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| 3/26/2008 12:00:00 AM

El visitante

Jairo Fernando Castillo cuenta cómo su rutina laboral cambió un día, cuando “un drama humano de infinitas magnitudes ocurrió en mi edificio por cuenta de quien jamás supe nada, ni sabré nunca, salvo el color de su ropa y la firmeza de su decisión”.

La rutina de llegar, trabajar y salir de mi oficina se vio trastocada un día. Aquí les va mi historia:

Hace diez años trabajo en el Edificio del Centro Administrativo de la Cámara de Comercio de Pasto. Allí conozco a casi todos los propietarios de las demás oficinas. Con algunos me saludo rutinariamente. Pero no me fijo en los que van de paso.

Pero toda esta rutina cambió un día de diciembre de 2007. Tuve problemas para entrar a mi oficina y me dijeron que algo había sucedido. Estoy acostumbrado a que por cuenta de políticos, empresarios, grados (de distinta índole), exposiciones y celebridades locales y nacionales se nos restrinja la entrada a nuestras propiedades. Pero ese día fue diferente.

Un hombre del cual nunca jamás supe nada, rondo como un fantasma los pisos mas altos del edificio (si, las personas en las cámaras de seguridad nos vemos como fantasmas carentes de toda esencia). No buscaba abogados, médicos odontólogos o esteticistas, ni tampoco asistir a un evento social. Solo quería acabar con sus días.

Ahí estaba, tendido en la terraza de uno de los pisos inferiores. Había logrado su cometido. Ese día un drama humano de infinitas magnitudes ocurrió en mi edificio por cuenta de quien jamás supe nada, ni sabré nunca, salvo el color de su ropa y la firmeza de su decisión.

Hoy fácilmente identifico a los visitantes, pues la administración del Edifico, en una sabia y eficaz decisión, concluyó que darle escarapelas a los visitantes evitará que éstos se suiciden.

***

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