Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/06/20 00:00

Espacio público, entre la democracia y la fragmentación

Espacio público, entre la democracia y la fragmentación

enes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? enes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" enes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... enes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... 3

Gracias a los censos y a algunas crónicas hemos visto cómo algunas familias, de las pocas que se quedaron en la ciudad en medio de la crisis, tuvieron que compartir sus grandes casas arrendándolas a familias pobres para poder pagar el costo del mantenimiento. Nada extraño tenía, pues, que en una casa alta del centro de la ciudad, en el piso de arriba vivieran los otrora ricos propietarios y en la parte de abajo negros y mulatos pobres. El censo de 1875 del barrio la Catedral, -el de más tradición colonial habitado por la elite hasta que se construyó el barrio de Manga-, muestra que al lado de familias de tradición como los Del Castillo o los Vélez, vivían familias de artesanos y empleadas domésticas.

Usos espaciales y diferenciación social

La recuperación económica de la ciudad fortalece la separación entre los sectores hegemónicos y los sectores populares, y a diferencia de épocas anteriores se establecen jerarquías espaciales. Luego de un siglo XIX en el que la crisis relaja de cierta manera las costumbres y donde los elementos de diferenciación son más reducidos, la elite tiene la oportunidad de disfrutar de espacios y de dinámicas de distinción. Por eso resulta para este sector de la población un despropósito que los marginados se apropien de los espacios modernos de los que sólo ellos tienen el privilegio de usar.

El Camellón de los Mártires, espacio cargado de valor simbólico y material en la medida en que perpetúa la memoria oficial de la ciudad, está reservado para quienes reúnan las "virtudes" que los hagan merecedores del sitio. Sólo un mes atrás La Unión Comercial exhortaba a las autoridades a que obligaran a los "vagos que toda la noche toman los escaños del Paseo de los Mártires por reconfortables lechos" a no "pernoctar allí" enes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... 3

Gracias a los censos y a algunas crónicas hemos visto cómo algunas familias, de las pocas que se quedaron en la ciudad en medio de la crisis, tuvieron que compartir sus grandes casas arrendándolas a familias pobres para poder pagar el costo del mantenimiento. Nada extraño tenía, pues, que en una casa alta del centro de la ciudad, en el piso de arriba vivieran los otrora ricos propietarios y en la parte de abajo negros y mulatos pobres. El censo de 1875 del barrio la Catedral, -el de más tradición colonial habitado por la elite hasta que se construyó el barrio de Manga-, muestra que al lado de familias de tradición como los Del Castillo o los Vélez, vivían familias de artesanos y empleadas domésticas.

Usos espaciales y diferenciación social

La recuperación económica de la ciudad fortalece la separación entre los sectores hegemónicos y los sectores populares, y a diferencia de épocas anteriores se establecen jerarquías espaciales. Luego de un siglo XIX en el que la crisis relaja de cierta manera las costumbres y donde los elementos de diferenciación son más reducidos, la elite tiene la oportunidad de disfrutar de espacios y de dinámicas de distinción. Por eso resulta para este sector de la población un despropósito que los marginados se apropien de los espacios modernos de los que sólo ellos tienen el privilegio de usar.

El Camellón de los Mártires, espacio cargado de valor simbólico y material en la medida en que perpetúa la memoria oficial de la ciudad, está reservado para quienes reúnan las "virtudes" que los hagan merecedores del sitio. Sólo un mes atrás La Unión Comercial exhortaba a las autoridades a que obligaran a los "vagos que toda la noche toman los escaños del Paseo de los Mártires por reconfortables lechos" a no "pernoctar allí" 4.

La elite veía con desagrado las expresiones de la cultura popular, así esta tendiera a reforzar el discurso que la elite estaba construyendo sobre la historia local. No importaba que, como lo muestra la nota, se estuviera haciendo una teatralización -obviamente con los recursos y a la manera popular-, del fusilamiento de los mártires, ocurrido el 24 de febrero de 1816, como corolario de la reconquista del pacificador Pablo Morillo, y cuyos cien años se conmemoraban en esa fecha (1916).

Lo que se ve es la creación de un orden a partir de la delimitación del entorno, donde se establecen límites de inclusión y exclusión a partir del espacio. Al "otro", lo popular, se le margina: "Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador; en Pekín, ¿pero en la Plaza de la Independencia?" enes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... 3

Gracias a los censos y a algunas crónicas hemos visto cómo algunas familias, de las pocas que se quedaron en la ciudad en medio de la crisis, tuvieron que compartir sus grandes casas arrendándolas a familias pobres para poder pagar el costo del mantenimiento. Nada extraño tenía, pues, que en una casa alta del centro de la ciudad, en el piso de arriba vivieran los otrora ricos propietarios y en la parte de abajo negros y mulatos pobres. El censo de 1875 del barrio la Catedral, -el de más tradición colonial habitado por la elite hasta que se construyó el barrio de Manga-, muestra que al lado de familias de tradición como los Del Castillo o los Vélez, vivían familias de artesanos y empleadas domésticas.

Usos espaciales y diferenciación social

La recuperación económica de la ciudad fortalece la separación entre los sectores hegemónicos y los sectores populares, y a diferencia de épocas anteriores se establecen jerarquías espaciales. Luego de un siglo XIX en el que la crisis relaja de cierta manera las costumbres y donde los elementos de diferenciación son más reducidos, la elite tiene la oportunidad de disfrutar de espacios y de dinámicas de distinción. Por eso resulta para este sector de la población un despropósito que los marginados se apropien de los espacios modernos de los que sólo ellos tienen el privilegio de usar.

El Camellón de los Mártires, espacio cargado de valor simbólico y material en la medida en que perpetúa la memoria oficial de la ciudad, está reservado para quienes reúnan las "virtudes" que los hagan merecedores del sitio. Sólo un mes atrás La Unión Comercial exhortaba a las autoridades a que obligaran a los "vagos que toda la noche toman los escaños del Paseo de los Mártires por reconfortables lechos" a no "pernoctar allí" 4.

La elite veía con desagrado las expresiones de la cultura popular, así esta tendiera a reforzar el discurso que la elite estaba construyendo sobre la historia local. No importaba que, como lo muestra la nota, se estuviera haciendo una teatralización -obviamente con los recursos y a la manera popular-, del fusilamiento de los mártires, ocurrido el 24 de febrero de 1816, como corolario de la reconquista del pacificador Pablo Morillo, y cuyos cien años se conmemoraban en esa fecha (1916).

Lo que se ve es la creación de un orden a partir de la delimitación del entorno, donde se establecen límites de inclusión y exclusión a partir del espacio. Al "otro", lo popular, se le margina: "Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador; en Pekín, ¿pero en la Plaza de la Independencia?" 5.

De manera que lo popular, de acuerdo con la visión hegemónica, va a estar asociado a la periferia, y la periferia se entiende como el espacio del desorden, la trasgresión, la barbarie y el desenfreno, donde habitan los elementos que ponen en tela de juicio el orden y la modernidad pretendida.

"Qué haremos señores ¾se preguntaba la prensa¾ con esta temperatura, con estos grupos de aldea, con todas estas actitudes que revelan atavismos deplorables" enes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... 3

Gracias a los censos y a algunas crónicas hemos visto cómo algunas familias, de las pocas que se quedaron en la ciudad en medio de la crisis, tuvieron que compartir sus grandes casas arrendándolas a familias pobres para poder pagar el costo del mantenimiento. Nada extraño tenía, pues, que en una casa alta del centro de la ciudad, en el piso de arriba vivieran los otrora ricos propietarios y en la parte de abajo negros y mulatos pobres. El censo de 1875 del barrio la Catedral, -el de más tradición colonial habitado por la elite hasta que se construyó el barrio de Manga-, muestra que al lado de familias de tradición como los Del Castillo o los Vélez, vivían familias de artesanos y empleadas domésticas.

Usos espaciales y diferenciación social

La recuperación económica de la ciudad fortalece la separación entre los sectores hegemónicos y los sectores populares, y a diferencia de épocas anteriores se establecen jerarquías espaciales. Luego de un siglo XIX en el que la crisis relaja de cierta manera las costumbres y donde los elementos de diferenciación son más reducidos, la elite tiene la oportunidad de disfrutar de espacios y de dinámicas de distinción. Por eso resulta para este sector de la población un despropósito que los marginados se apropien de los espacios modernos de los que sólo ellos tienen el privilegio de usar.

El Camellón de los Mártires, espacio cargado de valor simbólico y material en la medida en que perpetúa la memoria oficial de la ciudad, está reservado para quienes reúnan las "virtudes" que los hagan merecedores del sitio. Sólo un mes atrás La Unión Comercial exhortaba a las autoridades a que obligaran a los "vagos que toda la noche toman los escaños del Paseo de los Mártires por reconfortables lechos" a no "pernoctar allí" 4.

La elite veía con desagrado las expresiones de la cultura popular, así esta tendiera a reforzar el discurso que la elite estaba construyendo sobre la historia local. No importaba que, como lo muestra la nota, se estuviera haciendo una teatralización -obviamente con los recursos y a la manera popular-, del fusilamiento de los mártires, ocurrido el 24 de febrero de 1816, como corolario de la reconquista del pacificador Pablo Morillo, y cuyos cien años se conmemoraban en esa fecha (1916).

Lo que se ve es la creación de un orden a partir de la delimitación del entorno, donde se establecen límites de inclusión y exclusión a partir del espacio. Al "otro", lo popular, se le margina: "Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador; en Pekín, ¿pero en la Plaza de la Independencia?" 5.

De manera que lo popular, de acuerdo con la visión hegemónica, va a estar asociado a la periferia, y la periferia se entiende como el espacio del desorden, la trasgresión, la barbarie y el desenfreno, donde habitan los elementos que ponen en tela de juicio el orden y la modernidad pretendida.

"Qué haremos señores ¾se preguntaba la prensa¾ con esta temperatura, con estos grupos de aldea, con todas estas actitudes que revelan atavismos deplorables" 6. La relación está dada entonces, por los pares Orden y Desorden, Centro y Periferia. "El orden se define en términos de centro donde se impone, y de periferia donde sus efectos se debilitan" enes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... 3

Gracias a los censos y a algunas crónicas hemos visto cómo algunas familias, de las pocas que se quedaron en la ciudad en medio de la crisis, tuvieron que compartir sus grandes casas arrendándolas a familias pobres para poder pagar el costo del mantenimiento. Nada extraño tenía, pues, que en una casa alta del centro de la ciudad, en el piso de arriba vivieran los otrora ricos propietarios y en la parte de abajo negros y mulatos pobres. El censo de 1875 del barrio la Catedral, -el de más tradición colonial habitado por la elite hasta que se construyó el barrio de Manga-, muestra que al lado de familias de tradición como los Del Castillo o los Vélez, vivían familias de artesanos y empleadas domésticas.

Usos espaciales y diferenciación social

La recuperación económica de la ciudad fortalece la separación entre los sectores hegemónicos y los sectores populares, y a diferencia de épocas anteriores se establecen jerarquías espaciales. Luego de un siglo XIX en el que la crisis relaja de cierta manera las costumbres y donde los elementos de diferenciación son más reducidos, la elite tiene la oportunidad de disfrutar de espacios y de dinámicas de distinción. Por eso resulta para este sector de la población un despropósito que los marginados se apropien de los espacios modernos de los que sólo ellos tienen el privilegio de usar.

El Camellón de los Mártires, espacio cargado de valor simbólico y material en la medida en que perpetúa la memoria oficial de la ciudad, está reservado para quienes reúnan las "virtudes" que los hagan merecedores del sitio. Sólo un mes atrás La Unión Comercial exhortaba a las autoridades a que obligaran a los "vagos que toda la noche toman los escaños del Paseo de los Mártires por reconfortables lechos" a no "pernoctar allí" 4.

La elite veía con desagrado las expresiones de la cultura popular, así esta tendiera a reforzar el discurso que la elite estaba construyendo sobre la historia local. No importaba que, como lo muestra la nota, se estuviera haciendo una teatralización -obviamente con los recursos y a la manera popular-, del fusilamiento de los mártires, ocurrido el 24 de febrero de 1816, como corolario de la reconquista del pacificador Pablo Morillo, y cuyos cien años se conmemoraban en esa fecha (1916).

Lo que se ve es la creación de un orden a partir de la delimitación del entorno, donde se establecen límites de inclusión y exclusión a partir del espacio. Al "otro", lo popular, se le margina: "Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador; en Pekín, ¿pero en la Plaza de la Independencia?" 5.

De manera que lo popular, de acuerdo con la visión hegemónica, va a estar asociado a la periferia, y la periferia se entiende como el espacio del desorden, la trasgresión, la barbarie y el desenfreno, donde habitan los elementos que ponen en tela de juicio el orden y la modernidad pretendida.

"Qué haremos señores ¾se preguntaba la prensa¾ con esta temperatura, con estos grupos de aldea, con todas estas actitudes que revelan atavismos deplorables" 6. La relación está dada entonces, por los pares Orden y Desorden, Centro y Periferia. "El orden se define en términos de centro donde se impone, y de periferia donde sus efectos se debilitan" 7..

A lo que se acude es a una fuerte segregación espacial. A estos sectores hay que confinarlos a sus espacios; en los espacios públicos, en donde se establecen los símbolos identitarios, representativos de la ciudad, ellos no tienen participación. La mayoría de estos lugares con los cambios que se venían efectuando en la ciudad se habían convertido en sitios de paseos vespertinos, de representaciones culturales y de retretas. Había que sacar a los pobres del paisaje mientras los ricos imaginaban pasear por París o por Madrid. Se crea un espacio público, pero el público debe ser seleccionado. El espacio donde se supone todos deben participar, donde se construye sentido y memoria, donde se confronta, es sólo para el disfrute de unos cuantos.

Los barrios apestados

En Cartagena el discurso de civilización o barbarie, fenómeno recurrente en la mayoría de países latinoamericanos, y que hizo carrera en Colombia durante la administración regeneracionista de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, estuvo presente hasta muy entrado el siglo XX. La referencia a los barrios populares estará en el mayor de los casos asociada a calificativos negativos: "Anoche en El Espinal -barrio popular de la ciudad- hubo un escándalo mayúsculo, asunto que nada tiene de extraño en este barrio, de los barrios apestadosenes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... 3

Gracias a los censos y a algunas crónicas hemos visto cómo algunas familias, de las pocas que se quedaron en la ciudad en medio de la crisis, tuvieron que compartir sus grandes casas arrendándolas a familias pobres para poder pagar el costo del mantenimiento. Nada extraño tenía, pues, que en una casa alta del centro de la ciudad, en el piso de arriba vivieran los otrora ricos propietarios y en la parte de abajo negros y mulatos pobres. El censo de 1875 del barrio la Catedral, -el de más tradición colonial habitado por la elite hasta que se construyó el barrio de Manga-, muestra que al lado de familias de tradición como los Del Castillo o los Vélez, vivían familias de artesanos y empleadas domésticas.

Usos espaciales y diferenciación social

La recuperación económica de la ciudad fortalece la separación entre los sectores hegemónicos y los sectores populares, y a diferencia de épocas anteriores se establecen jerarquías espaciales. Luego de un siglo XIX en el que la crisis relaja de cierta manera las costumbres y donde los elementos de diferenciación son más reducidos, la elite tiene la oportunidad de disfrutar de espacios y de dinámicas de distinción. Por eso resulta para este sector de la población un despropósito que los marginados se apropien de los espacios modernos de los que sólo ellos tienen el privilegio de usar.

El Camellón de los Mártires, espacio cargado de valor simbólico y material en la medida en que perpetúa la memoria oficial de la ciudad, está reservado para quienes reúnan las "virtudes" que los hagan merecedores del sitio. Sólo un mes atrás La Unión Comercial exhortaba a las autoridades a que obligaran a los "vagos que toda la noche toman los escaños del Paseo de los Mártires por reconfortables lechos" a no "pernoctar allí" 4.

La elite veía con desagrado las expresiones de la cultura popular, así esta tendiera a reforzar el discurso que la elite estaba construyendo sobre la historia local. No importaba que, como lo muestra la nota, se estuviera haciendo una teatralización -obviamente con los recursos y a la manera popular-, del fusilamiento de los mártires, ocurrido el 24 de febrero de 1816, como corolario de la reconquista del pacificador Pablo Morillo, y cuyos cien años se conmemoraban en esa fecha (1916).

Lo que se ve es la creación de un orden a partir de la delimitación del entorno, donde se establecen límites de inclusión y exclusión a partir del espacio. Al "otro", lo popular, se le margina: "Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador; en Pekín, ¿pero en la Plaza de la Independencia?" 5.

De manera que lo popular, de acuerdo con la visión hegemónica, va a estar asociado a la periferia, y la periferia se entiende como el espacio del desorden, la trasgresión, la barbarie y el desenfreno, donde habitan los elementos que ponen en tela de juicio el orden y la modernidad pretendida.

"Qué haremos señores ¾se preguntaba la prensa¾ con esta temperatura, con estos grupos de aldea, con todas estas actitudes que revelan atavismos deplorables" 6. La relación está dada entonces, por los pares Orden y Desorden, Centro y Periferia. "El orden se define en términos de centro donde se impone, y de periferia donde sus efectos se debilitan" 7..

A lo que se acude es a una fuerte segregación espacial. A estos sectores hay que confinarlos a sus espacios; en los espacios públicos, en donde se establecen los símbolos identitarios, representativos de la ciudad, ellos no tienen participación. La mayoría de estos lugares con los cambios que se venían efectuando en la ciudad se habían convertido en sitios de paseos vespertinos, de representaciones culturales y de retretas. Había que sacar a los pobres del paisaje mientras los ricos imaginaban pasear por París o por Madrid. Se crea un espacio público, pero el público debe ser seleccionado. El espacio donde se supone todos deben participar, donde se construye sentido y memoria, donde se confronta, es sólo para el disfrute de unos cuantos.

Los barrios apestados

En Cartagena el discurso de civilización o barbarie, fenómeno recurrente en la mayoría de países latinoamericanos, y que hizo carrera en Colombia durante la administración regeneracionista de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, estuvo presente hasta muy entrado el siglo XX. La referencia a los barrios populares estará en el mayor de los casos asociada a calificativos negativos: "Anoche en El Espinal -barrio popular de la ciudad- hubo un escándalo mayúsculo, asunto que nada tiene de extraño en este barrio, de los barrios apestados8.

Junto con El Espinal, habitado por artesanos de todo tipo y obreros del ferrocarril Cartagena-Calamar, hacían parte de los barrios "apestados", Lo Amador, Pekín, Pueblo Nuevo, Boquetillo, Getsemaní, Torices y La Quinta. En otra oportunidad, refiriéndose a Lo Amador, se decía: "Este corregimiento del Amador ha venido a ser un lugar peligroso por los frecuentes escándalos que allí ocurren. La policía debe reprimir con mano fuerte este vecindario y las personas de bien que allí viven deben tomar interés que este corregimiento no sea como en el momento, una nidada de apaches" enes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... 3

Gracias a los censos y a algunas crónicas hemos visto cómo algunas familias, de las pocas que se quedaron en la ciudad en medio de la crisis, tuvieron que compartir sus grandes casas arrendándolas a familias pobres para poder pagar el costo del mantenimiento. Nada extraño tenía, pues, que en una casa alta del centro de la ciudad, en el piso de arriba vivieran los otrora ricos propietarios y en la parte de abajo negros y mulatos pobres. El censo de 1875 del barrio la Catedral, -el de más tradición colonial habitado por la elite hasta que se construyó el barrio de Manga-, muestra que al lado de familias de tradición como los Del Castillo o los Vélez, vivían familias de artesanos y empleadas domésticas.

Usos espaciales y diferenciación social

La recuperación económica de la ciudad fortalece la separación entre los sectores hegemónicos y los sectores populares, y a diferencia de épocas anteriores se establecen jerarquías espaciales. Luego de un siglo XIX en el que la crisis relaja de cierta manera las costumbres y donde los elementos de diferenciación son más reducidos, la elite tiene la oportunidad de disfrutar de espacios y de dinámicas de distinción. Por eso resulta para este sector de la población un despropósito que los marginados se apropien de los espacios modernos de los que sólo ellos tienen el privilegio de usar.

El Camellón de los Mártires, espacio cargado de valor simbólico y material en la medida en que perpetúa la memoria oficial de la ciudad, está reservado para quienes reúnan las "virtudes" que los hagan merecedores del sitio. Sólo un mes atrás La Unión Comercial exhortaba a las autoridades a que obligaran a los "vagos que toda la noche toman los escaños del Paseo de los Mártires por reconfortables lechos" a no "pernoctar allí" 4.

La elite veía con desagrado las expresiones de la cultura popular, así esta tendiera a reforzar el discurso que la elite estaba construyendo sobre la historia local. No importaba que, como lo muestra la nota, se estuviera haciendo una teatralización -obviamente con los recursos y a la manera popular-, del fusilamiento de los mártires, ocurrido el 24 de febrero de 1816, como corolario de la reconquista del pacificador Pablo Morillo, y cuyos cien años se conmemoraban en esa fecha (1916).

Lo que se ve es la creación de un orden a partir de la delimitación del entorno, donde se establecen límites de inclusión y exclusión a partir del espacio. Al "otro", lo popular, se le margina: "Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador; en Pekín, ¿pero en la Plaza de la Independencia?" 5.

De manera que lo popular, de acuerdo con la visión hegemónica, va a estar asociado a la periferia, y la periferia se entiende como el espacio del desorden, la trasgresión, la barbarie y el desenfreno, donde habitan los elementos que ponen en tela de juicio el orden y la modernidad pretendida.

"Qué haremos señores ¾se preguntaba la prensa¾ con esta temperatura, con estos grupos de aldea, con todas estas actitudes que revelan atavismos deplorables" 6. La relación está dada entonces, por los pares Orden y Desorden, Centro y Periferia. "El orden se define en términos de centro donde se impone, y de periferia donde sus efectos se debilitan" 7..

A lo que se acude es a una fuerte segregación espacial. A estos sectores hay que confinarlos a sus espacios; en los espacios públicos, en donde se establecen los símbolos identitarios, representativos de la ciudad, ellos no tienen participación. La mayoría de estos lugares con los cambios que se venían efectuando en la ciudad se habían convertido en sitios de paseos vespertinos, de representaciones culturales y de retretas. Había que sacar a los pobres del paisaje mientras los ricos imaginaban pasear por París o por Madrid. Se crea un espacio público, pero el público debe ser seleccionado. El espacio donde se supone todos deben participar, donde se construye sentido y memoria, donde se confronta, es sólo para el disfrute de unos cuantos.

Los barrios apestados

En Cartagena el discurso de civilización o barbarie, fenómeno recurrente en la mayoría de países latinoamericanos, y que hizo carrera en Colombia durante la administración regeneracionista de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, estuvo presente hasta muy entrado el siglo XX. La referencia a los barrios populares estará en el mayor de los casos asociada a calificativos negativos: "Anoche en El Espinal -barrio popular de la ciudad- hubo un escándalo mayúsculo, asunto que nada tiene de extraño en este barrio, de los barrios apestados8.

Junto con El Espinal, habitado por artesanos de todo tipo y obreros del ferrocarril Cartagena-Calamar, hacían parte de los barrios "apestados", Lo Amador, Pekín, Pueblo Nuevo, Boquetillo, Getsemaní, Torices y La Quinta. En otra oportunidad, refiriéndose a Lo Amador, se decía: "Este corregimiento del Amador ha venido a ser un lugar peligroso por los frecuentes escándalos que allí ocurren. La policía debe reprimir con mano fuerte este vecindario y las personas de bien que allí viven deben tomar interés que este corregimiento no sea como en el momento, una nidada de apaches" 9.

Tanto en esta referencia como en la nota que da inicio a este texto se observa la constante comparación de lo popular con tribus aborígenes primitivas o aldeas africanas. "Estos espectáculos propios de Tombuctú o cualquier otra aldea de Africa Central, son impropios de nuestra civilización y nuestra cultura..." decía el periódico El Porvenir.. "Aguas putrefactas que constituyen el peligro mayúsculo de la ciudad por convertirse en focos de emanaciones pútridas, dignas de los pantanos solitarios del África Central", comentaba en otra ocasión el mismo periódico. El hecho de que los comportamientos que la elite consideraba indignos, incivilizados, fuesen asociados con grupos indígenas y pueblos de origen africano, y que el deterioro físico de calles y barrios también fuese asociado a ello, refleja el ideal de civilización que se quería construir, una en las que los elementos considerados inferiores estuvieran al margen.

Paradójicamente, pese a las constantes referencias a Africa en las quejas de la prensa local, en la historia oficial que se construye entonces no se menciona a la raza negra, ni a la gran cantidad de esclavos traídos del continente africano, la alusión a lo negro se hará en sentido despreciativo. En 1929, Manuel Pretel Burgos escribió una monografía de Cartagena bastante completa a no ser porque se le olvida el "pequeño" detalle de mencionar lo negro. Es decir, no sólo se niega la participación espacial, sino que también se le excluye desde la representación simbólica, se niega su importancia en la constitución de la sociedad cartagenera, y por el contrario se realza el pasado español como lo único rescatable de la historia urbana, la idea es construir un presente basado en un pasado puro, y lo negro representa una mancha vergonzosa.

En el carnaval de superlativos con el que algunos cronistas celebraban el progreso, se ocultaba una ciudad conflictiva, racista y excluyente. Italo Calvino dirá después que no se debe confundir nunca la ciudad con las palabras que la describen.

Por eso a Pedro Romero, el mulato matancero, al que algunos con más poder que los detergentes que se ofrecen en el mercado, han tratado de blanquear, no se le edificó, como era lógico, una estatua, en el parque conmemorativo de la independencia a pesar de la presión de los artesanos de la ciudad previa al centenarioenes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... 3

Gracias a los censos y a algunas crónicas hemos visto cómo algunas familias, de las pocas que se quedaron en la ciudad en medio de la crisis, tuvieron que compartir sus grandes casas arrendándolas a familias pobres para poder pagar el costo del mantenimiento. Nada extraño tenía, pues, que en una casa alta del centro de la ciudad, en el piso de arriba vivieran los otrora ricos propietarios y en la parte de abajo negros y mulatos pobres. El censo de 1875 del barrio la Catedral, -el de más tradición colonial habitado por la elite hasta que se construyó el barrio de Manga-, muestra que al lado de familias de tradición como los Del Castillo o los Vélez, vivían familias de artesanos y empleadas domésticas.

Usos espaciales y diferenciación social

La recuperación económica de la ciudad fortalece la separación entre los sectores hegemónicos y los sectores populares, y a diferencia de épocas anteriores se establecen jerarquías espaciales. Luego de un siglo XIX en el que la crisis relaja de cierta manera las costumbres y donde los elementos de diferenciación son más reducidos, la elite tiene la oportunidad de disfrutar de espacios y de dinámicas de distinción. Por eso resulta para este sector de la población un despropósito que los marginados se apropien de los espacios modernos de los que sólo ellos tienen el privilegio de usar.

El Camellón de los Mártires, espacio cargado de valor simbólico y material en la medida en que perpetúa la memoria oficial de la ciudad, está reservado para quienes reúnan las "virtudes" que los hagan merecedores del sitio. Sólo un mes atrás La Unión Comercial exhortaba a las autoridades a que obligaran a los "vagos que toda la noche toman los escaños del Paseo de los Mártires por reconfortables lechos" a no "pernoctar allí" 4.

La elite veía con desagrado las expresiones de la cultura popular, así esta tendiera a reforzar el discurso que la elite estaba construyendo sobre la historia local. No importaba que, como lo muestra la nota, se estuviera haciendo una teatralización -obviamente con los recursos y a la manera popular-, del fusilamiento de los mártires, ocurrido el 24 de febrero de 1816, como corolario de la reconquista del pacificador Pablo Morillo, y cuyos cien años se conmemoraban en esa fecha (1916).

Lo que se ve es la creación de un orden a partir de la delimitación del entorno, donde se establecen límites de inclusión y exclusión a partir del espacio. Al "otro", lo popular, se le margina: "Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador; en Pekín, ¿pero en la Plaza de la Independencia?" 5.

De manera que lo popular, de acuerdo con la visión hegemónica, va a estar asociado a la periferia, y la periferia se entiende como el espacio del desorden, la trasgresión, la barbarie y el desenfreno, donde habitan los elementos que ponen en tela de juicio el orden y la modernidad pretendida.

"Qué haremos señores ¾se preguntaba la prensa¾ con esta temperatura, con estos grupos de aldea, con todas estas actitudes que revelan atavismos deplorables" 6. La relación está dada entonces, por los pares Orden y Desorden, Centro y Periferia. "El orden se define en términos de centro donde se impone, y de periferia donde sus efectos se debilitan" 7..

A lo que se acude es a una fuerte segregación espacial. A estos sectores hay que confinarlos a sus espacios; en los espacios públicos, en donde se establecen los símbolos identitarios, representativos de la ciudad, ellos no tienen participación. La mayoría de estos lugares con los cambios que se venían efectuando en la ciudad se habían convertido en sitios de paseos vespertinos, de representaciones culturales y de retretas. Había que sacar a los pobres del paisaje mientras los ricos imaginaban pasear por París o por Madrid. Se crea un espacio público, pero el público debe ser seleccionado. El espacio donde se supone todos deben participar, donde se construye sentido y memoria, donde se confronta, es sólo para el disfrute de unos cuantos.

Los barrios apestados

En Cartagena el discurso de civilización o barbarie, fenómeno recurrente en la mayoría de países latinoamericanos, y que hizo carrera en Colombia durante la administración regeneracionista de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, estuvo presente hasta muy entrado el siglo XX. La referencia a los barrios populares estará en el mayor de los casos asociada a calificativos negativos: "Anoche en El Espinal -barrio popular de la ciudad- hubo un escándalo mayúsculo, asunto que nada tiene de extraño en este barrio, de los barrios apestados8.

Junto con El Espinal, habitado por artesanos de todo tipo y obreros del ferrocarril Cartagena-Calamar, hacían parte de los barrios "apestados", Lo Amador, Pekín, Pueblo Nuevo, Boquetillo, Getsemaní, Torices y La Quinta. En otra oportunidad, refiriéndose a Lo Amador, se decía: "Este corregimiento del Amador ha venido a ser un lugar peligroso por los frecuentes escándalos que allí ocurren. La policía debe reprimir con mano fuerte este vecindario y las personas de bien que allí viven deben tomar interés que este corregimiento no sea como en el momento, una nidada de apaches" 9.

Tanto en esta referencia como en la nota que da inicio a este texto se observa la constante comparación de lo popular con tribus aborígenes primitivas o aldeas africanas. "Estos espectáculos propios de Tombuctú o cualquier otra aldea de Africa Central, son impropios de nuestra civilización y nuestra cultura..." decía el periódico El Porvenir.. "Aguas putrefactas que constituyen el peligro mayúsculo de la ciudad por convertirse en focos de emanaciones pútridas, dignas de los pantanos solitarios del África Central", comentaba en otra ocasión el mismo periódico. El hecho de que los comportamientos que la elite consideraba indignos, incivilizados, fuesen asociados con grupos indígenas y pueblos de origen africano, y que el deterioro físico de calles y barrios también fuese asociado a ello, refleja el ideal de civilización que se quería construir, una en las que los elementos considerados inferiores estuvieran al margen.

Paradójicamente, pese a las constantes referencias a Africa en las quejas de la prensa local, en la historia oficial que se construye entonces no se menciona a la raza negra, ni a la gran cantidad de esclavos traídos del continente africano, la alusión a lo negro se hará en sentido despreciativo. En 1929, Manuel Pretel Burgos escribió una monografía de Cartagena bastante completa a no ser porque se le olvida el "pequeño" detalle de mencionar lo negro. Es decir, no sólo se niega la participación espacial, sino que también se le excluye desde la representación simbólica, se niega su importancia en la constitución de la sociedad cartagenera, y por el contrario se realza el pasado español como lo único rescatable de la historia urbana, la idea es construir un presente basado en un pasado puro, y lo negro representa una mancha vergonzosa.

En el carnaval de superlativos con el que algunos cronistas celebraban el progreso, se ocultaba una ciudad conflictiva, racista y excluyente. Italo Calvino dirá después que no se debe confundir nunca la ciudad con las palabras que la describen.

Por eso a Pedro Romero, el mulato matancero, al que algunos con más poder que los detergentes que se ofrecen en el mercado, han tratado de blanquear, no se le edificó, como era lógico, una estatua, en el parque conmemorativo de la independencia a pesar de la presión de los artesanos de la ciudad previa al centenario10, y el único homenaje que se le ha rendido han sido unos bustos de escaso presupuesto, mal diseñados, en la Plaza de la Trinidad del barrio de Getsemaní, que han sucumbido ante los embates de la gloriosa altanería de un barrio que jamás ha negociado su libertad. Hoy, ni Getsemaní ni la Plaza de la Trinidad se encuentran en el discurso amañado de los guías turísticos de la ciudad. Y lo peor, es que algunos estudiosos siguen viendo aún a los Lanceros de Getsemaní de la misma forma que Jiménez Molinares, y luego Eduardo Lemaitre: como una caterva de beodos ignorantes y a su independencia como un atrevimiento tempranoenes. En fin, un cuadro de lo más pintoresco, pero de mal gusto para estos tiempos y estos sitios. Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador, en Pekín, pero ¿en la Plaza de la Independencia, a las cuatro de la tarde y en el año de 1916? 1.

La nota cobra sentido si se analiza en medio de la coyuntura en la que se mueve la ciudad a principios del siglo XX. Es un lugar común encontrar en los estudios históricos la referencia a la crisis de Cartagena durante la mayor parte del siglo XIX, como también es lugar común la recuperación que alcanza hacia fines del mismo siglo y principios del XX. Como sabemos, esa recuperación, incentivada por la ganadería -que permite la acumulación de capitales-, la conexión con el río Magdalena como principal vía del país a través del dragado del Canal del Dique y la puesta en funcionamiento del ferrocarril Cartagena-Calamar, se manifiesta en la construcción de una infraestructura de servicios públicos, pero, sobre todo, en la expansión urbana a través de la creación de nuevos barrios (adonde se dirigió la elite fastidiada de los "muros invictos") y en la construcción de nuevos equipamientos urbanos. Así, parques, camellones, plazas, teatros, esculturas, estatuas, aparecen como símbolos de una ciudad que aspira a dejar por fin atrás los tiempos en que el cólera se paseaba por calles, salones, cuartos y zaguanes sin distingos de raza y posición social para entrar, por fin, en los tiempos modernos.

Diferenciación social en espacios compartidos

Los pocos censos sobre la ciudad que han podido ser consultados muestran poca diferenciación social a partir de la espacialidad. En el de 1777, uno de los más completos, se aprecia cómo en el barrio de Santo Toribio, (hoy San Diego) vivían funcionarios y burócratas, milicianos y oficiales del ejército, sacerdotes y monjas, blancos, negros y esclavos. "La sociedad ¾señala Hermes Tovar¾ era una mezcla informe de individuos y castas más mezcladas habitacionalmente de lo que se supone". Esto es, "la jerarquía y la posición del individuo no quedaban marcadas automáticamente por el espacio residencial que ocupaba" 2. Ahora bien, lo anterior no implica la existencia de una sociedad desjerarquizada, igualitaria; todo lo contrario, lo que queremos resaltar es que las jerarquías no necesariamente estaban medidas por la distribución espacial; obviamente existían otros elementos marcantes de la división social: raza, ocupación, recursos, por ejemplo.

En 1825 el viajero sueco Carl August Gosselman se sorprendía al ver cómo las negras y mulatas en Cartagena iban vestidas ¾salvo pequeñas variaciones como el hecho de que fueran descalzas¾, de la misma forma que las mujeres blancas. Y anotaba con cierta admiración la falta de diferenciación social que existía para algunas prácticas sociales en la ciudad. Al aristócrata sueco le parecía de mal gusto que, por ejemplo, un obrero o un negro detuviera en mitad de la calle a un señor para pedirle fuego:

La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas... Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se encuentra en la calle a un negro, indio o cualquiera, éste puede detenerlo con un: "me hace el favor, señor", el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro... 3

Gracias a los censos y a algunas crónicas hemos visto cómo algunas familias, de las pocas que se quedaron en la ciudad en medio de la crisis, tuvieron que compartir sus grandes casas arrendándolas a familias pobres para poder pagar el costo del mantenimiento. Nada extraño tenía, pues, que en una casa alta del centro de la ciudad, en el piso de arriba vivieran los otrora ricos propietarios y en la parte de abajo negros y mulatos pobres. El censo de 1875 del barrio la Catedral, -el de más tradición colonial habitado por la elite hasta que se construyó el barrio de Manga-, muestra que al lado de familias de tradición como los Del Castillo o los Vélez, vivían familias de artesanos y empleadas domésticas.

Usos espaciales y diferenciación social

La recuperación económica de la ciudad fortalece la separación entre los sectores hegemónicos y los sectores populares, y a diferencia de épocas anteriores se establecen jerarquías espaciales. Luego de un siglo XIX en el que la crisis relaja de cierta manera las costumbres y donde los elementos de diferenciación son más reducidos, la elite tiene la oportunidad de disfrutar de espacios y de dinámicas de distinción. Por eso resulta para este sector de la población un despropósito que los marginados se apropien de los espacios modernos de los que sólo ellos tienen el privilegio de usar.

El Camellón de los Mártires, espacio cargado de valor simbólico y material en la medida en que perpetúa la memoria oficial de la ciudad, está reservado para quienes reúnan las "virtudes" que los hagan merecedores del sitio. Sólo un mes atrás La Unión Comercial exhortaba a las autoridades a que obligaran a los "vagos que toda la noche toman los escaños del Paseo de los Mártires por reconfortables lechos" a no "pernoctar allí" 4.

La elite veía con desagrado las expresiones de la cultura popular, así esta tendiera a reforzar el discurso que la elite estaba construyendo sobre la historia local. No importaba que, como lo muestra la nota, se estuviera haciendo una teatralización -obviamente con los recursos y a la manera popular-, del fusilamiento de los mártires, ocurrido el 24 de febrero de 1816, como corolario de la reconquista del pacificador Pablo Morillo, y cuyos cien años se conmemoraban en esa fecha (1916).

Lo que se ve es la creación de un orden a partir de la delimitación del entorno, donde se establecen límites de inclusión y exclusión a partir del espacio. Al "otro", lo popular, se le margina: "Bien que en el Amador las autoridades concedan permiso para estas fiestas, pero eso en el Amador; en Pekín, ¿pero en la Plaza de la Independencia?" 5.

De manera que lo popular, de acuerdo con la visión hegemónica, va a estar asociado a la periferia, y la periferia se entiende como el espacio del desorden, la trasgresión, la barbarie y el desenfreno, donde habitan los elementos que ponen en tela de juicio el orden y la modernidad pretendida.

"Qué haremos señores ¾se preguntaba la prensa¾ con esta temperatura, con estos grupos de aldea, con todas estas actitudes que revelan atavismos deplorables" 6. La relación está dada entonces, por los pares Orden y Desorden, Centro y Periferia. "El orden se define en términos de centro donde se impone, y de periferia donde sus efectos se debilitan" 7..

A lo que se acude es a una fuerte segregación espacial. A estos sectores hay que confinarlos a sus espacios; en los espacios públicos, en donde se establecen los símbolos identitarios, representativos de la ciudad, ellos no tienen participación. La mayoría de estos lugares con los cambios que se venían efectuando en la ciudad se habían convertido en sitios de paseos vespertinos, de representaciones culturales y de retretas. Había que sacar a los pobres del paisaje mientras los ricos imaginaban pasear por París o por Madrid. Se crea un espacio público, pero el público debe ser seleccionado. El espacio donde se supone todos deben participar, donde se construye sentido y memoria, donde se confronta, es sólo para el disfrute de unos cuantos.

Los barrios apestados

En Cartagena el discurso de civilización o barbarie, fenómeno recurrente en la mayoría de países latinoamericanos, y que hizo carrera en Colombia durante la administración regeneracionista de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, estuvo presente hasta muy entrado el siglo XX. La referencia a los barrios populares estará en el mayor de los casos asociada a calificativos negativos: "Anoche en El Espinal -barrio popular de la ciudad- hubo un escándalo mayúsculo, asunto que nada tiene de extraño en este barrio, de los barrios apestados8.

Junto con El Espinal, habitado por artesanos de todo tipo y obreros del ferrocarril Cartagena-Calamar, hacían parte de los barrios "apestados", Lo Amador, Pekín, Pueblo Nuevo, Boquetillo, Getsemaní, Torices y La Quinta. En otra oportunidad, refiriéndose a Lo Amador, se decía: "Este corregimiento del Amador ha venido a ser un lugar peligroso por los frecuentes escándalos que allí ocurren. La policía debe reprimir con mano fuerte este vecindario y las personas de bien que allí viven deben tomar interés que este corregimiento no sea como en el momento, una nidada de apaches" 9.

Tanto en esta referencia como en la nota que da inicio a este texto se observa la constante comparación de lo popular con tribus aborígenes primitivas o aldeas africanas. "Estos espectáculos propios de Tombuctú o cualquier otra aldea de Africa Central, son impropios de nuestra civilización y nuestra cultura..." decía el periódico El Porvenir.. "Aguas putrefactas que constituyen el peligro mayúsculo de la ciudad por convertirse en focos de emanaciones pútridas, dignas de los pantanos solitarios del África Central", comentaba en otra ocasión el mismo periódico. El hecho de que los comportamientos que la elite consideraba indignos, incivilizados, fuesen asociados con grupos indígenas y pueblos de origen africano, y que el deterioro físico de calles y barrios también fuese asociado a ello, refleja el ideal de civilización que se quería construir, una en las que los elementos considerados inferiores estuvieran al margen.

Paradójicamente, pese a las constantes referencias a Africa en las quejas de la prensa local, en la historia oficial que se construye entonces no se menciona a la raza negra, ni a la gran cantidad de esclavos traídos del continente africano, la alusión a lo negro se hará en sentido despreciativo. En 1929, Manuel Pretel Burgos escribió una monografía de Cartagena bastante completa a no ser porque se le olvida el "pequeño" detalle de mencionar lo negro. Es decir, no sólo se niega la participación espacial, sino que también se le excluye desde la representación simbólica, se niega su importancia en la constitución de la sociedad cartagenera, y por el contrario se realza el pasado español como lo único rescatable de la historia urbana, la idea es construir un presente basado en un pasado puro, y lo negro representa una mancha vergonzosa.

En el carnaval de superlativos con el que algunos cronistas celebraban el progreso, se ocultaba una ciudad conflictiva, racista y excluyente. Italo Calvino dirá después que no se debe confundir nunca la ciudad con las palabras que la describen.

Por eso a Pedro Romero, el mulato matancero, al que algunos con más poder que los detergentes que se ofrecen en el mercado, han tratado de blanquear, no se le edificó, como era lógico, una estatua, en el parque conmemorativo de la independencia a pesar de la presión de los artesanos de la ciudad previa al centenario10, y el único homenaje que se le ha rendido han sido unos bustos de escaso presupuesto, mal diseñados, en la Plaza de la Trinidad del barrio de Getsemaní, que han sucumbido ante los embates de la gloriosa altanería de un barrio que jamás ha negociado su libertad. Hoy, ni Getsemaní ni la Plaza de la Trinidad se encuentran en el discurso amañado de los guías turísticos de la ciudad. Y lo peor, es que algunos estudiosos siguen viendo aún a los Lanceros de Getsemaní de la misma forma que Jiménez Molinares, y luego Eduardo Lemaitre: como una caterva de beodos ignorantes y a su independencia como un atrevimiento temprano11.

Lo marginal, entre la exclusión y la seducción

La modernización que concibe la elite de la ciudad es una modernización desde arriba que desconoce la participación de otros sectores, y constituye más una imposición que una deliberación; no obstante su práctica de exclusión espacial, no borrará la participación de lo popular de los espacios céntricos de la ciudad. La misma dinámica económica hará necesaria su presencia.

En 1904, a un costado de la bahía de las Ánimas se construye el mercado público de Getsemaní, dentro del proyecto de modernización de la ciudad, lo que prolonga una secular tradición de abigarradas relaciones portuarias. El mercado público atraerá vendedores, marineros, carboneros, apostadores, prostitutas, estafadores, vagos, voceadores, emboladores, carretilleros, fritangueras, que formarán una cultura singular en la calle del Arsenal. A esto se sumarían los empleados del ferrocarril Cartagena-Calamar inaugurado en 1894, y cuya estación central se encontraba a pocos metros del mercado, a un costado del Parque Centenario.

Lo que tenemos, entonces, es que muy cerca de los espacios urbanos cargados de sentido: Camellón de los Mártires, Parque del Centenario, luego el Club Cartagena, de los cuales se pretende excluir la participación de los sectores populares, estarían otros (mercado público, ferrocarril, fábricas) que hacen parte también del proyecto de modernización pero cuyo funcionamiento depende de aquellos a los que precisamente el proyecto intenta excluir.

Así, a pesar del esfuerzo, va a resultar imposible que obreros y vendedores, entre otros, se muevan por los espacios de exhibición de la elite, ya que ellos también quieren un lugar bajo las luces del progreso. Como en el poema de Baudelaire "Los ojos de los pobres", uno de sus pasatiempos favoritos será ubicarse cerca al parque Centenario para ver entrar a los ricos al Club Cartagena con sus modas pretensiosas y sus ademanes aprendidos en manuales tardíos.

A partir de lo anterior, en Cartagena se creará una relación de repudio y seducción entre la elite y el pueblo. Pero aquello que se repudia seduce, desde sus cadenciosos bailes, hasta la apetecida mulata; no era raro entonces que miembros de la elite se escaparan de los normalizados bailes del Club Cartagena donde se necesitaba saber de geometría para poder bailar, a los libertarios bailes de los barrios extramuros para eternizar el histórico hábito de la concubina pobre.

Prácticas que perpetúan la visión y la inclusión de lo popular sólo como "lo otro", lo exótico, pero no como un sujeto o actor político similar que merece atención y respeto. Toda acción a favor de ellos se mira más como una acción de infinita condescendencia que de derecho. En los preparativos de la llegada del ex presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, que le demostró a algunos incautos que las situaciones no se transforman cambiándoles de nombre y que el imperialismo del siglo XXI no tiene mucha diferencia con el del siglo XIX, un amigo me contaba que un funcionario de la gobernación del departamento Bolívar, ante el problema de qué hacer con la humilde casa de la señora Antonia Sarmiento en el barrio de Chiquinquirá, al lado de la Casa de Justicia que inauguraría Clinton, había dicho: "¿Pero cuál es el problema, si la casita se vería bien en una acuarela?"

Se afianza también el mito nefasto de los "negros felices" en medio de la pobreza absoluta; mito cargado de una extrema peligrosidad porque insinúa quedarse cruzados de brazos y no afrontar las soluciones, además de desconocer que ese supuesto orden alterno celebrado por algunos antropólogos primermundistas, no es más que la única alternativa que les queda ante las presiones del poder.

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