientos constituyentes, que no tuvieron alternativa diferente a llenar las paginas en blanco de una nueva farsa constitucional, para que unos cuantos despistados maestros de escuela enseñen a los niños a recitar maquinalmente que en Colombia existen y se respetan los derechos humanos.

Él es colombiano y como tal debe ser amparado y protegido por las autoridades competentes. Su condición mental exige que el Estado le brinde la protección y la atención necesarias.

Ante semejante espectáculo dónde quedan los principios constitucionales; dónde la justicia social; dónde el sentido cristiano del amor y la fraternidad. Él también es Colombia, merece respeto, atención medica y siquiátrica. No dejemos solo a este muchacho en medio de su dolor; no lo abandonemos a su suerte... Tendámosle la mano como una manera de reconciliación social. No queremos mirarlo más en nuestras calles abandonado a su triste suerte. El también es Colombia y como tal con los mismos derechos que la Vida y la Constitución nos consagran a todos...

Señores dueños de las entidades estatales: que en esta navidad que se aproxima el mejor regalo a su Niño Dios sea la compasión por ese miserable ser humano que necesita con urgencia atención medica y nutricional. Sé que ustedes también lo han visto, aunque sus ojos se han tornado grises cuando su reflejo se dibuja en su pupila endurecida por sus mezquindades. Él también es Colombia y sus derechos son los mismos que tiene usted o que tengo yo.

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