Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/05/29 00:00

Guerra abierta en los mercados colombianos entre los vinos chilenos y los argentinos

El crecimiento del vino argentino amenaza la posición de Chile en la industria vitivinícola global. En Colombia esta tendencia se hará palpable en la próxima versión de Expovinos 2007, la principal feria del ramo en el país.

La devastadora crisis económica de 2001 hizo caer el consumo en Argentina a 35 litros per cápita al año, lo que obligó a los bodegueros argentinos a buscar mercados fuera. FOTO: FEDERICO GARCÍA

Los colombianos por primera vez en mucho tiempo pueden apreciar una guerra de la cual saldrán ganadores. En efecto, cualquier consumidor que se acerque por estos días a un almacén o a un supermercado encontrará una confrontación abierta entre los vinos argentinos y los chilenos. Las ofertas están a la orden del día y, claro, los ganadores serán quienes deseen disfrutar de un buen vino.

Y es que las cosas han cambiado mucho. Hace menos de diez años, los vinos argentinos sólo se conocían en casa. El alto consumo interno, que, en su época de oro llegó al histórico nivel de 90 litros per cápita anuales, hacía poco interesante mirar hacia fuera. Además, con una industria abocada al volumen, la calidad era baja, muy lejos de los mínimos estándares internacionales. La vecina Chile, en cambio -con índices de consumo sorprendentemente bajos para un país productor (16 litros anuales por habitante)-, volcó su atención al exterior desde los años 70, consagrándose, desde entonces, como el principal exportador sudamericano.

En los últimos años, sin embargo, el panorama ha cambiado. La devastadora crisis económica de 2001 hizo caer el consumo en Argentina a 35 litros per cápita al año, lo que obligó a los bodegueros argentinos a buscar mercados fuera. Para eso, renovaron su industria, mejoraron considerablemente la calidad de sus vinos y salieron al mundo a ofrecer productos inspirados más en la excelencia y en la diversidad que en el precio. Adicionalmente, un fuerte y poderoso contingente de inversionistas extranjeros inyectó 1.500 millones de dólares en la economía vitivinícola, fortaleciendo considerablemente el sector. Esto coincidió con la apreciación del peso chileno (por cuenta de la bonanza del cobre) y el consiguiente encarecimiento de la producción y las exportaciones vitivinícolas chilenas.

De un momento a otro, Argentina se convirtió, simultáneamente, en una interesante alternativa y en la figura de moda del rubro. “No hay duda de que el vino argentino es el nuevo chico del barrio”, comenta el célebre enólogo chileno Aurelio Montes, socio de Viña Montes, empresa (como otras coterráneas suyas) con vastos intereses en Argentina.

Basta mirar los indicadores para apreciar los asombrosos crecimientos del vino argentino. En 1992, Argentina exportaba menos del 1% de su producción, generando ingresos por sólo 22 millones de dólares. Para 2005 la proporción subió al 16%, con exportaciones de vino embotellado que llegaron a unos US$ 480 millones en 2006, 48% más que en 2005.

Desde 2002, la producción ha subido en 35%, mientras que las exportaciones han aumentado entre un 25% y un 30% anual, tanto en volumen como en valor. “Repentinamente, el mercado internacional entró a formar parte de nuestra estabilidad y de nuestro crecimiento futuro”, dice José Alberto Zuccardi, presidente de la bodega Familia Zuccardi.

La mejor muestra de este boom, son las exportaciones a EE.UU., el principal mercado para los productores mundiales. Según cifras del Departamento de Comercio de Washington., los despachos de vino argentino crecieron un 32% en 2006. Mientras, las exportaciones chilenas disminuyeron en 2,9% en el mismo período.

En Colombia, el fenómeno es parecido. En 2000. Argentina ocupaba el quinto lugar en el ranking de países de procedencia, después de Chile, España, Francia e Italia. En aquel momento, sus exportaciones apenas sumaban 270.000 dólares en vinos de mesa, con una participación de mercado de sólo el 3,25%. Chile, en cambio, detentaba el 71%, seguido por España, Francia e Italia, cada uno con menos del 10%. Desde 2000 hasta el final de 2006, todos han incrementado sus exportaciones debido al gran crecimiento del mercado colombiano.

En el mismo período, Argentina logró incrementar sus exportaciones de vinos de mesa a Colombia en 1,037% y en el año 2006 participó con 3,7 millones de dólares. En la actualidad, su participación de mercado ha subido al 15%. Chile, en cambio, experimentó un retroceso de 20 puntos porcentuales de participación. En realidad, los argentinos fueron los únicos que no presentaron tasas interanuales negativas, es decir, que han crecido constantemente y que su tendencia apunta a seguir ganando mucho más mercado que sus competidores en este y en los años próximos.

Argentina también le ha ganado la partida a Chile en el mercado brasileño, el mayor de la región, donde los dos proveedores sudamericanos se disputan el 33% de los productos importados. La estrategia se ha centrado en campañas publicitarias, comerciales y de relaciones públicas, que incluyen un acercamiento a todos los protagonistas del sector, desde Puerto Alegre hasta Rio de Janeiro y Brasilia. “Es algo que ningún otro país ha desarrollado hasta ahora”, dice Mario Giordano, director ejecutivo de Wines of Argentina (Wofa), el ente promotor de los vinos de ese país en el mundo. Chile y Argentina también libran intensas batallas en Perú, Ecuador, México, Costa Rica y Venezuela, donde los vinos argentinos ganan terreno casi a diario. Las degustaciones anuales en estos países, igual que en Brasil, se han convertido en eventos concurridos y esperados. “La gente está fascinada con Argentina y le ha tomado un especial afecto al Malbec (la cepa insignia de la vitivinicultura argentina)”, dice Jorge Rausch, chef y propietario del restaurante Criterion, uno de los más destacados de Colombia.

Lejos del mar

Paro conseguirlo, no bastó simplemente con decirlo. La argentina Bodegas Trapiche, por ejemplo, la mayor productora y exportadora de vinos de su país, debió introducirse en 2002 en un profundo proceso de transformación interno. Parte de la estrategia ha consistido en redefinir productos, contratar enólogos innovadores con experiencia internacional y mantener un ritmo constante de inversión para modernizar todas sus áreas productivas, administrativas y comerciales. Un camino que otros célebres productores también han tomado, como Catena Zapata, Familia Zuccardi, Finca Flichman, Luigi Bosca y Navarro Correas, entre muchos otros. “Dejamos de hacer vinos enfocados al comprador argentino -que prefiere aromas y sabores intensos y maduros- para dedicamos a buscar un estilo más sobrio, equilibrado y elegante, que no oculte, sin embargo, la personalidad de nuestro terruño”, dice Daniel Pi, enólogo jefe de Trapiche. “El reto es ponernos a la altura de los grandes productores del mundo”. Hoy Trapiche envía 1,2 millones de cajas a más de 60 países, mientras remite apenas 850.000 para atender sus necesidades internas. Y aunque el mercado nacional genera ventas por 1.400 millones de dólares frente a sólo 480 millones de dólares por exportaciones, hay consenso de que el comercio internacional genera mayores retornos y múltiples posibilidades de expansión. “Queremos que nos perciban como la opción argentina del consumidor internacional y la opción internacional del consumidor argentino”, dice Juan José Canay, director de exportaciones de Bodegas Trapiche. Donde Canay y sus colegas encuentran un aliado poderoso es en la afinidad que genera la marca argentina en muchos mercados, especialmente en América Latina. “Argentina tiene más cosas en común con sus vecinos y más seducciones de marca que las que puede tener Chile, como el tango, el fútbol, la carne”, dice Canay.

A los argentinos aún les falta perfeccionar sus técnicas comerciales y de mercadeo internacional, algo en que los productores chilenos tienen amplias ventajas. No obstante, el principal activo de Argentina es la geografía. Con un clima continental alejado de los efectos adversos del océano, los vinos argentinos pueden producirse en alturas que van desde los 400 metros sobre el nivel del mar (msnm), como en Neuquén, en el sur, hasta los 3.400 msnm (como en Salta, adyacente a Bolivia), algo que Chile jamás podrá igualar. “Poder plantar desde valles muy bajos hasta terrazas muy altas generan riqueza de colores, aromas y sabores, y una gran personalidad”, dice la enóloga Susana Balbo, presidente de Wofa y codueña de la bodega Dominios del Plata. En palabras del crítico estadounidense Stephen Tanzer, editor de la publicación International Wine Cellars, los vinos argentinos “pueden ser muy bien la próxima atracción del mercado norteamericano”. Y mientras en Argentina, que hoy tiene más de mil bodegas, aún quedan tierras disponibles para plantar nuevas cepas, las 400 bodegas chilenas tienen ya el terruño saturado.

Por todo esto, el célebre enólogo francés Michel Rolland ha invertido su dinero en Argentina y ha confirmado un proyecto llamado Clos de los Siete, al que pertenecen célebres casas productoras de Burdeos. “Si hay un lugar en el planeta donde se den cita todas las condiciones óptimas para la evolución de una industria vitivinícola nueva y formidable, como clima, suelo, costos, recursos humanos y poca vigilancia estatal, ese sitio se llama Argentina”, dice Rolland. El país sudamericano atrae cada vez más a empresarios estadounidenses, ingleses, holandeses, españoles, franceses, portugueses, brasileños y muchos chilenos. “La importancia de Argentina será cada vez mayor y por eso hemos plantado aquí nuestro dinero”, dice el español José Manuel Ortega Fournier, ex banquero internacional y dueño de la galardonada bodega O Fournier.

La tendencia ascendente de la calidad argentina es algo que ya se percibe. El ranking de los 100 mejores del mundo, elaborado por la revista estadounidense Wine Spectator en diciembre de 2006, incluyó a cinco ejemplares de argentinos frente a cuatro de Chile. En verdad, era cuestión de tiempo para que el país del tango y la milonga sacara pecho. Después de todo, es el quinto productor mundial en volumen. Chile es el 11.

Y aunque en exportaciones Chile supera a Argentina en una proporción de dos a uno (900 millones de dólares contra 480 millones de dólares), no es difícil anticipar una predominancia argentina en el corto plazo. Temiendo esto, algunos enólogos y empresarios chilenos han comenzado a lanzar la idea de promover la denominación Cono Sur como un lugar de origen común. Pero la propuesta no ha llegado lejos. Los argentinos parecen muy cómodos con la noción de que, en un lapso de tiempo relativamente corto, sus vinos seguirán escalando posiciones y profundizando su posicionamiento internacional. Y confían en seguir creciendo a tasas de dos dígitos hasta alcanzar, aproximadamente en 2020, una participación del 10% mercado global, frente al 2,8% en la actualidad, de acuerdo con cifras de la Corporación Vitivinícola Argentina (Conviar), lo que lo pondría a la altura del vino australiano y estadounidense. Y es que el cuarto de hora de los bodegueros argentinos recién comienza.

Este texto incluye apartes de un artículo del escritor especializado Hugo Sabogal, publicado originalmente por la revista América Economía, de Santiago, en Chile.

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