Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/02/26 00:00

En el corazón de Tomachipán

El área donde liberan a secuestrados es escenario de la más fuerte confrontación entre la guerrilla y el Ejército.

Nunca se había visto en Tomachipán semejante despliegue de fuerza de uno y otro lado, ya no se puede ni dormir.

Alguna vez el ex general Manuel José Bonnet predijo que “en los territorios donde se ubica lo más espeso de la selva en los Llanos Orientales de Colombia se tendrá que librar la más dura de las batallas”, en donde además se dice que quienes se encuentran privados de la libertad caminan y caminan como judíos errantes, mientras los rebeldes luchan por esconderlos, y los militares junto con la Fuerza Pública por encontrarlos.

En este vasto territorio se encuentra el municipio de Tomachipán, un municipio ubicado a 160 kilómetros de San José del Guaviare, donde según cuenta un habitante de la zona, cuando a Villavicencio llegaron los delegados internacionales que se aprestaban para recibir a quienes iban ser devueltos a la libertad el pasado 28 de diciembre, en Tomachipán se vive una guerra sin cuartel, y se escuchan voces de quienes dicen que están dispuestos a detener las operaciones militares, mientras otros aseguran que estas no cesan. Lo cierto es que mientras las Fuerzas Militares terminan su asentamiento, luego de su llegada el 28 de diciembre de 2007, después de 10 años de abandono a la región, muy cerca de donde se cree entregarán a los secuestrados, la guerrilla envía emisarios diciendo que ellos no se van a ir.

La zozobra es latente, allá no existe mucho dinero, todo se maneja con la coca, es con lo que se compra, se vende y se vive bien mientras se mantenga el jefe a quien se debe obedecer, porque al llegar su rival, la situación económica se complica, la que uniéndose a la seguridad que se supone ofrecen los miembros de la Fuerza Pública, se pone peor aun, tal como sucede desde el 30 de diciembre cuando los combates volvieron a su punto más álgido y los bombardeos retumbaban, mientras los habitantes del pueblo y veredas cercanas no se atrevían a asomar la cabeza, debido al pánico que les producía los cruces de las balas. “Nunca se había visto semejante despliegue de fuerza de uno y otro lado, ya no se puede ni dormir”, dice Clemencia López, una anciana que ha vivido en la zona durante toda su vida: “Los niños al parecer no podrán regresar a clases porque el Ejército ocupó el internado de Tomachipán y lo tomó como base de operaciones, a los maestros les tocó salir de ahí pues eso es muy complicado quedar en medio del fuego. Escuché por la radio cuando se liberó a doña Clara y una tal Consuelo, también dijeron que al niño al parecer no lo tenía la guerrilla, lo había dejado con una de las familias de apoyo. A Consuelo González la escuche por la radio hablando sobre los bombardeos del 28 y 30 de diciembre, otros dicen que la guerrilla no entregó a los secuestrados por el niño, eso no me importa mucho, lo cierto es que los bombardeos no me dejan dormir”.

Al comenzar un nuevo día la situación se torna más difícil y complicada. En primer lugar, el Ejército no se atreve a salir del casco urbano, porque a las afueras las Farc tienen unos 300 hombres que quieren recuperar el territorio, sólo los militares ingresaron en el interior de la selva cuando bombardearon, pero este hecho no tiene contentos a todos. Personas como don José Suárez se encuentra un tanto molesto porque el mando castrense tomó el lugar donde estudian sus hijos como sitio de resguardo, por esta razón y debido a que el 26 de enero el intercambio de disparos se presentó cerca del casco urbano, donde él vive junto con su esposa, sus cuatro hijos y dos sobrinas, decidió que con sólo 40.000 pesos que tenía en el bolsillo debía coger una voladora (lancha con motor), y salir para San José a encontrar la tranquilidad perdida.

El orden público no solo puso en aprietos a los pobladores del común que han tenido que huirles a las balas, también los docentes del internado se vieron en la necesidad de hacer lo mismo al ver cómo las tropas militares los podían acusar de ser cómplices de la guerrilla, y la guerrilla los amenazaba porque no hicieron nada por evitar que el Ejército se tomara el colegio.

Sin embargo, a pesar de que muchos habitantes del municipio como don José Suárez han salido de su sitio de origen buscando no solo seguridad para sí mismos y sus allegados, sino también un mejor porvenir, ambos propósitos les son esquivos, pues en su recorrido hacia San José, el que es largo y complicado, algunos guerrilleros que patrullan en las orillas de los ríos, les permiten el paso no sin antes advertirles que deben regresar, recordándoles además que la guerrilla continúa siendo la primera autoridad en la zona.

Al llegar al Retorno, población donde se dice que han sembrado coca, es fácil darse cuenta del sufrimiento de la gente, tanto del lugar, como de las 26 veredas cercanas.

En el recorrido por los campos se observa que el verde típico de la naturaleza fue sustituido por terrenos áridos y secos, como si hubiese llegado a ellos la más cruenta de las sequías, motivo por el que muchos campesinos se encuentran en situaciones de extrema pobreza, situación provocada no por la inclemencia del tiempo, sino por la fumigación con glifosato que acabó no sólo con los cultivos ilícitos, sino también con los sembrados que alimentan a quienes viven en la región.

Hacía apenas un mes que habían fumigado algunos matas de coca, pero con la aspersión también se llevaron la yuca, los cultivos de frutas, y uno que otro animal de cría, en aquella tierra ya no crece nada, sólo una maleza muy rara, consecuencia de la erradicación por vía aérea, las que antes se hacían cada seis meses, ahora se hace cada dos meses.

Se entiende que al llegar a San José las soluciones serán mínimas, sin embargo quienes dejaron sus tierras se mantienen firmes en su idea de encontrar la paz y la tranquilidad perdida con la intensificación de las acciones bélicas, por esto mientras algunos acuden a casa de sus familiares, otros encuentran hospitalidad en sus amigos, pero en general aseguran la posada por la primera noche. Luego de cuatro días de encontrarse en situación de desplazamiento forzoso, es doloroso ver cómo los que buscan un refugio por la guerra se les dice que serán devueltos a su lugar de origen, pues no tienen cómo darles sostenimiento a desplazados, quienes con lágrimas se preguntan ¿a qué regresar, si ya no existe nada de qué vivir?

Hoy día en la región del Guaviare y sus cercanías sólo se habla de la liberación de más personas en poder de la guerrita, hecho que ven con serias dudas por la intensidad de los combates, lo que según ellos complica las cosas. No se entiende además por qué las acciones militares y de búsqueda por parte de la justicia, es sólo para gente de la guerrilla, y un hombre al que llaman ‘Cuchillo’ se pasea tranquilo por Puerto López, Puerto Concordia y Mapiripán, y del que no se ven afiches con avisos de ‘Se busca’, como ocurre con quienes pertenecen al bando contrario.

Las autoridades civiles reúnen en el coliseo a todas estas personas que han llegado a San José huyéndoles a las balas militares y guerrilleras para encontrarles solución, pues su presencia en ocasiones les suele ser incómoda, mientras las Fuerzas Militares y las Farc libran la peor de las batallas al estilo de la guerra de Troya cuando el ejército griego luchaba por traspasar las murallas, entrar en la ciudad y derrotar a sus adversarios, y estos últimos por demostrar que estaban en capacidad para responder a sus ataques.

ADVERTENCIA: Los nombres de quienes intervienen en el relato, fueron cambiados por seguridad de los mismos.

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