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| 12/28/2016 5:23:00 PM

El Juego de Tronos que vive Colombia

Semana.com le pidió a un grupo de figuras públicas que hicieran un resumen del 2016 siguiendo el guión de una de sus series favoritas. Así lo hizo el abogado Abelardo De La Espriella con Juego de Tronos.

Juego de Tronos, la serie con mayor número de televidentes en el nivel mundial, muestra lo peor de la especie humana: las traiciones, la codicia, la avaricia, la envidia, la crueldad y el trato degradante que unos les infligen a otros.

Vemos cómo la lucha intestina por el poder se desata entre las Casas de los siete reinos de Poniente. Y algo así hemos vivido en la Colombia gobernada por Juan Manuel Santos, que logró lo que para muchos parecía imposible: fracturar irremediablemente a la sociedad civil desarmada. En Colombia no se había logrado polarizar tanto a los colombianos como se ha registrado en los últimos seis años.

Desde el primer momento, defendí el proceso de paz. Sigo creyendo que las salidas incruentas y dialogadas nos convierten en una mejor nación. A las personas que salieron de la legalidad para atentar contra el orden establecido hay que darles una oportunidad lo más amplia y generosa posible, en procura de su retorno, de su reincorporación a la vida civil.

Pero el presidente Santos reventó los límites tolerables en el acuerdo de paz que suscribió y que presentó a refrendación popular. El documento era un total exabrupto, y así lo entendimos 6.400.000 ciudadanos que, a pesar de la  manipulación y presión oficial que le hacía campaña al “Sí”, salimos aquel memorable 2 de octubre a decir “No”.

Juan Manuel Santos es un gobernante que ha erigido su reino sobre una pila de traiciones. Como en Juego de tronos, Santos quiso llevar a su “dinastía” al poder y lo logró, después de dejar tendido en el terreno a un mundo de personas que en algún momento le ayudaron en su propósito.

La historia no acaba; todavía falta mucha tela por cortar: el poder es oscilante y resbaladizo. Lo más probable es que en el 2018 (si el régimen y sus magistrados de bolsillo lo permiten) el Trono de Hierro quede en manos de una dinastía enemiga de Santos y los suyos, y allí otro gallo cantará.

A Santos no le importó despedazar la ilusión de millones de colombianos que en el 2010 confiaron en él y, como Daenerys Targaryen, se comió el corazón de muchos votantes. Les doy un dato curioso: para la escena del Juego de tronos en cuestión, los expertos en efectos especiales fabricaron ese corazón con casi 2 kilogramos de mermelada de frambuesa congelada.

El acuerdo que fue firmado con las FARC, que más bien es la capitulación de las instituciones ante la ilegalidad, es un galimatías tan difícil de comprender que parece haber sido redactado en el idioma Dothraki.

El lenguaje es enrevesado y, como en la serie, parece que su gramática sólo la pueden comprender e interpretar los negociadores del Gobierno –sólo algunos– y los de las FARC –todos ellos–. Los colombianos deberemos esperar a que, con el paso de los días, nos vayan “traduciendo” el significado y alcance real de los contenido en las trescientas y pico de páginas que Santos y “Timo” –¿o “Rimo”?– firmaron en el hermoso Teatro Colón, convertido para la ceremonia en el Bastión de las tormentas, que fue capaz de resistir la huracanada iniquidad que se cometió, desconociendo el resultado de una votación popular.

En aquello quedó convertida la política colombiana en el 2016: una pugna permanente. Unos tratando de aplastar con sus propias manos las cabezas de sus rivales. El odio y la sevicia desplazaron la razón y el sano juicio.

Como nunca antes, vimos cómo un exfiscal general de ingrata recordación (protervo como el que más) llegó al extremo de meter a una prisión al hermano del jefe de la oposición en Colombia; y una cancillería ejerciendo presión permanente para que Estados Unidos conceda la extradición de un exprecandidato presidencial condenado que alega que es un perseguido político.

Una de las escenas de la más reciente temporada de Juego de tronos que mejor puede explicar lo que va a pasar en Colombia a partir del año entrante es aquella en la que un anciano, con tono solemne, le dice a su interlocutor: “Somos pobres y desvalidos. Sin embargo, podemos derrocar un imperio”.

Eso, en buena medida, es lo que hicieron los promotores del “No” en la campaña plebiscitaria y lo que pretenderán hacer en la elección presidencial venidera. Sin dinero, sin acceso a los grandes medios de comunicación, pero con un creciente respaldo popular, se le medirán a la titánica misión de ganar las elecciones y derrotar la poderosa coalición de Santos.

Y es que, desafortunadamente, como consecuencia del desbordado nivel de crispación en que se encuentra nuestro país, la campaña política que se avecina será muy parecida a la Batalla de los bastardos que vimos en la temporada 6 de Juego de tronos. En nuestra realidad, no hay opositores asesinados, pero sí perseguidos. Y Santos disfruta provocar a la oposición con ese tipo de jugarretas que le quitan dignidad y elegancia al ejercicio de la política.

La lluvia de flechas que vimos en ese capítulo memorable será reemplazada por un aguacero de trinos y de publicaciones (posts) en las redes sociales, lugares virtuales que se han convertido sin duda alguna en un ring de boxeo real, en el que no hay ni reglas ni árbitro. Los partidos políticos, como las siete casas de la serie (los Stark, los Lanister, los Greyjoy, los Tyrell, los Targaryen, los Baratheon y los Martell), se proponen hacer alianzas entre ellos para ampliar su poder y conquistar el Trono de Hierro (en el caso de Colombia la Presidencia de la República), unos con buenas intenciones; los otros, sólo por deseos abyectos.

Mientras las casas políticas se destrozan a dentelladas, “los Caminantes de la noche” avanzan a paso firme y llegarán a la médula de la democracia, para acabarla y sustituirla por un nuevo orden de extrema izquierda. Timochenko y sus camaradas no dejarán piedra sobre piedra. Sólo resta esperar que aparezca un líder que salve la patria del “Mamertismo irracional”.

Veremos qué queda de nuestro Estado Social de Derechos y de nuestra democracia, después de que acabe este tétrico camino por el que nos ha correspondido transitar. Por ahora, me quedaré reflexionando sobre una frase del escritor del libro e inspirador de la serie Juego de tronos, George Martin, frase que viene muy bien en este momento que vive nuestra nación: “Para ser rey de los conejos, hay que ponerse las orejas largas”.

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