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| 6/10/2008 12:00:00 AM

¿En qué van los desmovilizados en Bogotá?

En la capital viven alrededor de 4.500 desmovilizados, de los cuales la mitad son jóvenes entre los 18 y 25 años. ¿Qué hacen ellos hoy en día, cuáles han sido sus experiencias y cuáles son los principales retos de la ciudad para acogerlos? Un nuevo libro da algunas respuestas.

Martín Rangel luchó durante diez años con el Ejército de Liberación Nacional por una causa que nunca obtuvo; la igualdad social en Colombia. Cuando entró a la organización guerrillera tenía 20 años, la misma edad de miles jóvenes que hoy viven en Bogotá y que al igual que él, han dejado las armas para continuar con la lucha pero de una manera pacífica y legal.

En el 2002 Rangel llegó a Bogotá huyendo de la presión que ejercían los paramilitares en el nororiente del país. Aún hacía parte del ELN y aunque en ese momento no contemplaba la posibilidad de dejar el grupo, el acoso constante en el que vivía, el nacimiento de su segundo hijo y los consejos de un excombatiente de su misma organización, lo impulsaron a desertar y vincularse al Programa Nacional de Desarme, Desmovilización y Reintegración (PNDDR).

Desde el año 2002, hasta la fecha, se han desmovilizado cerca de 47 mil personas, de los cuales 4.500 residen en Bogotá, y según La Alta Consejería para la Reintegración, el 53% son jóvenes entre los 18 y 25 años.

Por eso Fescol, en conjunto con la Alcaldía mayor de Bogotá y la Federación Nacional de Consejos de Juventud lanzarán este martes el libro "Experiencias de jóvenes excombatientes en el proceso de reintegración a la vida civil en Bogotá D.C.", una investigación en la que se evalúa el antes, el durante y después del proceso de reintegración a la vida civil en Bogotá.

Para Rangel dejar la guerra no fue fácil. No quería hacer parte de un programa de "sapos" y en la ciudad le esperaban retos a los que no estaba acostumbrado. "Cuando uno hace parte de un proyecto político y ha apostado por él, no quiere abandonarlo, pero veía que después de 10 años el país seguía igual y yo tenía que pensar en el futuro de mis hijos", contó Martín explicando sus motivaciones para dejar la guerra.

"En la mayoría de los casos, los jóvenes desmovilizados han estado relacionados gran parte de su vida con el conflicto armado", asegura Maristella Góngora, psicóloga y editora del libro. "Son víctimas y victimarios a la vez y cuando dejan las armas se encuentran prácticamente sin herramientas para vivir, a eso se suma que llegan a una gran ciudad, en donde no conocen a nadie y además son señalados por la sociedad", explica Góngora.

El estudio, entre otras cosas, pone en evidencia las fallas que ha tenido el Programa Nacional de Desmovilización y los vacíos que ha tenido que llenar la ciudad por su cuenta.

Por ejemplo, el programa de atención de la ciudad – a diferencia del nacional- incluye al núcleo familiar de la persona y a la comunidad, según Darío Villamizar, Director del Programa de Atención al Proceso de Desmovilización y Reintegración en Bogotá. Villamizar ha estado al frente del programa desde la administración pasada y fue ratificado por el alcalde Moreno.

A través de este programa el distrito les brinda cupos escolares, tanto a los desmovilizados como a su familia. La secretaría de salud los apoya para que ingresen al régimen subsidiario de salud y también son vinculados a programas como Misión Bogotá, la Secretaria de Movilidad, y los vigías ambientales. De esta manera reciben un salario mínimo y son capacitados por el Sena.

Teniendo en cuenta el contexto, las experiencias expuestas por los jóvenes excombatientes y los aportes de expertos en la materia, el libro presenta una serie de propuestas para que el Programa Nacional (PNDDR) tenga en cuenta. Todas dirigidas a un objetivo primordial: evitar que los jóvenes caigan en frustraciones que los lleve a la reincorporación a los grupos armados ilegales o a la delincuencia común.

Pero según deja claro el libro, el éxito de la reinserción depende ante todo de la voluntad del desmovilizado de rehacer su vida.
Aunque Martín Rangel es hoy un joven alejado de la guerra y con un nuevo proyecto de vida, la hazaña no fue fácil y mucho tuvo que labrarlo por su cuenta. "En vista de que las cosas no eran como nos las pintaron, empecé a organizar a los compañeros para que en conjunto reclamáramos las garantías ofrecidas, eso no le gustó mucho a los directores, así que nos sacaron rapidito", explicó.

Después de tres meses en el Programa Nacional (PNDDR) y "graduado" ya en civilidad, el programa le dio 3 millones 900 mil pesos para que iniciara un proyecto productivo. Pero en una ciudad donde no conocía a nadie y donde el costo de vida es altísimo, tuvo que gastarse la plata en subsistir. Luego terminó dedicado a la albañilería.

A los tres años de estar en Bogotá, se enteró del Programa de Atención Complementaria a la Población Reincorporada, entró en el y empezó a hacer parte de Misión Bogotá, en donde recibió un gran apoyo por parte del distrito y hoy hace parte activa del programa, trabajando con jóvenes que están iniciando el proceso. Rangel es además uno de los investigadores del libro.

Aunque el programa tiene muchas limitaciones, Rangel asegura que le abre las puertas a los jóvenes que una vez han terminado el proceso con el Programa Nacional (PNDDR) y luego se sienten desprotegidos. "El programa nos enseña a luchar con las armas que el Estado y la Constitución nos da", concluye.

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