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| 2/22/2007 12:00:00 AM

Historia de dos madres huérfanas

Yolanda Pulecio y Clara Rojas, las madres de Ingrid y Clara, se levantan a las cuatro de la mañana para hablar en las Voces del Secuestro de Caracol, pasan los días esperando una noticia positiva y las coge la noche sin poder dormir

Cuando las dos madres no están escuchando la radio o viendo la televisión con la vana esperanza de alguna noticia de sus hijas, se quedan inmóviles viendo a través de la ventana esperando el milagro de verlas aparecer. Cuando hablan de ellas en público sacan fuerzas para mostrarse serenas y firmes pero en realidad lloran en silencio, casi como en suave quejido.

Son dos mujeres a las que la violencia les cambió la vida. Cuando ambas eran candidatas a la presidencia y eran el centro de la información, doña Yolanda Pulecio y doña Clara Rojas rehuían de los medios porque les gustaba tener el contacto personal con sus hijas. Ahora han pasado los días, los meses y los años y ni siquiera saben dónde están, cómo están. Nada.

Hace exactamente cinco años, Ingrid Betancourt llamó por teléfono a su mamá para pedirle la bendición. Con aquel acto de fe, la entonces candidata presidencial partió junto con su equipo de trabajo hacia San Vicente del Caguán, de donde jamás volvieron ni ella, ni su fórmula presidencial, Clara Rojas. Era el 23 de febrero de 2002.

Para doña Clara, ese fue el última día que pudo descansar bien en toda su vida. Ella es la madre de la mujer que Ingrid había elegido como su vicepresidenta en caso de ganar las elecciones. A sus 76 años, recuerda con todos los detalles aquella noche, la peor que ha vivido.

“Hace cinco años, yo estaba en mi casa de campo en Utica, a cuatro horas de Bogotá. Todo el día estuve esperando que Clarita me llamara para decirme que le había ido bien en su viaje.

“Aquel viernes no recibí confirmación, pero lo vi como algo normal porque en aquel entonces no teníamos celular y me imaginé que, para llamarme, ella tenía que ir a la central telefónica del pueblo. Quizá le quedaba difícil viajar.

“Pero mi tranquilidad se derrumbó esa misma noche cuando un celador llegó a decirme que habían secuestrado a mi niña, la única hija entre cuatro hombres más”, recuerda la madre.

“Se anticipaba a mis deseos”

Esa condición de ser la única hija mujer había hecho que entre ambas se tejiera una relación muy estrecha. “Éramos cómplices, confidentes. Todo lo hacíamos juntas. Ella me conocía tan bien, que se anticipaba a mis deseos”.

Era tan importante, que aquella noche salió desesperada en busca de noticias que confirmaran el secuestro. Corrió a prender el radio, pero no se convenció de lo que decían. Entonces viajó al pueblo para buscar un sitio de dónde llamar a sus otros hijos, que estaban en Bogotá, pues, desde su casa, no podía hacerlo.

Aquella proeza la asumió sin pensar que ya eran las 10 de la noche y que la vida del pueblo ya estaba dormida. “Cuando llegué, no encontré de dónde llamar. Entonces me fui para la casa y al día siguiente viajé temprano a Bogotá”, recuerda

Allí se encontró con su hijo Iván y fueron juntos al apartamento que Clara tenía en Bogotá. Llamaron a un cerrajero para que abriera la puerta. “Entonces entré a su mundo. Vi todas sus cosas y me estrellé con una realidad que me golpeó. Desde ese momento, me invadieron la tristeza, la sensación de soledad y la ilusión de volver a ver a mi hija. Esos sentimientos me han acompañado durante estos cinco años”, dice.

“Su ausencia me tiene enferma”

De aquel día, tampoco se ha podido deshacer de un mal físico. “Yo recuerdo muy bien que cuando vine a Bogotá, me empezaron a doler las piernas. Los médicos descartaron que fuera de los huesos, pero encontraron que era un problema muscular y de tendones, que me tiene caminando con caminador. Es algo psicológico. Si no tuviera las preocupaciones que tengo, estaría mucho mejor”.

Aunque era feliz en su casa en Utica, no ha vuelto desde hace dos años, cuando se fue a vivir con su hijo Germán al apartamento de Clara en Bogotá. Se trasladó para Bogotá con la idea de ser parte activa de las movilizaciones y los grupos que se han conformado con la idea de lograr la libertad de los secuestrados. “Yo sé que estoy acá provisionalmente, hasta cuando ella vuelva. Cuando llegue, miraremos si me devuelvo para mi casa de campo o si me quedo. Eso lo definiremos cuando Clarita vuelva”.

Ya van cinco años sin su más cercana compañera. A pesar de las consecuencias que le ha traído su ausencia, doña Clara va al banco a hacer las vueltas que tiene por obligación hacer cada mes, va al mercado y cocina.

Le ha tocado aprender a defenderse sola, porque es entendible. “Mis hijos tienen que trabajar y seguir con sus vidas. Mientras espero a mi hija, yo salgo, me distraigo y camino por ahí. En eso se me van los días. Si ella estuviera conmigo, mi mente estaría mejor y eso me permitiría tener una mejor salud”.

Una lucha incansable

Junto a Clara Rojas está Ingrid Betancourt, cuya madre, Yolanda Pulecio, recibía hace cinco años miles de llamadas y escuchaba por todos los medios la noticia del secuestro de su hija por parte de las Farc.

Desde entonces, su lucha no ha parado. Los períodos en que había participado en política como embajadora, concejala y representante a la Cámara le sirvieron para gestionar acercamientos con todos los sectores con un único fin: lograr la liberación de Ingrid.

“Han sido cinco años de mucho dolor, de mucha incertidumbre, de profundo sentimiento de impotencia”, comenta (Ver video ‘Yolanda Pulecio dice cómo han sido estos cinco años sin su hija, Ingrid Betancourt’).

Se ha vuelto una mujer incansable. Atiende la prensa, se reúne con personalidades políticas, va a las cárceles y le escribe cartas al presidente Álvaro Uribe. “Siempre la paso pensando en ella”, dice.

Como si fuera un hijo que no quiere dejar morir el legado de su padre, Pulecio se volvió la vocera del partido Oxígeno Verde, que inauguró su hija y por el cual estaba postulada como candidata presidencial.

“También he ido a las cárceles a visitar a los guerrilleros presos. He hablado con ellos y no entiendo por qué si pueden recibir visitas, a nosotros no nos envían ni siquiera una prueba de supervivencia desde hace tres años”, refuta.

Pero su lucha sigue. Ni siquiera se ha dejado quebrantar por la muerte de su esposo, Gabriel Betancourt, el 23 de marzo de 2002, cuando apenas se cumplía un mes del secuestro de Ingrid.

Con su lucha, ha hecho que en estos cinco años se escriban juntas las expresiones “Yolanda Pulecio”, “esperanza” y “acuerdo humanitario”. Y se volvió vicio que, al día siguiente, aparezcan juntas también las palabras “presidente Uribe” y “rescate militar” por cualquier motivo.

“Le he pedido tanto al presidente, que ya no sé qué hacer. Ahora, lo único que quiero es que diga la verdad, que cuando diga algo, no lo cambie al otro día. Llevo todo este tiempo escuchando que habla de acuerdo humanitario y al día siguiente lo cambia todo”. Así resume Pulecio este tiempo sin Ingrid.

Sin embargo, ella se ha vuelto una abanderada de la libertad de todos los secuestrados de Colombia. En particular, ha logrado que Ingrid se convierta en un signo mundial de la libertad. Su nombre se reconoce en México, Venezuela, Francia y hasta Bélgica, como víctima del secuestro que se perpetró ese viernes 22 de febrero, cuando Ingrid recibió la bendición telefónica de su madre antes de partir hacia El Caguán.
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