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| 12/11/2007 12:00:00 AM

Estrellas de talla menor

Una estudiante de periodismo pasó un día con dos “artistas callejeros”, de nueve y diez años, que encontraron en la luz roja del semáforo el sustento que les falta para comer y tener un techo.

“Nos han dicho de todo. Me han dicho ‘gamín’, ‘bamba’, ‘gala’, ‘ñero’, ‘desechable’. Pero ¿sabés qué? ¡A mí me importan un culo esas gonorreas!”

“Parcero, pero también están los ‘bien’. Los que le dicen a uno dizque artista callejero” –intervino Mikel, tranquilizando al ‘Caliche’

“Ah sí… Esos son unos ‘bacanes’ y son los que dan más plata. Pero hay unos, parce… que hasta dan ‘lora’. Me dicen que me ponga a estudiar, o ‘putean’ a mis papás dizque porque se aprovechan de mí, que yo debería estar jugando. Lo que pasa es que ellos no entienden… Pa’ qué carritos, colegio o ‘güevonaitas’ de esas, si yo ni familia tengo. Sí no me rebusco la comida y la dormida, me quedo en la calle y con hambre. A mí nadie me ayuda”.


Cuando la luz de un semáforo se torna roja, transcurren casi tres minutos antes de volver a su matiz verde. En esta fracción de tiempo hacen su entrada al escenario callejero dos pequeños saltimbanquis: Mikel y ‘Caliche’, los artistas de talla menor, no por ser menos talentosos sino porque la talla de sus ropas es inferior a las de un adulto. El primero de nueve y el segundo de diez años. Un par de maromeros que nunca imaginaron ser artistas a esa edad. Virtuosos o no, manejan un arte a la perfección: el de subsistir, cuya filosofía la resume Mikel: “si no se come, no se vive”.

A ‘Caliche’ la madre lo abandonó cuando tenía seis años y a los cuatro meses de que ella se marchara, mientras él jugaba fútbol, unos encapuchados tumbaron la puerta de la pieza donde vivía con su padre y desde allí le dispararon y se lo mataron. No tiene tíos, primos, hermanos o abuelos que le ayudaran a seguir pagando la pieza, entonces se vio obligado a trabajar y deambular por las calles de Medellín, para buscarse comida y un sitio para dormir.

Las noches que se ha recogido sobre un frío pavimento con apenas las hojas de periódico que un tendero le regala para escapar del frío, y la espera en la parte posterior de un restaurante para mendigar comida - que algunas veces le arrojaron con asco-, lo volvieron agresivo y cargaron de odio su mirada.

A Mikel, por el contrario, nunca le faltó afecto, pero sí dinero. Cuando tenía cinco años su padre murió de diabetes y aunque no entiende lo que es, sabe “que la culpa es del Gobierno”, o al menos eso escuchó en su casa. Desde entonces es el “hombre de la familia”, como dice su madre. Tiene tres hermanas menores que todos los días le recuerdan su amor a través de fuertes abrazos, besos cariñosos y muchos “te quiero hermanito” al oído. Sin embargo, ellas no mitigan la responsabilidad asumida: sostener cada día a su familia. El dinero recogido por su madre, fruto de costuras realizadas en el hogar, no alcanza para alimentar cinco bocas. Aún así, Mikel no se ha perturbado, es una persona sosegada, serena y de semblante un poco escuálido, pero alegre.

Estos dos muchachos entablaron amistad porque coincidieron en los mismos lugares y necesidad: o vivían su niñez con el candor que esto implicaba, o se plantaban en la realidad y comían. Fraguaron la forma de conseguir dinero sin tener que robar y aprendieron, al principio sin éxito, las piruetas propias del oficio saltimbanqui. Actualmente amenizan día a día los tres minutos de espera del semáforo. Estos minutos son para los conductores, según el afán que se tenga, una suspensión casi perenne del espacio y del tiempo. Pero para ellos son insuficientes a la hora de enseñar su arte y recolectar las donaciones.

Empieza la función. Una torre humana de sólo dos personas se alza sobre el asfalto. Unos baloncillos rojos, azules, amarillos, verdes y rosados salen disparados haciendo círculos aéreos que controlan un par de manos oscuras. Cuando no son las pequeñas pelotas las protagonistas del espectáculo, un par de antorchas de flamas expelidas se roban la atención. De repente Mikel, que hace las veces de cima en la torre, salta, da una voltereta casi mortal en el aire y toca suelo en un aterrizaje perfecto que finaliza el show. Acto seguido se disponen a pedir contribución voluntaria a los espectadores.

En este desafío que enfrentan a diario, los niños rinden al máximo esos minutos de recolecta porque así podrán terminar el día con algo de comida en sus estómagos, y si tienen suerte también llevarán alimento a su hogar.

Unas veces les colaboran, otras no. Quienes lo hacen, por lo general, son los dos o tres primeros carros de una larga fila de vehículos. Bajan los vidrios el espacio que requieren los dedos para salir y pocas veces los socorren con más de doscientos pesos. Otros, sin ninguna discreción, cierran la ventanilla apresurada y bruscamente en sus caras, o los ignoran como si de esta forma les negaran la existencia. Los pequeños acróbatas ya no sienten indignación ante los desprecios, que perdieron su efecto doloroso porque se volvieron cotidianos. Y aunque son conscientes de las pocas manos que intervendrán para mejorarles la situación, decidieron “trabajar pa’ no ser pillos”.

A las dos de la tarde han comido sólo un pan y un jugo de naranja que un vendedor amigo les regaló. Somnolientos, famélicos, y soportando un sol que ese día alcanza a emitir unos 35 grados, continúan con su labor sin desfallecer. ‘Caliche’ refleja en su rostro signos inconfundibles de agotamiento y desespero: tiene que cargar, una y otra vez, sobre su espalda o sus hombros a Mikel, para captar la atención del público indiferente. El ambiente está tensionado. A esta hora los observan con más recelo y desprecio del usual, como si los culparan por tener que volver a sus trabajos a cumplir con el horario.

Cerca de las cuatro de la tarde comienzan a sentir el cansancio a causa de lo poco que han comido y del excesivo trabajo físico. A uno le duelen los brazos, al otro, la espalda. Están en su faena acrobática desde las seis de la mañana. Sin embargo, “hoy no ha sido un buen día”, han reunido poco menos de cinco mil pesos.

Antes de caer la noche, a las seis de la tarde, aparecen las primeras gotas de una lluvia inesperada, que advierten que la labor ha terminado. No obstante, hoy el clima les dejó trabajar. Los intempestivos cambios climáticos de la ciudad, que pasa del peor de los veranos al peor de los inviernos en sólo veinticuatro horas, han reducidos sus ingresos.

Sus utilidades del día: siete mil ochocientos pesos, tres mil novecientos por cabeza. No es mucho, pero esta noche no se acostarán con sus estómagos vacíos. Después del exhaustivo día emprenden el camino de regreso: Mikel a su casa y el ‘Caliche’ “donde caiga”, en el camino lo decide. Pero a petición de Mikel, y si deja de ser reacio un instante, seguramente pasará la noche en su casa.

* Estudiante de periodismo Universidad de Antioquia, periodista De la Urbe. Medellín
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