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| 8/8/2008 12:00:00 AM

Emociones mínimas

El momento en que mejor se refleja el espíritu de hermandad universal de los Juegos Olímpicos es durante el desfile de las delegaciones. Por Eduardo Arias

En principio, el desfile de atletas es lo menos emocionante de la inauguración de unos juegos olímpicos. Las delegaciones desfilan mientras saludan al público, sonríen y se van. Es una escena obvia, previsible, muy poco elaborada, que hoy se repitió 203 veces. Carece del esplendor de las coreografías que ofrece el país anfitrión o la emoción que embarga a media humanidad cuando llega el momento de encender el fuego olímpico.

Sin embargo, es en ese desfile inaugural donde se cumple a cabalidad el principio de hermandad que le dio origen en 1896 a los juegos olímpicos modernos. Las banderas aparecen, una tras otra, en cualquier orden. Importa poco si representan a potencias deportivas o económicas o a minúsculas repúblicas. Si por esos países compiten cientos de atletas o apenas un puñado de deportistas. Es un momento en el cual todas las naciones del mundo, así como todos los habitantes que representan esos deportistas, están en un mismo plano, en un mismo nivel.

Emociona, sobre todo, ver aparecer delegaciones de tres, cuatro, siete atletas, que representan a naciones y territorios autónomos con los que uno se tropieza muy de tarde en tarde cuando mira un atlas. Comoros, Cabo Verde, Islas Cook, Tuvalu, Samoa, Lesotho, Islas Salomón... Ellos se presentan con sus trajes típicos, le muestran al mundo entero cómo son los rasgos típicos de sus habitantes.
También emociona ver las delegaciones de países que sólo son noticia por tragedias humanitarias, hambrunas, desastres naturales. Emociona ver sonreír y saludar a los de Somalia, Sudán, Bangla Desh, tener aunque sea la breve certeza de que en esos territorios que los medios convierten en sinónimos de guerra y muerta también nacen y crecen deportistas, y con ellos la esperanza de que vale la pena luchar por un mundo menos terrible e injusto.

Pequeño gran detalle, ver a los atletas sudafricanos, blancos y negros, en ese caótico amasijo de risas y abrazos, que rompía con todas las reglas de protocolo que impone un desfile. Esa sola imagen pagaba por ver completo todo el desfile.

Emociona ver en la mirada de estos atletas de Islas Vírgenes, Guinea Ecuatorial, Belice, Islas Maldivas, Seychelles, el orgullo que sienten por estar presentes en ese desfile, a sabiendas de que sólo un milagro les permitirá acceder a una final o al podio de los vencedores. Países que, una vez comiencen las competencias, volverán a ser invisibles cuando toda la atención se centre en la disputa entre China, Estados Unidos y Rusia por la supremacía. En las superestrellas que vienen a ganar más medallas que Mark Spitz, que Jesé Owens, que Nadia Comaneci. En los atletas encargados de pulverizar récords. En los países que aprovechan la vitrina de los juegos para mostrar la grandeza y eficacia de sus fábricas de campeones.

Pero, como siempre, nada puede salir perfecto. En la inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 hizo falta una bandera. Una delegación. Una sonrisa. Un saludo. En el desfile no participó Tibet.

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