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| 4/18/2007 12:00:00 AM

En busca de la Bogotá perdida

Arcadia Libros publica extractos del prólogo que escribió Antonio Caballero para la Guía Literaria de Bogotá que lanzará la Editorial Alfaguara en la Feria del Libro.

N o sé por qué ni para qué me embarqué en esto, si en Bogotá, mi ciudad, no queda nada ya de lo que había cuando aprendí a leer y escribir: los fundamentos de la literatura. La casa de mi infancia subsiste todavía, pero ya sin la biblioteca de mi padre. La convirtieron primero en restaurante típico, y luego en funeraria bajo el nombre de ‘El último suspiro’, o algo por el estilo. No he vuelto por allá. Por delante pasaban los buses eléctricos del ‘trolley’: ya no existen.

Existen todavía los Cerros Orientales. Monserrate, Guadalupe, el Alto del Cable, la Ballena, la Nariz. Desde la cima de Monserrate, desde el atrio del santuario del Señor Caído, se divisa todo Bogotá. Más de lo que uno quisiera. Toda la creciente inmensidad de una ciudad que se ha tragado ya media Sabana y ha corrompido el cielo cubriéndolo de una neblina amarillenta y negruzca de gasolina quemada y humaredas industriales. A lo lejos, a la izquierda, en los altos de los peladeros estériles de Ciudad Bolívar, se ve una mancha de un brillante verde veronés. Parece una laguna cristalina de páramo, plana y quieta, o una laguna venenosa de cadmio o de mercurio, de lluvia ácida. Pero no. Son los plásticos que recubren el botadero de basuras de Doña Juana para que el viento no levante los desperdicios nauseabundos y los riegue por toda la ciudad.

Y sin embargo el espectáculo es muy bello. La ciudad inmensa, cuadriculada de plata y rosa, con el alfiletero de altas torres del centro. Allá abajo, casi a la vertical, la estación de la que arrancan los rieles del funicular y los cables del teleférico que suben vertiginosos rozando las copas de los árboles. (...) Aquí arriba, la iglesia blanca del santuario, que guarda la bella talla colonial de un Cristo cadavérico encerrado en su jaula de cristal sobre el altar mayor. Es posible mirarlo de cerca por unas ventanitas laterales, como un pez en un acuario, adorado por una muchedumbre de promeseros que han subido andando de rodillas y todavía se arrastran como muñecos mutilados por el piso de la nave. Un tañer melancólico de campanas, un cura que abusa del poderío de sus altoparlantes. Paredes tapizadas de mensajes de agradecimiento de fieles a quienes les ha sido concedida la gracia de un milagro. Ostentosos algunos, con el nombre del beneficiario en grandes caracteres labrados en placas de mármol. Modestísimos otros, escritos laboriosamente a lápiz en una hoja rayada de cuaderno de niño de colegio (tal vez el don consistió en con qué comprar los útiles escolares de los niños):
“Gracias por los fabores recividos. Por la converción de mi hijo Alexander. Por mis papeles de recidencia en Aruba”.

Entre los dones otorgados no se cuenta, como se puede ver, el de la ortografía. Tal vez Monserrate no sea el sitio más indicado para iniciar una guía literaria de Bogotá.
Desciende uno entonces al nivel del suelo. Quiero decir, de la ciudad: todavía estamos “2.600 metros más cerca de las estrellas”, como dijo con lirismo “espeso y municipal” un alcalde que hubo aquí.

Bajando a lo largo de las encaladas tapias de adobe de la Quinta de Bolívar se desemboca en la Avenida Jiménez, a la que le han resucitado su enterrado río San Francisco, rebautizado “espejo de agua”. Otra de las innovaciones literarias de los gobernantes capitalinos ha sido la de darles el apelativo importante de “ríos” a los chorros de agua que siempre se llamaron “quebradas”, y que, por otra parte, se han convertido en alcantarillas. Aquí no se conservan ni siquiera los nombres. Siguiendo el espejo de agua, que se descuelga a saltitos, se llega frente al viejo claustro del Colegio del Rosario. Ahí empecé yo a estudiar derecho, como han hecho casi todos los colombianos desde que llegó a conquistar estas tierras el licenciado en derecho (por la Universidad de Salamanca) Gonzalo Jiménez de Quesada. Pero pronto dejé los severos estudios por los billares de enfrente. Tampoco aprendí a jugar billar. Para mí sigue siendo, como la práctica del derecho en Colombia, un puro juego de azar.
No lejos de los billares quedaba la librería Bucholz, en la que robar libros era, literalmente, un juego de niños. Se alzaba sobre la avenida que lleva el nombre del Licenciado, alta y afilada como la proa de un buque. Era entonces una calle llena de buques embarrancados, como si sintiera nostalgia de su antiguo río encajonado y subterráneo: buques en seco, hoy devorados por la herrumbre, como el edificio del diario El Espectador o el del Hotel Continental. Librerías, burdeles famosos, redacciones de periódico, cafés donde se hacían tertulias literarias, como el Automático o el Café Pasaje. Y edificios provisionales, en ese entonces ya de una provisionalidad vetusta, levantados sobre las ruinas de los incendios del 9 de abril de 1948. Esa esquina de la Avenida Jiménez con la carrera séptima, donde en aquella fecha mataron a Jorge Eliécer Gaitán, fue el epicentro del terremoto de violencia que desde entonces no ha cesado de sacudir a Colombia. La violencia ha crecido. Las librerías y los salones de billar ya no existen.
Tampoco existe el Parque Gaitán, ya que menciono al muerto en cuya memoria se llamaba así. Forma parte, sin embargo, de la mía, anterior al billar y a las clases de derecho, y estaba en el otro extremo de la ciudad, que en aquel tiempo era su más extremo norte: hacia la calle ochenta con la carrera quince, en lo que hoy se llama El Lago. Porque, en efecto, entonces había un lago allí. El lago tenía barcas, y se podía remar. Una vez naufragué. El fondo era de fango muy negro, maloliente. Creo que no volví nunca.
A unas cuantas cuadras, o, mejor, a unos cuantos potreros de distancia, quedaba Santa María de los Ángeles, donde durante buena parte de mi niñez pasé muchas tardes y casi todos los fines de semana. Poca literatura ahí: sólo pintura. (...)

Todo eso está hoy lleno de casas, y lo llaman “la calle de los anticuarios”. Hay muchos, en efecto. Casi ninguno sabe que la palabra “antigüedades” que figura en sus rótulos debe escribirse con diéresis sobre la u: “ü”. La ortografía es una antigualla sin valor comercial.
(...)

Del cementerio, por la calle veintiséis adelante, puede seguir uno derecho rumbo al aeropuerto El Dorado, que es el sitio literario fundamental de Bogotá: por él se sale hacia otra parte. A la izquierda se deja el búnker de la embajada de los Estados Unidos. La estatua de Cristóbal Colón señala el camino con el dedo estirado: más allá (plus ultra). Hacia allá van pedaleando los ciclistas de la ciclovía, en medio de las palmas que flanquean el separador de la avenida. Hacia allá van los taxis en largas hileras amarillas. En el edificio del aeropuerto, una advertencia: “No lleve armas a bordo”. Infinidad de policías, probablemente más que en toda la ciudad: se trata de impedir que algún malvado intente llevar drogas al territorio sagrado de los Estados Unidos con la intención de corromperlo. Otra advertencia: “Aliste sus documentos”. Nunca son suficientes los que uno lleva, y para obtener más (impuesto de aeropuerto, impuesto de salida, de aduana, de timbre) es necesario hacer varias colas distintas y simultáneas mientras se va el avión. Hay países a los que no es fácil entrar; de Colombia es además casi imposible salir. No entiende uno cómo han hecho para pasar las trabas y controles de emigración los cuatro millones y medio de colombianos que viven fuera del país. Ni cómo han conseguido luego, llevando pasaporte colombiano, que los dejen entrar a otro sitio. Anuncios de café de Colombia y de aguardiente sin impuestos: los aromas de la patria. Teléfonos públicos que sólo funcionan con monedas hace tiempo salidas de circulación. Y una librería para comprar, de despedida, una guía de Bogotá.
Se abre con un poético saludo a los lectores firmado por el presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez. No resisto la tentación de citar por lo menos una frase: “Bogotá, culta, orientadora del pensamiento nacional, en senda incontenible de progreso, albergue sin llanto, sin egoísmo, de la Nación entera”…
En fin: literatura.
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