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| 12/7/2007 12:00:00 AM

El único turco noble de San Fernando

Fabio Meza le rinde un homenaje a Salvador Abdala, el hijo de un árabe que se ganó la admiración de los estudiantes de su generación por su “vasto conocimiento de lo habido y por haber”.

Cuando mi profesora de cuarto de primaria, la siempre recordada y bella Amanda Jiménez Lobo, nos dejaba tareas de la asignatura de sociales, nosotros no nos preocupábamos tanto. Cuando llegábamos a nuestras casas, le decíamos a nuestros padres:”tenemos una tarea de sociales”. Ellos, sin ponerse de acuerdo, nos respondían lo mismo a cada uno de nosotros: “almuerzan, se reposan, se bañan y van donde el señor Salvador Abdala que les haga el favor de ayudarles”.

Sinceramente no se qué hubiera sido de nuestra generación si en San Fernando (Magdalena) no hubiera estado el señor Salvador Abdala, una persona sencilla, respetuosa, con un vasto conocimiento de lo habido y por haber, que sabe más de lo que aparenta, para nada adulador, apasionado lector, inquieto por aprender cosas nuevas y preocupado por saber qué estaba pasando más allá de la poza del Papayo, de la Cieneguita, del caño Viejo y del arroyo el Chorrito.

Yo creo que llegó a San Fernando siendo todavía un niño. Allí se hizo un hombre de bien. Su padre, como buen árabe, era negociante y abrió una tienda donde se vendía de todo desde la madrugada hasta muy entrada la noche, en la esquina de una casa amarilla, que era apenas un grano de arena de un inmenso patio que estaba de calle a calle. Desde esa época a esa parte del pueblo se le conoce como “el callejón de los Turcos”. El señor Salvador era el encargado de vender, porque antes el puesto lo tenía el señor Abraham, su hermano, pero casi arruina la tienda al cambiar todo de lo que allí se vendía por una noche de consuelo de alguna hermosa mujer.

Al señor Salvador Abdala lo recuerdo siempre como lo conocí en mi infancia: detrás del mostrador hecho con tablas sin cepillar, multiplicándose para atender a su clientela, vestido con un pantalón corto de pana gris y una camisa guayabera blanca sin abotonar, por culpa del calor infernal que todavía nos acompaña, siempre custodiado por un afiche del doctor Alfonso López Michelsen en plena campaña electoral que está en lo alto de los armarios a pesar de tanto tiempo.

Cuando la atención a los clientes le daba un suspiro, el señor Salvador, como buen liberal, buscaba a alguien que le hiciera el favor de escucharle su tesis de por qué “el pollo vallenato” debía ser presidente. Si por casualidad a su tienda llegaba un conservador, la discusión se ponía interesante y el señor Salvador sacaba a relucir todas sus armas intelectuales.

La primera vez que mis padres me mandaron donde él para que me ayudara con una tarea de sociales, me impactó su caligrafía preciosa, de trazos parecidos a los de un pentagrama. Escribía como si quisiera que la vida se le fuera en cada letra que hacía. Esa tarde me miró por encima de sus gafas veteranas sin dejar de atender a las personas y me dijo una a una las respuestas de mi cuestionario. Al final me preguntó que si eso era todo. Le dije que sí y me respondió:”le falta una”. Era verdad. Luego, sin dejar de sacar cuentas sobre el cartón donde antes venían las docenas de cigarrillos Piel Roja dijo que anotara, “Ministra de Comunicaciones: Nohemí Sanín, Conservadora, de Antioquia”. Todo esto lo hizo mientras le vendía un cuarto de panela a la señora Ana, la esposa del señor Cesáreo. Luego me dijo: “Dígale a la señora Rita que ya llegó el petróleo”. La señora Rita era mi abuelita, que hace poco falleció y a la que llevo siempre prendida en mi corazón.

Salí de allí sin darle las gracias porque me llamó la atención que el Señor Cesáreo estaba furioso con su esposa que se demoraba con la panela para endulzar el café y la tuvo que ir a buscar a la tienda. En la puerta de la tienda del señor Salvador, el señor Cesáreo le gritó rabioso a su esposa: “Apúrate, carajo, te voy es a dar un al revés con el filo de la mano que vas a caer hecha picadillo allá en la orilla de la Cieneguita lista para que te coman los puercos”.

Hace pocos días le pregunté a mi hermana Isyoli por el señor Salvador. Me respondió que era el secretario de una fundación recién creada en el pueblo para fines sociales. Me parece que es el oficio preciso para él, ya que siempre ha tenido en los libros y los periódicos a sus más grandes y leales amigos.

Una mañana de marzo con un primo, en la finca Batatal bajo uno de los tantos árboles de Guásimos que hay allá, estábamos conversando, tratando de buscarle un sentido a nuestras vidas, y sin venir a cuento me dijo, claro, conciso y preciso, como todo lo que él hace y dice: ¿tu no crees que el señor Salvador Abdala es el único turco noble de San Fernando?

De eso hace mucho tiempo, y hoy que deseo darle las gracias a ese respetado y a veces ignorado personaje, por hacerme el gran honor de ayudarme a quedarle bien a la seño Amanda con mis tareas de cuarto de primaria y a vislumbrar con su sabiduría un horizonte diferente.

San Fernando, Magdalena. Junio de 2007

***

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