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| 6/16/2006 12:00:00 AM

Familias en el siglo XXI

Mientras el número de personas que viven solas crece en el país a la misma velocidad que sube la tasa de la población mayor de cincuenta años, muchas familias reevalúan los tradicionales esquemas de poder y se adaptan a las distintas formas de organización del nuevo siglo.

Si bien los resultados del Censo 2005 han generado interpretaciones contradictorias, algunas de las tendencias que allí se evidencian sobre el ámbito familiar de los colombianos ratifican lo que otros expertos han venido encontrado en sus estudios: la tasa de natalidad ha bajado, un mayor número de colombianos vive solo y el número de personas por hogar, en promedio, es apenas de cuatro. Por otra parte, después de la aprobación de la Ley Antitrámites, los divorcios express en notarías se han disparado.

¿En qué se traducen en el ámbito cotidiano esas cifras? ¿En realidad el país ha cambiado tanto en su noción de familia y en la manera de relacionarse?

Según la académica e investigadora Yolanda Puyana -quien junto a nueve especialistas más, realizó el estudio Padres y madres en cinco ciudades colombianas, en Bogotá, Cali, Medellín, Cartagena y Bucaramanga- las familias nacionales han cambiado en algunos aspectos en las últimas décadas, pero en la mayoría de casos no tanto como los mismos padres piensan.

Tras realizar 400 entrevistas en profundidad, en las que se les pedía a población de 42 años de edad en promedio reconstruir sus recuerdos de infancia y adolescencia, y hablar de su experiencia años después como padres, Puyana y el equipo de investigadores logró definir que aunque la mayoría de padres y madres entrevistados hablaban de cambio e indicaban ser distintos a sus antecesores, sobre todo en las formas de autoridad, el cruce de los relatos permitió establecer que las transformaciones en una buena parte de la población no son tan profundas.

Además del tema de los castigos y la manera de relacionarse con los hijos, en ese sentido, Puyana destaca otros cambios en esta generación “En contraste con la idea del padre autoritario y adusto del pasado, que estaba muy poco tiempo en la casa, ahora hay padres más afectuosos, la relación con el cuerpo es más lúdica. Hoy, también, con respecto a lo ocurrido en los sesenta, se habla mucho más de la sexualidad, los padres participan más en las labores domésticas, y “machismo” es una palabra a la que le temen”.

Colombianos último modelo

Sin embargo, y ratificando la vieja tesis de que los cambios nunca se producen de manera veloz en las sociedades, Yolanda Puyana indica que en nuestro país lo que se percibe son tres grupos distintos de colombianos: los tradicionales, los de transición y los que están en ruptura.

Los tradicionales, quienes representan entre el 35 y el 40 por ciento de la población en las cinco ciudades, según Puyana, se caracterizan por mantener, por ejemplo, la tradicional división sexual del trabajo. No consideran las labores domésticas de las mujeres como trabajo y es ella la que se encarga de supervisar a la empleada o de hacer los oficios de la casa. Además, es responsable de aspectos como la escolaridad de los hijos, de las reuniones de padres de familia, etc.

“En este grupo hay personas de todos los estratos sociales. En Bogotá pudimos entrevistar gente de estrato 6 y hay varios muy tradicionales. Pertenecen a grupos religiosos, son militantes de la tradición”, comenta Puyana. En este caso, las mujeres dependen de los ingresos de los maridos, mientras que las de los sectores populares buscan otras formas de ganarse la vida. Pero, desde los años sesenta ya podía apreciarse esa tendencia, pues las madres solas con hijos buscan cómo mantenerlos haciendo toda clase de sacrificios.

Para los colombianos tradicionales, pese al paso del tiempo, el autoritarismo sigue siendo una conducta común. La ecuación fundamental de la relación de pareja es: padre proveedor y madre encargada del hogar. Por tanto, el marido es en últimas quien toma las decisiones. “En ese tipo de familias, la expresión afectiva tiende a ser distante y hay muchos conflictos con los niños y adolescentes. Ellos tienen ideas sobre las normas, el castigo y el papel de padre y madre más bien jerárquicas, en las que las relaciones de poder son muy claras.”

Esas ideas encuentran variación en el grupo llamado “de transición”, el mayoritario entre los colombianos. Las madres son también proveedoras y los padres están más interesados en los hijos, entonces participan de su nacimiento y ayudan a su cuidado. No obstante, siguen estando en transición porque se enfrentan a muchas contradicciones.

Esas contradicciones, por ejemplo, se ven cuando se aborda el tema del oficio doméstico. “El trabajo doméstico concentrado en la mujer comienza a cuestionarse y se habla de colaboración. ‘Mi mujer me colabora económicamente y yo le colaboro en el oficio’. Pero, la proveeduría de la mujer y el oficio doméstico sólo se ven como eso y no como corresponsabilidad”, dice la investigadora.

Incluso, las mismas mujeres quieren hacer todo. Encargarse de todas las obligaciones familiares y a la vez aportar económicamente al sostenimiento del hogar, por lo que muchos hombres no se responsabilizan del cambio de rol. Según las tendencias actuales, las mujeres han cambiado y siguen cambiando más rápido en cuanto a su papel de proveedoras que los hombres con respecto al cuidado de la familia.

Pero las ambivalencias para este sector de la población también tienen que ver con las formas de diálogo y castigo que usan los padres. En los sectores populares, sobre todo, al tiempo que dicen a sus hijos que los quieren y sostienen que no los golpean, en un momento de crisis recurren a castigos físicos tan violentos como los que emplearon con ellos sus antecesores. Igualmente, aunque creen que hay que hablar del tema sexual no lo hacen con sus hijas por temor. Tampoco se atreven a abrazar o besar a sus hijos porque creen que los van a volver homosexuales.

Los vanguardistas

Los innovadores, llamados también “grupo de ruptura”, son quienes realmente marcan transformaciones importantes a la hora de asumirse como pareja o padre. “Este grupo es el que realmente rompió con el modelo imperante en los años 60 y encontró nuevas formas de ser padre y madre, pero al mismo tiempo no tiene unos modelos claros de qué es eso”, dice Puyana.

Este grupo de población es el minoritario en todas las ciudades (entre el 12 y 15 por ciento) y está conformado por personas de estratos medios hacia arriba, que cuentan con formación universitaria. “Ellos han sido bastante coherentes en su relación entre el deber ser y las prácticas. Entonces ya, por ejemplo, el tema del trabajo doméstico es responsabilidad del padre y de la madre, la división de tareas gira en torno a las habilidades. Hombres que cocinan, que se quedan con gusto ayudando a criar y educar a los niños, mientras la mujer hace carrera ejecutiva”.

Además de ese modelo de pareja, entre los innovadores están aquellas mujeres que como opción deciden vivir solas con los hijos por una separación, pero al mismo tiempo pueden establecer relaciones de pareja con otra persona sin convivir con ella.

En general, quienes pertenecen a este grupo centran sus papeles de madre y padre en la idea de la felicidad de los hijos y son más abiertos al diálogo como una medida de desarrollar la autoridad, tratando de relacionarla con la afectividad. “Claro que se ejerce poder sobre los hijos, toda relación de este tipo está inmersa en una relación de poder, eso no se puede evitar. Pero, incluso se van al extremo de describirse como los padres amigos y los hijos, a veces, tienen que pedirles que dejen de ser amigos y se dediquen a ser padres”.

En esta franja de la población se aprecian distintos tipos de agrupación familiar que funcionan: padres que viven apenas por tiempos con los hijos porque están separados o padrastros y madrastras que han logrado ser excelentes en los procesos de formación de los hijos y las hijas que no son suyos.

Más parecidos cada vez

Los trabajos de Virginia Gutiérrez de Pineda, quizá la investigadora de familia más importante que ha habido en el país, destacaban las diferencias regionales en cuanto a los comportamientos y estructuras de organización familiar en los años sesenta. Sin embargo, actualmente esas diferencias se han vuelto mucho más tenues.

En ese sentido, el planteamiento de Puyana es que las grandes ciudades, como Medellín, Cali y Bogotá, cada vez son más parecidas entre sí en lo que tiene que ver con la vida cotidiana. En el caso de Cartagena, en cambio, hay algunas diferencias, porque el papel de la familia extensa, por ejemplo, es mucho más fuerte. Además, como indica la investigadora, “porque es un lugar donde pesa mucho el que dirán y tiene todavía muchas formas señoriales de relación”.

Allí, entonces, el grupo innovador es menor que en otras ciudades y casi no se encuentran hombres cartageneros solos a cargo de sus hijos. En ese mismo orden, Bucaramanga aparece como otra de las zonas más tradicionales del país. Pero, allí se lograron apreciar algunos cambios en la relación padre – hijos: “Hay muchas más expresiones de los afectos, pese a que todavía se mantiene el uso de palabras fuertes y duras, lo cual es propio de la cultura de esa zona”, dice Puyana.

Es innegable, eso sí, que la tasa de fecundidad ha bajado en todo el país. En ciudades como Bogotá puede estar incluso por debajo de dos, “sobre todo en clase media muchas mujeres no están teniendo o hijos o solo tiene uno o dos. Ese es un cambio muy fuerte, con respecto a lo ocurrido en los sesenta”. Los otras variaciones profundas también tienen que ver con la población femenina y su ingreso al mercado laboral, así como el aumento de su nivel educativo.

Pero, señala Puyana, “en estos últimos cuarenta años lo que no ha cambiado es la distribución del ingreso. Sigue habiendo una inmensa mayoría de población pobre y una inmensa desigualdad en la distribución de los recursos”.

¿Cómo somos?

- El número de personas que viven solas ha crecido en los últimos años. Esta cifra, según Puyana, sube porque muchos jóvenes se desplazan a las ciudades para asistir a las universidades. También incide en ello el número de mujeres y hombres que luego de una separación deciden vivir solos por un tiempo. Sin embargo, lo que indican las tendencias actuales, y en lo que coincide esta investigadora con la demógrafa Carmen Elisa Flórez, es que la población que más opta por vivir sola es la mayor. Primero porque muchos colombianos que se encuentran en la tercera edad y pertenecen a los estratos altos prefieren vivir solos que hacerlo con sus hijos o nietos. Y segundo, porque proporcionalmente en la pirámide nacional la población mayor de cincuenta años ha ido creciendo y, en los años más recientes, muchos de los hijos de esas personas han migrado al exterior y ellos se han ido quedando solos en el país.

-Los colombianos casi nunca planifican su primer hijo. Muchas uniones se dan porque las mujeres quedan embarazadas. El que se planifica es el segundo.

- El matrimonio no ha sido una tradición de mayorías en Colombia. Eso se puede constatar con lo ocurrido, por ejemplo en Bogotá, en el siglo XIX y a comienzos del XX. Hasta los años 50, había casi un 50% de uniones libres. Según Puyana, el ambiente general indica que la unión libre es más fuerte que el matrimonio católico y, también, que muchas parejas se casan después de convivir.

- Pese a las dificultades se están construyendo nuevas maternidades y paternidades en el país. La maternidad porque ya no se constituye en el único proyecto de vida de la mujer, sino que además está el proyecto de ser profesional, de ser una persona con proyección cultural y política. Y la nueva paternidad, en la medida en que los padres quieren ser mucho más activos en la relación expresiva con los hijos se vuelven más cercanos.

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