Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/02/02 00:00

¿El último de los patricios liberales?

Esta semana se cumplen 100 años del nacimiento de Carlos Lozano y Lozano, quien pasará a la historia como el último liberal de corazón y convicción que trabajó por el país. El ex viceministro de Justicia, Carlos Enrique Cavelier, le rinde un homenaje.

¿El último de los patricios liberales?

Se cumple esta semana el 100 aniversario del nacimiento de Carlos Lozano y Lozano.

Lozano es un personaje poco conocido hoy ante una opinión convulsionada por el presente y por ello desmemoriada de su pasado. Lozano vivió en la primera mitad del siglo XX.

¿Quien era Lozano? Una pregunta paralela que hace sentido para contestarla es ¿cómo eran la ética y el comportamiento en la Colombia de la República Liberal, y a qué se atañían quienes regían la intelectualidad y la política? Lozano consideraba sencillamente que "un ciudadano culto de un país como el nuestro tenía deberes con la sociedad y que cada cual tenía que servir de una manera más directa que en naciones de larga historia y de inmensa riqueza mental". Y añadía, "todo el que tenga alguna estética de la personalidad tiene que entender la vida como un deber"

¿Quién podría vivir hoy en nuestra banal sociedad de consumo ante semejante aserción? Carlos Lozano perteneció no a otra época, sino a otra era, al parecer tan distante como la de piedra a la de bronce, como Platón de Marcuse, o como Mendelssohn de The Sting.

Pero sigamos con la pregunta de ¿quién era Lozano? Pasando por el torrente innumerable de estudios y cargos, propios de la vida de los patricios. Lozano conoció en la niñez apenas poco más que las cuatro paredes de la biblioteca de su padre, y se graduó de bachiller a los escasos 14 años, y de abogado a la edad que sus compañeros apenas empezaban la carrera; con Jorge Eliécer Gaitán, brillante estudiante de derecho penal de Ferri. Fue el primer gobernador liberal del Tolima a los 24 años, durante el gobierno de Olaya. Ocupó casi todos lo altos cargos de una democracia: concejal, diputado, representante, senador y presidente de esas corporaciones. También, ministro casi permanente en varias carteras, incluyendo dos veces la cancillería; embajador en varios países, magistrado, primer designado encargado del poder ejecutivo durante la segunda administración del presidente López Pumarejo.

Si miramos hacia atrás y en las condiciones de nuestra nación, a los 100 años del nacimiento de Carlos Lozano, un siglo es más de la mitad de nuestra vida republicana. Pero ante la creciente velocidad del cambio y ante el torrente de acontecimientos ocurridos en el país desde ese entonces, ese tiempo pudiera verse en otros momentos como doscientos o trescientos años.

Dos hechos fundamentales han abarcado el cambio en la faz de Colombia desde que vivió Carlos Lozano: la urbanización y el narcotráfico.

El primero ha hecho crecer el país casi tres veces en población y más de cuatro en ingreso total, volcando la gran mayoría de esas personas y recursos sobre las ciudades -todas irreconocibles para el colombiano de 1950, cuando nos dejó Carlos Lozano. Gracias a esa concentración en espacio se han logrado, en un proceso simbiótico, cambios substantivos en acceso a la educación, los servicios públicos y el empleo de nuestros compatriotas, lo que ha aliviado de manera crítica la forma como llevan su vida.

El segundo, el narcotráfico, nos invadió con nuestra complacencia como una dulce manzana envenenada y bajo la mirada indiferente de la comunidad internacional, cobijada con egoístas teorías inquisidoras sobre el problema. Este, más que variar nuestra geografía de habitación, nos cambió radicalmente la geografía de nuestros valores alimentando hasta la obesidad, como solo en los lugares más inhóspitos de la tierra, grupos armados nacidos en la época de la violencia y en la ya remota era de la guerra fría.

Nuestro propósito en esta conmemoración debe ser entender las lecciones que nos dejó Carlos Lozano en su ética, en su personalidad, en su motivación ideológica como hombre público.

El desorbitante choque causado a la humanidad por la era industrial, y magníficamente expresado por Chaplin en Tiempos Modernos, nos debiera parecer menos que una pamplina comparada con el cambio a partir de la visión de Lozano a la hoy cotidiana búsqueda del último chéchere de relax, cocina u oficina en la ratonil carrera del consumismo.

¿Dónde ha quedado entonces el deber de Lozano? ¿O si podemos parafrasear de nuevo a su coetáneo Echandía, el deber para qué? ¿Para aumentar los ingresos que aumentan la compra de bienes y así mismo en sucesión circular infinita?

El cultivo de la personalidad hoy es absolutamente accesorial -si cabe el término: el auto, la casa, la joya, o en plural: autos, casas, joyas. No podemos decir que Lozano, que escogió no tener en propiedad ni auto, ni casa, ni siquiera nevera propias, fuera un ermitaño de gruta, pero revelaba en cada postura, en cada ademán, en cada mirada, en cada frase que si hubiera detentado posiciones en bolsa, las hubiera liquidado para gastar en conocimiento y en reflexión intelectual al servicio de otros.

Dijo García Peña hace una treintena de años: "Carlos Lozano no estaba constituido para esa cruenta lucha política, sino para el ejercicio intelectual de las ideas". Era Lozano entonces un intelectual en lo público y no sumido como la gran mayoría de ellos entre los muros de un claustro universitario o las paredes forradas de libros de una biblioteca. Y en ese intelectualismo público, él mismo se declaraba "un liberal empecinado, tranquilamente ineludible"

El liberalismo fue para Carlos Lozano más que una razón de ser y de vivir como guía para el comportamiento personal y político, una ideología con plena prevalencia en su tiempo, digna de ser ejercida frontalmente. Desde la llegada de las ideologías podemos decir que los hombres dejaron de agruparse en clanes, rompiendo así tal vez la más antigua forma de organización política, creada en el neolítico por la necesidad de supervivencia propia.

El liberalismo como ideología fue para Lozano lo que el sexante para Vasco da Gama. Hoy, muchos de los que se dicen liberales lo hacen por las mismas razones de aquel clan neolítico, de manera a proteger un modus vivendi de "c.v.ys" y falsos honores; la ideología liberal que los alumbra en su accionar les sirve tanto como el sol de Bruegel a "Los ciegos que guían a los ciegos".

Como lo dijera Alfonso López Pumarejo en elocuentísima intervención en el teatro Colón antes las juventudes liberales en el '46', la disolución ideológica liberal empezó al arroparse el conservatismo con las ideas del partido contendor. Pero en el proceso de reinventar nuevos postulados para la nación surge Sitges, para dar la estocada final y ser así el único en poder reclamar la paternidad del pecado original que desembocó en la operación avispa.

Permanece hoy sin embargo en la nación el espíritu liberal, instaurado por López, Santos, Echandía, los Lleras y los Lozano y Lozano: de allí nuestro muchas veces llamado 'tonto' y hasta 'cínico' espíritu de tolerancia, nuestro apasionado arraigo a la participación, nuestra constante rebeldía interna producto del apego a la autocrítica reflejada desde el MRL y el Nuevo Liberalismo, nuestro amor desenfrenado por la educación como herramienta de avance profesional pero también como instrumento que enaltece el espíritu, nuestra integridad intelectual y por ende moral. Permanece igualmente dentro de ese espíritu liberal nuestro sentimiento de poder crear una gran nación, pero -abro comillas para citar de nuevo a Carlos Lozano en las notas que hace su hermano Juan- "no una con la complacencia altanera y despótica con que algunas nacionalidades poderosas exhiben ante el mundo superioridades providenciales de raza, de cultura".

La lista es literalmente interminable, y solo un extenso estudio arqueológico-cultural de la nacionalidad colombiana podría develar la estructural importancia de los fundamentos liberales en ella.

Ante las dificultades impuestas por la transformación urbanística -de la que solo Bogotá se repone- y ante la masacre física y moral del narcotráfico, Carlos Lozano nos deja como herencia su memoria como una lámpara diogeniana, como el grillito de conciencia que nos golpea a cada uno en el corazón para ayudarnos a mantener el curso.

El espíritu guerrero de uno de los llamados últimos patricios liberales, Carlos Lozano y Lozano, expresado en la plaza pública y en el recinto del Congreso no con otras armas que el razonamiento intelectual a través de la elocuencia, se resume en una frase de un escrito suyo publicado por el Comité Liberal de Magangué en 1938: "Más vale vivir un día la vida de los leones que 100 años la del rebaño de las ovejas".

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