Domingo, 22 de enero de 2017

| 2007/04/25 00:00

“Estamos de regreso a la tierra prometida”

Sincelejo, dic. 23 (Colprensa).- "Doña Orlinda, ayúdeme a apagar la casa de mi papá". "No mijo, volémonos que nos van a matar". Esa era la conversación de Sergio Luis, un niño de 9 años, con una de las vecinas del caserío de Saiza (en Tierralta, Córdoba), donde se vivió la incursión de paramilitares que dejó 8 campesinos muertos, entre ellos Elkin, un niño de 14 años que murió aferrado al cuello de su padre, también víctima. Además hubo dos indígenas heridos, saquearon e incendiaron 14 locales comerciales y despojaron de las pertenencias: relojes, aretas y dinero.

“Estamos de regreso a la tierra prometida”

También dieron la orden de “tres días” para que desocupáramos y, “si no, no se responde”. Era el inicio del desplazamiento de 1.049 familias, 3.960 personas.

Recuerda Sergio que en la huida con Orlinda, en las afueras del pueblo, un paramilitar los paró y llorando les dijo: “señora, que Dios y ustedes nos perdonen por esto, pero es orden de los jefes”.

Ya se había presentado un altercado entre los asaltantes porque cuando iniciaron la quema del pueblo, algunos de los muchachos de las AUC, que eran de allí, se opusieron, contrariando las órdenes.

Unos de ellos incluso desaseguró el fusil y sin ocultar su rabia dijo al comandante: “vinimos aquí fue a pelear con la guerrilla y no a hacer lo que se está haciendo. Yo aquí no veo siquiera un miliciano. Yo conozco la gente, muchos de ellos son mi familia”.

Pocos días después, a varios de los insubordinados los mató la organización en Urabá o los mandaron para otras zonas del país donde igual murieron. Quedan pocos, que se desmovilizaron y no quieren saber de guerras.

Salimos dejando atrás los recuerdos, la historia y el fruto del trabajo de medio siglo, trabajo no solo nuestro sino también de instituciones y ONG que nos han acompañado. Carretera, aeropuerto, transporte fluvial, centro de salud bien dotado, iglesias, 21 escuelas dotadas, 1.049 viviendas dignas, 600 fincas, 55.000 hectáreas (2.500 de producción agrícola y 5.000 de pastos), 9.000 reses, 28.000 cerdos y 50.000 aves de corral.

La producción era para la seguridad alimentaria y lo que quedaba lo exportábamos a Urabá, al occidente antioqueño y Medellín. Éramos la despensa agrícola y pecuaria de esa región de Colombia. Después de un consejo de seguridad en Carepa, Urabá, entró el Ejército mientras que podíamos sacar algo. En los pocos meses en que los campesinos estaban tratando de recoger cosechas, llegó un tal alias ‘Cortico’ de las Farc y masacró a seis personas, se llevó un ganado, extorsionó a otros y ahí fue el final.

Solo unos siete campesinos se quedaron dispersos, escondidos en sus fincas. Decían: "para salir y sufrir en el pueblo, y padecer hambre pobreza y humillación, mejor que cualquier ‘hp’ nos pegue un tiro y salimos de una".

Ellos fueron los que, al nosotros ir regresando, nos dieron semillas y cría de animales, nos prestaban o regalaban lo que necesitábamos. La decisión o valentía de ellos nos sirvió mucho. ¿Será que eso nos faltó a nosotros? Qué va, los cinco años que estuvimos comiendo mierda (en "Playa Baja", una población cercana) en el desierto del desplazamiento también nos sirvieron.

La cogimos por el lado amable. Aprendimos otras cosas que en Saiza (playa alta) no hubiéramos aprendido. Salieron muchos ‘Moisés’ (salvadores) y también Dios nos dejó caer maná y codornices del cielo, a través de otros humanos solidarios, afectuosos, que aportaron lo que podían.

Ya retornamos a nuestra tierra prometida, con muchas lecciones aprendidas y a la espera de que Dios, y no sé quién más, nos ayude a reparar los corazones, el alma y el espíritu de 1.049 viviendas. Que haya justicia y paz. Queremos vivir dignamente, pues esta tierra ni siquiera la guerra nos la quitó.

* Los nombres han sido cambiados por petición de los autores alegando protección

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