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| 12/12/2004 12:00:00 AM

García Márquez, poeta

Para el escritor Juan Gustavo Cobo Borda, 'Memoria de mis putas tristes' es un testimonio de la poesía que "converge en su obra para nutrir el ancho mar de su narrativa".

Hace ya muchos años Gabriel García Márquez me hizo un regalo excepcional: con la escultora Feliza Bursztyn me envió desde México los dos volúmenes de la obra de José Maria Blecua: 'Floresta de lírica española' (tercera edición, 1979).

Habíamos conversado sobre este libro que tanto quería, pero que solo ahora comprendo cuán útil y necesario le ha resultado. Lo deduje al compilar esta 'Lengua erótica', antología poética en lengua española que acaba de publicar Villegas Editores, y en donde incluí, en homenaje a García Márquez, el texto completo del gran poeta y dramaturgo portugués Gil Vicente muerto hacia 1540, que García Márquez puso como epígrafe de 'Crónica de una muerte anunciada: "Halcón que se atreve/ con garza guerrera, /peligros espera". Y donde otro verso recalca la ardua tarea: "La caza de amor / es de altanería: trabajos de día/de noche dolor".

¿No son acaso estos últimos versos una también adecuada introducción a 'Memoria de mis putas tristes'? Sí, por cierto, ya que toda la obra de García Márquez no es más que un entrecruzado estuario de afluentes poéticos que convergen para nutrir el ancho mar de su narrativa.

De ahí el peculiar encanto que he hallado en su última novela: un testimonio más de su devoción por la poesía y una constancia reiterada de su afiebrada condición de perenne lector de la misma. No es de extrañar entonces que el gran y único poema de Rodrigo Caro le haya servido a los alumnos del protagonista para darle el nombre con el que hoy todos los lectores del libro lo conocen: el profesor Mustio Collado.

Esta sarcástica parodia juvenil es afín al hecho de que toda la. armazón creativa de 'El otoño del patriarca' se sostiene estilística y conceptualmente en la gran obra, que en verdad García Marquen conoce de memoria, de Rubén Darío. Los versos del nicaragüense no solo mantienen el ritmo de su prosa sino que le permiten definir lo precario de este dictador irrisorio: su gloria nunca será comparable a la que obtuvo el poeta al vencer el tiempo con su palabra certera y deslumbrante.

Por ello hay que leer 'Memoria de mis putas tristes' como testamento de fabulista que se nutre de la poesía. Que llama a su personaje Delgadina como en cualquier poema hebraico andaluz o del legendario cancionero medieval y que en uno de los núcleos nutricios de esta nouvelle - el cuento "El avión de la bella durmiente" incluido en 'Doce cuentos peregrinos' solo puede penetrar en la mente de la hermosa pasajera, dormida a su lado, con el artilugio de un soneto de Gerardo Diego también incluido en la 'Floresta' de Blecua y también anticipador de la escena clave del libro: el hombre viejo que contempla a la doncella inerte y sin tocarla se nutre del aura de juventud que emana de su perfección única:

"Saber que duermes tú, cierta, segura.../ tan cerca de mis brazos maniatados./ Que pavorosa esclavitud de isleño,/ yo insomne, loco en los acantilados, / las naves por el mar, tú por tu sueno".

La buena literatura de hoy se nutre de la perdurable literatura de ayer. Por ello este trasunto evasivo de Florentino erina escribe artículos inflamados y cursis, lee 'La lozana andaluza', novela erótica sobre las putas de Roma, y nos corrobora, hasta el final de sus días, la insensatez febril con que el escritor se nutre, incluso con los despojos de su vida, incluso con el engaño a que lo someten sus recuerdos trastocados, para seguir alimentando su delirio: esa escritura. que solo se justifica a sí misma, como la poesía. Como mundo pleno y autónomo que apenas si en sus coordenadas íntimas nos revela la inextricable relación entre quien mira un cuerpo mudo y dormido y quien extrae de la memoria silente y por virtud de la palabra todo este cosmos menor, de profesor- periodista, sí, pero también de enamorado patético y a la vez sublime.

Por ello este libro no es solo un homenaje a Kabawata y 'La casa de las bellas durmientes' ni el emotivo recuerdo de un García Márquez juvenil durmiendo en un burdel de Barranquilla, y compartiendo el memorable desayuno con las otras inquilinas sino una metáfora apasionada del acto de escribir. Del deseo, con los años más febril y apasionado, de no morir. De dejarnos libros donde el poder de la poesía venza por fin las miserias de la muerte y el olvido.
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